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jueves, 28 de abril de 2016

En la papelera

Si lloviznaba, el viejo recogía sus bártulos, los cubría con un gran plástico transparente y se agazapaba al recaudo de los densos árboles. El tiempo cuando llueve discurre más despacio, así que, mientras esperaba el amaine, a veces le daba el rato para dibujar en su cabeza una aguamarina traslucida, un retrato al carboncillo de alguna adolescente de cabellos sedosos o el boceto errático de una caricatura en tinta china. Apretaba los ojos con firmeza, dejaba su mente en blanco y sobre ese lienzo vacuo las formas iban brotando a regañadientes.

Al viejo las manos le temblaban siempre, y también el paso. Pero el trazo de su imaginación era aun firme. Blandía pinceles de humo, estrujaba tubos de óleo inexistentes, y obtenía el jugo mágico de colores ya olvidados. Sus cuadros mentales, enormes o pequeños,  tétricos o luminosos, daban forma a su diminuto vivir de viejo vagabundo. 

Era un jueves de abril. El sol irradiaba fuerte tras el ligero chubasco. Removió  el plástico, los cartones y los trastos recolectados durante la mañana. Ahí estaban, al fondo del oxidado carrito de la compra. Pliegos rugosos, sacados de cualquier papelera.  Los alisó con sus manos trémulas y absorto los examinó uno por uno: el color de las olas en la aguamarina traslúcida; la mirada desafiante de la chica de cabellos sedosos; el brillo azabache de la tinta en la caricatura. Ahí estaban, todos esos cuadros que nunca nadie había pintado. 

martes, 26 de abril de 2016

El mapa

Acababa de publicar sus dos nuevas entradas en el blog ('Estrasburgo en la historia del misticismo occidental' y 'Estrasburgo en la historia de la heterodoxia espiritual y el esoterismo'), y se sentía razonablemente orgulloso de su estructura y contenido. 

Le gustaban esas pequeñas investigaciones de tono histórico. Nuevo en la ciudad, era además firme partidario de la idea de conocer a fondo el pasado del lugar en el que uno habita. Amante de los mapas y las guías de viaje, decidió redondear sus pesquisas ubicando sobre un plano urbano, a modo de trayecto turístico para curiosos, los principales lugares relacionados con esa fascinante historia religiosa y esotérica de la ciudad. 

Situó primero sobre el mapa, marcándolo con una cruz, el Templo Nuevo, la gran iglesia luterana edificada en el solar que antaño ocupara el convento dominico donde había predicado el Maestro Eckhart y en el que Johannes Tauler, su discípulo, residió y fue enterrado. El edificio religioso, ubicado en pleno corazón de la ciudad vieja, aun exhibía la lapida funeraria de Tauler. 

Justo al norte del Templo Nuevo, y en la misma manzana, emplazó una segunda cruz sobre el colegio protestante Jean Sturm, el edificio que había acogido desde 1538 y hasta fines del siglo XIX, a la Universidad Luterana de Estrasburgo. Fue allí donde los místicos Angelus Silesius y Johann Georg Gichtel se formaron. 

Le costó cierto esfuerzo encontrar en las fuentes alguna referencia para determinar donde había residido en Estrasburgo la gran figura del ocultismo francés del siglo XVIII, Louis Claude de Saint-Martin, pero finalmente dio con una reseña: El muelle de l’Esprit, junto a la antigua aduana. Marcó el lugar con otra crucecita. 

Las referencias geográficas a los grandes maestros espirituales recientes fueron más sencillas de ubicar sobre la trama urbana: La casa natal de Foucauld, en la mansión Dietrich, donde ahora se sitúa la sede del banco de Francia; la Iglesia de San Pedro el Joven , donde Foucauld fue bautizado y ante la que se yergue el monumento a su memoria; y la iglesia de San Nicolás, la referencia obvia a Albert Schweitzer, ya que fue allí donde el maestro espiritual y músico alsaciano ejerció como pastor protestante, entre 1900 y 1913. 

Finalmente, trazó una última cruz roja sobre el número dos de la calle de los Alabarderos (la antigua Cardo de la ciudad Romana), que aloja, desde 1920, a la biblioteca Pitagórica, fundada por Madame North-Siegfried y que ha constituido, desde entonces, el mayor centro de documentación sobre esoterismo de la ciudad. 

Una extraña sensación, tal vez de miedo, tal vez de alivio, le invadió al contemplar su mapa ya acabado. 

Las cruces rojas formaban una perfecta línea recta.

viernes, 15 de noviembre de 2013

El cuarto

No se qué hago aquí, tirado, como una peonza, en medio el azar del mundo.

Yo a veces quisiera ver mi dormitorio desde arriba, como un pájaro atrapado en una celda sin ventanas, y revolotear entorno a los pensamientos agazapados en esos rincones de soledad, o de compañía.


A vuelo de gaviota todas las habitaciones del mundo son igualmente diminutas y claustrofóbicas, pero libres al fin, lejanas, como células en un panal de abismos.





Imagen: ilustración de Juanma Santomé para la biografía de Maruja Mallo que la autora María Luisa Antolín publicará próximamente.

jueves, 26 de septiembre de 2013

El hotel


Bastaba con añadir música y ya era capaz de trascender la lamentable situación de mi entorno…” Mark Oliver Everett.

Ella acababa de salir de la universidad. No tenía experiencia, pero sí mucha clase, y hablaba bien inglés, así que aquellos dos tipos belgas, los nuevos gestores del lujoso hotel recién privatizado, la contrataron para coordinar al personal local. Eran tiempos de caos. El país colapsaba. No había luz ni calefacción en las casas. La comida escaseaba y las bandas armadas luchaban a tiros por el control de la ciudad. En el hotel, en cambio, no faltaba de nada. Por las noches los periodistas de guerra, los enviados de paz y los espías confraternizaban, bailaban y bebían hasta el amanecer, disfrutando de esa frontera ambigua entre la felicidad del presente y el terror de no saber si morirás por la mañana. Ella vivía intensamente, al filo del fin, agotada del trabajo inabarcable y atrapada en esa trama de viajeros sin hogar y música sin límite. Era feliz.
 
Un día los hombres armados se presentaron en el hotel. Pedían dinero a cambio de protección. Las visitas de aquellos guerrilleros se fueron haciendo cada vez más frecuentes. Al cabo de unas semanas ya se habían instalado en un par de habitaciones. Se paseaban con el lanzagranadas al hombro pasillo arriba y pasillo abajo. A veces, si se emborrachaban, iniciaban rencillas con los huéspedes, y hasta disparaban a las lámparas para divertirse, aunque normalmente ambos mundos – forasteros y milicianos- discurrían de forma paralela, ignorándose. A ella los guerrilleros siempre la respetaban. La trataban con cariño. Ella los temía, pero también los estimaba. Las fiestas no cesaron, y el caviar y la bebida abundaban, como siempre.

El planeta de los hombres armados se siguió expandiendo, cada vez a mayor velocidad. A los tres meses ya ocupaban una planta entera y de ahí fueron penetrando en las siguientes. Ya casi no quedaban habitaciones libres para los periodistas de guerra, los enviados de paz o los espías. Un día los guerreros anunciaron que a partir de entonces ellos se harían cargo de la gestión del hotel. Los dos belgas se esfumaron sin avisar. Ella, desesperada, también huyó. Los pocos huéspedes se quedaron como huérfanos, en manos de esa pandilla de militares desarrapados, pero el hotel nunca cerró.
 
Hoy la ciudad prospera. Los hombres armados murieron. Los turistas afluyen. El hotel todavía existe. Se renovó hace años. Me vi con ella a la entrada. 'Hace veinte años que no cruzo estas puertas', me dijo. Y entonces comenzó a llorar. 'Fui tan feliz… ' me repetía entre sollozos.

(Foto: Ignacio Huerga)

sábado, 14 de septiembre de 2013

Nada

The development of man's being is meant to follow a track already laid down for him in the makeup of reality. Jacob Needleman.

Hay algunos libros que no sabemos si nos gustan más que inquietarnos, o si nos inquietan más que gustarnos. The Indestructible Question - Essays on Nature, Spirit and Human Paradox, de Jacob Needleman, es uno de ellos. 

No recuerdo bien como lo adquirí. En aquella época yo estaba escribiendo un tratado sobre el origen histórico del monoteísmo y compraba todo lo que encontraba relacionado con el tema, así que no es raro que esa obrita en rústica y de tapas verdes, con su reproducción de un grabado de un sabio sufí en la portada, llamase mi atención. Me gusta pensar que el ensayo de Needleman permaneció atrapado en el anaquel de una oscura librería de segunda mano aguardando a un sujeto como el yo de aquel tiempo. Este tipo de extraños libros, que parecen escritos adrede para ser leídos exactamente en el momento que necesitábamos su lectura, producen la sensación de que fueron ellos los que nos encontraron a nosotros, y no al revés. 

 En cuanto comencé a leerlo comprendí que aquello era distinto a lo que esperaba (si es que acaso esperaba algo...eso tampoco lo recuerdo). Para empezar, no era un libro que pretendiera convencerte de nada. Yo llevaba algunos meses digiriendo sesudos tratados prolijos en detalles pero ágiles en el estilo (es decir, típicamente anglosajones), y ya me estaba hartando de tanta audacia, de tanto guiño al lector, de tanta 'frescura' artificial tan habituales en muchos intelectuales de éxito. El libro de Needleman no jugaba a la falsa modestia. Tampoco predicaba nada. Te hablaba directamente al fondo, sin concesiones, pero sin imponer nada. Era brutal y compasivo a la vez. Su tesis fundamental era simple: en esencia, nada existe. Todo se disuelve poco a poco. Nada perdura. Nada. 

 Hace dos años releí algunos de los párrafos que había subrayado. Para mi sorpresa, esta vez me dejaron indiferente. Aquello era insulso, vacío, como letras sin alma. Me sorprendió que conservara un recuerdo tan positivo de la primera lectura. No quise seguir decepcionandome, así que no volví a abrirlo desde entonces. 

Hoy lo he buscado y rebuscado por la librería, pero no ha a aparecido por ninguna parte. No recuerdo habérselo dejado a nadie. Estaba en una balda alta, así que los niños tampoco han podido cogerlo. He decidido entonces teclear el titulo y el nombre del autor en Google. No ha arrojado ni un solo resultado; también se ha esfumado en el mundo virtual, no ha quedado nada. Nada.
(Foto: Ignacio Huerga)

jueves, 12 de septiembre de 2013

Por la mañana


A veces se despertaba por la mañana con el cuarto ya inundado de luz de sol. Asomado a la ventana miraba el mar, limpio, azul (ese azul del Mediterráneo en septiembre, tan inasible e hipnótico que hiere los ojos). Luego, cuando retiraba la vista, sentía siempre ganas de llorar.

(Foto: Ignacio Huerga)

martes, 10 de septiembre de 2013

Rotulador

Había escogido el cuaderno cuidadosamente, como si optar por el granate de tapas de hule en lugar de por aquel otro de guardas de cartón azul fuera ejercer una influencia positiva en su estilo literario. Otro tanto le pasaba con el objeto para escribir: Nada de boli Bic, eso por descontado. Necesitaba uno marca Pilot azul, o tal vez negro, o mejor ambos, para así decidirse a usar uno u otro en el ultimo momento.

Fue trazar la primera palabra ("Había...") y darse cuenta, al instante, de su tremendo error. El Pilot seleccionado era demasiado fino. En lugar del maravilloso crujido suave de otros modelos, este generaba sobre el papel un chirrido desagradable, como el de la punta de un cuchillo punzando sobre un filete crudo o el de un par de zapatos de goma arrastrados sobre la grava. Pensó por un momento en regresar a la papelería y comprarse otro de su gusto. Pero la idea le resultaba, en cierto modo, mezquina, casi sórdida. Hacerlo supondría reconocerse así mismo poseído por sus manías hasta un limite difícil de tolerar. Se quedo allí, sentado en la terraza del parque, bajo la luz de la lámpara, buscando inspiración.

-"Si pienso"- se dijo - "escribiré racionalmente, y eso es lo único que no quiero hacer. Necesito que las palabras salgan solas de la punta de este odioso rotulador". Con cada letra el gemido sordo de la plumilla vertiendo tinta sobre el papel cuadriculado resultaba más y más insoportable. Se sentía casi culpable por herir a la hoja con ese doloroso desgarro.

Desganado, aparcó el Pilot junto al vaso de Coca-cola, se recostó sobre la mesa del bar y cerró los ojos.

-"Perdona... ¿tienes algo para escribir?"- . Salió de su sopor inmediatamente. La voz que acababa de romper su breve letargo era ahora una sonrisa amable, rodeada de labios gruesos. Un rostro maravilloso. Una chica bonita y alegre. Una minifalda corta. Un cuerpo esbelto.

-"Si, si...¡claro! ¡toma! "- alargó el brazo, sosteniendo el rotulador con la punta de los dedos, en un gesto un poco forzado.

-"Gracias"- respondió ella, sonriendo otra vez. Se dio media vuelta y su cola de caballo ondeó al viento.

Pasaron unos minutos. No muchos. La chica se acercó a su mesa con pasos firmes y rápidos.

-"Toma. Aquí lo tienes de vuelta. Gracias de nuevo", dijo ella ("otra vez esa sonrisa ingenua y maravillosa", pensó él, un poco aturdido). "¿Sabes? -añadió la chica mirando al rotulador de reojo - "me gusta como suena este chisme cuando escribe... ¡es como si las palabras salieran solas!- y se largó.


(Foto: Ignacio Huerga)

martes, 20 de agosto de 2013

Sueños de agosto


Sentado en la poltrona, el viejo cartujo disfrutaba de la brisa bajo los álamos en medio del jardín del monasterio. Las sombras de las ramas trazaban un damero caótico sobre el prado. El viento fresco de la sierra refrescaba un poco ese mediodía de agosto. Las hojas silbaban y bailaban mecidas a un ritmo lento, y el monje las miraba, sin pensar en nada, o pensando poco. Escrutaba con la mirada perdida al árbol antiguo alzado frente a él. Una enredadera, no muy tupida, se abrazaba a los pies del enorme tronco. Luego posó la vista en el abrevadero de granito. Miraba ensimismado lo líquenes, musgos y sombras de la piedra rugosa. Al fin cerró los ojos, no del todo dormido, tampoco despierto. El rumor de aire le relajaba.

Se desveló entonces, sobresaltado por el extraño sueño. Incrédulo alzó la cabeza para comprobar que, efectivamente, no era un monje. En lugar del hábito blanco con que se había imaginado a sí mismo, vestía sus ceñidos pantalones negros, la camiseta de Motorhead sin mangas que dejaba a la vista los tatuajes geométricos, y las altas botas negras de cordones. Alargó la mano y agarró el botellín de cerveza, ahora recalentado. De un sorbo se bebió la mitad. Miraba ahora, alrededor suyo, el bosque de antenas de televisión, los altillos, las terrazas, las tejas viejas y nuevas de ese Madrid visto desde lo alto de la azotea del edificio okupado. ¿Porqué un monje anciano en un jardín? ¿porqué ese sueño? Cerró los ojos otra vez. El sol abrasador le producía picor en los párpados. Quedó dormido.

La tarde estaba bien avanzada cuando acabó su siesta. Ahí seguía el viejo tronco, frente a él, y también el abrevadero de granito con su crisol de tonos grises y verdosos, y la yerba a sus pies, ya casi completamente cubierta por las sombras de las copas de los álamos. En su duermevela los recuerdos de juventud habían regresado, más vivos que nunca. La memoria le había devuelto a aquel ático anarquista de Lavapiés, con sus maceteros de marihuana y los graffiti decorando las paredes. Las campanas rompieron el silencio de la tarde. Con cierto esfuerzo se levantó y a paso lento se encaminó hacia el coro de la capilla. La casulla blanca apenas lograba cubrir la espectacular cresta multicolor que coronaba su cabeza.

(Foto: Ignacio Huerga)

martes, 15 de enero de 2013

Una vez más

Una vez más la luz del sol borró la noche más rápido de lo que  hubiera deseado. Se sentía inquieto. A decir verdad, todos en la ciudad lo estaban. Esa inquietud se alimentaba a sí misma, crecía y crecía de conversación en conversación. Hay una forma de ruido que modifica de modo extraño la cadencia de lo real. Ningún otro sonido resulta nunca tan poderoso. Y ahora  por fin habían escuchado esa señal intempestiva. 

(Foto: Luis Echanove)

Es difícil explicar


Es difícil explicar hasta que punto las vidas de ese centenar y medio de familias estaban vinculadas al ciclo de silencios que los campos marcan en el crudo mes de enero, o al nervioso parpadeo de las luces de junio al amanecer. Todos los entusiasmos, durante al menos dos generaciones, se habían vivido acotados en la pequeña esfera de lo cotidiano. Es verdad que ciertas épocas hervían de intensa actividad; pero, en todo caso, el compás pendular de las horas vivas de la primavera y el otoño, alternándose con las mortecinas largas tardes del invierno o el verano habían oscilado por muchos años aun previsible ritmo de doble compás. 

(Foto: Luis Echanove)

Cada objeto


Cada objeto ocupaba su exacto lugar en el cuarto. Allí, como en el resto de la casa, cuando algo era incorporado al haber familiar en él permanecía por toda la eternidad. Una infinitud de enseres colgaban de las paredes o reposaban sobre baldas y mesillas como a la espera de un terremoto que cambiase todo de lugar, o tal vez aguardando al día del fin del mundo y la consecuente destrucción final de la memoria y de todos sus señuelos.

(Foto: Luis Echanove) 

jueves, 25 de octubre de 2012

Tumbado

Tumbado en medio de la nada, miro a la pared desnuda y juego a imaginar versos escritos con los pespuntes de sus grietas.

Ahí, justo bajo la sombra inclinada del rincón, encuentro sin querer una letra 'T', espigada y altiva como un girasol en primavera. Con ella empiezo a desbrozas las palabras, una tras otra, y escribo: "Tumbado en medio de la nada, miro a la pared desnuda y juego a imaginar versos…(…)"

(Foto: Ignacio Huerga)

martes, 3 de julio de 2012

El fondo del vaso


Yo no podía apartar la vista del amplio grupo de comensales de enfrente. Una docena de asiáticos, el grueso georgiano de cuello de ogro y dos sujetos europeos vestidos con camisetas multicolores se distribuían en torno a una enorme mesa cuadrangular de  caoba oscura. Solo el georgiano hablaba, y muy de cuando en cuando. Los platos estaban vacíos y todas aquellas personas parecían esperar unos postres que nunca terminaban de llegar. Alguno daba sorbos al vaso de vino, pero la mayoría, y sobre todo los orientales, mataban el tiempo pretendiendo que enviaban mensajes por el móvil, aunque era evidente que en realidad estaban jugando al tetris o haciendo sudokus, porque ningún asiatico tarda  tanto en escribir con el teléfono celular.

Mi depurado ojo clínico para clasificar habitantes de Extremo Oriente conforme a su nacionalidad se puso en marcha. Más de cinco años residiendo en Filipinas me permiten hoy en día determinar si un tipo es originario de, por ejemplo, Birmania, Corea del Sur o la China continental con un margen de error muy modesto. Saber de que país es la gente con al cual uno se cruza es una de las formas de curiosidad más universales. Yo me paso el día aclarando a los tenderos taxistas o camareros que no soy griego, ni francés, ni armenio, sino español. Generalmente incluso se lo digo antes de que me pregunten, para no mantenerles con el alma en vilo ni un segundo.

Los asiáticos de la mesa de al lado me parecían, por sus rasgos, oriundos del mundo malayo; eso reducía las opciones a cuatro posibles nacionalidades: Filipinas, Brunei, Malasia e Indonesia. Descarté Brunei por simples razones estadísticas (demasiado improbable; allí vive muy poca gente); luego borré Filipinas de la lista por la indumentaria (demasiadas camisas de batik); el hecho de que al menos dos en el grupo mostraran un aspecto claramente sudasiático me decantó por Malasia (un diez por ciento de la población del país procede de la India). Bien, eso aclaraba parte del dilema, pero no la pregunta más acuciante: ¿Qué hacía un numeroso grupo de malayos cenando en un restaurante de Tiflis, en el Cáucaso?  

Yo seguía observando a aquel grupo de modo obsesivo. Finalmente llegaron sus postres. Sentí en los rostros el alivio de encontrar al fin una buena disculpa para seguir sin hablar. Ya no tenían que evitar las conversaciones haciendo que enviaban textos con el móvil. Ahora podían comer tranquilamente, sin preocuparse en absoluto del mundo exterior. Al fin terminaron. El georgiano se levantó el primero, después los europeos de aire extraño y finalmente los malayos.

Tres se rezagaron un poco. Sacaron una sonrisa del baúl de los gestos falsos y se hicieron fotos con ella puesta, garantizando así que la eternidad conservase un recuerdo escamotado de aquella velada tan aburrida. Apagaron las cámaras digitales y el gesto amable y dos de ellos se marcharon. El ultimo quedo allí, detenido un segundo más ante la mesa, como absorto. Luego miró a hurtadillas en todas las direcciones, igual que un niño cuando se dispone a hacer una travesura y quiere evitar testigos incómodos. Entonces, como un chaval pillo tras un banquete de bodas, se abalanzó una a una sobre todas las copas de vino, aun esparcidas sobre la mesa, y se bebió a sorbos rápidos los culillos de tinto rezagados al fondo de cada una. Y entonces sí, estalló en su rostro una sonrisa inconmensurable.

(Foto: Luis Echanove)

miércoles, 23 de mayo de 2012

Salvando las distancias

Miras el morral de los recuerdos, y piensas en sacar  uno así, al azar, y luego colocarlo tieso sobre la yerba flaca, arremangarlo un poco, y  echarlo a andar, como quien repara  un  reloj viejo… Pero no. Cazar recuerdos se parece más a mirar hacia abajo al borde de un precipicio que a husmear en una bolsa de objetos lejanos. El fondo del acantilado esta solo a un paso de ti, y sin embargo, te desune de ese punto una distancia enorme, y en realidad infranqueable, a no ser que arriesgues tu propia vida para salvarla, saltando al vacío.

(Foto: Luis Echanove)

jueves, 26 de abril de 2012

Microcuentos primaverales (3)

Para siempre
Había llegado la primavera, y eso iluminaba sus mañanas con una alegría nueva. Ese día rehuyó a mediodía la cantina de debajo de la oficina, y, aun consciente del poco tiempo disponible, se encaminó al parque a paso ligero. Sentado en un banco, cerró los ojos y se dejó calentar el rostro por ese sol amable de mayo. De pronto ya no pensaba en nada, o pensaba en todo; pero el asunto fue que, al abrir los ojos, ya no estaba allí. Ni tampoco en ningún otro sitio. Había desaparecido.

Foto: Ignacio Huerga

Microcuentos primaverales (2)

No quieres recordarlo
No quieres recordarlo aunque sabes que es muy cierto: Hubo un tiempo en que pensabas que la vida era una carretera de doble dirección. Dar marcha atrás era tal vez peligroso, pero, a fin de cuentas, resultaba posible…o eso te decías a ti mismo.  Y ahí estas ahora, tirado en la cuneta, mirando al muro que se levanta delante  tuyo. No hay giro en 'u'. La única escapatoria –piensas- es esperar… ¿esperar a qué?  Una voz interior te susurra;' bájate del coche idiota, y luego camina, e intenta trepar'. Pero no haces caso. Te quedas quieto. A ti la cuneta en el fondo te gusta.

Foto: Luis Echanove

Microcuentos primaverales

Abomina
Teníamos diecisiete años y habíamos comprado aquellos tres libros de tapas blandas en el supermercado solo porque eran los más baratos. Abrimos al azar uno de ellos (¿el de Gramsci? ¿el de Ortega?) y apuntamos a boleo sobre la pagina obtenida:  ' (…) abomina de su propio ser', leímos, partidos de la risa ante aquel ejercicio de irracionalidad plena. Nos juramentamos a emplear aquella ridícula expresión, enlazada a cualquier sustantivo, en toda ocasión oficial posible. Llevamos pues dos décadas y media dejándola caer en conversaciones documentos legales, informes, conferencias y cualesquiera otra ocasiones que la vida nos ofrece.

Hoy, al final de un mes de abril, de pronto caigo en la cuenta de que, tras casi 400 entradas en este blog, nunca la he utilizado aquí, así que ahí va:

La primavera abomina de su propio ser.

Foto: Ignacio Huerga

martes, 20 de marzo de 2012

Conciencia

Me sulfura esta situación, me descontrola. Puede más que yo. Una parte de mí se niega en rotundo incluso a creerse que sea cierto. No es sólo lo que ha hecho: es cómo lo ha hecho. Aún con todo, lo más aberrante es que los demás lo sepan y nadie reaccione. Por eso él se crece, por que sabe que nadie va a mover un dedo para denunciarle. Es verdad que el tema poco tiene que ver conmigo directamente….pero cada vez que pienso en que todo ese dinero que el capullo se embolsa deja de gastarse en aquello a lo iba originalmente destinado me revientan las entrañas del asco…¡es repugnante!...

Es repugnante sí, pero ¿es que acaso los demás no se dan cuenta? ¿no sienten ellos ese mismo asco que ahora yo, desde que lo sé, también siento? ¿Es posible, acaso, que yo esté exagerando en mi reacción?... desde pequeño me he salido de tono ante las injusticias, pero es que tal vez mi percepción de lo que es o no justo sea un poco exagerada…no digo que forzosamente tal sea la situación pero… ¿y si, de algún modo, el equivocado soy yo? En el fondo me encanta el protagonismo…es más que probable que mi principal intención a la hora de destapar todo este cotarro no sea otra que ganar notoriedad frente al jefe o, aún peor, regalarme esa sensación tan mezquina del “deber cumplido”.

Si soy un poco sincero conmigo mismo debo reconocerme que, en el fondo, lo que más me disgusta de todo esta sucia trama es que me siento tonto. Sí: esa es la palabra, tonto porque disfrazo de moral lo que en el fondo no son sino ganas de notoriedad. Por otra parte, sé que si me rebelo contra este turbio mamoneo me la voy a jugar: primero, porque no dispongo de todas las pruebas; segundo, porque aunque a la larga todo se acabe arreglando es evidente que, mientras tanto, todos los otros me va a hacer la vida imposible aquí. Y eso puede durar mucho tiempo. El cabronazo que está echando la mano a la caja, además, bien podría, al verse acorralo y cegado por la venganza, hacerme cualquier jugarreta sucia que ahora mismo no puedo llegar ni a imaginar. Podría, por ejemplo, mezclarme a mí en todo este rollo, aduciendo motivos falsos… si me quemo en esta batalla no podré luchar en otras guerras, tal vez más importantes, en el futuro.

Así que la pregunta que en verdad debo hacerme es: ¿Merece la pena realmente montar un escándalo? Además, las cifras no son tan elevadas…ya sé que lo mismo da robar uno que cien, o al menos eso dicen. Según como definamos el verbo robar, alguien podría decir que yo mismo he robado alguna vez al ministerio…por ejemplo, aquel recibo de un taxi con una cantidad bastante superior a la que marcaba el taxímetro…la idea no fue mía no, sino del taxista aquel, pero yo no rechisté entonces…si, tan solo eran diez o veinte euros, y ahora en cambio hablamos de miles, tal vez decenas de miles…pero, como quien dice, en robar todo es empezar. Yo no soy mejor tipo que el chalado este.

Me creo un santurrón, sí, eso es lo que me pasa…me planteo denunciar este tinglado sólo para figurar de héroe, pero soy igual o peor que él. ¿Quién podría asegurar que si no tuviera acceso diario a la cartera de pagos y tratar con los proveedores no terminaría arrancando algún pellizco?... Además, el tipo se queda con dinero que no es suyo, pero quiere a sus hijos, y a su mujer…nunca diría que es una mala persona. Tiene ese defecto, sí, pero, “el que esté libre de pecado, que tire la primera piedra”, como me decían los curas en el colegio. Y además, es posible que realmente necesite el dinero…que sé yo de su vida, igual tiene un familiar con leucemia o algo así y tiene que sufragarle la hospitalización en Huston… ¿ que coño sé yo de subida? Estoy juzgándole por una cosa mala que hace, pero no conozco el contexto general. Y además: estoy dispuesto a echarme sobre los hombros la responsabilidad de hundir la vida de su familia?¿Cómo se sentirían sus hijos si su padre acabase entre rejas?

Bueno, parece que ya voy teniendo las cosas un poco más claras. Menos mal, me siento bastante más relajado…menudo sofoco, no puedo vivir con este estrés encima, mejor olvido todo el tema y a otra cosa. Y si el asunto tiene que destaparse, ya se destapará sólo antes o después. Más me vale, por una vez, evitar el meterme en problemas yo solito.

(Foto: Luis Echanove)

martes, 28 de febrero de 2012

Cuento corto

Empezaba a plantearse que nunca llegaría a su destino. Mecido por las olas, a ese ritmo de nana oscilante, llegar pronto era, cuanto menos, ilusorio.

(Foto: Luis Echanove)

jueves, 15 de diciembre de 2011

Ahora


Suena esa canción que te estremeció hace, no sé… quince, veinte años. Y ahora el efecto es el mismo: Se eriza tu piel, los ojos se tuercen. Quisieras bajarte de un tren y andar por campos de yerba. Quisieras arrugarte entre las sabanas y despertar en aquellos brazos, y caminar otra vez por esas calles, en otros sueños, en otras vidas…

Pero tu vida es ésta, bajo tu misma piel, y es ahora. Y escribes, y escribes como loco, contra la música que suena, como huyendo de ese ritmo que vuelve ceniza a esos quince o veinte años  desde entonces.

Escribes, escribes sin cesar por no escuchar, por no dejarte llevar de nuevo al lugar del que ya no podrás volver.


(Foto: Luis Echanove)