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lunes, 25 de abril de 2016

Estrasburgo en la historia del misticismo occidental

La mística europea debe a la ciudad de Estrasburgo algunos de sus momentos mas notables y de sus figuras más destacadas. 

 A inicios del siglo XIII, Renania en general, y Estrasburgo en particular, se convierten en el epicentro de una nueva corriente de pensamiento místico que removerá los fundamentos mismos del catolicismo tradicional. El Maestro Eckhart (1260- 1328), la gran figura de la mística medieval, vivió en Estrasburgo entre 1313 y 1326. Monje dominico, condenado por el papado como heterodoxo su mística se funda en la idea de que si Dios es pura simplicidad, el hombre debe intentar llegar o volver lo más cerca de ella, despojándose de todo lo que no sea Él mismo. Johannes Tauler (circa 1300-1361), fue uno de los principales discípulos de Eckhart y se le considera el fundador de la mística alemana. Tauler nació en Estrasburgo, en donde ejerció como predicador varios años hasta su expulsión de la ciudad en 1338. Regresó a Estrasburgo en 1343; en donde residió hasta su muerte, pasando varios intervalos viajando por Renania y los Países Bajos. Su lapida sepulcral aun se conserva en la iglesia estrasburguesa del templo Nuevo, ubicada en el antiguo emplazamiento del convento dominico. Nicolás de Estrasburgo, dominico como Tauler y Eckhart, fue también un notable místico. Responsable máximo de la orden en Alemania, ejerció, por encargo del papa, la labor de juez en el proceso inquisitorial contra Ekhart, exculpándole de todos los cargos. 

 El segundo gran momento del desarrollo del pensamiento místico en Estrasburgo se produce al calor de los inicios de la Reforma. La capital alsaciana, ganada enseguida para la causa del protestantismo, acogió a numerosos pensadores y predicadores heterodoxos, algunos de los cuales descollaron por su visión mística. Caspar Schwenckfeld (1490- 1561), padre del movimiento protestante en Silesia y que propugnaba una vía de iluminación interior, según él mucho más importante que la revelación bíblica, residió en Estrasburgo entre 1529 y 1534. Sebastian Franck (1499- 1543), otro ferviente humanista de la Reforma y místico nacido en Basilea, también residió en Estrasburgo, en donde publicó, en 1531, la Chronica, Zeitbuch und Geschichtsbib, su obra más importante. Franck creía que Dios se comunica con los individuos a través de una porción de la divinidad que permanece en cada ser humano. Sus opiniones religiosas le valieron la condena del propio Lutero y la expulsión de la ciudad del Rin. 

El siglo XVII también ofrece varios interesantes ejemplos de importantes místicos vinculados a Estrasburgo. Angelus Silesius (1624- 1677), poeta y místico alemán de origen protestante pero después convertido al catolicismo, estudió en la universidad luterana de Estrasburgo. La más importante y conocida de sus obras, el llamado Peregrino Querubínico es considerada la obra más señera del misticismo europeo de la época. Consiste en una colección de aforismos rimados imbuidos de panteísmo, e inspirados en el Maestro Eckhart, Tauler y otros autores. También se formó en Estrasburgo Johann Georg Gichtel (1638 –1710), otro prominente místico heterodoxo de origen protestante. El pietismo protestante también echó raíces en Alsacia. En fundador de este movimiento religioso, que otorga especial importancia a la dimensión espiritual de cada persona, fue el alsaciano Philipp Jacob Spener (1635-1705), también graduado en la universidad estrasburguesa. 

Curiosamente, varias de las más formidables figuras de la mística occidental reciente están también íntimamente vinculadas a Estrasburgo. Charles de Foucauld (1858-1916) nació en Estrasburgo, en el domicilio familiar situado en el antiguo emplazamiento de la mansión del alcalde Dietrich, donde Rouget de Lisle había cantado por primera vez La Marsellesa en 1792. Foucauld tras una carrera como militar, aventurero y vividor, fue en su madurez un místico contemplativo, viviendo los últimos 15 años de su vida retirado en el desierto del Sahara, en donde murió asesinado. Albert Schweitzer (1875 -1965), también alsaciano, fue medico, músico, misionero en África, filósofo y místico, y vivió en Estrasburgo gran parte de su vida adulta. Autor, entre otras obras de El misticismo de Pablo Apóstol (1930), su puesta en práctica de su espiritualidad de "Reverencia por la vida" le valió el Premio Nobel de la Paz y el reconocimiento mundial. Simone Weil (1909- 1943), otra enorme figura de la mística contemporánea, era hija de un judío de Estrasburgo. Agnóstica y militante comunista en su juventud, tras una experiencia trascendente, desarrolló todo un pensamiento espiritual enormemente rico. El monje trapense y místico franco-norteamericano Thomas Merton (1915-1968) pasó en Estrasburgo periodos de su vida de estudiante, perfeccionando su francés y su alemán, en una etapa clave en su proceso de conversión. 

 Estrasburgo es también un eje importante en la difusión de la meditación de raíz budista en Europa Occidental. El alsaciano Olivier Reigen Wang-Genh, líder desde 1986 de la comunidad budista zen de Estrasburgo es el presidente de la Unión Budista de Francia y vicepresidente de la Federación Internacional de Zen.

Estrasburgo en la historia de la heterodoxia espiritual y el esoterismo

Alguien ha llamado a Estrasburgo una de las capitales mágico religiosas de Europa, y, sin duda, argumentos no faltan al respecto. Masonería, alquimia, Rosacruz, catarismo, teosofía…todas las grandes corrientes esotéricas europeas parecen haber convergido en uno u otro momento de la historia con fuerza en Estrasburgo. 

A fines del siglo XII e inicios del siglo XIII brotaron en Europa una multitud de grupos cristianos disidentes. La ciudad de Estrasburgo estuvo íntimamente vinculada al origen y desarrollo de muchos de estos grupos. Hacia 1170 Pedro Valdo, un comerciante de Lyon, comienza a promover una nueva doctrina de rechazo al poder de la Iglesia y sus dogmas, al culto de los Santos y la Virgen y al papel del clero, así como en favor de la idea de una comunicación directa entre los fieles y Dios, sin necesidad de intermediarios. El grupo creado por Valdo, los llamados valdenses, en seguida logró arraigar en Estrasburgo y en Alsacia en general. Fuentes de la época afirman que hacia el año 1,200 la ciudad acogía a al menso 500 valdenses. En 1211 el arzobispo de la ciudad inicio una represión brutal contra el movimiento herético. Más de 80 valdenses y otros herejes fueron quemados en la hoguera en Estrasburgo en ese año, dándose así inicio a una varios siglos de persecución en toda Europa. 

Según las crónicas de la época, además de valdenses, también muchos cátaros fueron condenados en esa ocasión y es que, aunque fue en el sur de Francia donde este grupo cristiano había logrado arraigar y establecerse como una iglesia organizada con más fuerza, la ciudad alsaciana tampoco quedó inmune a su influjo. 

En el mismo periodo, un tal Orlieb de Estrasburgo y el teólogo Amaury de Bene predican una versión totalmente panteísta del cristianismo, negando los principales dogmas católicos y oponiéndose también a la iglesia. Sus muchos seguidores, los llamados Hermanos del libre espíritu, sostenían que Dios estaba en todo y en todos a través de la presencia del Espíritu Santo, negaban la existencia del pecado y la divinidad de Jesucristo. Estas posturas y su rechazo de la validez de la Iglesia, de los sacramentos y de la Sagradas Escrituras hicieron que fuesen condenados en 1216 por el Papa Inocencio III , acusados, entre otras cosas, de promover el amor libre y el nudismo. Pese a ser perseguido duramente este movimiento logró establecerse con fuerza, durante toda la mitad del siglo XIV, en Estrasburgo y todo el valle del Rin, hasta su virtual desaparición a inicios del siglo XV. 

Los hermanos del Libre Espíritu no fueron la única secta de perfil esotérico en echar raíces en Estrasburgo. En 1518 la ciudad del Rin vivió lo que muchos autores han considerado uno de los mayores misterios de la historia de la medicina: De forma súbita y sin causa a aparente una mujer llamada doña Troffea comenzó a danzar frenéticamente y sin descanso, contra su voluntad, en medio de las calles de la ciudad. En seguida docenas más de personas se sumaron al baile, y al cabo de un mes eran ya 400 los danzarines enloquecidos. Muchos morían en el curso de su baile, de extenuación o paro cardíaco. Las causas de tan extraño fenómeno nunca han quedado esclarecidas; para algunos, se trataría de un fenómeno de histeria colectiva; para otros, de una epidemia de ergotismo, la intoxicación por consumo de centeno contaminado por cornezuelo, que producía espasmos y alucinaciones. No obstante, ninguna de las dos explicaciones parece completamente acorde con los síntomas observados en los involuntarios danzarines. Una tercera interpretación ve en el sorprendente suceso una forma ritual de una secta heterodoxa. 

Estrasburgo jugó también un papel fundamental en el origen de la masonería que, como es sabido, surgió como una organización gremial de canteros y constructores de Catedrales, a fines de la Edad Media. La organización de canteros de la ciudad ostentaba el título de Gran Logia de los masones alemanes. En 1459 los líderes masones germánicos, reunidos en Ratisbona, decidieron que en adelante el maestro de obra de la Catedral de Estrasburgo fuera además considerado presidente perpetuo de todas las logias de Alemania. Durante el siglo y medio subsiguiente la corte de resolución de disputas entre logias masónicas alemanas operó basada en Estrasburgo, hasta la anexión de Alsacia a Francia por parte de Luis XIV. La masonería gremial original derivó, en el siglo XVIII, en la llamada masonería especulativa o francmasonería, una poderosa organización secreta que ha jugado un papel fundamental en el desarrollo del pensamiento moderno desde la Ilustración. 

La capital de Alsacia está así mismo íntimamente vinculada al origen de la misteriosa orden de los Rosacruz, de perfil semejante al de la masonería aunque de un tono más ocultista. Uno de los principales libros fundacionales de esta sociedad secreta, ‘La boda mística de la Rosacruz Cristiana´ fue publicado en Estrasburgo en 1616 por el místico y alquimista Johannes Valentin Andrae (1586-1654). El Lectorium Rosicrucianum, una de las sociedades Rosa Cruz contemporáneas más activas, mantiene hoy una presencia permanente en Estrasburgo. 

El martinismo, una corriente esotérica muy relacionada con la tradición rosacruciana, también se vincula a Estrasburgo, ya que su fundador, el marqués de Sant-Martin (1713-1803), se inició en el pensamiento esotérico en Estrasburgo, de la mano de la noble local Charlotte Broecklin, que le introdujo en los escritos de Jakob Bohme y otros ocultistas de la época.

La alquimia, otra de las grandes tradiciones del esoterismo Europeo, también se vincula de una forma especial a esta ciudad. San Alberto Magno (1200- 1280), tenido en vida, ademas de por filosofo y cientifico, por mago y alquimista, fue profesor en la universidad de Estrasburgo. El gran alquimista Hieronymus Brunschwig (1450 - 1512), nació y desarrolló su obra en Estrasburgo. El también alquimista, así como astrólogo y medico suizo Paracelso (1493- 1541) residió en la ciudad del Rin antes de instalarse en Basilea. El ‘Theatrum chemicum’ (o ‘Teatro químico’) un compendio de escritos alquímicos de varios autores, fue publicado en seis volúmenes a lo largo de varias años por el editor estrasburgués Lazarus Zetzner, durante las primeras décadas del siglo XVII. La obra reúne todo el saber alquímico del momento y una autentica considerada la Biblia en la materia. El ocultismo alquímico pervivió varios siglos en la capital de Alsacia. Hay constancia de que en 1770 Goethe, durante sus años de estudiante en la universidad de Estrasburgo, ingresó en una sociedad secreta alquimista denominada los Hernhuter, que congregaba a un buen número de ocultistas de la ciudad. 

El célebre conde de Saint Germain (1696- 1784) un enigmático personaje, conocido por ser una figura recurrente en varias historias de temática ocultista, sería, según cierta versión de su biografía, hijo de un medico de Estrasburgo. La ciudad también ocupa un papel importante en la biografía del italiano conde de Cagliosto (1743 – 1795), otro oscuro y fascinante personaje del esoterismo europeo, discípulo de Saint Germain, genial alquimista y mago para unos, e impostor para otros. Hacia 1780 Cagliosto se instaló en la ciudad alsaciana, acogido por el cardenal-príncipe Rohan, máxima autoridad política de la urbe. Despertó el entusiasmo y admiración de todos y fue reclamado por las élites y el pueblo debido a su supuesta capacidad para realizar curaciones milagrosas. Según el mismo, fue en Estrasburgo donde creó la llamada Masonería Egipcia. 

El famoso ocultista René Schwaller de Lubicz (1887-1961) especializado en geometría sagrada y en esoterismo del antiguo Egipto, era de Estrasburgo, donde pasó su infancia y juventud, adquiriendo su interés por la alquimia tal vez en la farmacia que su padre poseía en la ciudad. Según investigaciones de Jacques Bergier, Schwaller sería además el personaje real detrás de Fulcanelli, el autor anónimo de El misterio de las Catedrales, tal vez la obra cumbre del esoterismo en el siglo XX. 

La vinculación del esoterismo a Estrasburgo ha continuado sin solución de continuidad hasta la actualidad. Una de las figuras señeras en el origen de la Sociedad Teosófica, tal vez la principal organización ocultista moderna, fue la estrasburguesa Caroline Marthe North-Siegfried (1866-1939), creadora en 1920 de la Biblioteca Pitagórica de Estrasburgo, que aún subsiste.

lunes, 8 de julio de 2013

Entropía tropical

A mi amigo José Fons, con la esperanza de que nos regale su primera novela pronto.

“Cruzaban los callejones de intramuros bajo el chaparrón tropical, tan desamparados y a la intemperie como el último comando de replicantes”. Lagrimas en la lluvia. David Sentado. Ediciones Moreno Mejias, 2014.

Hay esperas desesperantes, y aguardar todos estos años a esa primera novela de David Sentado ha rozado ese límite. No obstante, la espera ha merecido la pena: Con Lágrimas en la lluvia, la opera prima de Sentado[1], el autor ha superado todas las expectativas. Porque, digámoslo de una vez por todas: Nos encontramos frente un compendio alfabético de saber hacer literario; un auténtico manual de viaje por las concurridos vericuetos de la Manila que fue y ya no es; un homenaje póstumo a la literatura hispanofilipina  y un recetario para elaborar un best seller. Todo eso, en un solo libro (eso sí, de 1924 páginas; un guiño, tal vez, al año en el que se desenvuelve la trama). Barroca y minimalista a la vez, Lagrimas en la lluvia está destinada a convertirse en una obra de referencia en la esclerótica y moribunda literatura filipina en la lengua de Cervantes. 

El argumento de la novela, aunque sazonado de un tonificante surrealismo, resulta, a la vez, bastante verosímil: ¿Qué habría sucedido si el poeta Miguel Hernández, en lugar de nacer en Orihuela (Alicante), hubiera venido al mundo en la provincia de Panpanga, en las islas Filipinas?  En un divertido y a la vez arriesgado ejercicio de historia ficción, Sentado, tras describir en un bello capitulo inicial[2] la infancia del protagonista como rapaz al cuidado de los cebúes de su barangay, ubica la juventud de ese Miguel Hernández asiático en la trepidante Manila de los años veinte. Allí, el pueblerino poeta enseguida se gana la admiración de la decadente élite hispanófila, a la vez que la animadversión de los funcionarios norteamericanos, suspicaces ante los aires nacionalistas de joven vate[3]. No le faltan a la obra dosis de comedida pasión, incluida alguna que otra descripción detallada de los revolcones amorosos de Hernández con la bella y pervertida hija de un misionero evangelista  de Wisconsin llegado a las Filipinas para convertir a los recelosos cortadores de cabeza de Bontok.

Personajes de ficción y otros reales desfilan ante los ojos atónitos del lector, atrapado en seguida por el trepidante ritmo de la novela. Así, un capitulo entero se centra en la narración de la breve estancia en la capital filipina de Blasco Ibáñez (icono literario levantino, como el propio Hernández o el mismo Sentado). Manuel Quezón o el general Wood (gobernador gringo del ocupado país) o una jovencísima y anacrónica Imelda Marcos[4] se dejan caer también a lo largo de las páginas. La propia ciudad de Manila, esa Manila señorial y a la vez moderna de los años veinte, se convierte en personaje con voz propia en esta magna obra multitonal, al modo del Dublín de Joyce.

Pizcas de humor salpican también el libro aquí y allá, aunque solo en esa justa medida o, en irónicas palabras del propio Sentado en una reciente entrevista, “solo la dosis necesaria  para que un futuro próximo se pueda elaborar alguna tesina universitaria titulada El humor en Lagrimas en la lluvia[5]. Así, por ejemplo, en lugar de la Nana de las cebollas, el Miguel Hernández panpangueño compone una hilarante Oda de los mangos.

El Hernández tropicalizado y archipelágico de Sentado no muere tuberculoso en un fétido penal tras una guerra fratricida. No obstante, su final no resulta menos trágico que  el del poeta republicano: El protagonista de Lágrimas en la Lluvia logra escapar por los pelos de los desmanes de la segunda guerra mundial y las tropelías niponas y, tras publicar su ultima obra en castellano (un poemario dadaísta llamado El Perroberde[6]), decide no regresar ya nunca a su tierra patria. Se retira a Nueva York, en donde deja de escribir en español y se convierte en guionista de series americanas para televisión. Nonagenario, adiposo, enfermo e ignorado por todos, transformado en un autentico zombi o tal vez en un replicante de sí mismo, el Miguel Hernández clónico fallece mientras recita en karaoke sus propios poemas en un club filipino de Brooklyn.

 (Fotos: Luis Echanove)


[1] Segunda obra, en realidad, si tomamos en cuenta su seminal colección de artículos intitulada Sostiene Sentado.
[2] “Es que somos muy pobres”, se titula este primer capitulo, en regencia evidente a cierto cuento corto de Juan Rulfo ambientado precisamente en Filipinas.
[3] Así pues, el antifascismo del poeta español del 27 tiene su reflejo en el anticolonialismo de su calco filipino.
[4] La histriónica política filipina nació en 1929.
[5] Cfr. Revista Cultural Hispano filipina, numero 3, p.72.  Embajada de España en Filipinas.2012.
[6] Titulo inspirado, tal vez en  El Gatopardo (gato-pardo).

lunes, 16 de julio de 2012

De dónde venimos...


(2) El ancestro hereje
Como ya expliqué en la entrada anterior, la familia Echanove procede de Izurza y Mañaria, dos pueblillos situados en la comarca de Durango, al pie de las montanas de Urkiola. Ya he intentado demostrar que, con probabilidad, corren por los Echanove la sangre de brujas y recalcitrantes idolatras. Pues bien, me dispongo aquí a exponer como, además de tales, los Echanove hemos tenido también nuestro pasado hereje.
Hacia 1425 un franciscano de origen incierto, llamado Alonso Mella, comenzó a predicar por la villa de Durango y su región una extraña nueva teología basada en la pobreza y la negación del poder papal. Según algunos estudiosos, se trataba de una doctrina de clara influencia cátara. La nueva fe enseguida prendió entre los humildes labriegos del Duranguesado. No es descartable que ese sustrato de cultos pre-cristianos aun practicado a escondidas en las aldeas de Izurza, Mañaria y otras de los montes de Urquiola de algún modo sirvió de caldo de cultivo para la veloz propagación de la herejía por aquellos andurriales.
Los adeptos a esta nueva filosofía, adelantándose unos cuantos siglos al comunismo y también a la liberación sexual, comenzaron a practicar la comunidad de bienes…y la de mujeres. Acudían regularmente en tropel a Amboto (como y vimos, lugar sagrado para los vascos desde siempre) monjes franciscanos y varios cientos de mujeres de la comarca y allí se dejaban llevar por un desenfreno amoroso digno del mejor porno duro.

La iglesia y el poder civil, aterrados frente a tamaña herejía e inmoralidad, se pusieron enseguida manos a la obra para erradicar tanto pecado. No obstante, a los inquisidores les llevó mas tiempo de lo previsto remover la semilla de de la abominación. Parece que a los lugareños eso de practicar el amor libre y no seguir los dictámenes de los curas le divertía a rabiar.

Finalmente, en 1442 son aprehendidos por todo el Duranguesado unos mil quinientos herejes,  incluidos, sin duda, muchos vecinos de Izurza y Mañaria, una cifra inusitadamente alta para una región que, por entonces, sumaba apenas cinco mil familias.  Los cien más recalcitrantes  fueron finalmente quemados en la hoguera, algunos en Durango, otros llevados a Santo Domingo de la Calzada y a Valladolid, en lo que constituyó el primer proceso –y el más sanguinario- contra la brujería y la herejía en la historia del País Vasco.

Los documentos históricos no nos enumeran los nombres de esos pobres desgraciados sometidos a condena pero, por simple estadística, no seria nada extraño que alguno de los Echanove de Izurza y Mañaria hubiese sufrido tan espantoso fin.

Tanta herejía y nigromancia en el pasado familiar se compensa de algún modo, con otro dato sorprendente: me llamo Juan en honor a un inquisidor del siglo XVI, antepaso mío por parte Mugartegui.  Pero este asunto es digno, por si mismo, de otra entrada en este blog…

(Foto: Luis Echánove)

De dónde venimos....

(1) La antepasada bruja
El apellido Echanove (Etxanobe) procede de la minúscula aldea de Echano (del euskera etxano, 'la casita'), situada en la parte sur del diminuto municipio de Izurza y camino del de Mañaria, ambos en el Duranguesado, en Vizcaya. La comarca de la que hablamos se sitúa en un área montaraz y boscosa  incrustada en el parque natural de Urquiola; de hecho, la inmensa mayoría del municipio de Mañaria entra dentro del perímetro del parque.  Hay acreditada la presencia de mis antepasados directos en aquellos parajes desde fines del siglo XVI, aunque se sabe de unos Echanobengoa (antecesores suyos) morando por allí desde mucho antes.

Existen muchísimos indicios históricos como para afirmar que esta pequeña región de cumbres rocosas y tupidos bosques en el corazón de Euskadi fue uno de los últimos lugares de la geografía peninsular donde los ancestrales cultos anteriores al cristianismo lograron sobrevivir por más tiempo. La zona conformaba, de algún modo, un último reducto de las esencias más antiguas de la cultura y la religiosidad vascas. El imponente Amboto, ubicado en Urquiola, ha sido considerado siempre como el gran monte sagrado de la religión pre-cristiana. En él se emplaza la cueva natural de Mariurika, el hogar principal de Mari, la diosa madre de la religión vasca antigua, adorada en secreto hasta tiempos no muy lejanos entre los habitantes de los caseríos de la zona. Según se cuenta, el párroco de la comarca acudía a la cueva a celebrar misa cada siente años en honor de la diosa madre. A muy posos kilómetros de Amboto, a espaldas de la aldeilla de Echano, se alza  la montaña de  Mugarra, otro de los escondites de Mari. En la misma área esta la cueva de Azkondo que, según las tradiciones populares, era lugar de reunión secreta de las sorionak  o sacerdotisas de la diosa, tenidas por brujas por las autoridades eclesiásticas. No lejos hay un paraje llamado a Akelarre (como el celebre sitio en Navarra cuyo nombre ha servido finalmente para significar de modo genérico, una reunión de brujas).

Es más que verosímil suponer que aquellos aldeanos de Etxano (por entonces, y aun hoy, apenas una docena de familias, incluidos los Echánove), practicaran hasta bien entrada la Edad Moderna, al igual que los demás escasos pobladores de las montanas de Urquiola, los atávicos cultos a Mari y otras deidades paganas. Quien sabe, hasta es posible que por las venas de mis hijas corra la sangre de alguna de aquellas sorionak,  la brujas vascas.

(Foto: Luis Echánove)

jueves, 24 de mayo de 2012

Profesionales inverosímiles: Protonotarios


Hubo un tiempo en que incluía de vez en cuando en el blog entradillas dedicadas a describir empleos extraños. Ascensoristas, piratas o contadores de nubes fueron algunas de las tareas profesionales de las que me ocupé entonces.  No tenía intención alguna de retomar esta serie, pero es que ayer noche,  navegando perdido por la Wikipedia, naufragué por casualidad en la descripción de unos sujetos llamados los protonotarios, y no he podido resistirme.

Contra lo que pueda parecer, los protonotarios no son una variedad paleolítica de los notarios (por cierto: ¿existe alguna profesión más inverosímil – e inútil- que la de notario? Forrase a base de echar firmas con las que no se asume responsabilidad alguna no parece una función que aporte a la sociedad demasiado, la verdad). Los protonotarios son una categoría dentro de la compleja jerarquía de la iglesia católica, o, en palabras de la preclara Wikipedia, un protonotario es 'un  miembro del más alto colegio no episcopal de prelados en la Curia Romana'.

Lo que más caracteriza a los protonotarios es su indumentaria. Yo nunca he visto a ninguno en vivo y en directo, pero, a juzgar por la descripción wikipedistica, me los imagino a medio camino entre una drag queen  y una lagarterana en traje de gala.  Y es que, según los códigos eclesiásticos, los protonotarios, si la ocasión lo amerita,  pueden usar mantelete, llevar una birreta con borla roja y hasta ponerse un roquete de encaje. No tengo una idea muy precisa de  de lo que significa mantelete, birreta o roquete, pero hay que reconocer que son palabras graciosísimas.

Sin embargo, dice la enciclopedia virtual que desde 1969 el 'privilegio' (!!) de llevar calzado eclesiástico de seda y guantes pontifícales les ha sido prohibido. No comprendo el porqué de esta intransigencia; pobrecillos: seguro que les chiflaba ponerse el uniforme de locaza al completo, incluidos todos los complementos.

Pese a tanta banalidad estilística, la figura del protonotario no es, ni mucho menos, meramente figurativa o simbólica. Los protonotarios (cuyo tratamiento es el muy reiterativo 'Reverendissimo Signor Monsignore') ejercen 'ciertas labores concernientes a los documentos papales', aunque no me queda muy claro si siguen firmando las bulas –tarea esta que, hasta hace un siglo, compartían con otros profesionales del ramo, llamados 'abreviadores'.

El fascinante mundo eclesiástico, con su absoluta desconexión de la realidad, sus ritualismos y sus pompas constituya la mejor prueba de que, en el fondo, lo más irracional es lo más duradero.

(Foto: R.S.M. Ignatious Huerga)

viernes, 16 de diciembre de 2011

El peso del pasado


Una de las falacias sobre la historia de España más asentadas en nuestro imaginario colectivo es que los españoles somos, mayormente, descendientes de la amalgama de diversos pueblos que nos colonizaron o conquistaron a lo largo de los siglos. Nos creemos a pies juntillas que por nuestras venas corre a raudales la herencia genética de griegos, fenicios, cartagineses, romanos, visigodos, árabes y demás visitantes de nuestras tierras a lo largo de su dilatada historia (*). Esta es una presunción absolutamente falsa. En realidad, el numero de tales colonizadores e invasores fue siempre absolutamente nimio comparado con el de la población indígena local en el momento de su llegada, como enseguida intentaré demostrar.

Es casi imposible determinar con exactitud cuanta gente vivía en la península Ibérica en el momento de nuestra entrada en la historia (por redondear, el 1,000 a.C, poco antes de la fundación de Cádiz, la primera colonia fenicia). Si puede estimarse en cambio que, hacia el siglo I DC, en el apogeo de la dominación romana, en la Piel de Toro residían, al menos, unos 4 millones de personas. Este es al menos el cálculo al que diversos especialistas en demografía histórica han llegado, a partir de complejos cálculos basados en informaciones parciales de censos, cálculos sobre la densidad poblacional de yacimientos arqueológicos y ejercicios comparativos con otras regiones del orbe romano.

Entre, digamos, el 1,000 a. de C. (por poner un punto de partida) y el siglo I d.C, se produjeron en la península cuatro oleadas colonizadoras o invasoras: griegos, fenicios, cartagineses y los propios romanos. Griegos y fenicios fundaron, en las costas hispánicas, docena y media de factorías o pequeñas ciudades, pobladas cada una, según estimaciones verosímiles, por no más de unos pocos miles de personas (incluyendo entre ellos numerosos iberos autóctonos, con sus barrios propios, como en el caso de la colonia griega de Emporiom, la actual Ampurias). La presencia cartaginesa también implicó la fundación de alguna ciudad (Cartago Nova) y el asentamiento de pequeños contingentes de tropas, por hablamos, de nuevo, sin duda de unos pocos miles de personas. En total, y exagerando, podría hablarse de unos 50,000 colonizadores entre estos tres grupos.

En el caso de los romanos, en cambio, su presencia en la península no se limitó a una mera colonización circunstancial: Fue una conquista en toda regla, que supuso además el establecimiento de colonias (es decir, ciudades pobladas por ciudadanos romanos, sobre todo militares retirados). Se fundaron al menos una treintena de ellas, y hoy sabemos que la población de cada una debe situarse en un promedio de en torno a 5,000 residentes (incluyendo muchos nativos). Así pues, cabria hablar, a lo sumo, y calculando por lo alto, de tal vez de unos 150,000 ciudadanos de otros rincones del mundo Romano que se instalaron en la península.

Teniendo en cuenta que la tasa de crecimiento poblacional en la historia Antigua era desesperadamente reducida, 50,000 griegos, fenicios y cartagineses llegados en los siglos precedentes, más unos ciento cincuenta mil romanos llegados después, equivalen, en términos de la población total peninsular en el siglo I DC…a eso mismo o poco más. En resumen: el aporte genético de estas oleadas en los 4 millones de habitantes de la Hispania Romana fue nimio (matemáticamente algo menos de un 5% del stock genético de la época, esto es, 4,000,000/ 200,000). En otras palabras: las gentes de la Hispania romana seguían siendo, básicamente, descendientes en su inmensa mayoría de las personas que ya poblaban el territorio mil años antes. Todo ello cuadra perfectamente con el hecho de que la inmensa mayoría de la población de Hispania (se estima que un 85% vivían en núcleos de menos de 1,500 habitantes) era de carácter absolutamente rural, morando en aldeas en las que tales colonizadores e invasores nunca se instalaron.

Se estima que las invasiones bárbaras supusieron el asentamiento en la península de unos 50,000 emigrantes (40,000 visigodos y unos 10,000 suevos). Por aquel tiempo la población total seguía situada en el entorno a los 4 millones, de modo que la llegada de estas tribus no aportó más que un 1% suplementario.

La invasión musulmana del siglo VIIII y la posterior etapa de dominio árabe, supuso el asentamiento de colonos, sobre todo bereberes y sirios, en cifra difícil de determinar. Se ha calculado que las fuerzas de Tarik y Muza, lideres de la ocupación, no superaban entre ambas los 30,000 guerreros. Es dudoso que todos ellos terminaran asentados en España. En décadas sucesivas, nuevas rachas de grupos musulmanes arribaron (almohades, almorávides, benimerines), pero de nuevo, se trataba de pequeñas fuerzas invasoras de unos pocos miles de individuos. En total, y exagerando mucho, digamos que no más de 200,000 individuos se instalaron en el territorio ibérico, procedentes del mundo árabe musulmán, a lo largo de aquellos siglos. A ello habría que sumar la emigración de franceses hacia los reinos cristianos del Norte en el marco del esfuerzo repoblador; aquí también resulta arriesgado dar cifras, pero sería inverosímil pensar en números superiores a algunas pocas decenas de miles.

Se ha calculado que, en tiempos de los Reyes Católicos, la población de la península rondaba los 6 millones de personas, esto es, solo un 50% más que 15 siglos antes, explicable mayoritariamente por el crecimiento vegetativo a lo largo de esos 1,500 años, no por la migración de los grupos arriba mencionados: Aplicando una tasa de crecimiento poblacional del 40% a la cifra de visigodos y suevos (llegados 1,000 años antes), y de un 30% a la de musulmanes y francos ultra pirenaicos (en los 500 años transcurridos), llegaremos a la cifra de que tal vez un 6%, como mucho, del stock genético de los españoles ( y portugueses) de los tiempos de Isabel y Fernando, se debía a la contribución de estos grupos.

Desde entonces, hasta hace pocos años, España vivió durante siglos casi completamente cerrada a flujos inmigratorios. En el periodo subsiguiente solo fuimos conquistados una vez (por la Francia napoleónica), sin que ello supusiera inmigración civil alguna. Hubo, sí, siempre un cierto goteo de individuos, principalmente europeos, que se instalaron en nuestro país (por ejemplo, numerosos comerciantes genoveses y venecianos en la Sevilla del siglo de Oro) pero, a afectos estadísticos, las cifras son irrelevantes.

Si sumamos el 5% de aporte genético debido a las emigraciones hasta el tiempo romano, más un 6% durante el período medieval, llegaremos a la cifra de que los españoles de hoy en día ( descontada la inmigración de los últimos años), somos en casi un 90% descendientes de aquellos lejanos antepasados celtas e iberos de hace tres mil años.

Sin duda, todas estas migraciones y colonizaciones descritas han resultado determinantes en definir la cultura, la lengua (salvo en el caso del vasco, por supuesto), la religión, las tradiciones y hasta la mentalidad de nuestro país, pero, si pudiéramos elaborar nuestro árbol genealógico hasta la historia mas lejana, nos sorprendería descubrir que la inmensa mayoría de nuestros antepasados ya poblaban estas tierras desde la Prehistoria.

Fotos: Luis Echanove
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(*) No me ocupo en absoluto de los judíos por dos razones: Primero, porque la mayor parte fueron expulsados por los Reyes Católicos, de modo que, pese a esa manida tendencia de tantos españoles a presuponer que por sus venas corre origen judío, lo cierto es tal cosa no es cierta. Hubo si, conversos que se quedaron, pero en realidad, los judíos peninsulares descendían en su mayoría de hispano-romanos convertidos a la religión de Moisés siglos antes, no de judíos procedentes de los antiguos reinos hebreos. Así pues, no cabe hablar en verdad de una sustancial emigración judía a la Península.

viernes, 1 de octubre de 2010

Viaje al vacío

He pasado un par de días en medio de la nada.

La nada se llama Santskhe Javakheti, y es una remota región de Georgia empotrada al borde de la frontera con Turquía y Armenia.

Mi viaje al vacío geográfico comenzó con una rústica fiesta de la cosecha, junto a un campo de patatas. Allí el jefe del cuerpo de bomberos local me ofreció mi primer trago de coñac Ararat. Su tono imperativo hizo irresistible la propuesta. Una puerta rota, colocada sobre cajones, hacía las veces de improvisada mesa del banquete. Mientras yo brindaba con los próceres del pueblo, a mis espaldas docena y media de ancianas vestidas de negro se deslomaban recogiendo a mano el tubérculo. Frente a nosotros, se abría majestuoso el lago Pastia. Husmeando en sus orillas encontré una piedra de obsidiana.

Cuando llegó el tractor, un impulso, sin duda etílico, me empujó a subirme al cubículo e intentar conducirlo. Fue entonces, creo, cuando los paisanos del lugar decidieron hacerme uno de los suyos.

Tras esa primera ‘supra’ (el banquete ritual georgiano) junto al campo de patatas, se sucedieron otras muchas: Una por cada pueblo que visitaba.

La región de Samtskhe Javakheti no es bonita, pero tampoco fea. Los pelados montes del Cáucaso Menor se alternan con vallecillos suaves. Antiguas terrazas agrícolas, ya en desuso, recortan a veces las pendientes. Como en Castilla, sobre los altozanos se alzan fortalezas del Medioevo. En los compactos pueblos armenios, de callejas lodosas y casillas de madera y piedra, los campesinos elaboran jaleas de rosas silvestres en enormes marmitas herrumbrosas. En Akhalsitje, la capital comarcal, los paisajes postindustriales del antiguo mundo soviético contrastan vivamente con la silueta del viejo palacio otomano. Vardizia, la mágica ciudad escavada en la roca, es sin duda el mayor (tal vez el único), reclamo turístico de la zona. Diez mil personas llegaron a vivir, en tiempos de la reina Tamar, en las cuevas colgadas de sus barrancos.

Mi conductor, que en realidad es arqueólogo, dice que Samtskhe Javakheti es el origen de la civilización occidental. Yo más bien pienso que es su frontera final.
(Fotos: Juan Echanove)

jueves, 8 de abril de 2010

Leyenda gris

Bajo la denominación amplia de la leyenda negra española se suele hace hacer referencia al conjunto de ácidas críticas a la España Imperial, la del Siglo de Oro. Quitarnos el sentimiento de culpabilidad que la leyenda negra nos ha generado durante siglos ha formado parte del esfuerzo permanente de reescribir nuestra propia historia nacional.

Aunque tendemos a pensar que la leyenda negra fue una suerte de campaña difamatoria orquestada por las potencias entonces enemigas de España (Inglaterra y Francia), lo cierto es que su creador original fue un valido (o como diríamos hoy, un primer ministro) de Felipe II: El aragonés Antonio López, despechado al perder el favor real, terminó encontrando refugio fuera de España y, desde su exilio, se ocupó a conciencia en criticar a su país. Por supuesto, sus vitriólicas acusaciones, en parte ciertas, en parte exageraciones, en parte simples libelos, encontraron inmediato eco en toda Europa.

Frente a la leyenda negra, se construyó después, en el imaginario colectivo de los españoles, una leyenda blanca, muy en boga durante el franquismo, según la cual, todas las críticas resultaban infundadas. La España Imperial, según esta contra tesis, no sólo no fue en absoluto monstruosa, como los historiadores extranjeros nos querían hacer pensar sino que, muy por el contrario, constituyó un dechado de virtudes, un espejo inmaculado de civilidad. Algunos historiadores de la derecha actual han vuelto a reavivar esta leyenda blanca sin rubor alguno.

La verdad, como casi siempre, se encuentra en algún punto a medio recorrido entre ambas interpretaciones extremas.

Dos son los principales polos entorno a los cuales se construye la leyenda negra: Uno es el de la intransigencia religiosa española (la inquisición, los Autos de Fe, Torquemada) y otro, las supuestas atrocidades durante la conquista de América.

Respecto del primero, en lo fundamental, la leyenda negra responde a una profunda y tristísima verdad. Bien es cierto que la Inquisición no se inventó en España (sino en Francia), y que los tribunales del Santo Oficio mandaron quemar herejes en toda Europa, con igual o mayor saña que al sur de los Pirineos. Pero en ninguna parte logró el Santo Tribunal tanta influencia política como en España. Más allá de la Inquisición como institución represora de la disidencia religiosa, lo que además existió en los reinos de la monarquía española fue una auténtica obsesión, casi semejante a la de los nazis siglos después, con la noción de la pureza de sangre. En la España del Siglo de Oro ser morisco, converso o mostrar la menor mácula genealógica de un origen no “cristiano viejo” (por ejemplo, tener un tatarabuelo judío), suponía de inmediato ser un ciudadano de segunda fila, sin acceso a los puestos públicos, sometido a mayores cargas fiscales y siempre sospechoso de herejía. No es casualidad, pues, que en España no hubiera casi reformistas y que las pocas raíces que el protestantismo logró echar fueran arrancadas sin contemplaciones.

Ese nivel de intolerancia religiosa, en grado extremo, no se produjo en ningún otro lugar de la Europa del momento con tanta intensidad, salvedad hecha de la ciudad de Ginebra bajo el déspota y psicótico Calvino. La España Imperial fue, antes que nada, una sociedad racista y obsesiva con la religión, a escala comparable a la de Arabia Saudí o Israel hoy. Así pues, en este flanco, no nos queda otra sino admitir sin más la mucha verdad contenida en las acusaciones vertidas sobre España por la leyenda negra.

En el otro ámbito al que arriba nos referíamos, el del supuesto salvajismo español en la conquista del continente americano, la leyenda negra es, principalmente, sólo eso…una leyenda con muy escaso fundamento. España no esclavizó a la población amerindia americana (toda vez que nuestros teólogos reconocieron un alma en los nativos, lo cual, para la época, no era poco avance moral). España se vio mínimamente envuelta en la trata de esclavos desde Africa: Holandeses, portugueses, ingleses y daneses fueron los amos de este sucio negocio.


Comparativamente, en la mayor parte de América Latina el porcentaje de población indígena es infinitamente superior al que cabe encontrar en Australia, Estados Unidos o Canadá. Los conquistadores peninsulares, salvo excepciones escasas, jamás llevaron a cabo campañas sistemáticas de extermino a la población local. De hecho, mostraron más crueldad con su propia mayoría indígena las republicas americanas independizadas de la que jamás ejerció la Corona española sobre sus súbditos nativos. En Argentina se practicaba la caza de indios en el siglo XIX, en El Salvador el genocidio de las etnias amerindias se produjo a inicios del XX. En Guatemala, duró hasta hace década y media. No viene mal recordar tampoco el recordar que el Imperio más sanguinario en la historia del continente americano no fue el español, sino el azteca.

No pretendo ni mucho menos negar los evidentes abusos de los conquistadores ibéricos (en general, una pandilla de ávidos rapiñeros) pero, puesta en su contexto histórico, la colonización Española de América Latina fue marcadamente más blanda que casi todas las ocupaciones coloniales ocurridas en la historia moderna y contemporánea. La 'epopeya' americana no es motivo del que debamos estar extremadamente orgullosos, por supuesto, pero tampoco algo que deba llevarnos a una constante exculpación. Y, a fin de cuentas, los descendientes de aquellos españoles colonizadores, autores de tales posibles desmanes, no somos nosotros: Son, ni más ni menos, los criollos que aun ejercen de casta dominante en la mayor parte de las republicas americanas.

Siempre hemos sido un pueblo un tanto dado a los extremos, pero ya es tiempo de que asumamos que nuestro pasado, como el de casi todas las naciones, no se escribió en blanco, ni tampoco en negro, sino más bien en tono gris.

(Foto: Ignacio Huerga)

viernes, 12 de marzo de 2010

Contra los nacionalismos

La visión popular de la historia de España que casi todos aprendimos en la escuela (y también, por supuesto, la que aprenden hoy los niños en Cataluña o el País Vasco), es fundamentalmente una construcción ideológica y sesgada de los hechos del pasado que responde poco a la realidad histórica. Es por ejemplo un hecho irrefutable que Vizcaya, Guipuzcoa y Álava han formado parte de la corona de Castilla durante mas tiempo que Toledo, Albacete o Ciudad Real, pongamos por caso (mal que les pese a los nacionalistas vascos). También lo es, no obstante, que las provincias vascas se rigieron con autonomía casi absoluta hasta el siglo XIX (mal que les pese a los nacionalistas españoles). Y es que, en verdad, la monarquía española, desde Isabel y Fernando y hasta los Borbones, no gobernó nunca sobre un reino unificado, si no sobre una colección de territorios autónomos, cada uno con plena identidad política propia. Los Señoríos Vascos o Cataluña no eran sino piezas en ese puzzle de reinos y dominios en gran medida autogobernados. Como también lo era, pongamos por caso, el reino de Jaén…sin que ello haya dado pie, en la época moderna, a ningún nacionalismo jienense del que yo tenga noticia.

Si alguna región de España puede en verdad hacer valer una larga tradición de identidad política históricamente diferenciada y permanente a lo largo del curso de la historia española, es sin duda Navarra. Fue la ultima zona del país en integrase políticamente con el resto de España (y no el reino de Granada, como casi todo el mundo piensa) y la ultima y perder su autogobierno. Sorprendentemente, el nacionalismo navarro nunca ha sido fuerte. Y es que, al fin de cuentas, el nacionalismo no es hijo de una identidad histórica propia, sino más bien, de los tejemanejes de las clases políticas y económicas.

Claro está que la supuesta identidad diferenciada de los actuales nacionalismos periféricos también se argumenta sobre la base de la lengua propia. La realidad es que en España se hablan siete lenguas vernáculas, aunque solo cinco de ellas son idiomas cooficiales (vasco, gallego, catalán/valenciano y aranes). El asturleonés y el aragonés, ambos en peligro de extinción, son, para los filólogos, lenguas romances por derecho propio, pero no gozan de ninguna oficialidad en sus respectivos territorios. No obstante, el nacionalismo nunca ha sido fuerte en Aragón, Asturias o León…contar con idioma propio no es pues condición necesaria ni suficiente para enarbolar las banderas del nacionalismo.

Pero volviendo al nacionalismo españolista, y a esa leyenda de la continuidad histórica de una España unificada, vale la pena recordad que la noción de que entre el fin de la Hispania romana y las invasiones árabes, España quedó atada y bien atada bajo los visigodos, es también falaz. Durante la mayor parte de su historia, el reino Visigodo de Toledo solo logró controlar a mitad de la Península Ibérica. Andalucía formo parte del Imperio Bizantino durante doscientos años y todo el noroeste peninsular conformo el reino Suevo, también durante dos siglos.

La invasión árabe, vista siempre como una penetración alienígena en el suelo patrio, comenzó como una simple intromisión norteafricana en medio de una guerra civil entre pretendientes visigodos al trono. Al fin y al cabo, la Península llevaba siglos recibiendo ocupantes procedentes del otro lado del Estrecho: Comenzando por los propios íberos, de origen norteafricano, y continuando por los cartagineses, más las subsiguientes y poco conocidas razias bereberes durante la Hispania Romana (y las fuentes hablan de al menos cinco campañas de este tipo), lo cierto es que una constante en la historia de la Piel de Toro es la emigración de pueblos desde el territorio del actual Marruecos hacia el sur peninsular. Pero claro, resulta políticamente poco correcto reconocer que, desde un punto de vista histórico, estamos tan o más unidos a Marruecos que a allende los Pirineos. Somos europeos sí… pero históricamente, también somos norteafricanos.

La identidad de España es fruto de un cruce entre determinismo geográfico (al fin y al cabo vivimos en una península bastante compacta) y avatares de la historia. Portugal no es parte de España por la simple razón de que a mediados del siglo XVII su revuelta independentista logró triunfar. Si, pongamos por caso, las rebeliones separatistas de Cataluña y Andalucía, ocurridas en los mismos años, hubieran resultado exitosas, y la portuguesa, en cambio, fallida, los niños de hoy, al trazar el mapa de España, dibujarían algo parecido a la ilustración de la izquierda. Somos hijos del pasado, un pasado muchas veces casual.

La historia oficial de España, y ahora también las historias oficiales de muchas comunidades autónomas , se construyen a base de mitos tendenciosos. Si queremos aprender a convivir, mejor será mirar al pasado sin los prejuicios del presente.
(Foto: Luis Echanove, mapa: Juan Echanove)

martes, 1 de septiembre de 2009

Leyenda negra

Hace un par de semanas, en la fiesta de despedida de un amigo común, una chica filipina, cuando supo que yo era español, me dijo que era una lastima que Filipinas hubiera sido colonizada por los españoles en lugar de por los británicos. La pregunté que a que se refería y contestó que era claro que a las ex colonias británicas les había ido mucho mejor, económica y políticamente, que a las ex colonias españolas. Respondí, no sin tacto pero con firmeza, que dudaba que la actual situación económica o política de Bangla Desh, de Sierra Leona o de Nigeria fuera mucho mejor que la de Filipinas o América Latina. Se azoró un poco, y con una media sonrisa replicó que las ex colonias británicas a las que ella se estaba refiriendo eran más bien Estados Unidos, Canadá o Australia. No pude evitar responderla que, de haber sido Filipinas colonizada del modo como lo fueron esos países, tal vez nunca habría nacido porque sus antepasados habrían sido exterminados o que, caso de sobrevivir, ahora ella probablemente viviría alcoholizada y en una reserva, como tantos aborígenes, apaches o esquimales. No sé si se sintió ofendida (la diplomacia no es mi fuerte), el caso es que cortésmente dijo que necesitaba una copa y se esfumó.

Para muchos extranjeros, incluso cultivados, la historia de España sigue asociada casi exclusivamente a todo tipo de tropelías, como si la intolerancia y la crueldad hubieran sido patrimonio exclusivo nuestro. Por ejemplo, la mayor parte de los europeos siguen creyendo que la Inquisición fue un invento español. En realidad nació en Francia, para combatir a los albigenses, y además estuvo en vigor en todas las naciones católicas, con la misma o mayor crueldad que en España; por otra parte, los protestantes ejercieron una rudeza igual con sus propios 'herejes' (ahí esta al caso del pobre Miguel Servet, mandado quemar por Calvino). Es también un lugar común pensar que los conquistadores ibéricos practicaron una suerte de exterminio consciente de los indígenas en Latinoamérica. La verdad histórica es que el declive de las poblaciones indígenas en el continente a la llegada de los españoles tuvo mucho más que ver con la propagación de enfermedades nuevas traídas de Europa que con un esfuerzo planeado de provocar matanzas. Si a alguien hay que responsabilizar de genocidio sistemático y consciente de pueblos amerindios es a las propias naciones latinoamericanas, como prueban las cacerías de indios patagónicos en la Argentina del XIX, las salvajes matanzas de indígenas pipiles en Salvador en 1920 o el genocidio maya en la Guatemala de los 80.

No se cuando lograremos los españoles quitarnos de encima el san benito (nunca mejor dicho), de la leyenda negra. En todo caso, la mejor forma de desenredar malentendidos históricos no es tampoco caer en la estupidez de proponer una alternativa 'leyenda blanca' según la cual los Reyes Católicos deberían ser santificados y Francisco Pizarro considerado un héroe modélico. Los españoles tenemos mucho de lo que avergonzarnos en nuestra historia: desde la expulsión de judíos o moriscos y la obsesión con la 'limpieza de sangre' hasta la felonía del ex porquero Pizarro secuestrando a traición al inca Atahualpa, pasando por el enfermizo odio a la Ilustración y al liberalismo fomentado por nuestra cavernicola iglesia durante dos siglos. Debemos aprender a vivir con ese terrible pasado sin escamotearlo, pero, a la vez, es preciso dejar claro que no fuimos ni mejores ni peores que cualquier otro Imperio. No se trata pues de zafarse las culpas propias, sino de asegurar que también los demás asuman su cuota en las tropelías del ayer. La crueldad con los semejantes no es un atributo propio de algunas naciones solamente, sino, desgraciadamente, un aspecto (el peor) de la condición humana.
A la historia hay que intentarla mirarla cara a cara, sin prejuicios.

miércoles, 13 de junio de 2007

Descuento de cuentos

Se desperezó despacio y todavía entumecido por la humedad de la caverna. Palpó el suelo con cuidado en busca de las sencillas abarcas de piel de cabra. Ya calzado, se levantó pausado y se dirigió hacia el patio. Contempló por breve tiempo su imagen reflejada en el agua del pozo, rebosante desde al última crecida del Nilo. El resplandor de los primeros rayos solares iluminaba el templo como una antorcha ardiente. Llegó a la cocina. Encendió el fuego bajo la caldera, sin dejar de frotarse los brazos, presa del terrible frío del invierno en la Germania. Resentía el dolor de haber dormido con el yelmo puesto, junto a su indómito caballo, al raso, en la áspera y seca taiga de aquellos confines a la sombra de la Gran Muralla. Miró absorto el hogar, el chisporroteo de las brasas en el fuego, recordando, sin darse cuenta, la imagen pasajera de aquel voraz incendio que había destruido el cuerpo y el alma de la hereje frente a la iglesia en la plaza del pueblo. Tomó un cazo y se sirvió sobre el cuenquillo dos copiosas raciones de la sopa humeante. Sabroso desayuno, el mejor desde su llegada al puerto…¡ cuantas veces había soñado, durante su periplo oceánico, con aquella tosca sopa genovesa! Menos frugal que otras veces, agotó el caldo en poco tiempo, dejó la delicada taza sobre la noble mesa de pino tallado y se encaminó a los salones. La peluca le atosigaba…esbelta, poblada…la moda de París resultaba, de año en año, más inverosímil y menos cómoda. Se precipitó escalera abajo camino del hall del hotel, con prisas, colocándose el bombín atolondradamente. Ya en la calle, protegido de la rasca por el uniforme obrero, enseguida se percató de la ausencia del más simple pero fundamental de sus accesorios…¡el carné del partido! ¿Cómo acudir a aquel mitin tan crucial sin llevar consigo aquella mágica- pero peligrosa- credencial-? Regresó a la casa, introdujo la llave digital en la ranura mientras se aflojaba nervioso el nudo de la corbata. Todas las luces se prendieron a la vez en todos los cuartos, y la voz metálica y ecléctica del ordenador central pronunció aquellas mágicas palabras:

- “Llevo esperando este momento toda la eternidad”.