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lunes, 1 de octubre de 2012

Dresde

Es una tarde de domingo, calma y soleada. Estoy en Dresde. Miro  a los santos de piedra alzados como titanes místicos sobre la cubierta de la iglesia palatina de los antiguos Electores de Sajonia. Los perfiles de las enormes figuras se recortan oscuros sobre el cielo intenso y desnudo de nubes.  Acabo de cruzar el Elba por el puente viejo, con la vista del  elegante burgo barroco en mi horizonte. He dejado en la otra orilla una muchedumbre plácida de familias, parejas de novios y grupos de jóvenes tomando el sol sobre la yerba rasa que roza la orilla norte del río. 

Y ahora estoy aquí, absorto y con los ojos prendados de esas esculturas alzadas en lo alto, como dioses arcanos. Siento la historia entera de Europa rendida a los pies de la ciudad.  Entiendo ahora el sentido profundo del barroco en Alemania (el amansamiento, la sumisión al mundo clásico). Y comprendo también lo que significan las piedras de una iglesia arrasada, colocadas de nuevo en su lugar por un pueblo abatido por el peso de su propia furia. No se si es el sol intenso que me hace sentirme en latitudes mediterráneas, pero en Dresde, ciudad mansa y trágica a la vez, veo discurrir el destino de todo un continente. 

Me acompaña la música por estas calles que son en verdad la tramoya de una opera extraordinaria. Mas tarde sabré que dos muchachos eslavos tocan el violín y el oboe en el pasadizo que discurre bajo el edificio del ayuntamiento. Pero ahora, mientras pierdo mi vista en  esas imágenes pétreas colgadas de las alturas, el Ave María de Schubert y la Primavera de Vivaldi dejan de ser música y se transforman en escalofríos intensos, en sensaciones sin nombre, que parecen alzarse sobre el tiempo y el espacio y enredarse en el aire para dar vida a las grandiosas efigies de granito y hacerlas moverse, y hablar, y tal vez bajar un día a la ciudad y caminar entre nosotros, los mortales. 

(Foto Luis Echanove)

martes, 3 de mayo de 2011

Armenia

La inmensa mole de la iglesia de Ozdun se erguía ante nosotros, perfilada contra el cielo tormentoso, como una fiera antediluviana de roca cobriza. Caminamos sobre la yerba húmeda, por el antiguo claustro de la escuela monacal, ahora en ruinas. Al rato un sacerdote armenio, orondo y risueño, nos abrió las puertas del templo y, sin pedírselo, nos mostró una por una las piedras cinceladas con cruces, escondidas por los muros, y reutilizadas de la basílica del siglo IV al que el actual edificio medieval substituye. Bajo el altar, alzado en un estrado de losas, se esconde, según la leyenda, el fundamento de un centro de culto pagano antiquísimo.

He pasado una semana recorriendo en coche el norte y centro de Armenia, en una suerte de curiosa combinación entre periplo de aventuras y tradicional viaje familiar (la pandilla incluía un amplio rango de edades, comenzando por mi aguerrida madre y terminando por mi hija Olalla, de dos años). He vuelto de allí con el macuto de las emociones repleto de momentos excepcionales.

En el templo helenístico de Garni las voces de una coral polifónica retumbaban contra los sillares produciendo una sonoridad arcana. El río Derek, encajonado en su cañón de vértigo, bajaba a la velocidad del rayo, entre terrazas cultivadas de frutales, viejas industrias soviéticas abandonadas y monasterios colgados del quiebro mismo de la sima.

Armenia es un país entrañable, cargado de historia por los cuatro costados y dotado de una extraordinaria personalidad. En Armenia los gruesos muros de los monasterios, las fuentes, las montañas de cordilleras de nieves perpetuas, parecen hablarnos con la voz ronca de un mundo remoto y antiquísimo. Esas raíces nacionales profundamente arraigadas en la noche de los tiempos no solo generan recuerdos y evocaciones del pasado: también son la base de una sociedad viva y vibrante como pocas (1). El pueblo armenio vive afianzado en el dinamismo de la realidad más actual, disfrutando del sol de primavera en las agradables terrazas de Erevan, una ciudad de aire mediterráneo anclada tierra adentro.

Nos despedimos de Armenia a los pies del Ararat, en un atardecer limpio, con el perfil del monte santo libre de nubes y recortado como a cuchillo contra el cielo. A esa hora calma, cuando falta poco para que el sol se ponga, el gigante nevado te mira sin ojos, pero te mira y, con la voz del viento, te explica que ya todo fue dicho hace una eternidad.


Fotos: Panoramio y SacredPlaces.
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(1) Los armenios, desenvueltos y vivaces, han dado y siguen dando al mundo un numero inusitadamente alto de genios: Charles Aznavour, Adre Agassi, Cher, Steve Jobs (fundador de Apple), Kasparov… la diáspora Armenia, dispersa por todo el planeta, solo puede ser comparada a la judía, en cuanto a influencia y presencia significativa en los mas diversos ámbitos de la creación humana.

viernes, 15 de abril de 2011

Sorpresas

Con el transcurrir del tiempo la capacidad de asombro se va diluyendo. Olalla, mi hija de dos años, puede pasar media hora absorta y sorprendida ante un peluche de colores nuevo. Juanito y Carmen, de cinco y ocho, ya no se maravillan con todo tan fácilmente, pero siguen mostrando esa frescura espontánea y reveladora cuando vuelven a recontarse con los elefantes en el zoo.

Acabo de regresar de Budapest, una ciudad que conocí por vez primera hace más de dos décadas. Aquel remoto viaje de mochilero, uno de los primeros de mi vida, me regaló muchísimas sorpresas que guardo aún a buen recaudo en la memoria. Un nuevo mundo de experiencias se abrió a mis ojos en aquella visita a una Hungría que vivía sus últimos meses de comunismo. Fue un viaje, sí, irrepetible.

He vuelto ahora a la vieja ciudad del Danubio, con la carga de lo vivido a las espaldas y ese deterioro imparable de la capacidad para sorprenderme acicateándome la moral. He vuelto, por tanto, con las expectativas bajas, obviando esa vieja verdad según la cual segundas partes nunca son buenas. Pero la realidad es siempre más sabia que nuestras torpes previsiones. Contra todo pronostico, Budapest ha vuelto a sorprenderme, a iluminarme, y, como no podía ser de otro modo, de una manera completamente diferente a la de aquel viaje inicial. El primero y mayor de mis asombros fue el constatar, nada más llegar, no sólo que yo no soy el mismo (pare saber eso no me hace falta largarme a Budapest), sino también que la ciudad tampoco es la misma que aquella que conocí entonces. No me refiero a detalles tales como que las viejas fachadas desconchadas de Pest estén ahora completamente remozadas, o que la escasez de visitantes de entonces se haya visto substituida por una riada de turistas…es que el pulso mismo de la ciudad, su sabor, su misma esencia, se han transmutado. No podría decir cual de las dos Budapest me gusta más: Si aquella del tardo-comunismo o esta de la modernidad europea. Comparar, en todo caso, no conduce a nada.

La sorpresa final en este viaje, y tal vez la mayor, no se encontraba en las calles de la ciudad, sino bajo estas. Decidí recorrer el laberinto cavernoso que discurre bajo la histórica Buda. Las larguísimas catacumbas y túneles medievales han sido ahora transformados en una especie de museo alternativo del mundo subterráneo. Esculturas surrealistas y tenebrosas se agazapaban en los recodos de los corredores. Una fuente renacentista, cubierta de hiedra, presidía una de las salas. El tramo final del laberinto, completamente en penumbra, solo podía recorrerse sin perderse si uno se mantenía asido al pasamanos todo el tiempo. Un pavor irracional (a fin de cuentas, ¿que puede pasarte allí?) te domina al comienzo, pero has de aprender a superarlo. Y, como colofón final, una exposición imaginaria de artefactos cotidianos actuales, dispuestos como si de un yacimiento arqueológico del futuro se tratase.

Salí del subsuelo amando la luz del día más que nunca y, a la vez, firme en la certeza de que, en las entrañas de la tierra, se esconden los secretos del subconsciente.


(Dibujo: Ignacio Huerga)

martes, 15 de marzo de 2011

El sur

Regresamos a la India al verano siguiente. En realidad no habíamos dejado el país atrás cuando nos fuimos: recuerdo el año que medió entre los dos viajes como una permanente conversación rememorando las aventuras allí vividas y un ansia incontrolable por regresar.

Durante tres meses recorrimos el maravilloso sur de ese mundo paralelo al nuestro que es la India. Desde Bombay, nuestro punto de partida, partimos hacia Diu, una diminuta islita frente a las costas de Gujarat. Impregnado aún de melancolía portuguesa, aquel perdido rincón del viejo imperio lusitano nos hechizó con sus tabernas olvidadas y casonas desconchadas. Siguiendo ese impulso incontrolable de perdernos lo más posible, cruzando las paremeras inacabables de Kutch, casi hasta la frontera con Pakistán. La memoria es caprichosa, y ha decido que conserve a buen recaudo la imagen espectral de los nómadas con sus trajes de colores y sus inmensos rebaños de ovejas y camellos salpicando el horizonte entre las brumas.

Volvimos a Bombay, a recoger a nuestros amigos, y desde allí descendimos a Tirupati, el santuario de los hombres de cabeza afeitada. De ahí en adelante los recuerdos se entremezclan en un estrépito de aseos públicos en estaciones de ferrocarril y museos deteriorados: una diarrea salvaje me mantuvo noqueado varios días. Finalmente recuperé fuerzas en Mahalabipuran, un lugar del que, más que imágenes, retengo el sonido de los martillos de los artesanos modelando la piedra caliza hasta dar forma a diosas de caderas serpenteantes. Las inmensas playas de Kobalan y de Goa dieron un paréntesis a nuestro baño sofocante en el mar del caos. Kochin me subyugó con sus danzas, sus rastros de arquitectura colonial holandesa y las curiosas trazas de su antiguo pasado judío.

Pasamos integro nuestro último mes en Igatpuri, una pequeña ciudad de Maharastra. Luis, un extraordinario jesuita español con décadas a sus espaldas en la India, nos dio cobijo y nos abrió los ojos a la vida cotidiana del país. Con el visitábamos aldeas, almorzamos con los campesinos, sufrimos un aparatoso accidente de jeep y conocimos a Silananda, el cura catalán convertido en santón hindú que se paseaba en pelotas por su templo/iglesia.

Diez días de meditación budista vipassana fueron el ultimo regalo que la India nos ofreció. Diez días sin hablar, diez días comiendo poco, diez días de muchas horas sin movernos en absoluto. Diez días que valen una vida entera.

viernes, 1 de octubre de 2010

Viaje al vacío

He pasado un par de días en medio de la nada.

La nada se llama Santskhe Javakheti, y es una remota región de Georgia empotrada al borde de la frontera con Turquía y Armenia.

Mi viaje al vacío geográfico comenzó con una rústica fiesta de la cosecha, junto a un campo de patatas. Allí el jefe del cuerpo de bomberos local me ofreció mi primer trago de coñac Ararat. Su tono imperativo hizo irresistible la propuesta. Una puerta rota, colocada sobre cajones, hacía las veces de improvisada mesa del banquete. Mientras yo brindaba con los próceres del pueblo, a mis espaldas docena y media de ancianas vestidas de negro se deslomaban recogiendo a mano el tubérculo. Frente a nosotros, se abría majestuoso el lago Pastia. Husmeando en sus orillas encontré una piedra de obsidiana.

Cuando llegó el tractor, un impulso, sin duda etílico, me empujó a subirme al cubículo e intentar conducirlo. Fue entonces, creo, cuando los paisanos del lugar decidieron hacerme uno de los suyos.

Tras esa primera ‘supra’ (el banquete ritual georgiano) junto al campo de patatas, se sucedieron otras muchas: Una por cada pueblo que visitaba.

La región de Samtskhe Javakheti no es bonita, pero tampoco fea. Los pelados montes del Cáucaso Menor se alternan con vallecillos suaves. Antiguas terrazas agrícolas, ya en desuso, recortan a veces las pendientes. Como en Castilla, sobre los altozanos se alzan fortalezas del Medioevo. En los compactos pueblos armenios, de callejas lodosas y casillas de madera y piedra, los campesinos elaboran jaleas de rosas silvestres en enormes marmitas herrumbrosas. En Akhalsitje, la capital comarcal, los paisajes postindustriales del antiguo mundo soviético contrastan vivamente con la silueta del viejo palacio otomano. Vardizia, la mágica ciudad escavada en la roca, es sin duda el mayor (tal vez el único), reclamo turístico de la zona. Diez mil personas llegaron a vivir, en tiempos de la reina Tamar, en las cuevas colgadas de sus barrancos.

Mi conductor, que en realidad es arqueólogo, dice que Samtskhe Javakheti es el origen de la civilización occidental. Yo más bien pienso que es su frontera final.
(Fotos: Juan Echanove)