domingo, 25 de septiembre de 2016

Contando elefantes

Siempre me ha gustado conocer las cifras de todo aquello que me interesa. Tendemos a entender el mundo a partir de apriorismos subjetivos, de modo que casi siempre nos olvidamos de que, a fin de cuentas, todo existen en determinado número. Pensamos, por ejemplo, que África es un continente poblado por un inmenso número de omnipresentes animales salvajes:  imaginamos las sabanas del continente pobladas por millones de cebras, jirafas, elefantes o leopardos.

Hoy me ha picado la curiosidad y he navegado extensamente por Internet intentando poner cifras a esos grandes animales africanos. Calcular el número de hipopótamos o de bonobos no es precisamente un ejercicio tan preciso como hacer un censo de población de humanos. No obstante, en los últimos años los biólogos han hecho un esfuerzo serio para calcular a grandes rasgos cuantos ejemplares quedan de muchos de los mamíferos africanos más populares. No obstante, contar grandes ‘bichos’ no es, ni mucho menos, una ciencia exacta. He tenido que consultar más de una treintena de páginas Web para obtener resultados convincentes, y de algunas especies que también me interesaban, como las gacelas, las hienas, no he encontrado ni la minina referencia poblacional.

A pesar de todo me doy por satisfecho con los datos que he logrado reunir. Son verdaderamente sorprendentes…y tristes. En África viven 1,100 millones de personas, pero solo 30,000 leones. Las cebras, que tan numerosísimas nos parecen cuando las vemos en grandes manadas en los reportajes de la tele, son en realidad tan solo unas 660,000 en todo el continente; ósea, hay una proporción de una cebra por cada 2,000 africanos, más o menos.

Las cifras también nos permiten sopesar la importancia de unos animales respecto de otros, y los resultados son a veces sorprendentes. Por ejemplo, tienes 20 veces más posibilidades de avistar en África un leopardo que un guepardo, y también es inmensamente más probable toparse con un elefante en lugar de con un rinoceronte. Yo nunca hubiera dicho que de hecho hay casi el doble de elefantes que, de chimpancés, o que hay muchísimos más hipopótamos que jirafas.

En el fondo, tiene sentido que nuestra imaginación nos engañe y nos haga pensar que en realidad son muchos más los animales que pueblan África, ya que hubo un tiempo en que las cosas, en verdad, eran bien diferentes. Es estima que hace un siglo vivían en África 4 millones de elefantes; hoy se calcula que su población se ha reducido a algo más de una décima parte de esa cifra. Los leones, por su parte, pasaron en el mismo periodo de 200,000 a 30,000, en tanto que, en el caso de los rinocerontes, la caída ha sido en estos algo más de 100 años, todavía más brutal: de 400,000 a 26,000.

La estimación más antigua del número de gorilas en África data de los años 60. En aquella época se consideraba que casi un millón de estos grandes simios poblaban el trópico africano. Los censos actuales han reducido ese número a apenas 160,000. El caso de las jirafas es particularmente llamativo: En los últimos 15 años han caído a la mitad.

El primer paso afrontar un problema es conocer su dimensión real. África está viviendo una extinción masiva de especies. Por mucho que las fotos del National Geographic aún nos muestren un idílico paraíso superpoblado de maravillosos animales, la verdad es que, fuera de contados parques naturales, África es ya un yermo de la gran fauna. 

miércoles, 21 de septiembre de 2016

¿Somos demasiados los cooperantes?

A nivel global el número de expatriados cooperantes procedentes del Norte lleva años reduciéndose en el mundo, como efecto de la creciente incorporación de profesionales de países en Vías de Desarrollo en las ONG, empresas consultoras y organismos internacionales, motivado tanto por su cada vez mayor cualificación profesional como por una cada vez más  horizontal visión del desarrollo, unido todo ello a las políticas de abaratamiento de costes. Esta tendencia ha sido aún más veloz en América Latina, tradicional destino de una parte sustancial de los cooperantes españoles. 

A este factor cabe sumar, en el caso español, y desde el estallido de la crisis económica hace ya casi 8 años, la masiva reducción de fondos públicos para ayuda oficial al desarrollo y los recortes en las donaciones, lo que ha llevado al cierre de numerosas ONG, reducción drástica del número de consultorías y consecuente caída significativa de personal en el sector. Según cifras de la CONGDE, entre 2008 y 2016 el número de cooperantes en el exterior trabajando para ONG españolas se redujo en un masivo 55% (*).

Es cierto que, en contrapartida, el número de españoles incorporados a organismos internacionales, ONG de otros países y hasta agencias bilaterales de cooperación extranjeras ha crecido en los últimos tiempos, como consecuencia de la mejora de la cualificación de nuestros cooperantes (que cada vez acumulan más años de experiencia y dominan más y mejor otros idiomas), las políticas proactivas del último gobierno socialista para integrar españoles en Naciones Unidas y otras agencias multilaterales y sobre todo, en razón de la necesidad de muchos de buscar otras alternativas de empleo ante la caída del sector en nuestro país. 

No obstante, ese aumento de cooperantes españoles trabajando para empleadores no españoles no ha compensado, ni de lejos, la caída de la oferta de puestos en organizaciones españolas. Por otra parte, la cierta reducción de la tradicional precarización laboral del sector a partir de 2010 y 2011 (cuando se llevó a cabo la regularización de los responsables de programa de la AECID y de los agentes contractuales en delegaciones de la UE), ha llevado la consolidación de puestos de larga duración y con ello a una cierta reducción de la rotación y de las posibilidades de empleo para los nuevos incorporados al sector. 

Así pues, son cada vez menos los puestos de trabajo disponibles en cooperación… pero son cada vez más los jóvenes interesados en desarrollar una vida profesional en este ámbito. 

Hay muchos factores que explican este proceso. Por una parte, las actividades de educación al desarrollo y el alto interés mediático por el sector (casi podríamos hablar de crisis de éxito) han incentivado la demanda de modo masivo. Programas como Españoles por el Mundo han acercado la realidad cotidiana del cooperante al ciudadano de a pie. La proliferación del voluntariado, las vacaciones solidarias y figuras afines han permitido además que miles de jóvenes y no tan jóvenes hayan vivido una primera experiencia en primera persona, sintiéndose atraídos por el sector. 

En paralelo, el número de cursos de postgrado de iniciación a la cooperación al desarrollo ha aumentado hasta niveles fuera de toda escala racional, actuando a la vez como efecto y como acicate de la demanda de empleo en este ámbito. 

Es difícil imaginar que en los próximos años el mercado laboral de la ayuda al desarrollo recupere su perfil de antaño, cuando había una coincidencia bastante ajustada entre la oferta de empleos y la demanda de los mismos. A medida que superemos la crisis se incrementará en cierta medida la necesidad de trabajadores, pero las tendencias globales arriba descritas seguirán ejerciendo su influjo, así que a nivel macro el mercado laboral seguirá, con certeza, estrechándose. 

A ello se une la cada vez mayor exigencia de años de experiencia y altas cualificaciones para cualquier puesto, debido al carácter ahora altamente competitivo del sector (baja oferta de empleos, y altísima demanda de los mismos). Un joven recién incorporado a este mundillo y deseoso de transformarse en un profesional del medio, lo tiene hoy, probablemente, más chungo que nunca antes en los casi 30 años de historia de la cooperación en España. 

Por mucho que la proliferación de cursos y de ofertas de vacaciones solidarias dejen la errónea impresión de una demanda vigorosa y en aumento, la cooperación en España, hoy por hoy, y en los próximos años, necesita y seguirá necesitando a muchísimos menos profesionales de los dispuestos a dedicarse a esto. 

Si queremos pensar el futuro del sector con todas las consecuencias, es precisa una alta dosis de realismo.

(Foto:Luis Echanove)

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(*) Salvo para el caso de los cooperantes trabajando en ONG, no hay estadísticas recientes consolidadas sobre el número total de cooperantes españoles. En 2005 el autor de este blog llevo a cabo, con la colaboración de decenas de cooperantes y en marco de la Asociación Profesional de Cooperantes (ACP), un primer censo (y hasta ahora último) de cooperantes, conforme al cual los cooperantes españoles éramos unos 14oo, algo más de la mitad de los cuales trabajaban en ONG. 
Cuantos somos los cooperantes?

Las tres Españas

Españolito que vienes
al mundo te guarde Dios.
una de las dos Españas
ha de helarte el corazón.
Antonio Machado.

Pertenezco a esa generación para la cual la Guerra Civil siempre fue una especie de larga sombra; un tramado de historias familiares lejanas, heroicas o tristes, que marcaron ineludiblemente la vida de nuestros abuelos y la infancia de nuestros padres. Era historia viva, historia dura de entender, historia proyectada extrañamente desde su fondo negro hasta el presente, como una maldición, como una vergüenza de sangre vertida entre hermanos, inexplicable, atroz, legendaria, decisiva.

Creí desde niño que aquella fue una matanza entre dos medias Españas. Pensaba yo que todos, o casi todos, tomaron partido; que un tajo de sangre y odio dividió al país de cabo a rabo. Sólo al cabo de los años supe que, entrambas, hubo tal ver una inmensa minoría de españoles insensibles a las invictas soflamas de la derecha fascistoide o a las arengas revolucionarias de las izquierdas radicales. Una España que, aunque sufrió la tragedia tan en carne propia como las otras dos, si hizo la guerra fue por obligación, no por convicción alguna.

No obstante, mi subconsciente, maleado por esa visión maniquea de la guerra aprehendida en la infancia, en el fondo no aceptaba con buenos ojos esa noción de una tercera España, atrapada entre las versiones extremas y combativas de mi patria. Pensaba yo que aquello fue un momento crucial sin espacio para los neutrales o los pasivos, un torbellino en el que había que tomar partido de forma inequívoca. Los que no se mojaron, creía, serían los menos. Las masas, obreras o católicas, pequeño burguesas o campesinas, urbanas o rurales, se lanzaron de bruces a la lucha, en uno u otro bando, comprometidas con sus ideales.

Ha caído hace poco en mis manos un breve ensayo histórico de Joaquín Riera cuya tesis, desdice totalmente esa visión. En su obrita La Guerra civil y la Tercera España, Riera sostiene, a partir de la intrahistoria de sus propios antepasados, que la guerra fue fundamentalmente la aventura de dos minorías radicalizadas enfrentadas entre si y que, en el fondo, la mayor parte de los españoles se posicionaron solo por obligación, no por convicción alguna.

El libro me ha dejado tan intrigado que me he propuesto intentar dimensionar, cuantitativamente, cuál fue el peso real de cada una de esas tres Españas (las dos que hicieron la guerra y la de enmedio).

Si por la noción tradicional de las dos Españas nos referimos a las derechas y a las izquierdas en sentido amplio, resulta obvio que esa tercera España era, contra la tesis de Riera, una minoría irrelevante. En las elecciones parlamentarias de 1936, celebradas pocos meses previos al estallido de la guerra, más de un 94% de los españoles votaron a partidos claramente de derechas o claramente de izquierdas (repartido a partes casi iguales). 

Podríamos añadir al menguado centro político a muchos de los que no votaron, presumiendo en su abstención una pasividad política, pero sería inadecuado, puesto que los numerosísimos anarquistas (casi un 10% de la población activa estaba afiliada a la CNT en 1936) no votaban y formaban, obviamente, parte de la España de izquierdas, no de la llamada tercera España. Descontado el no-voto anarquista, la abstención en el 36 fue nimia.

Mi estimación es que esa tercera España de centristas (esa especie tan peculiar en la España cainita de entonces y de ahora), más abstencionistas políticamente neutros, no llegaría ni al 20% de la población.

Pero hay otra forma de definir a la tercera España: además de a los de centro y a los apolíticos, podríamos computar en ese grupo a aquellos que, aun siendo claramente de derechas o de izquierdas, a priori respetaban la legalidad vigente y no buscaban ni una involución ni una revolución. Entrarían en ese caso en el sumatorio la mayor parte de aquellos que en el 36 votaron a las derechas democráticas (la CEDA) así como a los diversos partidos de izquierda republicana, y a una parte importante -pero no mayoritaria- del electorado del PSOE.

El bando de la España ultramontana, decidida a erradicar la República para implantar un sistema totalitario de derechas, quedaría entonces mucho más limitado. En las elecciones del 36 solo un 10% de los españoles votaron a alguno de los partidos de extrema derecha de talante claramente subversivo y enemigos de la legalidad vigente (los carlistas, la Renovación Española de Calvo Sotelo, la por entonces nimia Falange y el aún menor Partido Nacionalista Español).

El campo de los revolucionarios de izquierda, si lo limitamos a los declarados enemigos de la legalidad de la democracia liberal-parlamentaria, también quedaría en ese caso bastante menguado, pero no tanto: si sumamos sindicalistas ácratas, afiliados al PCE, al POUM, a las izquierdas nacionalistas y a la UGT (un sindicato claramente marxista revolucionario en 1936) alcanzamos fácilmente un 23% de la población activa de la España inmediatamente previa al estallido de la guerra.

Así pues, y en resumen, en 1936 uno de cada tres españoles (10% más 23%) estaba dispuesto a destruir la legalidad vigente, ya fuera para implantar un régimen totalitario de perfil militar, fascista o teocrático católico; o para hacer la revolución (en sus colores marxista, estalinista, trotskista o anarquista).

Los otros dos tercios, que no buscaban la guerra ni la revolución, se encontraron con ellas, y, al calor de la sangre y el contagio de la violencia, en gran medida, terminaron también tomando partido. La efímera y minúscula tercera España, la de Unamuno, Ortega o Madariaga, necesitó tres décadas para volver a levantar cabeza.

(Fotos: Luis Echanove; gráfico del autor)

martes, 13 de septiembre de 2016

Psicopolítica

Muchas grandes empresas, gobiernos nacionales y otros puestos de gran responsabilidad están en manos de psicópatas. Son seres patológicamente egocéntricos e incapaces de empatizar con  los demás, pero a la vez capaces de embaucar a las personas peor informadas, a las carentes de criterio o simplemente de imponer su voluntad por la fuerza o el engaño.

Hitler o Stalin fueron exponentes extremos de ello, pero desgraciadamente, también hoy proliferan en todos los ámbitos del poder político o económico, ya que su falta de valores morales les permite ascender a cualquier lugar a base de trampear y pisotear a los demás. El Asad, Putin, Strauss Khan, Saakasvili,  Berlusconi...la actualidad mundial está plagada de psicópatas de todos los pelajes y grados. No hace falta ser psicólogo para apercibirse de que son seres enfermos, muy  enfermos, y muy dañinos.

Ahora uno de tales sujetos, Trump, tiene posibilidades reales de convertirse en el líder de la primera potencia mundial.

(Foto: Luis Echanove)

sábado, 20 de agosto de 2016

A tale from the Caucasus

The experience of the Georgian Agriculture Coordination Group

In 2011 the agriculture and food sector of the Republic of Georgia, in the Caucasus, was in a complete stage of abandonment by the government, despite that more than half of the country’s working force were farmers and that poverty was widespread in rural areas. The immense majority of the farmers were owning less than one hectare of land and most of what they were producing was for self-consumption, while the country was importing most of the foodstuffs required to supply the urban areas. The State was allocating a mere 3% of its budget to agriculture. Although the economy as a whole was growing, the agriculture productivity was declining, and yields of many basic commodities were at the levels of sub-Saharan countries in extreme poverty. There were no food safety measures enforced whatsoever. Food poisoning and breaks of lethal animal diseases were a normal recurrence.

Historically Georgia was an a very productive country, with an extremely good quality production and a long tradition of diversification and marketing. All that was dilapidated during the collapse of the Soviet Union, and the subsequent administrations did not pay any real attention to re-build the sector.

In 2016 the agriculture sector in Georgia is growing at high speed (faster that the economy as a whole); modern agriculture cooperatives and small business are booming; agriculture exports are expanding; European-like modern food safety and consumers’ rights standards have been developed and, more importantly, a sense of hope is back to the rural areas.

This Copernican change has happened for many reasons, but, without question, the most important driver has been the political will by the State and the society to bring impetus to the sector, putting forward a strategic long-term vision and investing substantial resources for the sector development.

During those dark days when the policy makers were not putting any attention to the problems of the farmers, a small group of highly motivated development experts and agriculture practitioners from different organisations (national and international NGOs, academic institutions, farmer groups, State agencies…) started meeting regularly, under the informal facilitation of the European Union and the FAO. They decided to join efforts in finding ways to change the policies that were impeding the small farmers to gain economies of scale and reach the markets.  The members of this loose alliance agreed to advocate jointly for the enactment of an agriculture cooperatives law, which could remove the fiscal and other disincentives that were in place for farmers to sale together and pool production resources, and would support the establishment of business-oriented farmer groups that could be the trigger to revitalise the sector.

After few months since the first meeting, the alliance, called the Agriculture Coordination Group, was pooling some 40 organisations. Specific working sub-groups were created, as well as a data base of publications and various others information and coordination tools. Still, the alliance kept its informal structure, which let it operate in a very flexible and efficient manner.

During the plenary meetings, in-depth discussions on policy and technical topics were conducted, research papers and projects’ plans and activities presented. The participants were extremely diverse, and range from diplomats and donor agencies staff, to university food safety and nutrition specialists, environmentalists, farmers’ leaders, NGOs’ field staff, heads of units of the ministry of agriculture…and many more.

A set of advocacy activities was approved by the Group, and each of the members of the group assumed the leadership on one or another of the agreed actions: CARE in the Caucasus organised the first-ever conference on small farmer’s and rural development in the country, where local policy makers were able to get firsthand information from world-class experts; a local business school did various research papers on the bottle necks that farmers were facing to reach the markets; Oxfam undertook consultations in all the regions of Georgia to collect inputs for the law on cooperatives to be drafted; the EU funded study tours for key government staff to help them familiarised with the coops in Europe; FAO brought legal expert to help drafting the law on agriculture cooperatives; various local organisations lobbied with the members’ of the Parliament for the law discussion and enactment…

All that joint and coherent efforts work out well. In a few months the tide begun to change. The media start discussing the problems of the agriculture sector, and some politicians, including the president, began also to realise that something should be done to help small farmers engage in the market economy and to alleviate rural poverty. For the first time in 15 years the budget of the ministry of agriculture augmented. A sector strategy started to be prepared (with inputs from the Agriculture Coordination Group) and the draft law on farmers’ cooperatives was introduced for discussion in the Parliament. Still, all those activities by the Administration were largely perceived as too little, and too late.

Presidential elections were coming. The members of the Agriculture Coordination Group worked with all the running parties, helping them to understand the food security and agriculture problems that the country was facing and putting forward concrete proposals to address them.

A new administration went to power after election in 2013. The new government decided to make agriculture a top priority for the country socioeconomic development. The Ministry of Agriculture under the lead of bright and committed leadership, was on top of all the sector reforms. The law on cooperatives was approved, and that was just the first amongst a battery of ambitious reform measures, which included also the approval of the agriculture sector strategy and action plan, the enactment of the food safety law, the creation of an Agriculture Cooperatives Agency,  the establishment of advisory centres for the farmers’ in all the districts of the country or the re-establishment of food control systems. All these processes were coached and supported by the Agriculture Coordination Group and its working subgroups.  

Eventually, and due to this intense constant interrelation amongst the members of the Agriculture Coordination Group, a sense of being members of a ‘family’ emerged (with all the good times together and also the difficulties amongst members that a family may encounter!) despite the different backgrounds of each member organisations and sometimes the different views and opinions.

Some purpose-specific new forms of collaboration arose, like off-springs from the mother root that the Agriculture Coordination Group was. For instance, CARE stablished a partnership with the Georgian Farmer’s Association (GFA), the International School of Economics of the Tbilisi State University (ISET) and the Regional Development Association (RDA), all of them  members’ of the Group, for conducting joint project activities and specific advocacy measures; the Georgian Alliance for Agriculture and Rural Development (GAARD), was also created as a derivate of the Agriculture Coordination Group, chaired by Oxfam and composed by all the national and international NGOs working in agriculture and rural development.  

The snow-ball effect prompted by the Agriculture Coordination group and by the impetus in the Ministry of Agriculture is still running on, with promising developments in many directions: Foreign investment is back to Georgian agriculture, due to the new confidence in the sector; sanitary controls are now enforced, and new rural development policies have been framed are now piloted; a seed certification system has been launched…

For those familiar with the desolate stage of the agriculture and food sector in Georgia not so long ago, its seems almost unbelievable what is going on right now. As a local media put it once, agriculture in Georgia was Cinderella and now is the Princess. Of course, there is still a long way ahead, but the sector is back on track and there is no way back.

The Agriculture Coordination Group played a key role triggering many of these changes. But, even more important than the measurable deliverables that the alliance and its members help to reached (more production, better yields…), the main legacy, perhaps, was and still is, the profound conviction that real change only happen when those motivated to change the reality for better, work hand-to-hand, joining forces in the same direction.

viernes, 15 de julio de 2016

Liberalizar el comercio, ¿es bueno o es malo para la seguridad alimentaria de un país?

La idea de libre comercio es simple: Favorecer el comercio sin barreras entre los países, de modo que eventualmente pueda hablarse de un solo mercado global, en lugar de muchos mercados nacionales fraccionados. La defensa del libre comercio es, en teoría, uno de los pilares básicos de la ideología liberal y del libre mercado.

La experiencia nos ofrece casos de países que, como China o Chile, tras liberalizar sus relaciones comerciales con el resto del mundo, lograron una mejora sustancial en su seguridad alimentaria. Pero hay también muchos ejemplos, muchísimos más, de países en los que lo que sucedió fue exactamente lo contrario: la liberalización comercial llevó aparejada un declive de la seguridad alimentaria nacional, como ha pasado en Guatemala o Tanzania, por citar solo dos ejemplos.

Si algo caracteriza al comercio internacional de alimentos en el mundo de hoy es que no es un comercio libre o, para ser más exactos, es libre en una dirección (de exportaciones del Norte al Sur) pero no en la otra (del Sur al Norte). Esto es debido a que muchos países del Norte, como Estados Unidos o Japón, mantienen regímenes de cuotas comerciales y elevadas barreras arancelarias para restringir las importaciones de productos agrícolas provenientes de los países del Sur. En otros casos, como sucede con la Unión Europea, el sistema es un poco más sofisticado: más que muchas barreras comerciales tradicionales, lo que se les impone a los países del Sur cuando pretenden exportarnos alimentos son restricciones más complejas, como complicados estándares y estrictas normas sanitarias y fitosanitarias, reglas de origen kafkianas o limitaciones estacionales y cotas variables.

En paralelo, la mayor parte de los países del Sur han venido reduciendo paulatinamente sus cuotas y restricciones a las importaciones de alimentos provenientes del Norte, produciéndose una completa asimetría en las relaciones.

Esta injusta situación ha sido debido, en gran parte, a que, aunque en teoría la gobernanza comercial internacional, supervisada la Organización Mundial de Comercio, se funda en la idea de fomentar globalmente el libre comercio, en la práctica las relaciones comerciales se rigen, cada vez más por acuerdos bilaterales o regionales que establecen sus propias normas. Al ser negociados por Estadios Unidos o Europa con cada país o grupo de países del Sur individualmente, al Norte, dada su capacidad de influencia y presión, le resulta fácil imponer sus condiciones. El hecho de que en muchos países del Sur el poder político se encuentra con frecuencia controlado por grupos de interés económico y elites locales poco interesados en el bien común de sus ciudadanos, hace con frecuencia fácil para los negociadores del Norte imponer sus restricciones comerciales en esos acuerdos sin mucha oposición real por parte de los gobiernos del Sur.

Es evidente pues que, en su mayor parte, el flujo internacional de alientos entre las economías desarrolladas y los países en vías de desarrollo no se funda realmente en el principio de libre comercio, sino en una especie de ley del embudo, donde unos países (los del Sur) liberalizan sus mercados y otros (los del Norte) los mantienen restringidos.

Pero abstraigámonos por un momento de lo que sucede en realidad e intentemos imaginar una situación de libre comercio real, ósea, donde ambas partes (y no solo una) liberalizan completamente tanto las importaciones como las exportaciones. ¿Favorece el libre comercio verdadero a la situación alimentaria de los países? (*)

Lo primero que observamos es que produce efectos mixtos en cuanto a la disponibilidad de los alimentos. Por una parte, el aumento de las importaciones que la liberalización comercial favorece, incrementa la oferta de los mismos, lo cual es positivo, en principio, para la seguridad alimentaria del país importador. Además, la competencia con nuevos productos extranjeros puede tener un efecto de acicate en la economía local, empujando a los agro-productores locales a producir más y mejor. Pero, por otra parte, al facilitarse también las posibilidades de exportación, existe el riesgo de que un mayor porcentaje de la producción nacional se dirija al exterior, reduciendo la oferta de productos locales en el país; a ello se suma el efecto de la competencia de productos tal vez más baratos importados compitiendo con la producción de los agricultores locales muchos de los cuales pueden ver caer sus ingresos, y con ello su seguridad alimentaria.

El acceso a los alimentos por parte de la población puede o no mejorar tras un acuerdo de comercio libre: los precios de la comida importada caerán, al desaparecer las tarifas, pero los precios de la comida local que ahora también pasa a poder exportase subirán, al haber aumentado su demanda.  

La nutrición, igualmente, puede mejorar o empeorar tras un acuerdo de libre comercio, según se mire el asunto: a priori brinda la oportunidad para el consumidor local de acceder a una mayor variedad de alimentos, y en muchas ocasiones de mayor calidad que los locales; pero, a la vez, también abre las puertas a la entrada de alimentos procesados de bajo nivel nutricional que tal vez reemplacen en la dieta a alimentos locales tradicionales más sanos.

En cuanto a la estabilidad del sistema alimentario, aquí también comprobamos señales contradictorias: La liberalización comercial, sin duda reduce los riesgos de carestía estacional propios de una economía cerrada en sí misma, pero, por otro lado, una mercado muy liberalizado tiene muy poco margen de maniobra real ante una situación de crisis que requiera protegerse de shocks externos, como, por ejemplo, embargos impuestos unilateralmente por terceros países.

Resumiendo todo lo anterior, podemos concluir afirmando que el libre comercio (cuando existe, que es casi nunca), en sí mismo, ni favorece siempre ni es detrimental siempre a la seguridad alimentaria de los países, y que cualquier generalización al respecto es peligrosa. Todo depende de si el país en cuestión es exportador o importador neto de alimentos, de las relaciones comerciales previas a la liberalización, de los niveles locales de renta, de la estructura productiva (pequeños o grandes agricultores) etc.

Los argumentos en favor o en contra del libre comercio se basan casi siempre en presupuestos ideológicos abstractos y simplistas pero, analizado el asunto con la lupa de lo cotidiano, de repente todo es un poco más complicado... o a lo mejor más sencillo.


Foto: Luis Echanove
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(*) La mayor parte de los argumentos siguientes están reelaborados a partir del Food Security Annual Report de la FAO de 2015. 

jueves, 14 de julio de 2016

¿Seguro que es mejor enseñar a pescar que dar los peces?

Si hay un lugar común manido, una metáfora cansina y manoseada en el mundo de la cooperación al desarrollo, es aquella de ‘mejor enseñar a pescar que dar los peces’. Cualquier cooperante que se precie la habrá escuchado un millón de veces la frasecita de boca de sus interlocutores ajenos al mundillo, cuando les intenta explicar su trabajo y estos reaccionan con lo de los peces para dar a entender que han pillado la idea de que la cooperación no es lo mismo que la caridad o la ayuda humanitaria.

No obstante, tal vez resulte interesante explotar hasta el final, y en todas sus consecuencias, la susodicha metáfora del pescado para ilustrar la complejidad real de la cooperación al desarrollo y destapar todo el paternalismo que la frase de marras en realidad esconde, pese a su tono condescendiente.

Pensemos pues en el tipo al que le estábamos dando el pescado, y supongamos por ejemplo que no hay río o mar alguno cerca de donde vive, o que, aun habiendo, carece de peces. En ese caso, enseñarle a pescar no tendría sentido alguno. Otra posibilidad es que sí haya peces en el río, pero corran peligro de extinción, de modo que mejor que enseñarle a pescar sea traérselos de otra parte donde sean abundantes.

Puedo ocurrir también, y de hecho sería bastante probable, que el pobre hombre sepa ya pescar perfectamente, pero que en realidad de lo que carece es de redes o caña para hacerlo. En ese caso lo que necesita es que le demos los aperos, y no que le sermoneemos sobre cómo se pesca; aunque, aun mejor, en lugar de entregárselos directamente, podríamos darle o prestarle el dinero para que se los comprara él, ya que tal vez sepa mejor que nosotros cuales son los más adecuados para sus necesidades.

Supongamos que finalmente gracias a nuestra ayuda con las enseñanzas o con los aperos, ahora logra pescar por sí solo… ¿qué va a hacer con todo lo que pesque? Una parte se lo comerá…pero si pesca más de lo que necesita, seguramente querrá venderlo. ¿Hay compradores cerca? ¿Cómo va a conservarlo hasta que se lo compren? Puede que necesite un equipo frigorífico y muchas cosas más.

Por otro lado, no sabemos si hay otra gente pescando ya en ese mismo río ni cuál va a ser su reacción si les sale un competidor nuevo. Si los demás también quieren vender su pescado en el mercado, a lo mejor no es descabellado que se asocien para afrontar conjuntamente los gastos de conservación y transporte hasta los consumidores.

Pero, y volviendo a lo más fundamental: es posible que a nuestro amigo simplemente no le guste nada pescar y prefiera dedicarse a otra cosa para ganarse el sustento, ósea que en lugar de enseñarle a pescar mejor le formamos en un oficio diferente, y una vez sepa hacer otra cosa y obtenga un trabajo, con el dinero que gane se podrá comprar peces, si quiere.

Podríamos escribir un libro entero con las diferentes opciones disponibles y sus ramificaciones, pero creo que con esto es suficiente… a fin de cuentas, la moraleja está clara: En realidad no sabemos si es mejor enseñarle a pescar, seguir dándole los peces, o no hacer ninguna de esas dos cosas sino algo completamente diferente.

Y no lo sabemos porque, antes de tomar esa decisión, necesitamos, primero de todo, recabar mucha información (¿hay suficientes peces en el rio? ¿Sabe ya pescar el hombre? ¿Cuenta con instrumentos para hacerlo…?).

Pero la información, los datos, aunque esenciales, no bastan…además, deberemos preguntarle a nuestro amigo que es lo que él quiere que hagamos…tal vez, en efecto, quiera que le enseñemos a pescar, o tal vez prefiera que le dejemos en paz, o puede que al final sea él que nos enseñe a pescar a nosotros. 

Foto: Luis Echanove

miércoles, 13 de julio de 2016

Agricultura y nutrición: relaciones complejas

Los proyectos de cooperación en agricultura se suelen justificar frecuentemente sobre la base de su impacto positivo en la mejora de la situación de seguridad alimentaria y nutritiva de la población beneficiaria.

Si bien es cierto que los proyectos agrícolas, si son adecuadamente ejecutados, normalmente incrementan la producción, no es ni mucho menos evidente que ese aumento productivo se traduzca automáticamente en una mejora en el acceso a los alimentos o en una nutrición mas adecuada. Por ejemplo, si el tipo de producción fomentada es el de cultivos de exportación (como cacao, café, palma de aceite…) a costa de productos básicos, entonces, al menos en el corto plazo, la seguridad alimentaria de los agricultores se puede ver negativamente afectada.

Aun en el caso de que lo que aumente sea la producción de productos básicos de consumo local, existe siempre el riesgo de que la mejoría de la oferta haga caer los precios, de modo que los agricultores, aunque produzcan ahora más, ganen menos. Por otra parte, si ese aumento de la producción se ha logrado a base de mecanización, menos mano de obra será en adelante requerida para producir, lo cual aumentará el desempleo, precarizándose la seguridad alimentaria de esos antiguos agricultores.

También debemos tener presente que, si la producción no llega a manos de aquellos que la requieren, debido a problemas de acceso, infraestructura, monopolios y otras barreras en los mercados, ni los productores lograrán incrementar sus ingresos, ni aquellos necesitados del acceso a esos alimentos para mejorar su seguridad alimentaria podrán tenerlos disponibles. Toda producción, más allá del mero autoconsumo, que no llega al mercado, es una producción fracasada y estéril.

Pero supongamos que ninguna de esas cosas sucede y de que el proyecto agrícola logra efectivamente mejorar la seguridad alimentaria, tanto de los propios campesinos como de los consumidores, es decir, que ahora la población tiene un mejor acceso a los alimentos. ¿Significa eso que la nutrición necesariamente vaya a mejorar? Obviamente no, dado que una mejor nutrición no se relaciona sólo con una mayor disponibilidad de alimentos. Es preciso, el primer término, que los alimentos disponibles sean aquellos que mejoran la nutrición; es por ello que los proyectos que fomentan desarrollo de huertos o la adquisición de aves de corral, por ejemplo, impactan más positivamente en la nutrición en el hogar campesino que los que solo se orientan a producir granos básicos. Por otra parte, aunque se diversifique la producción, las mejoras en la dieta y los hábitos de consumo son también fundamentales. Así pues, es preciso incorporar aspectos de educación nutricional en los proyectos.

Puede incluso darse el escenario de que el aumento de la producción agrícola empeore la situación nutricional, por paradójico que parezca. Por ejemplo, el fomento de la irrigación puede acarrear un aumento de los mosquitos, y por tanto del paludismo, que debilita al paciente y facilita la desnutrición. También existe el riesgo de que el aumento de la cabaña ganadera incremente las zoonosis, con su consecuente efecto también en el deterioro de la salud humana, y por tanto en la nutrición. El aumento de la producción puede acarrear un incremento también de las horas de trabajo en faenas agrícolas, y con ello, una menor disponibilidad de tiempo para cuidar la alimentación de la familia. Por último, los mayores ingresos económicos de los campesinos pueden traducirse en el inicio de ciertos hábitos nutricionales negativos, como el aumento de la ingesta de alimentos precocinados, gaseosas, etc.

No debemos tampoco olvidar que el acceso al agua potable, a la higiene y a la salud son también elementos esenciales de la nutrición. Un niño con parasitosis y diarrea, por ejemplo, puede quedar fácilmente desnutrido. La relación entre nutrición y salud es de ida y vuelta: una persona malnutrida goza de peor salud; y una persona con mala salud corre el riesgo de desnutrirse. Así pues, para en verdad resultar efectiva en mejorar la nutrición, es esencial que la intervención en el ámbito agrícola se acompañe, mano a mano, con acciones en el campo del agua y saneamiento (como la construcción de letrinas o la mejora del acceso al agua potable) y de la atención primaria de salud.

Por último, es esencial señalar que la practica demuestra que involucrar a las mujeres como agentes fundamentales en el desarrollo de estas acciones (fomento de huertos y aves de corral, saneamiento, formación nutricional…) es decisiva para su éxito.

En conclusión, la relación entre aumento de la producción agrícola y la mejora de la seguridad alimentaria y  de la nutrición, no es ni mucho menos automática. Resulta fundamental, a la hora de asegurar que los proyectos agropecuarios realmente ayudan eficazmente a combatir el hambre y la malnutrición, que, además de las actividades específicamente agrícolas, abarquen un abanico mucho más amplio de intervenciones. 

Solo dando una respuesta holística, que incluya, más allá de los aspectos meramente productos, los relacionados con la generación de empleo, el acceso a los mercados, la variedad y calidad nutricional de los alimentos y los ámbitos de salud e higiene, es posible afrontar el problema de la desnutrición en toda su amplitud. El reto, por supuesto, es enorme, porque cuestiona la valía de muchos  proyectos únicamente agrícolas y llama a  un enfoque mucho más complejo e integrador de lo que a primera vista podría pensarse. Pero, ¿quién a dicho que la cooperación al desarrollo sea un trabajo fácil?

Fotos: Luis Echanove