Mostrando entradas con la etiqueta Caucaso. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Caucaso. Mostrar todas las entradas

sábado, 30 de noviembre de 2013

Hombres como montañas

(4) Paradzhánov

Escuché hablar por primera vez del cine georgiano en 1994. En aquel tiempo yo vivía en una casa diez o doce habitaciones y muchos baños en Split, la maravillosa ciudad fundada por Dicocleaciano en Dalmacia, a orillas del Adriático. Llamábamos a aquella casona "el camodromo" y es que, en verdad, esa era su función: dar cobijo en sus temporadas de descanso a los muchos objetores de conciencia que la ONG para la que yo trabajaba mantenía en Bosnia.

La guerra era atroz en el frente pero allí, en la retaguardia croata, los miembros del pequeño grupo encargado de dar apoyo logístico a los aguerridos objetores gozábamos de la ambigua y efímera felicidad de la retaguardia. En la mansión convivíamos felizmente una alegre y disparatada tropa de confusos personajes: Félix, marino mercante enamorado de los trópicos; el irrepetible y entrañable Santamarta, cuyos bigotes de lancero bengalí parecían más aptos para ejercer de intendente en las revueltas cipayas que en los Balcanes modernos; Miguel, un joven periodista de Elche muy poco estresado; José Maria Aranaz -cuyo excelente sentido del humor nos ayudaba a mantener un mínimo de cordura- y el cordial Cotarelo, un mozarrón barbudo de Castro Urdiales de voz ronca, gruesas gafas y sonrisa enorme, poseedor de la cultura cinematográfica más extensa que yo he conocido nunca.

Cotarelo nos hablaba con pasión del séptimo arte en Georgia ("el mejor  cine de la Unión Soviética") y, aunque eso no lo recuerdo con certeza, seguro que dedicaba largos elogios a  Paradzhánov, el Buñuel caucasiano.

Serguéi Iósifovich Paradzhánov nació en Tiflis en 1924 en el seno de una familia de origen armenio, y murió en Yerevan en 1990. Tras dirigir algunas películas conforme a los cánones del realismo soviético, en la década de los sesenta rompió radicalmente con todos los convencionalismos estilísticos del cine narrativo y pasó a crear un lenguaje cinematográfico propio, onírico y sumamente poético. Su radical individualismo creativo le enemistaron con el sistema. Fue sujeto de todo tipo de falsas acusaciones y pasó largas temporadas en prisión. Incapaz de poner freno a su irrefrenable creatividad, en la cárcel dibujaba sin cesar y construía pequeñas esculturas con los utensilios de deshecho que lograba reunir. Hace tres años pude ver algunos de esos objetos y muchos otros recuerdos del artista en su casa museo de Yerevan. El barroquismo excesivo de bártulos y más bártulos decorando todos las habitaciones produce una cierta claustrofobia. El pequeño jardín, es en cambio un remanso de paz, algo fuera de lugar en la inquieta capital de Armenia.

Paradzhánov no era un disidente político, sino estético. Sus firmas convicciones creativas le impedían plegarse a los gustos del poder central, aun a costa de su libertad y su integridad física. No pretendía con su obra criticar el comunismo o minar los fundamentos del sistema. Solamente buscaba dejar fluir con libertad la corriente de creatividad que llevaba dentro. Esa lucha incasable del arte por el arte, frente a las instrumentalizaciones de los poderosos, convierte a Paradzhánov en un caso único en la historia del séptimo arte. Si hubiera un santoral laico,  Paradzhánov sería sin duda el patrono de la profesión de hacer películas.

El cine de Paradzhánov hay que verlo como quien mira cuadros en una exposición. El director armenio-georgiano casi siempre ambienta sus películas en trasuntos de la historia caucasiana, pero en realidad la trama es mucho menos relevante que el valor estético de la dinámica de las imagines en movimiento. Colores, planos y banda sonara entretejen una obra que, más que contarnos una historia, simplemente buscan deleitar los sentidos.

Con su concepto épico de la vida y  sus excentricidades, pero también con su búsqueda espiritual del porqué de las cosas, Paradzhánov es, a la historia del cine, lo que Vasha Pshavela a la poesía o Gurdjieff a la filosofía...un hombre enorme, como las  montañas del Caucaso. 

Fotos: Juan Echanove

jueves, 26 de septiembre de 2013

El hotel


Bastaba con añadir música y ya era capaz de trascender la lamentable situación de mi entorno…” Mark Oliver Everett.

Ella acababa de salir de la universidad. No tenía experiencia, pero sí mucha clase, y hablaba bien inglés, así que aquellos dos tipos belgas, los nuevos gestores del lujoso hotel recién privatizado, la contrataron para coordinar al personal local. Eran tiempos de caos. El país colapsaba. No había luz ni calefacción en las casas. La comida escaseaba y las bandas armadas luchaban a tiros por el control de la ciudad. En el hotel, en cambio, no faltaba de nada. Por las noches los periodistas de guerra, los enviados de paz y los espías confraternizaban, bailaban y bebían hasta el amanecer, disfrutando de esa frontera ambigua entre la felicidad del presente y el terror de no saber si morirás por la mañana. Ella vivía intensamente, al filo del fin, agotada del trabajo inabarcable y atrapada en esa trama de viajeros sin hogar y música sin límite. Era feliz.
 
Un día los hombres armados se presentaron en el hotel. Pedían dinero a cambio de protección. Las visitas de aquellos guerrilleros se fueron haciendo cada vez más frecuentes. Al cabo de unas semanas ya se habían instalado en un par de habitaciones. Se paseaban con el lanzagranadas al hombro pasillo arriba y pasillo abajo. A veces, si se emborrachaban, iniciaban rencillas con los huéspedes, y hasta disparaban a las lámparas para divertirse, aunque normalmente ambos mundos – forasteros y milicianos- discurrían de forma paralela, ignorándose. A ella los guerrilleros siempre la respetaban. La trataban con cariño. Ella los temía, pero también los estimaba. Las fiestas no cesaron, y el caviar y la bebida abundaban, como siempre.

El planeta de los hombres armados se siguió expandiendo, cada vez a mayor velocidad. A los tres meses ya ocupaban una planta entera y de ahí fueron penetrando en las siguientes. Ya casi no quedaban habitaciones libres para los periodistas de guerra, los enviados de paz o los espías. Un día los guerreros anunciaron que a partir de entonces ellos se harían cargo de la gestión del hotel. Los dos belgas se esfumaron sin avisar. Ella, desesperada, también huyó. Los pocos huéspedes se quedaron como huérfanos, en manos de esa pandilla de militares desarrapados, pero el hotel nunca cerró.
 
Hoy la ciudad prospera. Los hombres armados murieron. Los turistas afluyen. El hotel todavía existe. Se renovó hace años. Me vi con ella a la entrada. 'Hace veinte años que no cruzo estas puertas', me dijo. Y entonces comenzó a llorar. 'Fui tan feliz… ' me repetía entre sollozos.

(Foto: Ignacio Huerga)

lunes, 23 de mayo de 2011

Hombres como montañas

(3) Gurdjíeff


Parece el argumento de una película de ciencia ficción, o la trama de un best seller conspiratorio, peor es cierto: Dispersa por el mundo se extiende una red amplia (aunque nadie sabe cuantos son) de hombres y mujeres anónimos dedicados a desarrollar lo que ellos llaman 'la tarea' (the work), una labor de tipo esotérico encaminada a mejorar el mundo através de ritos místicos, actividades artísticas y otras acciones de las que poco se sabe. Esta red invisible surgió a partir de las enseñazas de un oscuro personaje caucasiano llamado George Gurdjíeff.

Supe por primera vez sobre Gurdjíeff de forma causal, buceando aleatoriamente en Internet en búsqueda de información sobre esta parte del mundo.

Gurdjíeff nació en el seno de una familia de griegos ponticos de la Armenia turca, en una fecha indeterminada de la década de los años 70 del siglo XIX. Su infancia y juventud las pasó en Georgia y, según un rumor no confirmado, fue compañero de aula de Stalin en el seminario de Gori. Después decidió recorrer mundo en búsqueda de una respuesta a sus inquietudes místicas. No se sabe bien que lugares visitó exactamente, aunque parece seguro que residió en remotos monasterios budistas del Tíbet y Asia Central. A su regreso se instala en Moscú, donde enseguida despierta la atención de los círculos cultos con su sistema filosófico, completamente novedoso aunque enraizado en las tradiciones ocultistas sufies cristianas y orientales. Escribe libros épicos donde describe su pensamiento, y además compone música y coreografías de danzas basadas en arcaicas tradiciones de bailes iniciáticos.

En los caóticos años de la revolución rusa abandona Moscú con un grupo de discípulos y se instala en Tiflis, entonces recién constituida en la flamante capital de la nueva republica independiente de Georgia, la primera nación socialdemócrata de la historia. Allí crea el Instituto para el Desarrollo Harmonioso del Hombre, donde enseña sus danzas y comparte su sabiduría con cualquiera interesado. El Instituto que enseguida se convierte en un imán de creatividad, en medio del caótico hervidero cosmopolita del Tiflis de aquellos tiempos. La capital georgiana se había por entonces convertido en un laboratorio político y cultural, donde todo sucedía deprisa, como al borde del abismo. Intelectuales franceses, periodistas ingleses, espías turcos y nobles refugiados rusos observaban la debacle del Imperio zarista y el advenimiento comunista desde la barrera. Como el Berlín de entre guerras o la Habana terminal de Batista, en el Tiflis de esos frenéticos años el fin de un mundo se respiraba, y esa sensación de transición entre dos eras generaba una atmosfera electrizante de hedonismo, conspiración y locura artística. Finalmente, ese sueño de verano acabo abruptamente, con la llegada de los soviets al Cáucaso. Gurdjíeff se vio obligado a emigrar de nuevo, primero a Francia, luego a Estados Unidos, después a Francia otra vez, para ya nunca regresar a su región natal. Su Instituto apenas había sobrevivido tres anos. Murió en un suburbio de París, en 1949.

Interesado cada vez más en la fascinante vida de Gurdjíeff, quise averiguar donde estuvo emplazado Instituto que fundara en Tiflis en aquellos años. Las vagas referencias que leí sobre el asunto, en viejos libros encontrados de modo rocambolesco, afirmaban que no existía certeza alguna de la localización exacta del lugar. Finalmente, como por arte de magia, un amigo francés, desconocedor en realidad de esa obsesión mía por el curioso personaje, me prestó un opúsculo sobre el periodo de Gurdjíeff en Tiflis. Era un librillo rustico, editado, quien sabe porque, por la embajada de Italia en Georgia. Para mi sorpresa, en uno de sus artículos hallé una referencia explicita a la dirección exacta donde, en su día, se irguió ese curiosísimo Instituto para el Desarrollo Harmonioso del Hombre. La avenida citada ya no existía en el callejero de Tiflis. Tuve pues que acudir a viejos mapas, y, al fin, la encontré. Para mi enorme sorpresa, el lugar se hallaba a pocas manzanas de mi oficina, en una calle ruidosa de la orilla menos elegante del río. Me acerqué a visitar el sitio, sin siquiera saber si el inmueble original había sobrevivido.

Me quedé un buen rato contemplando los muros azules de esa casona, cuyo extraordinario pasado ya nadie recuerda. Colgaban sabanas de los balcones ricamente tallados. La puerta de acceso parecía ir a desvencijarse en cualquier momento.

Un tipo con pinta de extranjero parecía también mirar la casa desde la acera. Tal vez era uno de ellos.

jueves, 19 de mayo de 2011

Hombres como montañas

(2) Vazha-Pshavela

Era un día desapacible, de esos que, aunque no haga viento, uno lo siente. El río caudaloso se arremolina entorno a las rocas puntiagudas trazando dibujos psicodélicos de espuma. El museo estaba cerrado, pero no me sentí decepcionado. El viaje había sido largo y pesado, aunque no tenía motivo para queja. Allí estaba yo por fin, frente a la rustica casa de piedra, en medio del collado nevado. Allí estaba yo, en el mismo lugar donde Vazha-Pshavela pasó la mayor parte de su vida escribiendo, meditando y recorriendo los caminos de montaña.

Luka Razikashvili (ese fue su nombre de oficial), nació en 1861 (*) en Pshavi, un agreste valle del Cáucaso georgiano. De familia rural acomodada, hizo estudios universitarios en San Petesburgo (en aquel tiempo su país formaba parte del inmenso imperio zarista) pero la llamada de las montañas pudo más que sus ánimos de adoptar una vida cultivada y burguesa, así que decidió regresar a Chargali, su remoto villorrio de montaña. Allí pasó el resto de sus días, dedicado a contemplar la naturaleza, a indagar en las costumbres arcanas de los jevsures, los pshavios y otras tribus de la montaña y a escribir poemas épicos brillantes y rotundos.

Su vida de eremita, en lugar de aislarle del mundo y de los problemas del hombre, le abrió de par en par las puertas del humanismo. Vazha-Pshavela, como Walt Whitman en Estados Unidos, supo extraer del contacto con la vida campestre, lecciones universales, sobre la paz, la búsqueda de la armonía o la hermandad del genero humano. Bien es cierto que los poemas de Pshavela se ambientan siempre en ese mundo pequeño que habitó. Nos habla, por ejemplo, de las guerras eternas entre los chechenos y las tribus georgianas de montaña. Pero su mensaje no es localista ni provinciano. Todo lo contrario. El ambiente que describe es solo la base para un mensaje de contenido netamente universal. El pacifismo y el ecologismo de su obra lo convierten en un autentico pionero del pensamiento humanista más radical. Mitad cantor de gesta, mitad místico, los versos de Vazha-Pshavela son un grito desde el fondo de la tierra, un grito furioso, pero un grito de paz.
-------------------------
(*) Este año se cumple el cien aniversario de la muerte del poeta. Se organizará una verbena a su memoria este verano. El alcalde pedáneo de Chargali da por hecho que Alain Delon acudirá al festejo. Me contó que leyó en una revista como el actor francés logró recuperase hace años de una depresión profunda tras leer un poemario del bate georgiano, así que decidió enviarle una carta invitándole para presidir las fiestas.

Hombres como montañas

(1) Prometeo

Quien ha pasado algún tipo en el Cáucaso sabe bien que estas montañas poseen la extraña capacidad de cargarte las pilas y acelerarte hasta colocarte en un trepidante estado de ánimo, a caballo entre el entusiasmo y las ganas de hablar a voces.

Hay quien teoriza que el asunto es provocado por la carga magnética que contienen estas enormes moles geológicas, y algunos hasta encuentran explicaciones místicas a ese evidente chute de energía que las cumbres caucásicas parecen provocar. Sea lo que sea, a juzgar por la convulsiva historia de los pobladores de esta parte del mundo, no cabe duda que algo hay en la naturaleza de la tierra que convierte el vivir cotidiano en una aventura épica donde el honor, el heroísmo o (en el peor de los casos) las opiniones radicales, dominan siempre el discurso. Ese espíritu mesurado y pequeño burgués tan propio de gran parte de Europa esta completamente ausente en el Cáucaso. Aquí se vive, mentalmente, en una especie de Edad Media permanente, con buenos y malos, arengas en lugar de conversaciones y ganas constantes de sentirse al borde mismo del fin del mundo.

Fue en las cúspides eternamente nevadas del Cáucaso donde, según la leyenda griega, Zeus castigó a Prometeo por revelar el secreto del fuego a los hombres. La épica milenaria y anciana de esta cordillera geológicamente tan joven, su cargada historia de leyendas y batallas da forma y a la vez condiciona la psique colectiva de los pueblos que moran sus faldas.

Ese espíritu de epopeya, que de algún modo impregna casi todo aquí, tiene por supuesto sus lados oscuros, pero también sus luces brillantes. Y es que el Cáucaso ha producido, y sigue produciendo, un puñado de hombres y mujeres que fueron capaces de canalizar esas energías brutales de las cumbres y, tal vez gracias a ellas, dar luz a mundos creativos portentosos. Me refiero a personajes tales como Vazha-Pshavela, Gurdjíeff o Parajanov. Desgraciadamente, estos grandes artistas y pensadores, de talla y mensaje universal, son en general muy poco conocidos en Europa. Dedicaré pues unas cuantas entradillas en este blog a su memoria.

A través de sus voces, de sus poemas, de sus películas o de sus coreografías, aprendemos nuevamente que, al fin y al cabo, la sabiduría de los hombres puede siempre derrotar a los celosos dioses del pasado.



(Foto: Juan Echanove)

Asuntos peregrinos

Lunes 16 de mayoDejo la oficina cabreado de gastar tiempo en liquidar spanes de anuncios de viagra. Acudo a la nueva embajada de Suecia en Tiflis para participar en una video conferencia con Estocolmo. Tenemos que discutir los detalles de un proyecto conjunto de sanidad alimentaria. Pregunto a un funcionario si se sienten cómodos en su nuevas y ultra modernas instalaciones, decoradas con muebles tipo Ikea versión lujo. Me dice que están a gusto, aunque echan un poco de menos el encanto de la vieja sede diplomática, ubicada en un ruinoso palacete en las faltas del monte Tatsminda. El principal problema de la nueva embajada, me cuenta, es que sus vecinos del piso de arriba son unos tipos dedicados a la venta de viagra por Internet, de modo que a diario el guardia de seguridad tiene que lidiar con personajes de aspecto extraño que acuden por error a la embajada, preguntando por la píldora de la sexualidad perpetua. Me vuelvo acordar de los correos electrónicos que borre por la mañana. Todavía no comprendo porque demonios mi vida se parece siempre tanto a un cortometraje inverosímil.

Martes 17 de mayoConozco en una cena al director de la Coca Cola en Georgia. Le pregunto sobre todas las leyendas urbanas que conozco entorno a la gaseosa negra: Si la formula es tan secreta como se dice, si el sabor cambia de un país a otro, si tienen el mercado repartido con los de la Pepsi… El tipo, que es un turco muy simpático, me contesta con detalle a todas las preguntas, promete invitarme a visitar la fabrica y me cuenta que antes trabajaba de gerente de la firma en Afganistán. Con la vida que llevo, conocer gente curiosa es ya un habito.

Miercoles 18 de mayoUn amigo me llama para contarme que aparezco citado en un periódico en georgiano. 'Me da lástima que los jachapuris (*) se elaboren con harina importada', digo en el diario. Junto a la cita, una foto mía tamaño carne, con cara de loco.

Jueves 19 de mayoUn amigo agrónomo americano nos hace una presentación en Power Point sobre la producción de cebolletas en Georgia. Consigue que el tema me acabe apasionando. Mi capacidad par engancharme con cualquier asunto peregrino es inconmensurable.

Foto: Juan Echanove--------------
(*)Los jachapuris son unas tortas de que pan y queso. Constituyen el elemento básico de todo almuerzo georgiano. Según ellos, el jachapuri es el antecedente de la pizza.

sábado, 12 de marzo de 2011

Detrás de las montañas

El helicóptero militar aterrizó en un desolado altozano rodeado de cárcavas. Al otro lado de las montañas comenzaba Chechenia. Los soldados cargaron sus macutos, los sacos de patatas y las cajas de comida hidrofilizada hasta el pequeño puesto de vigilancia fronteriza. De allí partía una senda pequeña, al borde mismo del precipicio. Caminamos por ella, y a la vuelta de un recodo, súbitamente, el perfil del pueblo fantasma de piedra se alzó ante nosotros.

Las torres de pizarra de Mutso brotaban de la montaña como termiteros gigantes. Camufladas en el mismo color pardo del resto del paisaje, parecían llevar allí alzadas toda la eternidad, como si, en lugar de construcciones humanas, fueran en verdad formas caprichosas de la naturaleza. Miramos hacia Mutso largo rato, en silencio, con la sensación de estar observando un paisaje imaginario.

El viejo helicóptero soviético apareció de pronto sobre el valle, volando casi al ras de los árboles desnudos del invierno. Subimos de nuevo y tras cruzar varias sierras nevadas, tomamos tierra en Chatili, la histórica capital de Jevsureti, en un decrépito helipuerto junto al antiguo cementerio de tumbas paganas. Deambulamos luego por el laberinto de callejas pequeñas, casas a varios niveles y torres con puertas minúsculas. Andando por Chatili, yo me sentía dentro de un organismo vivo, como devorado por un gigante de intestinos de piedra. Nadie caminaba por las calles salvo nosotros.

Al fin regresamos, y tras una nueva parada, esta vez en una base militar sin nombre, para celebrar el consabido banquete ritual con nuestros huéspedes de las fuerzas de frontera (vino, mucho vino, y también vodka), volamos de vuelta a Tiflis. Yo miraba absorto por el ojo de buey del helicóptero las soberbias cúspides blancas del Cáucaso.

Llegué a Tiflis sin respuestas, pero también sin preguntas. Lo más real es, a fin de cuentas, lo más imaginario.
(Fotos: Juan Echánove)

sábado, 26 de febrero de 2011

El valle encantado

Stalin se escondía detrás de un parapeto de ramas y troncos jóvenes. Un alto cargo del Tiflis había visitado el pequeño valle semanas antes. Era la primera vez en años que alguna autoridad del gobierno central acudía a la comarca de Gudamakari. Los aldeanos, temerosos de que el funcionario ordenase destruir aquella tosca efigie de escayola del dictador, la habían ocultado con follaje. La mujer sonreía satisfecha mientras señalaba a la estatua. “No la vio”- me dijo con orgullo-. Después nos condujo al viejo edificio municipal.

Las escaleras de cemento desgastado parecían ir a desmoronarse en cualquier momento. Nos acomodamos en torno a la estufa del viejo despacho. Ella nos contó que en las dieciocho aldeas de la pequeña región ya apenas vivían unas cien familias. “¿Hay alguna iglesia en la zona?”, pregunté. Sabía que Gudamakari era uno de los últimos reductos del ancestral paganismo caucasiano, pero quería evitar indagar frontalmente sobre las prácticas religiosas del lugar. “No, no hay ninguna iglesia en todo el valle; nunca ha habido. Nosotros no las necesitamos”, dijo, con cierto tono reservado. Sólo después supe que las gentes de Gudamakari, como las de los aún más remotos valles de Jevsureti y Pshavi, adoran a sus atávicos dioses de la montaña y del viento en pequeños templetes de piedra, coronados con una pieza de vidrio. Georgia es un país de paradojas. Fue una de las primeras naciones de la Tierra en adoptar el cristianismo, y, sin embargo, sigue albergando hoy, en sus inaccesibles valles, los últimos reductos de las creencias milenarias perdidas en el resto de Europa desde hace siglos.

Capas de nieve densa y polvosa cubrían las montañas suaves, los prados, y el ramaje de los árboles frutales. Las aguas oscuras del río se precipitaban veloces hacia el Oeste, formando remolinos entre los cantos.

Una tranquilidad misteriosa y primordial lo impregnaba todo. La belleza de Gudamakari no es agreste. Falta aquí la épica de las coronas rocosas de cinco mil metros señoreando el horizonte, como en Svanetia o Kasbegi. Recorrer Gudamakari no produce pues el vértigo de hallarse al borde mismo del fin del mundo. Más bien, el pequeño valle evoca un paraíso tranquilo, perdido en nuestra memoria, cuyo recuerdo brota fresco en Gudamakari, como evocaciones de la infancia más lejana.

Dejamos atrás en el todoterreno aquella comarca de sortilegios. Permanecimos en silencio largo rato. Intuíamos que Gudamakari nos había revelado un secreto: un secreto profundo y que, una vez desvelado, se olvida para siempre.


(Foto: Juan Echánove)

viernes, 11 de febrero de 2011

El pueblo en movimiento

El hombre barbudo de cara risueña intentaba ocultar su tristeza mientras hablaba. - Hemos falsificado nuestras actas de defunción- tradujo Irakli. Me quedé perplejo. No comprendía lo que quería decir. El hombre siguió hablando. Irakli siguió traduciendo. Pronto se aclaró la historia: Como el pueblo carecía de maestra, y, debido a su total aislamiento, era imposible enviar a los niños a alguna otra escuela, los padres se habían hecho pasar por muertos para que así sus hijos pudieran ser enrolados en un orfanato y recibir educación.

Tenía frente a mí a un hombre oficialmente muerto, un hombre oficialmente muerto que vivía en una casa efectivamente muerta. Intentaba imaginar como estaban sobreviviendo el invierno, a diez bajo cero, sin cristales en las ventanas. Entré en el chamizo: Todo estaba mugriento. Paredes húmedas y desconchadas. Tres somieres herrumbrosos sin colchón y un armario. Eso era todo.

Una casa muerta sí, una casa a punto de derrumbarse, como todas las del pueblo. Muertas y destruidas, peor habitadas por personas vivas.

En el año y pico que llevo recorriendo Georgia nunca había visto una miseria tan extrema. El pueblo llevaba dos años aislado a causa del corrimiento de tierras. La invisible fuerza telúrica en movimiento no solo había cortado por completo el único camino de acceso, también se había llevado por delante las áreas de cultivo, dejando a la población sin ninguna fuente de ingresos. El desplazamiento geológico todavía continuaba, lento, imperceptible en el día a día, pero constante. Las casas, alzadas a lomo de esa montaña andante, se doblaban y rasgaban como construcciones surrealistas en un cuadro de Dalí. Ni los muertos de verdad reposaban tranquilamente. En el cementerio el movimiento del suelo había desperdigado las viejas tumbas de piedra, descolocándolas o haciéndolas rodar colina abajo.

Recorrimos de nuevo a pie el camino de regreso, con la nieve hasta las rodillas, trepando a casi a gatas por el desfiladero.

De vuelta al coche, miré a mí alrededor las cumbres inmensas del Cáucaso. La nieve brillante a veces adoptada una tonalidad casi azul. Daban ganas de ser un gigante y así poder tocar con los dedos la textura blanca y suave de sierra. Ser un gigante, sí: Ser un gigante y coger aquel pueblo con mis manos, y trasladarlo a otro mundo, un mundo donde los hijos de los vivos no van a los orfelinatos, un mundo donde las camas tienen colchones, la tierra no camina y los muertos descasan en paz.
(Fotos: Juan Echanove)

sábado, 8 de enero de 2011

Diversidad oriental

Hay un mundo antiguo que se está muriendo hoy. Durante siglos Oriente Medio ha atesorado una diversidad inmensa de minorías religiosas y pequeños grupos étnicos y lingüísticos. Bajo el manto aparentemente uniforme del Islam y la cultura árabe, siempre convivieron en la región una gran cantidad de identidades disidentes, diferentes, casi siempre protegidas, o al menos respetadas, por los sucesivos poderes políticos.

Me refiero aquí a toda esa plétora, por ejemplo, de pequeñas iglesias cristianas presentes en Irak, en Siria y otros países de la región (la Iglesia Caldea, la Iglesia Asiria, y tantas otras); algunas de ellas fieles a Roma, otras a la Ortodoxia Oriental, e incluso algunas emparentadas directamente con el arrianismo o el monofisismo (coptos, siríacos…). Me refiero también a las mil y un disidencias dentro de la religión musulmana, como los drusos, los alauitas y las muchas sectas sufíes heterodoxas; o a esas minúsculas religiones arcaicas aún representadas en la zona por unos pocos miles de seguidores, como los misteriosos mandeos de los esteros del sur de Irak, o las tribus kurdas de los yésidos, tenidos, erróneamente, por adoradores del diablo. Si a ellos sumamos las minorías lingüísticas, como los diversos pequeños enclaves de habladores de arameo aún dispersos por toda la región, o los circasianos de Jordania, los lazis y otros grupúsculos de Anatolia, el panorama, es, sencillamente, inabarcable.

Esta diversidad infinita de minorías sobre la que aquí escribo no es simple materia de interés para folcloristas o de ratones de biblioteca. Hablo de una realidad vida, de personas de carne y hueso. Aquí en Georgia, el país periférico en relación a Oriente Medio en el que vivo, me topo constantemente con ese tejido de minorías a diario. La semana pasada cogí un taxi conducido por un yésido. Algunos de los proyectos de los que me ocupo se desarrollan en la región de los orgullosos svan, o en el área de los depauperados armenios de Javakheti. Un compañero de trabajo está a cargo de un programa de repatriación de mesjetos, una etnia turca expulsada por Stalin desde Georgia Asia Central; otro acaba de viajar al remoto valle de los paganos tushetos; a cincuenta kilómetros de donde vivo se encuentra el último pueblo de Georgia habitado por arameos.

El antiguo Imperio Otomano, última potencia política que logró controlar Oriente Medio, se construyó sobre un puzle de fidelidades, reuniendo en su seno a ese crisol de grupos diversos. Todos tenían su espacio en aquel mundo ya muerto: los turcos gobernantes, los árabes mayoritarios y ese abanico inmenso de grupos varios que salpicaban la región.

Tras la desaparición del viejo imperio, tuvo lugar en Turquía la primera gran oleada homogeneizadora: los griegos fueron expulsados de Anatolia, los armenios exterminados, los georgianos locales y otros grupos, asimilados culturalmente ('turquizados'). Sólo la entidad kurda pareció sobrevivir, en circunstancias extremadamente difíciles. Después, la creación del Estado de Israel provocó una nueva herida en la diversidad cultural: las minorías judías de todo Oriente Medio, ingrediente fundamental de las sociedades locales durante siglos, huyeron en su inmensa mayoría hacia el recién creado Estado hebreo. Por primera vez en más de dos mil años, dejaron pues de vivir judíos en Irak, en Siria, en Irán.

En la región del Cáucaso, el “divide y vencerás” practicado por el régimen comunista para mantener el balance entre las diversas nacionalidades permitió a las diversas minorías de la región no sólo sobrevivir, sino incluso florecer culturalmente. Con el colapso de la URSS y los subsiguientes conflictos bélicos en la zona, las minorías étnicas fueron las primeras en resentirse. Así, por ejemplo, los griegos pónticos abandonaron Georgia en desbandada.

El nacionalismo árabe de Nasser en Egipto, incluidas sus versiones más histriónicas en Irak (Saddam Hussein) o Siria (El Azad) sirvió durante un tiempo como bálsamo apaciguador de esa tendencia hacia la expulsión de las minorías. Los regímenes árabes nacionalistas hicieron de la protección de las minorías un ingrediente importante de su agenda política. La propia dinastía gobernante en Siria es alauita. El ministro de exteriores de Saddam era cristiano. La integración era pues absoluta.

La puntilla final a estas décadas horribles de persecución a las minorías en Oriente Medio la ha dado la ocupación norteamericana de Irak y la consecuente guerra civil y apogeo del radicalismo musulmán. Ya casi no quedan mandeos en Irak. Miles de yésidos y de cristianos han sufrido persecución por parte de los integristas religiosos. La Potencia Ocupante (EEUU) ha sido completamente incapaz de cumplir con su responsabilidad como garante de los derechos y libertades de las minorías, obligadas a exiliarse o morir.

Ocupando Irak, América no sólo acabó con todo viso de legitimidad como supuesto baluarte de la exportación de la democracia. Acabó también, sin quererlo ni beberlo, con tres mil años de riqueza en la diversidad cultural de Oriente Medio. Claro que, de esto último los americanos todavía ni se han enterado.

(Foto: Juan Echánove. Svanetia, Georgia)

lunes, 10 de agosto de 2009

Sueño caucásico

Llevo un mes soñando con cumbres nevadas, pueblos de piedra encajonados en valles verdes, monasterios colgados de oteros imposibles y colinas salpicadas de vides. No es mi sueño el fruto de un desorden mental transitorio ni una forma bucólica de escapismo… es que en otoño marcharemos a vivir al Caucaso, allí donde según las leyendas griegas, Prometeo arrebató el fuego a los dioses y Jasón buscó el vellocino de oro. Georgia, cuna de Stalin, del vino, de los faisanes y de los primeros homínidos europeos, será nuestro hogar durante los próximos tres años. Conozco el lugar. Hace años ascendí a los pies del mítico Kasbegi en una vieja moto soviética con sidecar, recorrí los jardines de Borjoni, visité las iglesias medievales de Mesjeta y tomé parte en esas inacabables borracheras rituales a las que tan aficionados son los georgianos. Mi recuerdo de ese agreste país se nubla con los vahos de aquellas excesivas ingestas de aguardiente, pero aun así, conservo la imagen de esas cumbres nevadas, de esos valles verdes, de esos monasterios sobre oteros y de esas colinas de vides. Y por eso regreso, para comprobar, a fin de cuentas, si esos lugares existen. Me voy a Georgia para seguir soñando, osease, para seguir viviendo.