domingo, 19 de noviembre de 2017

Diálogo menor

- Está bien- dijo, pero sabía que mentía. No estaba bien, no. Casi nada estaba bien. De hecho, todo discurría tan rematadamente confuso que las diferencias entre “bien” y “mal”, o incluso entre “estar” y “no estar” comenzaban a carecer de importancia.

 - Me alegro- respondió su contertulio, sabiendo también que mentía y que, alegrase o no ya no entraba entre sus prioridades.

 Ambos tomaron asiento en sus respectivos despachos y prosiguieron enzarzados en la ardua tarea de descalificar la deuda soberana de algún pequeño país al que arruinar.

El hexágono

De entre mis muchas obsesiones, la de buscar sentineleses es, sin duda, la más estrambótica de todas. 

Ya he escrito aquí en un par de ocasiones sobre los huidizos habitantes de Sentinel del Norte. Situada en el archipiélago de Andamán, en el Océano Índico, esta isla tropical rodeada de arrecifes y completamente cubierta por una tupida jungla, constituye el último rincón poblado del Planeta Tierra sobre el que ninguna nación ejerce una soberanía efectiva. Sentinel está poblada por un número indeterminado de “negritos”, esto es, pigmeos negroides asiáticos, dedicados a la caza y a la recolección, y cuya forma de vida es más o menos semejante a la del resto de la humanidad en el paleolítico. 

Nada sabemos de la lengua de los sentineleses, de sus costumbres o de su religión. Ni siquiera se sabe dónde se sitúan concretamente sus poblados. La única evidencia de su existencia son algunas fotografías vagas de hombres y mujeres desnudos tomadas desde la costa por un antropologo indio, que, en los años ochenta, acompañado de policias fuertemente armados, llegó a tomar pie en la isla. Los sentineleses se volatilizaron en la espesura ante su presencia. El antropólogo regresó después en varias ocasiones a las difíciles costas de la isla. Arrojaba cocos a las aguas, y los sentineleses, desde la distancia, los retiraban con precaución. 

Los sentineleses no son la única comunidad indigena completamente aislada del mundo exterior. En la Amazonia y en Papúa Nueva Guinea todavía sobreviven algunas tribus sin ningún contacto con el resto de la familia humana. Pero el caso de los sentineleses es el más fascinante de todos, por su aislamiento (se trata de una isla) y porque su territorio, estrictamente, no pertenece a ningún país (la India lo reclama, pero jamás ha ejercido ningún dominio efectivo). 

Para mi fortuna, por alguna inescrutable razón la resolución de Sentinel del Norte en Google Earth es verdaderamente detallada, semejante a la de las zonas urbanas de Europa o Estados Unidos. En cuanto me dí cuenta de ello, decidí ejercitar el absurdo entretenimiento de buscar a sus pobladores. La isla no es pequeña (sesenta y tantos kilómetros cuadrados), y la compacta masa forestal cubre integramente su superficie. Ante tales dificultades, no contaba, por supuesto, con identificar individuos, pero si al menos toparme con alguna traza de presencia humana. 

Oscultaba al azar, sin orden ni concierto. Mi vista se agotaba al poco rato de tanto mirar ese tapiz constante de copas de árboles. Pero al segundo día de ejercitarme en este inconfesable vicio de jugar a ser explorador por control remoto, de forma casual identifiqué en medio de la espesura una forma exagonal casi perfecta, semejante a una gran sombrilla contemplada desde el cielo. Apenas se diferenciaba de la naturaleza del entorno, pero, observada con detenimiento, era evidente que sólo un milagro podría haber dado a un árbol una forma geométrica tan perfecta. Sí, aquello parecía si duda una gran cabaña, en la que tal vez convivían varias familias. Enseguida me precipité a otras páginas de Internet para saber cómo describieron los viajeros del siglo XVIII y XIX las viviendas originales de las tribus de las otras islas del archipiélago Andamán (hoy en día construyen chabolas con los desechos de los emigrantes indios). Encontré reproducciones de viejos grabados en las que claramente se reproducían grandes cabañas exagonales de paja. No me había equivocado. Había hallado las coordenadas exactas del lugar dónde habitan algunos de los individuos del pueblo más aislado, remoto y desconocido del planeta; pero no estaba orgulloso, me sentía miserable, como un intruso que ha desvelado un secreto a su pesar. 

Quise imaginar que estarían haciendo en ese mismo momento los pobladores de aquella choza en medio de la selva. Sentí una enorme sensación de vértigo, porque tuve la certeza absoluta de que, en ese preciso instante, los sentineleses acaban de apercibirse de que alguien les había descubierto . 

Desde entonces por la noche, cuando duermo, en mi sueños escucho a veces un susurro de conversaciones en un idioma que no conozco.

Cuento sin sentido

-'Y el poema que nunca se acaba no es, tampoco, un poema circular'-, dijo rotundo, poniendo así fin a tan brillante conferencia. El público aplaudió con cierta solemnidad. El animal ruido de golpear las palmas de las manos para expresar jubilo o asentimiento parecía transformase en un acto de elevada reflexión metafísica, tras los muros de aquel respetable centro del saber. Recogió con cuidado las cuartillas del discurso manuscrito y abandonó el estrado con cierta prisa. Temía y a la vez despreciaba a esos preguntones cobardes, de último momento, que no osan nunca alzar su mano y dirigir sus interpelaciones en público y que esperan, agazapados en el pasillo, para entablar conversación con el conferenciante. Así que aligeró su paso, alzando la mano en saludos sin destinatario, y se encerró rápidamente en su despacho. Oculto de las miradas, cerró los ojos y se repitió mentalmente las ultimas palabras de su brillante presentación: 'Y el poema que nunca se acaba no es tampoco un poema circular'. 

Unos nudillos golpearon la puerta del despacho. Preguntó 'quien es'. Respondió una voz de mujer joven. Por cortesía la dejo pasar. No reconoció el rostro, ni las delgadas piernas, no reconoció nada de nada. Y ella dijo: 'Tomás, esa frase, tú ultima frase en la conferencia de hoy, es brillante'; el sonrió, sonrió por el comentario y sonrió porque no se llamaba Tomás. Aquella joven no sabía ni su nombre, o tal vez le confundía con otro, o se había equivocado de puerta, o de pasillo, o de Facultad, o puede que incluso de ciudad. 'Perdone señorita, yo no me llamo Tomas…'. No puedo acabar la frase; ella le interrumpió resuelta: 'Si, pero esa ultima frase….el poema circular…'-. El se sentía molesto; quería estar solo; aquella desconocida le inquietaba.'Yo-insistió- no me llamo Tomas. Me llamo Federico, Federico Rojas Álvarez, y soy poeta y director del departamento de semiótica….' Pero ella le volvió a interrumpir, aludiendo de nuevo a la frase final, al broche glorioso de las palabras pronunciadas en público apenas un rato antes. 'Mi pregunta a usted es la siguiente: el poema sin fin, si no es circular, ¿Qué es?'. –'la respuesta a esa pregunta- acertó él a responder- hay que buscarla, me temo en otra parte…consulte Internet, lea revistas, diviértase, usted no tiene edad de preguntarse a si misma, ni tampoco de preguntarme a mi, este tipo de cuestiones'. Ella azorada abandono el despacho, sin despedirse. 

 Y él, de pronto se apercibió de toda la farsa escondida bajo su piel. Lloró amargamente unos treinta minutos y al fin escribió el único poema sincero de toda su vida. Se llamaba 'Poema circular'.

miércoles, 6 de septiembre de 2017

Yemen

Los gritos no se escucharon en la pantalla. El rating de audiencia cayó al instante, como el silbido de esa bomba muda. Tintineaba la cuchara en el pocillo. (Un café amargo por favor, con poco azúcar). Otra vez los deportes. Menos mal que el Madrid ganó de nuevo. Y ahora el cotilleo, luego el tiempo (verano tórrido) y el resumen final con la bomba otra vez, aunque más breve. Donde está Yemen, preguntó el niño. Han muerto muchos bebés por las bomba, preguntó otra vez. Llegaron los anuncios antes que las respuestas. El champú y la melena densa y brillante. Un coche rojo, encerado, corriendo solitario por ese bosque inquietante. Yemen está en Arabia. Respondió el padre. De los bebés no dijo nada. Va empezar la serie. Sube el volumen.

Sentada en el suelo

Sentada en el suelo
y envuelta en su manto de colores,
mira de frente,
con ojos como pozos.

Mira y apoya la mano
en el piso de tierra.
Los pliegues del sari hacen ondas
sobre sus rodillas dobladas.

Afuera de la casa de adobe
unos niños juegan,
ahuyentando a los patos
con sus voces alegres.

Sentada en el suelo,
sus oscuras pupilas
escudriñan el silencio.

Sabes ahora que en esa cabaña,
en esa aldea lejana,
 en ese país castigado,
el tiempo ha quedado detenido
a la espera de un quehacer,
de un porqué, de un después.

Quisieras salir ahora corriendo,
huir de sus ojos de dolor,
del suelo de tierra,
de las paredes agrietadas...
escapar de ese espacio sin segundos
y volver al mundo efímero
donde los relojes giran.

Sentada en el suelo
y envuelta en su manto de colores,
mira de frente,
con ojos como pozos.
Cuantos años, cuantas vidas,
cuantos días cotidianos
 se han colado por sus pupilas negras?

Y de pronto tú te sientes ciego,
incapaz de ver lo que ella ve.
Los niños siguen jugando fuera.
El suelo de tierra fría te incomoda.
 Un pájaro se asoma al ventanuco.

Sentada en el suelo
y envuelta en su manto de colores,
mira de frente, con ojos como pozos.
Habla otra mujer.
Una más después.
Y luego otra.
El sol no envejece aún.
La tarde sigue.

En la choza de adobe
el tiempo avanza rápido,
como una vida larga
y lento a la vez,
como su mirar fugaz.

Un perro ladra lejos.
El barquero espera.
Las despedidas.
El instante apremia.
Sentada en el suelo
y envuelta en su manto de colores,
ya no mira de frente.
Ha cerrado los ojos un momento.

miércoles, 30 de agosto de 2017

No era difícil

No era difícil hacer poesía
 en esas mañanas de caminatas tempraneras.
Se colaban los rayos de luz vaporosa
 en faces de polvo denso.
Una neblina alegre envolvía el canal.
Y tú, sobre la bicicleta,
 con el viento en contra
 y el ánimo a favor,
en lugar de buscar los versos,
 te perdías en el hueco feliz entre dos instantes...

Un día cualquiera

Un día de sol en el que apenas te fijas.
La triste mirada que se cruza en tu camino.
El mensaje electrónico con buenas noticias.
Las reuniones, las palabras. Los acuerdos.
 Un almuerzo casero cocinado con entrega.
La música relajante que escoges en tu vuelo.
El recuerdo cercano de tus hijos.
Una noche de hotel.
Un día. Un mes. Un año. Una vida entera.

miércoles, 12 de julio de 2017

Carmen

La vida corre a raudales
por tu cuerpo larguirucho.
Un corriente de alto voltaje
invade el desorden de tu cuarto.

Esa mirada ausente tuya,
ese aire de melancolía despistada
y la chispa de tus ojos vivos…
Siempre te he comprendido.
No me preguntes porqué.

Incluso ahora, que ni tú misma
pareces saber a dónde te lleva
este nuevo mundo al que despiertas,
te sigo comprendiendo.

Yo también tuve catorce años,
fui a las ferias, comía pipas
y daba la vida por mi pandilla.
Yo también soñaba todo a la vez.

Te miro hoy y recuerdo
a la niña que fuiste,
o espero a la mujer que serás.

Estar ahí, para escucharte,
para responder a tus raudales
de preguntas luminosas,
ese es el quehacer al que me debo.

Carmen, la vida es, precisamente,
eso que tu presientes ahora…
Un prado sobre el que correr,
un mar para navegar,
un sendero nuevo
para tu bicicleta.

La vida, Carmen, es un milagro.