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jueves, 11 de febrero de 2016

Beyond Venezuela


Poverty reduction and social cohesion go hand to hand, and social cohesion can only be achieved if the poor are empowered. 

In the case of Latin America (LA), for instance, arguably one of the many reasons to explain the sharp decline of poverty in recent years is the expansion of democracy and the replacement of oligarchic political regimens by more inclusive governments, elected in free elections, with strong pro poor orientation and progressive policies. 

There is a direct correlation between these kind of political changes in some LA countries (such as Brazil, Uruguay, Bolivia, El Salvador, Nicaragua and Ecuador, for instance) and astounding results in terms of poverty reduction reached there, whereas in countries where the elite continues running the show, such as Guatemala or Paraguay, poverty remains stagnant. 

Venezuela is NOT an example case of the situation I am describing here when referring to the expansion of democracy and inclusive growth. Some pro-poor policies have been implemented there, but also gross violations of human rights, social fractures and a messy way to run the economy have characterized the Chaves/Maduro regime.

Nevertheless, the massive failure of the Venezuelan model cannot be an excuse not to recognize the astonishing positive developments in several other LA countries run by progressive governments during the last decade or so, in terms economic boom, inclusiveness, social cohesion and massive reduction of poverty. Venezuela (as well as Argentina) is actually the exception(s) that confirms the rule. UN or the not very suspicious WB or MFI have repeatedly praised Correa’s Ecuador, Mujica’s Uruguay, Funes’ Salvador, Bachelet’s Chile or Morales’ Bolivia for the impressive result in building up more democratic, fair and better articulated societies. 

These positive news, however, rarely make headlines in El Pais and other mainstream newsletters, utterly obsessed with the Venezuelan case.

Interestingly enough, those other Latin American countries where the left has not been able to govern (such as Guatemala) or where it won the elections but was illegally removed from power by the traditional elites (Paraguay, Honduras) are doing very poorly in terms of growth, fighting poverty or human rights standards…but the media tend not to cover them the way it does with Venezuela. This selective journalism also entitles that Colombia, the only ‘successful’ country amongst those where the traditional elites still run the show is always predominantly praised by all the media, mainly as a way to highlight further the miseries of the Venezuelan case. 

Inclusive democracy, also called social democracy, was, during decades, the running force behind the massive expansion of the middle class in Europe, and is now doing the same in several LA nations. Our despondent media, however, are unable to see the historical dimension of this transformation…the Venezuelan tragicomedy keeps the neoliberal pundits and their media allies busy…while a new reality, where people is empowered, where the color of your skin is not anymore cause of social deprivation, and where the masses finally can start to access affordable education and health, is finally emerging in many other nations of that amazing continent.

sábado, 2 de julio de 2011

La maestra

Tenía apenas 20 años. Era maestra, recién titulada. Tardaron en encontrar el camino. La diminuta población no aparecía en los mapas de carretera. Al fin dieron con la ruta pero el coche de su padre no pudo llegar hasta la aldea. El camino carretero terminaba de pronto junto al río, que sólo podía atravesarse a través de un tronco tendido sobre las aguas limpias y los cantos. Había cruzado el Mundo para llegar allí. El alcalde pedáneo salió a recibirlos. Lacónico, la previno de la dureza del lugar. La anterior maestra –contó- fue sacada a pedradas por los gañanes tras quedarse embarazada de un peón. La alojaron en la mejor casa. Compartía cama con una de las hijas de su familia de acogida. Los vecinos la aceptaron de inmediato con los brazos abiertos y enseguida se ganó su respeto.

En el minúsculo pueblo todos entre sí se llamaban hermanos, subrayando su sentido de gran familia unida frente a la adversidad de la pobreza, el duro invierno y la agreste naturaleza. Los días de mucho viento cerraba la pequeña escuela porque el techo, desvencijado amenazaba ruina. Siendo ella la única persona con estudios del lugar, todos la pedían consejo. Aveces hasta ejercía de médico, recomendando remedios a los enfermos. Tanta responsabilidad sobre sus hombros jóvenes a veces la superaba, pero a la vez la hacía sentirse viva, feliz y unida al destino de esas gentes sencillas y nobles. Hasta la solicitaban confesión. Suerte que al fin llegó un día el cura a la aldea. Puso a todos los vecinos en fila y de espaldas. El sacerdote comenzó después a enumerar pecados varios. Los campesinos, alzaban el dedo de la mano para indicar si los habían cometido.

Todas las noches organizaba una verbena en la escuela, amenizada con su tocadiscos de batería o con el sonido de las guitarras de los campesinos. Llegó la Navidad y marchó de vacaciones. La llamaron después para decirla que no había necesidad de su regreso hasta pasada Pascua: Llegaba la estación durante la cual todos los muchachos trabajaban ayudando a su familia en las faenas del campo, de modo que ninguno podría acudir a la escuela. Regresó a la aldea ya cerca del verano. El curso acabó por fin. Dejó el lugar con lágrimas en los ojos, y ya no regresó nunca.

Aquella aldea no se escondía en algún remoto rincón de África o Sudamérica. Había, sí, cruzado el Mundo, el río Mundo, afluente del Segura, para llegar allí. Porque aquella aldea se encontraba en la Sierra de Cazorla, provincia de Jaén, en España. Fue hace cuarenta años, y esa maestra casi adolescente es hoy la abuela de mis hijos.



Foto: Luis Echanove

viernes, 11 de febrero de 2011

El pueblo en movimiento

El hombre barbudo de cara risueña intentaba ocultar su tristeza mientras hablaba. - Hemos falsificado nuestras actas de defunción- tradujo Irakli. Me quedé perplejo. No comprendía lo que quería decir. El hombre siguió hablando. Irakli siguió traduciendo. Pronto se aclaró la historia: Como el pueblo carecía de maestra, y, debido a su total aislamiento, era imposible enviar a los niños a alguna otra escuela, los padres se habían hecho pasar por muertos para que así sus hijos pudieran ser enrolados en un orfanato y recibir educación.

Tenía frente a mí a un hombre oficialmente muerto, un hombre oficialmente muerto que vivía en una casa efectivamente muerta. Intentaba imaginar como estaban sobreviviendo el invierno, a diez bajo cero, sin cristales en las ventanas. Entré en el chamizo: Todo estaba mugriento. Paredes húmedas y desconchadas. Tres somieres herrumbrosos sin colchón y un armario. Eso era todo.

Una casa muerta sí, una casa a punto de derrumbarse, como todas las del pueblo. Muertas y destruidas, peor habitadas por personas vivas.

En el año y pico que llevo recorriendo Georgia nunca había visto una miseria tan extrema. El pueblo llevaba dos años aislado a causa del corrimiento de tierras. La invisible fuerza telúrica en movimiento no solo había cortado por completo el único camino de acceso, también se había llevado por delante las áreas de cultivo, dejando a la población sin ninguna fuente de ingresos. El desplazamiento geológico todavía continuaba, lento, imperceptible en el día a día, pero constante. Las casas, alzadas a lomo de esa montaña andante, se doblaban y rasgaban como construcciones surrealistas en un cuadro de Dalí. Ni los muertos de verdad reposaban tranquilamente. En el cementerio el movimiento del suelo había desperdigado las viejas tumbas de piedra, descolocándolas o haciéndolas rodar colina abajo.

Recorrimos de nuevo a pie el camino de regreso, con la nieve hasta las rodillas, trepando a casi a gatas por el desfiladero.

De vuelta al coche, miré a mí alrededor las cumbres inmensas del Cáucaso. La nieve brillante a veces adoptada una tonalidad casi azul. Daban ganas de ser un gigante y así poder tocar con los dedos la textura blanca y suave de sierra. Ser un gigante, sí: Ser un gigante y coger aquel pueblo con mis manos, y trasladarlo a otro mundo, un mundo donde los hijos de los vivos no van a los orfelinatos, un mundo donde las camas tienen colchones, la tierra no camina y los muertos descasan en paz.
(Fotos: Juan Echanove)

viernes, 15 de enero de 2010

Haití

Estuve en Haití a principio de los 90. Recuerdo bien la pobreza ominipresente, el penetrante olor de la basura acumulada en las calles, el estremecedor sonido de los tambores del vudú por las noches, los estibadores del puerto de Jeremie descargando a mano todo el equipamiento de un hospital entero...pero sobre todo recuerdo esa jovialidad contagiosa de los haitianos, esas ganas invencibles de vivir, de salir adelante, incluso en las circunstancias más adversas.

En aquel tiempo mantuve varias reuniones el edificio de Naciones Unidas que ha colapsado sepultando decenas de personas; recorrí los barrios paupérrimos de las colinas, ahora barridos por la tierra, donde la gente desayunaba lodo y no comía ni cenaba. Nunca en mi vida he visto tanta pobreza como en Haití. Y nunca en mi vida he visto sonrisas más inmensas que en Haití.

Hace dos años un terremoto de escala 7 provocó menos de medio centenar de muertos en Tokio. El Puerto Principe la tierra tembló con esa misma intensidad, pero se llevó por delante a al menos 50,000 personas. Haití no es un país maldecido por la historia o la geografía, es un país maldecido por la pobreza, y en eso Occidente tiene una fuerte dosis de responsabilidad que asumir. Haití es un espejo de la falla global de nuestra sociedad y de nuestro sistema económico y de su incapacidad para tratar a todos los seres humanos del planeta como iguales.

Mis amigos que han trabajado durante años en el castigado país caribeño me envían mensajes desoladores. Y yo me siento profundamente triste e impotente, porque ese dolor inmenso de Haití es mi dolor, es el dolor de todos, de la familia humana.


viernes, 13 de noviembre de 2009

Ojos negros

Anda por las calles envuelta en una especie de gasa negra, con una falda de paño también negra ceñida a la cintura, zapatillas del mismo color. Todo es negro en ella, hasta sus ojos. Todo salvo la tez, que es pálida como el invierno. Pide limosna con vergüenza. Su edad es indescifrable, peor no baja de los setenta. Intuyamos su vida: infancia durante la guerra mundial, hambre de postguerra soviética, cierta dignidad económica en los sesenta y setenta, con casa gratis, comida barata y un trabajo decente. Todo pagado por el Estado. Todo sencillo, justo, pero suficiente. Y luego el colapso, el fin del mundo ideológico y también del real. El cierre de la empresa, en fin de la sanidad gratuita, y aun peor, la guerra, las guerras, tres guerras en diez años. Y luego la paz, y con la paz los edificios modernos, la visita de George Bush, las chicas en minifalda con trajes de marca, pero ella en la indigencia, en la chavola, los precios exorbitantes de los supermercados, una sociedad disparada en su carrera hacia ninguna parte y ella en los márgenes, tirada en la cuneta. Y al fin, una cuarta guerra, corta pero intensa, los rusos otra vez y ella pide dinero en la calle, tras una vida entera como conejillo de indias de todos los experimentos politicos posibles, y ella tiene al menos setenta años de sacrificios a la espalda y su vida es una mierda, y lleva siendo una mierda desde hace décadas, y este mundo es incomprensible, para ella y para mi, y yo por la noche no puedo dormir, porque me acuerdo de sus ojos negros.
(Foto: Luis Echanove)

lunes, 7 de septiembre de 2009

Insurrección

La injusticia está ahí, al cabo de la calle, al otro lado de la esquina. No hay que irse ni muy lejos ni muy cerca para encóstrasela. Basta con no cerrar los ojos. Pero, eso, no cerrar los ojos, es lo más difícil de todo. Así, mirando de cara a la vida, simplemente deteniéndose a ver lo que hay ahí fuera (fuera de los juegos mentales propios, fuera del escondite esquizoide y circular de la carrera profesional, las pelas, los modelos de coches o las marcas de ropa, es decir, en el mundo de verdad) aparece de pronto esa especie de aire tibio que se llama realidad. Y o la tomas o la dejas, no hay vuelta de hoja.

(Foto: Luis Echánove)

jueves, 2 de abril de 2009

Una historia real

Cazaban. Cultivaban. Recolectaban los frutos de la selva exuberante. Vivían una existencia sencilla, apegados a pocas pertenencias materiales, en equilibrio con las montañas, los ríos y los bosques. A mediados de los años noventa, amparados en la noche, los soldados expulsaron a aquellas familias indígenas de sus parajes ancestrales. Todos sabían quien había pagado aquel servicio. La compañía minera japonesa llevaba mucho tiempo detrás de aquellas tierras, tesoreras de fabulosos minerales. La tribu pasó a vivir debajo de un puente. Ochenta niños, hombres y mujeres compartieron años de miseria y enfermedades. Como único 'pago' por su territorio, y tras ingentes súplicas, la empresa nipona les dio permiso para escarbar en los cubos de basura de las casas de los directivos. Así vivían, ganando el equivalente de cinco euros al mes. En su pobreza extrema, al menos permanecían unidos. Se ayudaban entre sí en los momentos de extrema dificultad. Era una vida dura, pero la solidaridad del grupo ayudaba a sobrellevarla.

Hace un mes un ingeniero forastero se presentó de súbito debajo del puente. Reunió a la tribu y les espetó que al día siguiente recibirían cincuenta millones de pesos filipinos (algo menos de un millón de euros) en concepto de pagos adeudados y costes de indemnización por haber sido expulsados de sus tierras tres lustros atrás.

Un amigo acaba de regresar de visitar la tribu. Me cuenta que siguen viviendo debajo del puente, pero cada familia cuenta ahora con una lujosa máquina de karaoke. A mi amigo le quisieron comprar su coche. Le ofrecían una fortuna. Políticos oportunistas y timadores profesionales hacen cola frente al puente para ganar el favor de los ahora millonarios indígenas. Vendedores sin escrúpulos los despluman ofreciéndoles baratijas a precio de oro. Parece que casi todos en la tribu han comprado armas, muchas armas, no para defenderse de extraños, sino para protegerse de sí mismos. Andan a la gresca constante por el reparto del dinero. Cuenta mi amigo que hace poco casi se mal matan todos entre sí.


(Foto: Luis Echánove)

martes, 2 de diciembre de 2008

Días de la semana

Es curioso cuanto puede llegar a diferenciarse un domingo de un lunes.

Tengo visita, así que dediqué el día de ayer a recorrer algunas de los desconcertantes lugares que la ciudad de Manila puede ofrecer a un viajero ocasional. Pasamos la tarde en Serendra, un centro comercial al aire libre donde las tiendas de lujo se miran las unas a las otras entre la distancia de un cuidado bulevar decorado con fuentes, y por el que las familias ricas pasean a sus hijos acompañados de ejércitos de sirvientas en uniforme azul bien planchado. Entramos en un comercio extraño. Limpisimas vitrinas guardaban colecciones inverosímiles de soldaditos de plomo y personajes de ficción. Las reproducciones de cinco centímetros de los ratoncitos de la Cenicienta (made in Walt Disney) costaban vez y media el salario mensual de una de esas sirvientas de uniformes azules. Una zona de la tienda exhibía objetos para mascotas, tales como disfraces de Blancanieves para perros y bolsitas de comida de gatos a precio de dos jornales de trabajo. De una de las paredes colgaban fotos de una reciente celebración de chihuahuas en la que los animalillos disfrutaron de un buffet de croquetas de sabores y pastelitos variados.


Hoy, lunes, llevo en la oficina todo el día revisando una solicitud urgente de ayuda alimentaria y semillas mejoradas de arroz para su distribución a varios cientos de miles de granjeros en extrema pobreza.
(Foto: Luis Echanove)

sábado, 28 de junio de 2008

Dignidad

A todos nos gustan unas palabras más que otras, tal vez por como suenan, tal vez por lo que evocan, por los recuerdos que a ellas asociamos, o simplemente por su significado literal. La palabra “dignidad” es una de mis favoritas, por todas esas razones y tal vez algunas más.

Ayer me enfrenté cara a cara con esa palabra en el último rincón de Mindanao, en un tú a tú sin intermediarios de ninguna clase. Ante mí se alzaba la palabra “dignidad”, desplegada en todos los idiomas posibles, en forma de rostro curtido de un ex vagabundo reclutado como recolector de basura por las autoridades de su barrio. Gana 20 euros al mes. Recorre las calles de lodo todas las tardes en un triciclo cargado de sacos con los desperdicios del vecindario. No sé qué edad tiene, pero aparenta mucha. No habló conmigo. Yo sí con él, aunque mis palabras no debieron decirle demasiado.

De su silencio fluía un mensaje claro, transparente: dignidad, así, sin más, sin adjetivos, verbos ni pronombres. Aquellas facciones resumían el significado de esa palabra mejor que el diccionario más completo. La dignidad ni se compra ni se regala. Está o no está: como el agua dentro de un vaso; como los pasajeros en un tren; como los cromos de colección en el álbum de un niño. Lo leí en su mirada, en sus arrugas. Fue en una calle sucia, una tarde de sol.