martes, 7 de enero de 2020

España Vaciada: (1) La Raya


Una larga franja semi despoblada ,de unos 50 kilómetros ancho, se extiende de modo casi ininterrumpido a lo largo de la frontera con Portugal, desde el Oriente de la provincia de Orense, hasta el norte de la de Badajoz. Unas 140,000 viven en esta extensa zona, de tamaño total comparable a la extensión de un par de provincias de tamaño medio (18,800 km2). 

Ciudad Rodrigo es la única población con algún carácter urbano en toda el área, la mayor parte de cuyos pobladores residen en pueblos pequeños y de población envejecida. La densidad poblacional es algo mayor en Orense y Extremadura, siendo sus mínimos los de las comarcas de Sanabria y Carballeda, en Zamora (con apenas 3,5 h/km2) y La Cabrera, en León (4,1 h/km2), ambas de un marcado carácter montañoso.


Salvo tales excepciones, el resto de este desierto poblacional, al que podamos llamar la Raya (el apelativo tradicional de la población local para referirse a la frontera portuguesa), es de hecho territorio de orografía más bien suave, abundante acceso al agua (el rio Duero forma un tramo considerable de la frontera en Salamanca) y clima no demasiado riguroso. Debido a tales condiciones positivas para el poblamiento humano, la región no estuvo en absoluto tan despoblada en el pasado: el proceso de declive poblacional se inició aquí, como en casi todo el resto de la geografía de la España Vaciada, a partir de los años 60 del siglo XX. Si la emigración fue en La Raya mucho más acusada que en las comarcas vecinas, situadas más lejos de la frontera se debe, precisamente, a ese carácter fronterizo de la región, que la ha mantenido relegada durante décadas en términos de inversiones en infraestructuras y accesos a servicios. 


Es una zona escamante articulada, de personalidad difusa, de la que poco se habla y cuya crítica situación de despoblamiento ha atraído mucha menos atención que al de otras partes de España.  

Además de moribunda desde el punto de vista demográfico, la Raya es también un enfermo terminal sociocultural. El asturleonés, la lengua románica que aquí se habló durante siglos, es hoy un idioma al borde de la extensión. La Raya es, a fin de cuentas, la victima historia de un país donde lo ‘periférico’ parece importar poco. 

Conviviendo



Los españoles hemos logrado librarnos de prácticamente todas las grandes guerras europeas durante doscientos años. No participamos en la Primera Guerra Mundial, no fuimos invadidos en la Segunda, y no nos enfrascamos en esas confrontaciones cuasi continentales del siglo XIX como las guerras bismarckianas de 1870. Tan ajenos que éramos a todos lo europeo, hasta nos libramos de las barricadas continentales de 1848. Desde la Francesada (ultima vez que los gritos de guerra transpirenaicos nos afluyeron) , España se ha mantenido históricamente al margen de las movidas bélicas del viejo continente.

Esa es la buena noticia. La mala es que, durante el mismo periodo, y en verdad desde mucho tiempo antes, nos hemos especializado en algo tan carpetovetónico como pelearnos entre nosotros. Es difícil llegar a un acuerdo sobre cuando la noción cainita de las Dos Españas cobró carta de naturaleza. Matarnos cruelmente entre hermanos es deporte nacional desde las guerras Punicas y las guerras Sertorianas, cuando las tribus peninsulares se arreaban mutuamente como aliadas de uno u otro ejercito invasor.

La Edad Media Española consistió básicamente en siete siglos de guerras civiles a varias bandas (cristianos contra musulmanes, pero también reinos de Taifas entre si, y reinos cristianos a palos mutuos también) ; raramente las llamamos Guerras civiles (salvo la de los Dos Pedros , la de Sucesión Castellana o la guerra civil de Cataluña y la de Navarra del siglo XV ), pero en alguna medida, la ‘Reconquista’ misma fue una larguísima guerra civil. Las guerras banderizas en las provincias vascas, Galicia y otras regiones son tal vez el modelo mas brutal del prurito bronco español- te matabas con tus vecinos, a cuenta de no se sabe muy bien que.

La llegada de los Austrias dio inicio con la guerra de Comunidades y las Germanías donde, de nuevo, los peninsulares nos dedicamos a atizarnos entre nosotros.  Tras un periodo de cierta calma chicha, llegó al Guerra de Sucesión, la primera gran hecatombe civil colectiva, caracterizada, tal y como seria el caso de todos los demás enfriamientos fratricidas posteriores, por una amalgama  entre tensiones territoriales y enfrentamiento entre estamentos sociales.

El siglo XIX trajo nuevos bríos a ese invento de matarnos sin piedad entre nosotros. Cinco guerras civiles tuvieron lugar en ese siglo:  La guerra realista, las  Tres Guerras Carlistas y la Cantonalista. El fratricidio a partir de entonces comenzó ya a tomar la forma en la que ha persistido hasta ahora: liberalismo frente a conservadorismo; federalismo frente a centralismo, laicidad frente a integrismo católico…izquierdas frente a derechas.

Y llegó el siglo XX y el desmadre. Uno y otro bando de ésas dos Españas siempre a la gresca adoptaron los modelos ideológicos de momento (lucha de clases versus fascismo), y todo terminó como terminó.

Curiosamente, esa cíclica sangría colectiva ha seguido siempre un derrotero parecido: Primero nos dedicamos a humillarnos y zaherirnos brutalmente entre nosotros, a subrayar lo que nos divide; pasamos luego unos lustros dejando que la tensión crezca, a hasta que la cuerda no da ya de si y entonces comenzamos a matarnos entre nosotros sañudamente.

Después llega la calma, la calma de los cementerios. A partir de ahí, las salidas son siempre una de estas dos- si hubo un nítido ganador en el enfrentamiento, lo habitual es que este se imponga al bando derrotado sin concesiones (como en la Guerra de Sucesión, en el ahogamiento del cantonalismo, o en la ominosa guerra del 36 y consecuente Dictadura Franquista) Pero si el revolcón bélico queda en tablas, o si el hastío con tanta guerra es ya insoportable, a veces logramos llegar a un compromiso de acuerdo, a un turnarse en el poder y convivir por un tiempito (como en la Restauración de fines del XIX  tras la Primera República, o como con la Constitución el 78).

No creo en el determinismo histórico. Pero una cosa si tengo clara- hablando se entiende la gente. Los tremendismos, el pánico, el azuzar los miedos…solo sirven a un propósito: el de acabar de nuevo como el rosario de la aurora y repetir lo peor de nuestra historia colectiva.

En España toca ahora cambio de gobierno. Al que no le guste, que haga oposición y se espere a ganar en las próximas elecciones. Y al que le guste, a celebrarlo y vivirlo con gozo. Y a todos- a rebajar el tono y a aprender que la convivencia y la paz social es el valor principal de la democracia- y la única forma de mantener enterrada la maldición de nuestra histérica historia guerracivilista.