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domingo, 8 de junio de 2008

Son de la loma (3)

Descarga y chispitrén
Acabábamos de comenzar la primera descarga y yo ya no quería más chispitrén. La enfermera me ofreció un segundo vaso de la inmunda cazalla. Lo rechacé con una sonrisa. Dicen los camagüeyanos que beber chispiterén deja impotentes a los hombres. Ella más bien pensaba lo contrario. Dicen también que todas las enfermeras de la Cuba central tienen algo de putillas. Con sus blanquísimos uniformes y la cofia diminuta, recuerdan a los recortables de infancias anteriores a la mía. Y ahí sí, ahí hay un cierto morbo, ese que llevaba a los niños de antaño a levantar las ropitas de la figurilla de papel.

La enfermera continuó contando cajas de alimentos de donación al pie de la rastra enorme. Un negro tizón, palero y gordísimo, tomaba los bultos de dos en dos. El moreno paraba a cada rato y balbuceaba bromas, resultado del esfuerzo físico y de la sordina común en esta parte del mundo a la hora de arrimar el hombro.

lunes, 19 de mayo de 2008

Son de la loma (1)

El malecón

El malecón andaba insospechadamente embrutecido. Motitas rebeldes de mar picada salpicaban a los autos años cincuenta que osaban surcarlo. Arriba radiaba de canto un sol inmenso. De frente, como pulida o encerada, brillaba la fortaleza del Morro. Caminábamos sobre el poyete que separa la Habana del diecinueve del mar Caribe. Bromábamos, corríamos a trechos, y yo me encaramé a un león de bronce en el Paseo del Prado. Almorzamos en un patio colonial y acabamos la tarde sobre incomodas butacas de cine criollo. Silvio sigue tocando a mis espaldas, y yo rememoro andares por la Habana vieja al compás de mi cansancio.