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viernes, 13 de mayo de 2016

La hoguera de las vanidades


Mientras esto escribo, un incendio de dimensiones apocalípticas, con llamas de más de veinte metros de alto, expulsa a la atmósfera cantidades ingentes de denso humo sazonado con productos químicos en combustión altamente tóxicos. Miles de toneladas de neumáticos, acumuladas en un infame vertedero ilegal durante décadas, arden sin control. No sucede en Bangladesh o en Nigeria, no…sucede no muy lejos de la ciudad de Madrid, y a escasos quinientos metros de un barrio de doce mil viviendas construido en los peores años de la especulación inmobiliaria, por un matón de tres al cuarto devenido en constructor millonario y llamado el Pocero.

En el mundo civilizado, los neumáticos se reciclan para usos diversos; pero en la siniestra España  del pelotazo, de los alcaldes corruptos y de las administraciones autonómicas que se lavan las manos, en la España del ‘ande yo caliente’, los neumáticos, en cambio, se tiraban al campo, convirtiéndose en un elemento más de ese paisajismo de lo cutre que ha arrumado tantos rincones de mi maravilloso país.  

Tardará horas, o tal vez días, en apagarse este fuego infernal, pero sus efectos irreparables sobre el medio ambiente circundante, la contaminación de los suelos y acuíferos que está provocando o, aún peor, los daños gravísimos en la salud de las miles de familias ahora expuestas a infecciones respiratorias y la alta exposición a substancias cancerígenas…esos efectos tardarán meses, años o lustros en apagarse. Como mi rabia y mi tristeza.


sábado, 5 de octubre de 2013

Estadísticas suicidas

¿Han aumentado las muertes por suicidio tras la crisis?

Una noticia recurrente en los medios de comunicación, y que finalmente se ha convertido casi en un lugar común en las conversaciones cotidianas, es que los suicidios han aumentado masivamente en España desde que estalló la crisis económica.  Decidido a averiguar un poco más sobre este asunto, me he puesto a contrastar datos oficiales, noticias y demás informaciones al respecto, y la conclusión a la que he llegado es inequívoca: Es una burda patraña, una pura invención mediática, convertida, por el morbo social, en dogma callejero.

En el año 2009, la prestigiosa revista médica The Lancet publicó un estudio estadístico basado en datos de veintiséis  sociedades occidentales, conforme al cual la tasa de suicidio aumenta como promedio en un 0.8% por cada punto de incremento en la tasa de desempleo.  En el momento de la publicación del artículo resultaba aun prematuro verificar si esta diabólica correlación histórica se cumpliría o no en el caso de la crisis económica actual, por entonces recién comenzada.

En 2011, The Lancet repitió el análisis, en esta ocasión con los datos correspondientes a los dos primeros años desde el estallido de la debacle financiera. Desgraciadamente en la mayor parte de los casos confirmaron punto por punto los resultados previstos. En casi todos los países estudiados el numero de suicidios se incrementó, y precisamente en la proporción indicada conforme a esa perversa correlación matemática. España no era una excepción en cuanto al aumento: En 2008 y 2009 el número de personas que se quitaron la vida creció en la Piel de Toro, tras años de descenso. Los medios de prensa españoles se hicieron profusamente eco de la triste noticia aunque, curiosamente, omitieron mencionar que en realidad en el caso español ese incremento era muy inferior comparado a lo que cabría esperar en relación al impacto de la crisis. España era, de hecho, una de las pocas excepciones a la tesis de The Lancet: aunque el paro se desbocaba y la economía se hundía, el aumento de los suicidios era marginal (del 3% únicamente); nada que ver con los casos de Grecia (aumento del 24%), Italia (52%) o Irlanda (16%).


Ya se sabe que las buenas noticias no venden, así que no es extraño que a la prensa no diera eco al hecho de un año después, 2010, contra todos los augurios, y pese a que la crisis se seguía cebando brutalmente con nuestro país, el numero de suicidios en España en lugar de crecer, disminuyó, y además de forma muy significativa. Frente a 3,429 auto-homicidas en 2009, 2010 registró 3,145 muertes de este tipo…la cifra mas baja en los últimos 17 años. No obstante, los medios encontraron el modo de inventar morbo donde no la había y un titular sorprendente se hizo hueco en muchas cabeceras: 'El numero de suicidios supera por fin (¡sic!) al de muertos en accidentes de trafico'. El dato en sí era cierto, pero no porque la auto inmolación se estuviese propagando como una plaga, sino porque, afortunadamente, las muertes en la carretera habían continuado descendiendo en ese año.

En 2011 hubo mas suicidas que el año anterior…pero el aumento fue estadísticamente insignificante, de apenas un 0.7%. La prensa no se molestó en informar sobre este dato, tal vez porque no casaba con el alarmismo que ella misma había propagado.

Lo que en verdad ha aumentado en España desde el estallido de la crisis, y exponencialmente, es el volumen de información sobre los casos concretos de suicidios y con ello, por tanto, la percepción social que se tiene sobre la dimensión del problema. Sí alguien se quita la vida por un despecho amoroso, un arrebato esquizofrénico o una crisis de adolescencia lo más probable es que su caso no parezca en las noticias (*). Pero si tras un desahuciado un parado de larga duración  se mata y deja una nota culpando al banco de su muerte, es seguro que su deceso  tiene cobertura mediática.

La crisis que sufre España ha agrandado brutalmente la brecha social y ha hecho crecer la tasa de pobreza de forma insoportable. Ha generado y genera un sufrimiento enorme, un incremento de las depresiones, del estrés y del dolor. Ha llevado incluso a muchas personas quitarse la vida debido a lo insostenible de su situación socioeconómica. Este inmenso caudal de  sufrimiento es ya de por si lo bastante grande como para que haya necesidad de exagerarlo.

Afortunadamente, el suicidio, en España, no ha crecido lo que muchos pregonaban…digan lo que digan los medios.

(Fotos: Luis Echanove)
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(*) La prensa, al menos en España, no considera que los suicidios deban ser noticia. Hay varias razones para ello: Por un lado, para evitar el supuesto efecto ''llamada' en personas proclives a quitarse la vida; por otro, porque es un fenómeno tan habitual que es incluso cuestionable considerar que haya en ello algo noticioso o de interés general (salvo que el finado sea un personaje celebre; finalmente, tabúes culturales hacen que socialmente se considere este el suicidio propio del ámbito más intimo.

domingo, 29 de septiembre de 2013

Los pepinillos y la crisis

Me di cuenta de que algo marchaba rematadamente mal en España la noche que entré con un amigo en un bar, él pidió un gintonic y el camarero le preguntó con que tónica deseaba bebérselo. Me quedé de piedra… yo no conocía más agua tonificada que la Schweppes… y aunque existieran más… ¿qué narices importaba una u otra?  Cuando yo era jovenzuelo la gente ni siquiera especificaba la ginebra que quería, porque apenas había donde escoger. Con la bonanza de los noventa, más y más marcas comenzaron a llenar las barras de las discotecas y los exhibidores de los supermercados de toda España. Además de un Bacardí, uno podía ya escoger un ron Havana Club o un Pampero…y con el tiempo, hasta un elegante Santa Teresa o el delicioso Flor de Caña. Siempre he sido ronero y, por razones de trabajo, habituado a moverme por los trópicos, así que encontrar en mi ciudad natal los nombres de esos deliciosos alcoholes de tono oscuro y sabor dulce me llenaba de ilusión. Por fin éramos europeos, pensaba yo. Ya podíamos escoger.

Es difícil precisar en qué momento exacto esa exuberante diversificación alcohólica se salió de madre. Un verano, de vacaciones en Madrid, asistí a cierta extraordinaria conversación sobre las propiedades del pepinillo introducido en un gintonic de Bombay. Ya me había acostumbrado, desde hacia un par de años, a que de pronto todo el mundo pareciera saber muchísimo sobre vinos. Pero la multiplicación por la quinta potencia del número de enólogos quedo enseguida ensombrecida por la nueva ola de los expertos catadores de ginebras. 

La repentina expansión de los saberes especializados no se limitaba al mundo de las bebidas espirituosas: también se generalizaron, como por milagro, el número de licenciados en  marcas de ropa, el de especialistas en las cualidades de los diferentes tipos de palos de golf y el de peritos en series televisivas ambientadas en Nueva York.

Yo al principio pensé que todo esto formaba parte de una nueva aurora cultural. Apreciar el sabor del pepino en la ginebra o la comodidad de unos zapatos buenos no eran tal vez sino los primeros brotes de un renacer educativo. La sociedad española, o al menos una parte de ella, pensaba yo, caminaba por la senda gloriosa de la sapiencia.

Apesadumbrado, pronto supe  que los repentinos nuevos conocimientos adquiridos por esa nueva generación de españoles adinerados y glamurosos se limitaban en realidad a ese puñado de modas y frivolidades. La gente ahora viajaba más, pero sabía la misma escasa geografía de siempre. Con o sin pepinillos en la ginebra, a nadie le importaba un pimiento aprender más de filosofía, o leer a los clásicos o entender algo de astro-física.  España era más pija, pero tan inculta como antes.   

Y entonces, llegó la crisis. 

(Foto: Ignacio Huerga)

viernes, 28 de junio de 2013

Agujeros en la red (y 2)

El mapa de los gitanos

Ignorar es la forma más perversa de despreciar.

Si hay un grupo étnico en España con entidad cultural propia realmente oprimido y discriminado socialmente, ese  es el pueblo gitano. En estos treinta y cinco años de vida democrática hemos sido capaces de oficializar el uso del vasco en el último rincón de Navarra, proteger el idioma occitano en el valle de Arán o facilitar el acceso a la enseñanza en bable en la comarca del Bierzo, pero la lengua calé permanece tan defenestrada y olvidada como siempre. Apenas se llevan a cabo acciones positivas de afirmación y defensa de la cultura gitana, que continua marginalizada, cuando no directamente ridiculizada o arrinconada en el tipismo folclórico. Me sorprende, por ejemplo, que no exista un movimiento político gitano, ni una demanda real por la protección jurídica de su entidad cultural.

Con estos pensamientos merodeándome la cabeza, dediqué unas horas hace algunas semanas a intentar obtener información demográfica sobre el pueblo gitano en España. ¿Cuantos son? ¿donde viven?  Dos de mis muchas obsesiones son (como tal vez ya sepan los erráticos visitantes de este blog) la cartografía y la antropología social, así que mi primer objetivo fue intentar localizar en Internet mapas indicando su peso poblacional en las diferentes zonas del país. Pensaba, ingenuamente, que no seria difícil dar este tipo de información. Mi chasco fue enorme. No hay, en toda la inmensidad de la red virtual, ni un solo mapa de España que muestre la presencia territorial del pueblo gitano.

Si quiero obtener cartografía sobre la distribución de las vacas de raza leonesa en las provincias de España puedo encontrarla. También si lo que busco es un mapa sobre los dialectos del catalán en las comarcas de Tarragona o el porcentaje de monedas romanas encontradas en cada comunidad autónoma…pero dar con algo tan básico como un mapa demográfico de los gitanos en España es como preguntar por un plano sobre la presencia de gamusinos en los bosques de marte.

Este alucinante ejemplo de invisibilización habla por sí  mismo de hasta que punto  el pueblo calé, en el atlas mental de los españoles, simplemente no existe.

Decidí, por supuesto, que lo mejor que yo podía hacer al respecto era 'tapar' ese agujero en la red, elaborando yo mismo un mapa. Obtener la información de base no fue nada fácil. He tenido que consultar datos de fuentes muy diversas, a veces basadas en encuestas oficiales  otras, en estudios académicos o incluso en meras estimaciones. Finalmente, he logrado reunir información para todo el territorio nacional, en casi todos los casos a nivel de provincia, aunque en algunos solo en relación a comunidades autónomas en su conjunto. El resultado es el mapa de más abajo (*).

(Foto: Luis Echanove)
 
(*) Obviamente, el mapa confirma lo que intuitivamente ya sabemos: Que el porcentaje de gitanos sobre el total de población es especialmente numeroso en el sur. Las diferencias  entre unas zonas y otras del territorio nacional son realmente acusadas: Uno de cada veinticinco almerienses es gitano. En cambio, solo uno de cada doscientos gallegos lo es. Curiosamente, en gran parte del antiguo reino de Aragón son mas abundantes que en Castilla. En fin, me abstengo de mayores análisis, porque no era ese mi objetivo.

miércoles, 5 de junio de 2013

Pacífica corrupción


Leo en El País que ciertos documentos recientemente desclasificados de los archivos de oficiales británicos revelan como el Gobierno de su Graciosa Majestad se dedicó a sobornar con sumas de millones de libras a un montón de jerifaltes del franquismo para ganar sus voluntades contra la posibilidad de que España entrase en la segunda guerra mundial del lado del Eje. La lista de los generalotes en nónima del Foreign Office es tan abundante como sorprendente: Varela, Yague, Nicolás Franco (el  hermanísimo del Caudillo) Millán Astray, y hasta Kindelán, al que los archivos ingleses califican como “un chorizo” (o su equivalente en inglés, el artículo no especifica). Digo que la lista es sorprendente porque la percepción general que se suele tener del régimen franquista, y especialmente de los altos mandos militares que hicieron la guerra junto a Franco es que, aunque recalcitrantemente antidemocráticos y golpistas, aquellos señores, al menos, fueron honestos, hombres de palabra, incapaces de manchar su honra por el vil metal. Mas resulta que, de confirmarse estas informaciones (y no hay razón alguna para disputar su veracidad) en realidad se trataba de un atajo de corruptos dispuestos a vender su voluntad y sus ideales por la pasta depositada en un banco suizo.

Nos encontramos frente a una paradoja ética de lo más interesante: Es tal vez posible que el hecho de que España felizmente se librara de los horrores de la Segunda Guerra Mundial se debiera a la condición de corruptos de estos sujetos. Si no se hubieran dejado sobornar por esas enormes sumas de dinero, estos generales no se habrían dedicado a limar los ánimos belicistas de otros miembros del círculo de poder de Franco, y no habrían pues sorteado la casi inevitable alianza de España con la Alemania nazi.

No es este un episodio aislado en la historia política española. La corrupción  forma parte de la genética misma del ejercicio del poder en nuestra nación desde su misma formación. Corruptas hasta la medula fueron las monarquías de Austrias y Borbones, en las cuales los cargos públicos se vendían sin rubor, siendo luego la inversión recuperada por el ejerciente con extorsiones y robos a las arcas publicas. Corrupto fue también el ejercicio del poder durante el franquismo, como nos revela no solo este hecho del soborno inglés a los jerarcas militares sino, sobre todo, el sostenido contubernio durante décadas entre la jerarquía política del Régimen y las élites económicas del país. Claro está que durante la dictadura solo ciertos escándalos (tan notorios que resultaba imposible taparlos) salieron a la luz; pero el día a día del desarrollismo franquista navegaba sobre un mar de prebendas, informaciones privilegiadas, sobornos y negocios inconfesables.
Durante las primeras décadas de la democracia el tipismo de la deshonestidad se mantuvo tan vivo como siempre, gracias a manilargos tan bochornosos pero repetibles como Luis Roldán, el hermano de Guerra o Jesús Gil. Y así, hasta hoy en día, y sin solución de continuidad, la llama refulgente del mamoneo continua iluminando España, con la abrasiva quemazón de siempre.

Bien es cierto que esa tendencia multisecular de los dirigentes de mirar antes por el bolsillo propio que por el bien común  no es exclusiva de nuestro país. Lo que hace al caso español diferente del de otros vecinos europeos es seguramente la naturalidad misma de la corrupción. En España, durante 500 años, el que, teniendo poder no robaba, era tenido por tonto. Lo castizo ha sido siempre pillar y, si se puede, vivir del cuento. La picaresca, que no es sino el ejercicio de la corrupción a la escala de los pobres, ensalza ésta hasta límites casi heroicos.

Pero seamos positivos y optimistas: Hace setenta años la pudrición de la clase política nos libró de una guerra atroz. Así que yo no pierdo la esperanza: es posible que la trama Gurtel, el caso Urdangarin o el de los ERE nos traigan algo bueno. Aunque la verdad, por mucho que lo pienso no se me ocurre el qué.

(Fotos:  Luis Echanove)

jueves, 28 de junio de 2012

Burbujas y balones

Derrota a Francia. Al día siguiente, en un restaurante, un grupo de amigos galos se ponen de pie cuando entras, aplauden y vitorean' ¡sois los mejores! Victoria en penaltis sobre Portugal. Tus compañeros de oficina (georgianos, italianos, alemanes…de todas partes) de nuevo te felicitan, sonríen, y alguien te dice; '-que orgulloso debes estar de tu selección de futbol…son unos chicos maravillosos… eso es un equipo de verdad! -. Y entonces, por un momento, piensas en España y te olvidas de estos cuatro años de crisis brutal, de millones de parados y de tus amigos en empresas a apunto de quebrar (incluida mucha gente cercana a ti), y te olvidas también de la prima de riesgo, del ladrillazo y la burbuja, y del ruin jefe de los jueces que arañaba erario publico para pagar sus cenorras, y de ese rey irracional que mata elefantes mientras el reino se hunde, y de los políticos incompetentes, y de los alcaldes corruptos…te olvidas del Lazarillo de Tormes, de la picaresca, del 'ande yo caliente' y del 'salvase quien pueda' y te acuerdas, por un momento, de aquello de que 'todo esta perdido…menos la honra', y de que tu país también es esos muchachos jugando al futbol y su entrañable entrenador. Y entonces caes en la cuenta: hay esperanza, claro que hay esperanza.

(Foto: Luis Echanove)

viernes, 3 de febrero de 2012

Crisis

Escribí esta entrada en diciembre de 2009. la he releído casualmente y , dado que dos años después sigue teniendo plena vigencia, creo que resulta oportuno introducirla de nuevo…

En España hay una crisis económica. Y hay otras más, de las que ahora se habla menos.

Está la crisis del sistema de organización territorial del Estado, con un régimen de descentralización llevado a extremos absurdos: ¿de verdad es necesario contar con un calendario de vacunación infantil distinto en cada Comunidad Autónoma? ¿Tiene sentido que los niños canarios no estudien lo que es un río porque en su archipiélago no hay corrientes de agua permanentes? ¿Debe cada ciudad y pueblo de España contar con un puente o monumento diseñado por Calatrava o llevar a los Rolling a tocar en sus fiestas patronales? ¿y quien paga ahora las facturas cuando el ladrillo ya no llena las arcas municipales?

Está también la crisis social, no solo provocada por el hundimiento económico y el aumento desorbitado del paro, sino además acrecentada por años de emigración desmelenada sin programas de inserción y por una inequidad galopante, fruto de la cultura del pelotazo y de la mentalidad tan hispánica del ande yo caliente. Somos un país de nuevos ricos (esos que se forraron a base de stock options, recalificación de suelos, reventa de pisos y jugadas en bolsa) y de nuevos pobres (inmigrantes, desemplados, mileuristas). La clase media, en cambio, adolece de raquitismo.

Podemos hablar así mismo de una profunda crisis educativa. La única formación sistemática que muchos niños reciben es la del Nintendo. En nuestras endogamicas universidades se llega a catedrático mayormente en función de la habilidad propia en la ciencia del peloteo. La cultura tampoco anda en bonanza. En España se publica poco bueno e independiente y lo malo y escrito por encargo se vende cómo churros. Al cine, si no es 3D, ya no va ni la taquillera.

Como un paraguas cubriendo muchos de estos males, hay también que hacer referencia a la crisis de los partidos políticos. La ley electoral y las listas cerradas nos condenan a esta bipolaridad asfixiante que deja fuera de sitio a quienes no se deciden a comprar el paquete completo que el PP y el PSOE venden, ergo la elección es entre derecha rancia o pseudo progresismo.

Todos aquellos que no comulgan, en todo o en parte, con ninguno de los dos grandes partidos, como los liberales, los izquierdistas de verdad, los ecologistas, los centristas, y tantos otros, no tienen a quien votar o votan tapándose la nariz. Y de la mano de esa crisis del propio sistema de representación electoral, cabalga la crisis de liderazgo. Encontrar en cualquiera de los dos grandes formaciones a un político de la talla de los que forjaron la Transición resulta más arduo que descubrir armas de destrucción masiva en Irak.

Tampoco podemos olvidar la crisis ecológica. Cada vez producimos más gases de efecto invernadero, el Mediterráneo se ha convertido en una inmensa urbanización costera desde Huelva hasta Gerona y la España interior y rural sigue tan despoblada y olvidada como siempre. Teruel todavía no existe. Marbella existe demasiado.

Eso sí, hemos logrado ponernos en el vagón de cabeza en muchos nuevos ámbitos, tales como en número de campos de golf en parameras sin agua, porcentaje de chicas adolescentes que se operan las tetas, cuantía de vehículos de doble tracción inventados para el campo circulando por las calles de las ciudades, número de mafiosos rusos afincados en nuestras costas, volumen de programas del corazón en la programación televisiva o cantidad de cargos municipales con procesos de corrupción abiertos.

Puede parecer que estoy describiendo un cuadro demasiado pesimista. Pero es lo que hay.

Durante los últimos diez o quince años pensábamos que todo el monte era orégano. La obsesión con los bienes de consumo y la explosión del gasto nos hizo sentirnos ricos. Y nos creíamos que ser europeos era eso, ser ricos. Ser europeos es vivir en sistemas políticos que combaten la corrupción en todos los niveles, fomentan la igualdad social, castigan electoralmente a los políticos y a los partidos incompetentes, practican una economía sostenible y fomentan la educación en valores y no el culto a la pela. Tras vivir el supuesto glamour del 4x4 y el adosado ahora al fin nos caemos del guindo.

Hemos recogido lo que hemos sembrado. Nuestra crisis es, a fin de cuentas, la reseca después del despelote.

Entre tanto, y aunque lo que hace falta es menos torear la perdiz y mas coger al toro por los cuernos, los políticos se dedican a discutir la prohibición de las corridas. También se afanan en buscar la tumba de Lorca. Yo soy algo más escéptico, pero a lo mejor me equivoco y el fantasma del genial poeta al final resulta que nos trae alguna solución.

(Foto: Ignacio Huerga)

viernes, 25 de noviembre de 2011

Análisis de los resultados electorales

Como ya todos los tertulianos del mundo mundial han comentado los resultados de los partidos mas votados, yo me voy a dedicar a los que menos apoyo han recabado, lo cual me parece muchísimo mas interesante.

Los tres partidos que menos votos han obtenido en las elecciones generales de ayer han sido Derecha Navarra y Española, que no ha logrado ni un solo voto (lo cual, dicho sea de paso, es bastante meritorio… ni siquiera se ha votado a sí misma su candidata), Socialistas por Teruel (165 votos) e Higiene Democrática (197 votos).

Me alegra, eso si, saber que el Partido Regionalista por Andalucía Oriental –PRAO- ha logrado 2,843 votos. Desconozco porque no hay otro partido semejante pero para los de Andalucía Occidental. El partido SAIN, cuyo principal punto programático es erradicar el hambre en el mundo (aunque no explican como lo harían) ha sumado 6,646 votos.

(Foto Luis Echanove)

viernes, 2 de septiembre de 2011

Tarde de almuerzo en el campo

La tarde se pasea indiferente entorno a la mesa. La comida es lenta. Todo parece azaroso, pero responde a un ritual secreto y cotidiano a la vez. Los niños juegan en el pórtico, extraen agua de la noria rehabilitada, hacen agujeros en el suelo, corretean. Dentro de la casa, los hombres beben despacio, y hablan también despacio, midiendo sus palabras, no por guardarse pensamientos, sino para sólo decir aquello que resulta imprescindible y necesario. Hablan de los vecinos del pueblo, sin crítica alguna, sin dobleces tampoco. Los llaman siempre por sus motes de familia. Intercambian fechas, anécdotas y datos, para así saberse unidos en el conocimiento intimo de quienes comparten el día a día de sus labores y problemas.

El tiempo discurre despacio, acurrucado en la modorra de la tarde veraniega. Los segundos se traban entre los sorbos de vino y las frases cerradas. Pareciera que poco sucede, pero no es así: ocurren cosas, cosas de dimensión tal vez minúscula, pero importantes: un brazo se estira para agarrar los panes; las mujeres trajinan con los platos en el fregadero; un contertulio cierra los ojos levemente, no por cabecear, sino como pensando.

Vuelan por el aire fresco de la sala palabras precisas y antiguas, que a veces no entiendo: palabras como tasajo, o haldeando, o postuero. Todos son presa de un dialogo tranquilo que pareciera escrito antes que ellos. Cada opinión encaja en su sitio. Se habla cuando toca y, cuando no, se guarda silencio, quizás para dar cobijo a las palabras oídas.

Un día, pienso, alguien romperá el sortilegio y soltará de pronto algo intempestivo. Ese día, estoy seguro, el fin del mundo estará mas cerca.

(Foto: Ildefonso Bellón)

sábado, 2 de julio de 2011

La maestra

Tenía apenas 20 años. Era maestra, recién titulada. Tardaron en encontrar el camino. La diminuta población no aparecía en los mapas de carretera. Al fin dieron con la ruta pero el coche de su padre no pudo llegar hasta la aldea. El camino carretero terminaba de pronto junto al río, que sólo podía atravesarse a través de un tronco tendido sobre las aguas limpias y los cantos. Había cruzado el Mundo para llegar allí. El alcalde pedáneo salió a recibirlos. Lacónico, la previno de la dureza del lugar. La anterior maestra –contó- fue sacada a pedradas por los gañanes tras quedarse embarazada de un peón. La alojaron en la mejor casa. Compartía cama con una de las hijas de su familia de acogida. Los vecinos la aceptaron de inmediato con los brazos abiertos y enseguida se ganó su respeto.

En el minúsculo pueblo todos entre sí se llamaban hermanos, subrayando su sentido de gran familia unida frente a la adversidad de la pobreza, el duro invierno y la agreste naturaleza. Los días de mucho viento cerraba la pequeña escuela porque el techo, desvencijado amenazaba ruina. Siendo ella la única persona con estudios del lugar, todos la pedían consejo. Aveces hasta ejercía de médico, recomendando remedios a los enfermos. Tanta responsabilidad sobre sus hombros jóvenes a veces la superaba, pero a la vez la hacía sentirse viva, feliz y unida al destino de esas gentes sencillas y nobles. Hasta la solicitaban confesión. Suerte que al fin llegó un día el cura a la aldea. Puso a todos los vecinos en fila y de espaldas. El sacerdote comenzó después a enumerar pecados varios. Los campesinos, alzaban el dedo de la mano para indicar si los habían cometido.

Todas las noches organizaba una verbena en la escuela, amenizada con su tocadiscos de batería o con el sonido de las guitarras de los campesinos. Llegó la Navidad y marchó de vacaciones. La llamaron después para decirla que no había necesidad de su regreso hasta pasada Pascua: Llegaba la estación durante la cual todos los muchachos trabajaban ayudando a su familia en las faenas del campo, de modo que ninguno podría acudir a la escuela. Regresó a la aldea ya cerca del verano. El curso acabó por fin. Dejó el lugar con lágrimas en los ojos, y ya no regresó nunca.

Aquella aldea no se escondía en algún remoto rincón de África o Sudamérica. Había, sí, cruzado el Mundo, el río Mundo, afluente del Segura, para llegar allí. Porque aquella aldea se encontraba en la Sierra de Cazorla, provincia de Jaén, en España. Fue hace cuarenta años, y esa maestra casi adolescente es hoy la abuela de mis hijos.



Foto: Luis Echanove

martes, 19 de abril de 2011

Cien osos

Siempre me ha sorprendido la inmensa importancia simbólica que los animales salvajes siguen jugando en nuestra vida cotidiana. La mayor parte los habitantes de la sociedades occidentales pasan toda su vida sin jamás haber escuchado el aullido de un lobo en libertad, ni contemplado las huellas de un oso en la montaña, ni avistado un ciervo en medio del bosque. Sin embargo, desde pequeños somos adiestrados en identificar a esos y a otros muchos animales. Un niño, antes incluso de poder hablar bien, ya ha aprendido a imitar los sonidos de los animales de granja y de algunas fieras. El universo infantil esta poblado de animales de todas clases: desde los peluches a las películas de dibujos animados, la primera infancia consiste sobre todo en una familiarización permanente con el mundo de los animales.

Desde el punto de vista estrictamente practico bien pudiera decirse que esa intensa y machacona inmersión en la fauna resulta, de todo punto, bastante poco útil. A fin de cuentas, de poco nos servirán en nuestra vida adulta nuestras experiencias infantiles en el mundo de los animales salvajes, o incluso de los de granja, teniendo en cuenta que casi con total seguridad el resto de nuestras vidas tan solo interactuaremos con otros humanos y con animales de compañía, como perros y gatos.

Entonces, ¿porque los zorros, conejos, lobos y demás especies inundan el mundo infantil? Por supuesto, se trata de una reminiscencia de un mundo arcaico durante el cual el hombre si convivía efectivamente con tales criaturas de modo cotidiano. Conocerlos resultaba un aspecto fundamental en el entrenamiento para la vida. La asignación de atributos humanos a los animales, tal y como sucede en los cuentos infantiles o en los filmes de Walt Disney, es también un eco en nuestro subconsciente colectivo de ese pasado remoto, durante el cual las fieras simbolizaban fuerzas espirituales, actuando como tótemes o protectores de aquella humanidad tribal de la noche de los tiempos.

El valor cualitativo de los animales salvajes en nuestra identidad cultural, trasciende pues su importancia cuantitativa. Porque, a decir verdad, fauna en libertad queda mas bien poca. Se estima que en España apenas sobreviven 100 osos vagando por la Cordillera Cantábrica y los Pirineos. Linces solo quedan unos 200, y lobos menos de 1,200. Los cálculos para especies mas abundantes son mucho menos fiables (resulta mas fácil contar lo escaso que lo numeroso), pero arañando datos en Internet de aquí y allí, pueden mas o menos ofrecerse cifras para casi todas las especies de caza mayor: En España sobreviven 15,000 muflones, 35,000 cabras monteses, 300,000 ciervos y probablemente mas de 600,000 jabalíes, aunque esta ultima cifra es un simple calculo de quien esto escribe, hecho en base a la densidad media estimada multiplicada por la superficie forestal de nuestro país. No he logrado números precisos para gamos o corzos.

¿Porque este interés mío en contar animales? Tal vez para compensar esa sobrevaloración cualitativa de la que antes hablaba, y ponerla cara a cara contra la dureza de las cifras. 300,000 ciervos pueden parecer muchos, pero significa, simplemente, que en la Piel de Toro tocamos a un venado por cada 150 personas. Puestas así las cosas tampoco parecen demasiados.

Al margen de las criaturas de fabula de nuestras películas y juguetes infantiles, ahí afuera, en el bosque, aun quedan animales de verdad. Son ellos quienes deberían merecer nuestro reconocimiento e interes reales, no sus replicas comercializadas. Temer al lobo de Caperucita o dormir con un osito de peluche puede que resulte pedagógicamente acertado, pero no reemplaza el vinculo perdido con nuestros primos de otras especies.

Cuanto más humanos somos, más nos alejamos del mundo animal. Sin embargo, algo en lo más profundo de nosotros sigue vinculado a esas criaturas maravillosas. Tal vez, de alguna forma, los osos y los lobos viven todavia dentro de nosotros.


(Foto Luis Echanove)

miércoles, 19 de mayo de 2010

Guerras inciviles

Lo que siempre hemos sabido hacer mejor los españoles es matarnos entre nosotros. La historia de España, de hecho, puede ser vista como una sucesión casi ininterrumpida de enfrentamientos internos. Los cronistas griegos y romanos ya pintaron a los ibéricos prerromanos como pendencieros y dados a la gresca entre sí. No es pues extraño que las guerras civiles del final de la República Romana tuvieran su principal teatro de operaciones en Hispania.

En la época goda, la muerte de cada rey (casi siempre por asesinato), degeneraba siempre en batallas entre partidarios de los diferentes pretendientes a la sucesión. La mal llamada 'reconquista' fue en realidad una larguísima guerra civil intermitente, a varios bandos (a veces cristianos contra musulmanes, otras muchas, cristianos contra cristianos, o musulmanes contra musulmanes). Isabel la Católica, 'madre' simbólica de la España unificada, llegó al poder tras triunfar en la guerra civil del reino de Castilla. Carlos V también logró el dominio efectivo de sus territorios españoles tras vencer en dos conflictos civiles (la Guerra de los Comuneros y la de las Germanías).

El Siglo de Oro, en cambio, brindó una extraña etapa de paz interna entre españoles, dedicados como estaban a desfogarse guerreando en Indias, Nápoles, Flandes o donde hiciera falta. Por una vez en nuestra historia, en lugar de hacernos la guerra los unos a los otros, se la hacíamos a los demás. El Imperio tocó a su fin con la Guerra de Sucesión, otro horrendo enfrentamiento fratricida (aunque internacionalizado).

El siglo XVIII nos ofreció una segunda etapa de paz interna, aderezado por campañas externas de tan pocos bríos como la olvidada guerra ruso-española, en la que no se disparó ni un solo tiro. Fue también en el Siglo de las Luces cuando comenzaron a esbozarse esas dos Españas enfrentadas a lo largo de los ciento cincuenta años subsiguientes: la de los ilustrados o reformistas (después liberales) y la de los absolutistas o inmovilistas (después conservadores).

El XIX nos trajo las tres guerras civiles carlistas, además de las revueltas cantonalistas, innumerables golpes de Estado sangrientos y otras modalidades del pavoroso arte de matarse entre conciudadanos.

Y por fin llegó el siglo XX, primero con La Semana Trágica, después con la Revolución de Asturias, dos iniciales “conflictos de baja intensidad” (como dicen los periodistas ahora), preparatorios de ese gran festín de salvajismo que fue la Guerra Civil del 36 al 39, nuestra terrible catarsis nacional. Allí por fin nos matamos entre nosotros con tan bestial saña que al fin decidimos romper ese ciclo infinito de sangre.

Es cierto que guerras civiles ha habido en muchos otros países europeos (la guerra de las Dos Rosas en Inglaterra, la guerra entre rojos y blancos en Rusia, la guerra civil irlandesa…) pero es difícil encontrar alguna otra nación del Viejo Continente con una pulsión tan fuerte hacia la confrontación interna. La ultima guerra civil en Francia tuvo lugar hace más de doscientos años (La Vandee), y, en el Reino Unido (la guerra de Cromwell), hace tres siglos y medio. Alemania e Italia nunca han vivido guerras civiles en sus ciento cuarenta años como Estados unificados. Muchas viejas naciones europeas jamás han sufrido esta lacra en toda su dilatada historia (Portugal, Polonia, los países Nórdicos…)

Parece que al final los españoles, por fin, hemos aprendido a convivir sin autodestruirnos… pero esa multisecular tendencia a agruparse en dos bandos irreconciliables, bajo la mortifera premisa del “o estás conmigo o estás contra mí”, sigue, desgraciadamente, formando parte de nuestro ADN (1) .¿Cambiaremos algún día?
Foto: Ignacio Huerga

(1)
En Alemania democristianos y socialdemócratas son capaces de gobernar juntos, en Portugal derecha e izquierda hacen frente común ante la crisis, en el Reino Unido los diputados votan en conciencia, no en función de las consignas de su militancia. En nuestro país, en cambio, esa mentalidad atávica de “los nuestros” frente a “los otros” nos mantiene atrapados en estas absurdas dos Españas de hoy: la del PSOE y la del PP.

jueves, 8 de abril de 2010

Leyenda gris

Bajo la denominación amplia de la leyenda negra española se suele hace hacer referencia al conjunto de ácidas críticas a la España Imperial, la del Siglo de Oro. Quitarnos el sentimiento de culpabilidad que la leyenda negra nos ha generado durante siglos ha formado parte del esfuerzo permanente de reescribir nuestra propia historia nacional.

Aunque tendemos a pensar que la leyenda negra fue una suerte de campaña difamatoria orquestada por las potencias entonces enemigas de España (Inglaterra y Francia), lo cierto es que su creador original fue un valido (o como diríamos hoy, un primer ministro) de Felipe II: El aragonés Antonio López, despechado al perder el favor real, terminó encontrando refugio fuera de España y, desde su exilio, se ocupó a conciencia en criticar a su país. Por supuesto, sus vitriólicas acusaciones, en parte ciertas, en parte exageraciones, en parte simples libelos, encontraron inmediato eco en toda Europa.

Frente a la leyenda negra, se construyó después, en el imaginario colectivo de los españoles, una leyenda blanca, muy en boga durante el franquismo, según la cual, todas las críticas resultaban infundadas. La España Imperial, según esta contra tesis, no sólo no fue en absoluto monstruosa, como los historiadores extranjeros nos querían hacer pensar sino que, muy por el contrario, constituyó un dechado de virtudes, un espejo inmaculado de civilidad. Algunos historiadores de la derecha actual han vuelto a reavivar esta leyenda blanca sin rubor alguno.

La verdad, como casi siempre, se encuentra en algún punto a medio recorrido entre ambas interpretaciones extremas.

Dos son los principales polos entorno a los cuales se construye la leyenda negra: Uno es el de la intransigencia religiosa española (la inquisición, los Autos de Fe, Torquemada) y otro, las supuestas atrocidades durante la conquista de América.

Respecto del primero, en lo fundamental, la leyenda negra responde a una profunda y tristísima verdad. Bien es cierto que la Inquisición no se inventó en España (sino en Francia), y que los tribunales del Santo Oficio mandaron quemar herejes en toda Europa, con igual o mayor saña que al sur de los Pirineos. Pero en ninguna parte logró el Santo Tribunal tanta influencia política como en España. Más allá de la Inquisición como institución represora de la disidencia religiosa, lo que además existió en los reinos de la monarquía española fue una auténtica obsesión, casi semejante a la de los nazis siglos después, con la noción de la pureza de sangre. En la España del Siglo de Oro ser morisco, converso o mostrar la menor mácula genealógica de un origen no “cristiano viejo” (por ejemplo, tener un tatarabuelo judío), suponía de inmediato ser un ciudadano de segunda fila, sin acceso a los puestos públicos, sometido a mayores cargas fiscales y siempre sospechoso de herejía. No es casualidad, pues, que en España no hubiera casi reformistas y que las pocas raíces que el protestantismo logró echar fueran arrancadas sin contemplaciones.

Ese nivel de intolerancia religiosa, en grado extremo, no se produjo en ningún otro lugar de la Europa del momento con tanta intensidad, salvedad hecha de la ciudad de Ginebra bajo el déspota y psicótico Calvino. La España Imperial fue, antes que nada, una sociedad racista y obsesiva con la religión, a escala comparable a la de Arabia Saudí o Israel hoy. Así pues, en este flanco, no nos queda otra sino admitir sin más la mucha verdad contenida en las acusaciones vertidas sobre España por la leyenda negra.

En el otro ámbito al que arriba nos referíamos, el del supuesto salvajismo español en la conquista del continente americano, la leyenda negra es, principalmente, sólo eso…una leyenda con muy escaso fundamento. España no esclavizó a la población amerindia americana (toda vez que nuestros teólogos reconocieron un alma en los nativos, lo cual, para la época, no era poco avance moral). España se vio mínimamente envuelta en la trata de esclavos desde Africa: Holandeses, portugueses, ingleses y daneses fueron los amos de este sucio negocio.


Comparativamente, en la mayor parte de América Latina el porcentaje de población indígena es infinitamente superior al que cabe encontrar en Australia, Estados Unidos o Canadá. Los conquistadores peninsulares, salvo excepciones escasas, jamás llevaron a cabo campañas sistemáticas de extermino a la población local. De hecho, mostraron más crueldad con su propia mayoría indígena las republicas americanas independizadas de la que jamás ejerció la Corona española sobre sus súbditos nativos. En Argentina se practicaba la caza de indios en el siglo XIX, en El Salvador el genocidio de las etnias amerindias se produjo a inicios del XX. En Guatemala, duró hasta hace década y media. No viene mal recordar tampoco el recordar que el Imperio más sanguinario en la historia del continente americano no fue el español, sino el azteca.

No pretendo ni mucho menos negar los evidentes abusos de los conquistadores ibéricos (en general, una pandilla de ávidos rapiñeros) pero, puesta en su contexto histórico, la colonización Española de América Latina fue marcadamente más blanda que casi todas las ocupaciones coloniales ocurridas en la historia moderna y contemporánea. La 'epopeya' americana no es motivo del que debamos estar extremadamente orgullosos, por supuesto, pero tampoco algo que deba llevarnos a una constante exculpación. Y, a fin de cuentas, los descendientes de aquellos españoles colonizadores, autores de tales posibles desmanes, no somos nosotros: Son, ni más ni menos, los criollos que aun ejercen de casta dominante en la mayor parte de las republicas americanas.

Siempre hemos sido un pueblo un tanto dado a los extremos, pero ya es tiempo de que asumamos que nuestro pasado, como el de casi todas las naciones, no se escribió en blanco, ni tampoco en negro, sino más bien en tono gris.

(Foto: Ignacio Huerga)

viernes, 12 de marzo de 2010

Contra los nacionalismos

La visión popular de la historia de España que casi todos aprendimos en la escuela (y también, por supuesto, la que aprenden hoy los niños en Cataluña o el País Vasco), es fundamentalmente una construcción ideológica y sesgada de los hechos del pasado que responde poco a la realidad histórica. Es por ejemplo un hecho irrefutable que Vizcaya, Guipuzcoa y Álava han formado parte de la corona de Castilla durante mas tiempo que Toledo, Albacete o Ciudad Real, pongamos por caso (mal que les pese a los nacionalistas vascos). También lo es, no obstante, que las provincias vascas se rigieron con autonomía casi absoluta hasta el siglo XIX (mal que les pese a los nacionalistas españoles). Y es que, en verdad, la monarquía española, desde Isabel y Fernando y hasta los Borbones, no gobernó nunca sobre un reino unificado, si no sobre una colección de territorios autónomos, cada uno con plena identidad política propia. Los Señoríos Vascos o Cataluña no eran sino piezas en ese puzzle de reinos y dominios en gran medida autogobernados. Como también lo era, pongamos por caso, el reino de Jaén…sin que ello haya dado pie, en la época moderna, a ningún nacionalismo jienense del que yo tenga noticia.

Si alguna región de España puede en verdad hacer valer una larga tradición de identidad política históricamente diferenciada y permanente a lo largo del curso de la historia española, es sin duda Navarra. Fue la ultima zona del país en integrase políticamente con el resto de España (y no el reino de Granada, como casi todo el mundo piensa) y la ultima y perder su autogobierno. Sorprendentemente, el nacionalismo navarro nunca ha sido fuerte. Y es que, al fin de cuentas, el nacionalismo no es hijo de una identidad histórica propia, sino más bien, de los tejemanejes de las clases políticas y económicas.

Claro está que la supuesta identidad diferenciada de los actuales nacionalismos periféricos también se argumenta sobre la base de la lengua propia. La realidad es que en España se hablan siete lenguas vernáculas, aunque solo cinco de ellas son idiomas cooficiales (vasco, gallego, catalán/valenciano y aranes). El asturleonés y el aragonés, ambos en peligro de extinción, son, para los filólogos, lenguas romances por derecho propio, pero no gozan de ninguna oficialidad en sus respectivos territorios. No obstante, el nacionalismo nunca ha sido fuerte en Aragón, Asturias o León…contar con idioma propio no es pues condición necesaria ni suficiente para enarbolar las banderas del nacionalismo.

Pero volviendo al nacionalismo españolista, y a esa leyenda de la continuidad histórica de una España unificada, vale la pena recordad que la noción de que entre el fin de la Hispania romana y las invasiones árabes, España quedó atada y bien atada bajo los visigodos, es también falaz. Durante la mayor parte de su historia, el reino Visigodo de Toledo solo logró controlar a mitad de la Península Ibérica. Andalucía formo parte del Imperio Bizantino durante doscientos años y todo el noroeste peninsular conformo el reino Suevo, también durante dos siglos.

La invasión árabe, vista siempre como una penetración alienígena en el suelo patrio, comenzó como una simple intromisión norteafricana en medio de una guerra civil entre pretendientes visigodos al trono. Al fin y al cabo, la Península llevaba siglos recibiendo ocupantes procedentes del otro lado del Estrecho: Comenzando por los propios íberos, de origen norteafricano, y continuando por los cartagineses, más las subsiguientes y poco conocidas razias bereberes durante la Hispania Romana (y las fuentes hablan de al menos cinco campañas de este tipo), lo cierto es que una constante en la historia de la Piel de Toro es la emigración de pueblos desde el territorio del actual Marruecos hacia el sur peninsular. Pero claro, resulta políticamente poco correcto reconocer que, desde un punto de vista histórico, estamos tan o más unidos a Marruecos que a allende los Pirineos. Somos europeos sí… pero históricamente, también somos norteafricanos.

La identidad de España es fruto de un cruce entre determinismo geográfico (al fin y al cabo vivimos en una península bastante compacta) y avatares de la historia. Portugal no es parte de España por la simple razón de que a mediados del siglo XVII su revuelta independentista logró triunfar. Si, pongamos por caso, las rebeliones separatistas de Cataluña y Andalucía, ocurridas en los mismos años, hubieran resultado exitosas, y la portuguesa, en cambio, fallida, los niños de hoy, al trazar el mapa de España, dibujarían algo parecido a la ilustración de la izquierda. Somos hijos del pasado, un pasado muchas veces casual.

La historia oficial de España, y ahora también las historias oficiales de muchas comunidades autónomas , se construyen a base de mitos tendenciosos. Si queremos aprender a convivir, mejor será mirar al pasado sin los prejuicios del presente.
(Foto: Luis Echanove, mapa: Juan Echanove)