miércoles, 13 de julio de 2016

Agricultura y nutrición: relaciones complejas

Los proyectos de cooperación en agricultura se suelen justificar frecuentemente sobre la base de su impacto positivo en la mejora de la situación de seguridad alimentaria y nutritiva de la población beneficiaria.

Si bien es cierto que los proyectos agrícolas, si son adecuadamente ejecutados, normalmente incrementan la producción, no es ni mucho menos evidente que ese aumento productivo se traduzca automáticamente en una mejora en el acceso a los alimentos o en una nutrición mas adecuada. Por ejemplo, si el tipo de producción fomentada es el de cultivos de exportación (como cacao, café, palma de aceite…) a costa de productos básicos, entonces, al menos en el corto plazo, la seguridad alimentaria de los agricultores se puede ver negativamente afectada.

Aun en el caso de que lo que aumente sea la producción de productos básicos de consumo local, existe siempre el riesgo de que la mejoría de la oferta haga caer los precios, de modo que los agricultores, aunque produzcan ahora más, ganen menos. Por otra parte, si ese aumento de la producción se ha logrado a base de mecanización, menos mano de obra será en adelante requerida para producir, lo cual aumentará el desempleo, precarizándose la seguridad alimentaria de esos antiguos agricultores.

También debemos tener presente que, si la producción no llega a manos de aquellos que la requieren, debido a problemas de acceso, infraestructura, monopolios y otras barreras en los mercados, ni los productores lograrán incrementar sus ingresos, ni aquellos necesitados del acceso a esos alimentos para mejorar su seguridad alimentaria podrán tenerlos disponibles. 

Pero supongamos que ninguna de esas cosas sucede y  que el proyecto agrícola logra efectivamente mejorar la seguridad alimentaria, tanto de los propios campesinos como de los consumidores, es decir, que ahora la población tiene un mejor acceso a los alimentos. ¿Significa eso que la nutrición necesariamente vaya a mejorar? Obviamente no, dado que una mejor nutrición no se relaciona sólo con una mayor disponibilidad de alimentos. Es preciso, el primer término, que los alimentos disponibles sean aquellos que mejoran la nutrición; es por ello que los proyectos que fomentan desarrollo de huertos o la adquisición de aves de corral, por ejemplo, impactan más positivamente en la nutrición en el hogar campesino que los que solo se orientan a producir granos básicos. Por otra parte, aunque se diversifique la producción, las mejoras en la dieta y los hábitos de consumo son también fundamentales. Así pues, es preciso incorporar aspectos de educación nutricional en los proyectos.

Puede incluso darse el escenario de que el aumento de la producción agrícola empeore la situación nutricional, por paradójico que parezca. Por ejemplo, el fomento de la irrigación puede acarrear un aumento de los mosquitos, y por tanto del paludismo, que debilita al paciente y facilita la desnutrición. También existe el riesgo de que el aumento de la cabaña ganadera incremente las zoonosis, con su consecuente efecto también en el deterioro de la salud humana, y por tanto en la nutrición. El aumento de la producción puede acarrear un incremento también de las horas de trabajo en faenas agrícolas, y con ello, una menor disponibilidad de tiempo para cuidar la alimentación de la familia. Por último, los mayores ingresos económicos de los campesinos pueden traducirse en el inicio de ciertos hábitos nutricionales negativos, como el aumento de la ingesta de alimentos precocinados, gaseosas, etc.

No debemos tampoco olvidar que el acceso al agua potable, a la higiene y a la salud son también elementos esenciales de la nutrición. Un niño con parasitosis y diarrea, por ejemplo, puede quedar fácilmente desnutrido. La relación entre nutrición y salud es de ida y vuelta: una persona malnutrida goza de peor salud; y una persona con mala salud corre el riesgo de desnutrirse. Así pues, para en verdad resultar efectiva en mejorar la nutrición, es esencial que la intervención en el ámbito agrícola se acompañe, mano a mano, con acciones en el campo del agua y saneamiento (como la construcción de letrinas o la mejora del acceso al agua potable) y de la atención primaria de salud.

Por último, es esencial señalar que la practica demuestra que involucrar a las mujeres como agentes fundamentales en el desarrollo de estas acciones (fomento de huertos y aves de corral, saneamiento, formación nutricional…) es decisiva para su éxito.

En conclusión, la relación entre aumento de la producción agrícola y la mejora de la seguridad alimentaria y  de la nutrición, no es ni mucho menos automática. Resulta fundamental, a la hora de asegurar que los proyectos agropecuarios realmente ayudan eficazmente a combatir el hambre y la malnutrición, que, además de las actividades específicamente agrícolas, abarquen un abanico mucho más amplio de intervenciones. 

Solo dando una respuesta holística, que incluya, más allá de los aspectos meramente productos, los relacionados con la generación de empleo, el acceso a los mercados, la variedad y calidad nutricional de los alimentos y los ámbitos de salud e higiene, es posible afrontar el problema de la desnutrición en toda su amplitud. El reto, por supuesto, es enorme, porque cuestiona la valía de muchos  proyectos únicamente agrícolas y llama a  un enfoque mucho más complejo e integrador de lo que a primera vista podría pensarse. Pero, ¿quién a dicho que la cooperación al desarrollo sea un trabajo fácil?

Fotos: Luis Echanove