jueves 24 de diciembre de 2009

Subsahariano

Lo encontraron tirado en la playa de Maspalomas. Vestía con ropas aparentemente costosas, de corte exótico. Todavía jadeaba, pero con enorme dificultad. La respiración artificial no sirvió de nada. Inhaló su ultima ráfaga de aire allí mismo, tirado sobre la arena blanca. La patera, pintada de colores vivos y repleta de paquetes envueltos con primor, apareció días después a la deriva en alta mar. Al subsahariano muerto lo llevaron a la morgue. En el bolsillo interior de un gabán verde, con aspecto de capa, apareció un documento de identidad. Solo el nombre de pila resultaba legible: “Baltasar”.

Ese año un tercio exacto de los niños españoles se quedaron sin regalos.

(Foto: Luis Echanove)

Navegar

Me desespera navegar por Internet con una conexión de red tan lenta, un procesador de textos poco amistoso y este minúsculo ordenador. Las páginas bajan despacio, con un aspa roja de San Andrés en lugar de las fotos. Pero yo sigo intentándolo, mientras escucho una vieja canción de Los Secretos en voz de cantautor. Es una noche extraña, lluviosa, algo triste, y de Navidad. Todos los ingredientes para una depresión ligera si fuese depresivo. Pero no lo soy, y por eso reviso páginas de la Web que afloran a borbotones lentos en la pantalla, como el goteo de esta lluvia que ya muere.

Algo ha pasado. De pronto todo es más rápido, no solo la conexión, también la música. Y ahora sí, ahora leo con fluidez aquello que la red coloca ante mis ojos. Ahí está, ese blog extraño, encontrado al azar, con un texto raramente familiar. Ahí está, delante de mis ojos cansados tras muchas horas con las lentillas puestas. Y el texto dice así,

“Me desespera navegar por Internet con una conexión de red tan lenta, un procesador de textos poco amistoso y este minúsculo ordenador. Las páginas bajan despacio, con un aspa roja de San Andrés en lugar de las fotos. Pero yo sigo intentándolo…”

(Foto: Luis Echanove)

martes 15 de diciembre de 2009

Palabras atrapadas

Lo dijo de repente, casi sin pensar, como muchas de las cosas que decía últimamente. Lo dijo sin modular la voz, como se responde a una pregunta inoportuna cuando se comen patatas fritas ante el televisor. Lo dijo sin elevar la voz, pero tan poco bajito, más bien sobre el limite de lo claramente audible, pero solo sobre el limite, no por encima. Lo dijo con un deje de tristeza muy ligera, en realidad solo apreciable por alguien experto en su tono de voz y en sus estados de ánimo.

Lo dijo así, porque sí, sin ninguna razón aparente, que es como se dicen las cosas más importantes y también las más peligrosas: porque cuando falta una sola razón para decir algo es casi seguro que de fondo hay muchas razones para decirlo, muchas, muchísimas razones, tantas que es imposible distinguir las unas de las otras y al final todas se alborotan en la mente, como en una madeja de lana cuyo hilo son esas confusas ideas.

Pero al fin y al cabo, el asunto es que lo dijo. Y cuando algo se dice queda dicho, valga la perogrullada. Puede que las palabras se las lleve el viento, pero no sabemos bien a donde, así que en el camino a su incierto destino final, las palabras quedan atrapadas en la cabeza de quien las escucha. Y eso es exactamente lo que pasó cuando él dijo lo que dijo. Lo dijo sin querer, o a lo mejor a posta, pero lo dijo y ya no hubo marcha atrás: como cuando se dispara una bala, o se arroja un florero por la ventana. Uno puede arrepentirse de hacer tales cosas, pero al final el resultado es invariable. La bala impacta. El macetero se rompe contra el suelo. Y las palabras, las palabras que él dijo, se quedaron atrapadas en la cabeza de quien las escuchó.

Y ahí siguen, atrapadas.

(Foto: Luis Echanove)

Mundo ideal

La culpa de todo la tiene Aristóteles. Tal vez exagero: la culpa de casi todo. Puede que educase bien a Alejandro Magno hasta hacer del chaval macedonio un conquistador compulsivo, pero por lo que respecta a su filosofía, su principal logro fue tirar por la borda la belleza del pensamiento griego anterior a él.

Me enseñaron en la escuela que la grandeza de los filósofos griegos radicó en dejar a un lado el pensamiento mítico y reemplazarlo por el culto al Logos, al raciocinio abstracto. En realidad, ese punto de inflexión solo se produjo con el plasta de Aristóteles y sus fabulas supuestamente objetivas sobre motores, causas y efectos. Los presocráticos, incluidos los pitagóricos, se movían aún en las apasionantes y surrealistas aguas del mito. Platón, por su parte, fue el eje intermedio del proceso, a caballo entre el mundo onírico y el racional. Platón fue el primero que logró esa curvatura del círculo consistente en bañar de racionalidad el mito, o, si se prefiere, en cubrir de poesía lo meramente cerebral. Por eso, para mi Platón sigue siendo el más grande.

Los pensadores que más admiro (Plotino, Spinoza, Bruno, Kierkegaard, Hegel y el idealismo, los románticos, Nietzsche, Fromm, Jung, los existencialistas) son aquellos que se dejaron llevar por ese sabor a Oriente y a mística. Todos ellos bebieron de las fuentes de Platón. En cambio reniego de aquellos otros que, como el empalagoso Santo Tomás o el soporífero Kant, fueron incapaces de volar por encima de sus enrevesamientos neuronales.

La devoción extrema la racionalidad y al silogismo supone dejar a un lado todo aquello que en verdad nos motiva, y en ultima instancia, nos hace felices: el arte y la belleza, el mundo de los sentimientos, de los ideales, de los sueños y de (porqué no decirlo) la irracionalidad. Claro que también en el campo platónico ha habido interpretaciones desvariadas que no han conducido a nada bueno (por ejemplo: la malversación que los nazis hicieron de Nietzsche), pero sigo pensando que el idealismo está mas cerca de lo esencialmente humano que la noción escolástica de la vida, según la cual todo se explica por causas y efectos analizables con el raciocinio.

Al final ha resultado que las ciencias puras han dado la razón a Platón. Ni los átomos ni las supernovas se rigen por esa lógica lineal y estrecha de gusto aristotélico.

Seguimos en la misma cueva de siempre, mirando siempre el reflejo de un mundo ideal.

(Foto: Luis Echanove)

martes 1 de diciembre de 2009

Transporte en el Caspio

El tipo me mira con ojos de tahur, o de cabecilla de los malos en una película sesentera de James Bond.

Se las sabe todas. Parece estar riéndose de nosotros, los existentes, los sesenta o setenta tipos de corbata entorno a una mesa ovalada de longitud inverosímil. La pajarita le aprieta, pero él no pierde esa actitud de listo de la clase. El tipo parece relajado en su cuadro de gran formato, pese a lo forzado de la pose. Lamparillas estilo Imperio y una colección de pinturas de realismo soviético alusivas a diferentes medios de transporte completan la decoración de las paredes del salón de plenos ministerial. El óleo del tren me gusta: Es una locomotora verde en escorzo avanzando por un erial de charcos y tendidos eléctricos, bajo un cielo nuboso e irreal. Parece un cromo antiguo, o el dibujo de la portada del Ibertrén.

A mi lado, un hombre con mostacho y pinta de funcionario de país remoto mira sin pestañear la pantalla del Power Point. Sus ojos están en blanco, y la pantalla también (¿qué mira entonces?). En el otro extremo de la mesa alguien habla en inglés con tono tedioso y un sedante acento francés, superpuesto torpemente por el doblaje al ruso. Nadie presta atención, nadie pregunta…silencio denso.

El aburrimiento es tan espeso que se podría cortar con tijeras de podar.

Desde su retrato de marco dorado, el Padre de la Patria sigue mirándome con sus ojos de jugador tramposo. El tipo me intenta sobornar con su mirada picara, me pide que le desenganche de la pared, que le saque del marco, que le deje sermonearnos en esta conferencia interminable. Y yo ya no sé qué hacer para rehuirle.

Post scriptum: Me voy a levantarme ahora mismo. Tiraré el ordenador portátil con todas mis fuerzas contra el maldito lienzo. Voy a estampárselo en medio de su sonrisa de listillo. A mí me meterán en la cárcel, pero los aquí presentes agradecerán la iniciativa. Les voy a ofrecer una excelente anécdota para contar cuando vuelvan a casa. Ya verán, ya. Ahora sí que van a dejarse de aburrirse.

(Foto: Luis Echánove)

lunes 30 de noviembre de 2009

Bakú

Bakú, capital de Azerbaiyán, es a las ciudades del mundo lo que el gas a la física: su estado natural es el cambio. Y el dinero del gas -natural - es, precisamente, el motor de ese estado de ebullición urbana. Aceras levantadas, andamios omnipresentes…pareciera como si todo fuera a ser construido de nuevo y en pocos días, gracias al nuevo milagro económico azerí.

Cuando el viajero se acostumbra a saltar fosas en las aceras y a huir del polvo de las obras descubre una ciudad interesante. Minaretes persas salpican el pequeño centro histórico amurallado. Extramuros se abren los elegantes barrios surgidos en el boom anterior, el de inicios del siglo XX, cuando la mitad del petróleo del mundo se extraía de las riveras del mar Caspio. Docenas de villas inmensas, mansiones de nuevos ricos de hace ciento diez años muestran sus balaustradas mitad orientales y mitad parisinas a lo largo de los bulevares arbolados.

En Bakú es fácil olvidarse de que uno se encuentra en una capital musulmana, entre tanta minifalda y anuncios de cerveza. Azerbaiyán quizás el país de mayoría islámica más laico del mundo. Se diría que la religión principal es el culto al presidente, cuyas fotos, en rictus leninista, cubren todos los rincones.

No sé qué pensar de esta ciudad. Resulta demasiado contradictoria para explicarla. No es europea, pero tampoco asiática. No es hermosa, pero tampoco fea. Es muy moderna, y a la vez muy arcaica. Sus calles comerciales, peatonalizas, son una invitación al paseo. Sus caóticas autovías, una invitación a la reclusión.

Tal vez Bakú no existe. O existe sólo a medias. Y tal vez un día el gas natural se agote y Bakú se convierta de nuevo en el polvazal de pobreza que un día fue, para resurgir luego, de la mano de un milagro futuro, en un ciclo eterno de explosión y contracción.

Bakú…que nombre tan bonito, el de esta ciudad extraña.

Democracia pistolera

Cincuenta y siete personas (o tal vez más, siguen buscando cadáveres) han sido asesinadas en una emboscada la semana pasada en Maguindano, Filipinas. Eran civiles en su mayoría, incluidos una docena de periodistas y numerosas mujeres y niños. No es una atrocidad aislada. Se trata, más bien, de un caso extremo y especialmente horrendo de la forma de hacer política en el país.

Filipinas vive gobernada por élites locales que en cada provincia reinan, roban fondos públicos y asesinan a oponentes a su antojo, amparadas muchas veces por ejércitos privados. La mayoría de esas familias poderosas llevan ejerciendo el control local desde hace generaciones. Se reparten los puestos públicos con total nepotismo: alcaldes, gobernadores, congresistas, senadores...apenas una cuarentena de apellidos coaptan todos los puestos públicos. Los políticos filipinos trafican con los votos, compran la voluntad de los electores con prebendas o, en última instancia, acuden al más vulgar pucherazo. La actual presidenta, Gloria Macapagal, ganó hace cuatro años fraudulentamente las elecciones, apoyada, por supuesto, por las camarillas mafiosas de las provincias. Durante su mandato cientos de periodistas, de activistas de derechos humanos y de opositores de izquierda han sido asesinados por grupos paramilitares a lo largo y ancho del país. En el caso de la matanza del lunes todo apunta como responsable de la salvaje carnicería al poderoso clan de los Ampatuan, el firme aliado de Macapagal en la región. Muchos testimonios indican que altos mandos policiales también están directamente implicados.

En las enciclopedias, en la CNN y en los discursos de los políticos internacionales se define a Filipinas como “una democracia”.

(Foto:Luis Echánove)

martes 24 de noviembre de 2009

Descubrimiento del vino

El coche de la Unión Europea me había recogido a las puertas de la sede de una ONG. Acababa de atender la conferencia sobre cierto proyecto europeo de un tendido de alta tensión que cruzaría el parque Natural de Borjomi. Contra el pronóstico inicial, fue una reunión muy interesante, aunque probablemente ello fuera debido a la deficiencia de la traducción simultánea, repleta de chascarrillos ingeniosos con los que el intérprete había aderezado los aburridos discursos de los ponentes.

Cruzamos la avenida Rustaveli en dirección a la oficina del Banco Mundial. En el corto trayecto entablé conversación por vez primera con el conductor. Me dijo que llevaba siete años trabajando para la UE pero que él, en realidad, era arqueólogo, especializado en el paleolítico inferior (¿o en el superior?). Le pregunté si era cierto aquello de que el cultivo de la uva y la producción del vino tuvieron su origen en el Cáucaso. Todos los georgianos que conozco se jactan de ello. Hasta la página de internet del Ministerio de Turismo lo menciona con orgullo. La misma web también indica que la Peste Negra de la Edad Media europea brotó en Georgia por vez primera, pero eso no me pareció oportuno mencionárselo al conductor.

Mi pregunta sobre el origen del vino cambió el gesto del chófer ilustrado. Sonrió, se dio la vuelta y sin dejar de conducir me miró fijamente. “Fui yo quien encontró los restos arqueológicos de producción de vino más antiguos que se han descubierto en el mundo”. Volvió la cabeza adelante y continuó conduciendo lleno de satisfacción.

Pensé de inmediato en invitarle a comer. Me contuve por temor a equivocarme a la hora de elegir el vino más apropiado para la ocasión.

(foto: Luis Echanove)

martes 17 de noviembre de 2009

Pequeñas tretas

Siempre agarrado a la alegría, como el niño que pasea por las calles con el bocadillo de la merienda asido a su mano. Con el aire de lo vivido a la espalda pero con la vista puesta en lo que vendrá. Así camino sobre la tarde, pensando que el sol brillará más fuerte mañana que hoy.

(Foto: Luis Echanove)

lunes 16 de noviembre de 2009

Tarde de tedio

Entonces se dio cuenta de que estaba perdiendo el tiempo aquella tarde y que nada de lo que había hecho, desde la hora del almuerzo, iba a cambiar su vida en lo mas mínimo, ni la de los demás. Así que para animarse repasó mentalmente la mañana, ansioso por encontrar alguna actividad con sentido. No dio con nada relevante, nada de provecho, nada realmente útil. Siguió mirando atrás…ayer…tampoco…o tal vez sí: fue útil, práctico, necesario ir a comprar ese par de mocasines…o tal vez no, ya tenía zapatos, muchos. Adquirió los mocasines por capricho, no por utilidad. Se preguntó: ¿y el par de zapatos anterior? ¿y el anterior al par de zapatos anterior? ¿y el primer par de zapatos que tuvo en su vida, o que su madre compró por él, siendo niño? Y también: ¿comprar zapatos compensaba una vida entera? Francamente no. Pensó en otras cosas, en los trabajos, en las novias, en los amigos, en las vacaciones, en los restaurantes, en las tardes en el patio del colegio y en las mañanas en el bar de la Universidad. Los pensamientos desfilaban a gran velocidad sobre su mente. Pero la conclusión era todo el rato la misma: Nada compensaba el esfuerzo dedicado. Su vida había sido una perdida de tiempo.

Y aquella tarde, de pronto, había caído en la cuenta.

Se relajó sobre el sofá. Sonó el teléfono. Pero no lo cogió. Y enseguida su vida cobró sentido.
(Foto: Luis Echanove)

jueves 12 de noviembre de 2009

Ojos negros

Anda por las calles envuelta en una especie de gasa negra, con una falda de paño también negra ceñida a la cintura, zapatillas del mismo color. Todo es negro en ella, hasta sus ojos. Todo salvo la tez, que es pálida como el invierno. Pide limosna con vergüenza. Su edad es indescifrable, peor no baja de los setenta. Intuyamos su vida: infancia durante la guerra mundial, hambre de postguerra soviética, cierta dignidad económica en los sesenta y setenta, con casa gratis, comida barata y un trabajo decente. Todo pagado por el Estado. Todo sencillo, justo, pero suficiente. Y luego el colapso, el fin del mundo ideológico y también del real. El cierre de la empresa, en fin de la sanidad gratuita, y aun peor, la guerra, las guerras, tres guerras en diez años. Y luego la paz, y con la paz los edificios modernos, la visita de George Bush, las chicas en minifalda con trajes de marca, pero ella en la indigencia, en la chavola, los precios exorbitantes de los supermercados, una sociedad disparada en su carrera hacia ninguna parte y ella en los márgenes, tirada en la cuneta. Y al fin, una cuarta guerra, corta pero intensa, los rusos otra vez y ella pide dinero en la calle, tras una vida entera como conejillo de indias de todos los experimentos politicos posibles, y ella tiene al menos setenta años de sacrificios a la espalda y su vida es una mierda, y lleva siendo una mierda desde hace décadas, y este mundo es incomprensible, para ella y para mi, y yo por la noche no puedo dormir, porque me acuerdo de sus ojos negros.
(Foto: Luis Echanove)

viernes 6 de noviembre de 2009

Buscando casa en Tiflis

Era una casa de muchos pisos. Y de muchas mujeres: Había mujeres por todas partes, de todas las edades, de todas las composturas y actitudes, y todas con un común gesto de arreglarse la vida bien sin hombres zánganos alrededor. El balcón de la sala principal miraba a los edificios estalinistas. El de la cocina daba sobre los pinos de la montaña. Un viejo arropado en una manta yacía en un sofá de aspecto poco confortable. Nos ofrecieron pastel de granadas; un tanto crudo, pero caliente. Mi interés en la casa, a esas alturas, era más sociológico que real. No pretendía alquilarla. Solo quería seguir hablando con la matriarca de esa tribu femenina y seguir degustando pastel crudo de granadas. La agente inmobiliaria y traductora ocasional, una armenia robusta, dicharachera y también feminista, les contó nuestra vida a ritmo de caladas de cigarrillo. Cuando mencionó que una chica filipina vivía con nosotros, la matrona de ese nido de águilas mujeril mencionó que en la casa de enfrente una tagala trabajaba como profesora de kindergarten. Allí fuimos. Dos niños pequeños nos abrieron la puerta. La cría vestía de princesa Disney. El muchacho agarraba un arpón de cazar ballenas. Efectivamente, su madre, que no estaba en la casa/colegio era extranjera, pero no filipina, sino neozelandesa. El jardín de infancia parecía más un reformatorio infantil que un lugar de juegos para niños. Dejamos el barrio y en el Lada de nuestra armenia nos encaminamos a visitar otra casa, esta vez en las alturas de Sololaki. Se trataba de una mansión cúbica, sin decoraciones de ninguna clase en el exterior, pero por dentro cremosa como un pastel de boda latinoamericano. Guardias armados en todos los ángulos. Instrucciones del agua caliente de la piscina interior (sí: tenía una piscina cubierta, en el sótano) en hebreo…aquel palacete hortera olía a algo raro, no solo metafóricamente, también en un sentido literal.

Volvimos a casa, no sin antes comprar pan recién horneado en la tahona cercana. Buscar case en Tiflis es como recorrer Praga de la mano de Kafka o andurrear Madrid con Valle-Inclán: entre disparatado y cotidiano.

miércoles 14 de octubre de 2009

Tres axiomas cuánticos

(1) Somos dos brazos, dos piernas, un tronco y una cabeza arrojados sobre el azar de los colores, las sonrisas y los llantos.

(2) Somos dos, somos mil y un millón. Somos las estrellas que se cansan de escuchar nuestros despropósitos humanos. Y somos el día. Y la noche somos, cuando oscurecemos pensamientos luminosos.

(3) Háblale al río en su lengua propia: la lengua de devorar la tierra en su ganarle tiempo al morir suave. Fluye, fluye río. El verbo entrelaza tu correr con el abismo. Sumérgete en mis labios, río, y diluye tu mirar en el mío.


(Foto: Luis Echanove)

Dieciséis años después

El era cooperante en un país en guerra. Ella estudiante y traductora. Los dos en la encrucijada. Se amaron intensamente, como tal vez solo dos jóvenes en tiempos turbulentos pueden hacerlo. Caminaban por los parques hasta entrada la noche, acudían a conciertos de rock, cenaban en pizzerías, hablaban hasta agotar las palabras y después dejaban hablar a sus cuerpos. Viajaron juntos a Sicilia y a Pompeya, a Istria, y a Venecia. Vivian cada segundo como si se les fuera la vida en ello. Se poseyeron al límite, y también al comienzo, como si el mundo se acabara, o estuviera a punto de comenzar. Fueron solo unos meses, meses que valen años, meses que son una vida entera.

Un día él se marchó. Regresó a su país. Rompió con ella por carta, cobardemente. El quería rehacer el pasado con su novia de juventud. Hubo daño y dolor. Daño prematuro, daño atroz, como un viento. Dolor mudo, dolor grande como un mar. No volvieron a verse nunca. Sus vidas se alejaron por completo.

Dieciséis años después alguien le envió una foto reciente de ella y su dirección de correo electrónico.

Y el la escribió, para pedirla perdón. Dieciséis años después.
(Foto: Luis Echanove)

Fotos a mil

Fotos a mil
Ultima cena (Patricia Simpao)