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sábado, 14 de mayo de 2016

Katmandú

Hoy vuelvo a Nepal después de 25 años. Aquella primera vez viajaba más ligero de equipaje . Tenia 22 años recien cumplidos. He encontrado en mi cuaderno de notas de aquella aventura, algunos párrafos,  que aquí transcribo. 

19 de agosto, 1991

Escribo en el hotel, de noche. Acabo de matar a una hormiga. Todo corre a favor nuestro en Nepal. La comida y el alojamiento se adaptan al gusto occidental, del que aún no sabemos bien cómo librarnos. Katmandú es de un color fantástico. Los edificios de la ciudad vieja, de ladrillo roído y madera oscura tallada, hechizan. Por fin hoy logramos contemplar a los lejos el Himalaya. Al mediodía chispeó y el cielo permaneció gris durante el resto de la tarde. La vida nos es grata aquí. Al fondo de nuestra memoria venidera se yergue la sombra inmensa de una Calcuta a la que no dejo de temer.

Ayer asistimos a tres cremaciones junto al río. Miré fijamente largo tiempo al cadáver envuelto en paño naranja y cubierto con polvo de colores y coronas de flores. Colocaron el cuerpo sobre la pira, prendieron fuego y sus miembros se doblaron, rígidos como ramas y se abrasaron en poco tiempo. Carne de hombre quemada. Cuerpo inmóvil entre el fuego. En el río, los niños no dejaban de jugar. Tomábamos fotos. Y el cadáver ardía. Ardía. Hasta consumirse. Arrojaron a las aguas las cenizas. La plataforma de cremación quedó desnuda, a la espera de otros cuerpos, de nuevos fuegos, de savia para teñir de gris la corriente perpetua del río de escaso caudal.

Ayer un cadáver me miró largo rato y, através de su paño naranja, me habló, con la voz del fuego crepitante. Ayer mi alma se dobló en dos partes, y vuelta sobre si misma, casi temió quemarse.

25 de Agosto, 1991 

Una noche en la pensión de Katmandú. Las imágenes de los templos y los colores chillones de los campos de arroz se arremolinaban en nuestras cabezas, frágilmente sostenidas por unos cuerpos cansados de caminar y malcomer. Por delante nos esperaban semanas y más semanas de vagabundeo entre olores de tandori, trenes nocturnos y laberintos de callejuelas en ciudades azules.

Una noche en la pensión de Katmandú. Con Rajastán y Deli a las espaldas y Benarés, Calcuta o Ladakh por delante. Una noche más, una noche menos, de un viaje al fondo de nosotros mismos.


viernes, 26 de febrero de 2016

martes, 15 de marzo de 2011

El sur

Regresamos a la India al verano siguiente. En realidad no habíamos dejado el país atrás cuando nos fuimos: recuerdo el año que medió entre los dos viajes como una permanente conversación rememorando las aventuras allí vividas y un ansia incontrolable por regresar.

Durante tres meses recorrimos el maravilloso sur de ese mundo paralelo al nuestro que es la India. Desde Bombay, nuestro punto de partida, partimos hacia Diu, una diminuta islita frente a las costas de Gujarat. Impregnado aún de melancolía portuguesa, aquel perdido rincón del viejo imperio lusitano nos hechizó con sus tabernas olvidadas y casonas desconchadas. Siguiendo ese impulso incontrolable de perdernos lo más posible, cruzando las paremeras inacabables de Kutch, casi hasta la frontera con Pakistán. La memoria es caprichosa, y ha decido que conserve a buen recaudo la imagen espectral de los nómadas con sus trajes de colores y sus inmensos rebaños de ovejas y camellos salpicando el horizonte entre las brumas.

Volvimos a Bombay, a recoger a nuestros amigos, y desde allí descendimos a Tirupati, el santuario de los hombres de cabeza afeitada. De ahí en adelante los recuerdos se entremezclan en un estrépito de aseos públicos en estaciones de ferrocarril y museos deteriorados: una diarrea salvaje me mantuvo noqueado varios días. Finalmente recuperé fuerzas en Mahalabipuran, un lugar del que, más que imágenes, retengo el sonido de los martillos de los artesanos modelando la piedra caliza hasta dar forma a diosas de caderas serpenteantes. Las inmensas playas de Kobalan y de Goa dieron un paréntesis a nuestro baño sofocante en el mar del caos. Kochin me subyugó con sus danzas, sus rastros de arquitectura colonial holandesa y las curiosas trazas de su antiguo pasado judío.

Pasamos integro nuestro último mes en Igatpuri, una pequeña ciudad de Maharastra. Luis, un extraordinario jesuita español con décadas a sus espaldas en la India, nos dio cobijo y nos abrió los ojos a la vida cotidiana del país. Con el visitábamos aldeas, almorzamos con los campesinos, sufrimos un aparatoso accidente de jeep y conocimos a Silananda, el cura catalán convertido en santón hindú que se paseaba en pelotas por su templo/iglesia.

Diez días de meditación budista vipassana fueron el ultimo regalo que la India nos ofreció. Diez días sin hablar, diez días comiendo poco, diez días de muchas horas sin movernos en absoluto. Diez días que valen una vida entera.

lunes, 14 de marzo de 2011

Verano del noventa y uno

Quien lo ha sentido no lo olvida nunca: el azote repentino de calor húmedo al bajarse del avión, el olor omnipresente de especias y sudores, la inmensa riada humana arremolinada en la salida del aeropuerto. La India te besa, te abraza y te acapara desde el primer momento. Después, la carrera en taxi durante la noche, cruzando el mar de peatones y bicicletas de Delhi, en busca de un alojamiento barato. Y, al fin, el recorrido a tientas por los pasillos, saltando sobre los cuerpos dormidos del personal del hotel, hasta dar con la habitación. Era el verano de 1991; yo acababa de cumplir veintidos años y comenzábamos la mayor aventura de nuestras vidas.

Delhi nos fascinaba y nos aturdía a partes iguales. Tras visitar Agra, cruzamos Rajastán en vagones de segunda. Nos intoxicamos en Puskar y al fin pusimos freno a nuestra desbocada carrera a través de ese magma de rostros, olores y sensaciones en la plácida Udaipur. Durante varios días ocupamos las mañanas en mirar absortos el palacio levantado sobre el lago y, al atardecer, recorríamos las callejuelas de la ciudad vieja, perdíendonos adrede por los puestos de los hojalateros y los vendedores de coronas de flores frescas.

Ascendimos al castillo de Jaipur a lomos de elefante. Cruzamos el desierto de Thar en tren, en jeep, en camello y, al fin en Jaisalmer, la ciudad mágica de adobe y turbantes rojos, comprendimos que este era ya un viaje sin regreso.

Pasamos varias horas caminando con nuestros pies descalzos en el templo de las ratas sagradas de Jodpur. Exploramos en canoa las selvas del Terai, en pos de los rinocerontes de Chitiwan. Recuerdo bien las tardes de lluvia y risas sin motivo bebiendo té negro en los pequeños bares para mochileros de Katmandu, con Bod Dylan sonando siempre de fondo. Dormíamos en pensiones con colchones duros y en trenes de largo recorrido. Bebíamos lashi sin cesar y aveces nos premiábamos con cenas pantagruélicas en decadentes palacios de rajás convertidos en hoteles presuntuosos. En Benarés, la muerte vestida de azafrán recorrió con nosotros los caminos que conducen al sagrado Ganges. Calcuta, al fin, nos reveló el secreto de la miseria extrema. En el templo de Kali la Negra, la sangre de los gallos degollados nos salpicó en el rostro. Vida y muerte, muerte y vida, el ciclo inacabable de la India.

Al fin el Himalaya nos dio el reposo de quien camina sin buscar. En Manali y en el valle de Kulu los frondosos bosques de pinos y los valles de verde intenso nos devolvieron esa serenidad que sólo la naturaleza es capaz de imponer. Luego viajamos a Ladak, el último reducto tibetano, el misterioso techo de la India, donde el mundo pareciera haber comenzado y no acabar nunca. Una mañana, sentados sobre el suelo de tablas crujientes de uno de sus monasterios, observando los mil y un budas de bronce gastado y las decoraciones geométricas de los frescos, fui feliz unos instantes. Feliz sin razón, feliz tal vez porque la luz de una pequeña ventana iluminaba el color pardo de la madera vieja y los tonos granates de los muros.

Eramos peregrinos sin destino fijo. Nuestro único propósito era ser nosotros mismos. Tal vez, durante aquel viaje, lo conseguimos.

domingo, 6 de junio de 2010

Puertas abiertas

La puerta que separa lo posible de lo imposible nunca está cerrada del todo.

En las ultimas semanas se han producido dos noticas extraordinarias. Afortunadamente no están relacionadas con la crisis económica, ni con el Mundial de Fútbol en ciernes. Tampoco tienen nada que ver con algún conflicto internacional. Son, desde cierto punto de vista, mucho más importantes que todo eso.

Hay un individuo en la India que dice llevar cuarenta años sin probar bocado ni beber ni gota de agua. Vive en una cueva, y se pasa el día meditando. Afirma que se alimenta de energía espiritual. El mes pasado 38 médicos del ejército indio le sometieron a un control exhaustivo durante 72 horas en un hospital de Nueva Delhi, siguiendo estrictos protocolos científicos para dilucidar si aquello se trataba de un milagro o de una impostura. Efectivamente, durante ese tiempo el sujeto no ingirió comida ni bebida alguna (supongo que tampoco fue al baño), y, lo que resulta más sorprendente de todo, no dio muestras de debilitamiento, ni perdió peso. Su salud, a juicio de los expertos, era excelente. Es díficil no replantearse la dimensión trascendente de la vida ante una noticia así. Tal vez, a fin de cuentas, hay una chispa divina que se escapa a nuestro control.

La semana pasada un equipo de científicos logró crear el primer organismo vivo artificial. Bien es cierto que se trata de una simple bacteria, pero una bacteria es vida. También es verdad que el ADN utlizado en el proceso procedía de bacterias 'naturales'. Pero eso no le resta importancia alguna al asunto. Una barrera se ha roto: El misterio de la vida se ha comenzado a rasgar. Esta noticia pues, nos lleva a una reflexión en el sentido opuesto a la anterior: Tal vez, a fin de cuentas, el ámbito de lo divino se esté esfumando.

Y cuando sopeso ambas noticias a la vez, el resultado es chocante. Entre el más ayá y el más acá, entre lo posible y lo imposible, no hay puerta tapiada. Tan sólo una puerta, sí, pero una puerta que a veces se abre, y otras veces se cierra.

(Foto: Juan Echanove)

jueves, 18 de febrero de 2010

Recuerdos despeluchados

(1) Una noche en Katmandú

Una noche en la pensión de Katmandú. Las imágenes de los templos y los colores chillones de los campos de arroz se arremolinaban en nuestras cabezas, fragilmente sostenidas por unos cuerpos cansados de caminar y malcomer. Por delante nos esperaban semanas y más semanas de vagabundeo entre olores de tandori, trenes nocturnos y laberintos de callejuelas en ciudades azules.

Una noche en la pensión de Katmandú. Con Rajastán y Deli a las espaldas y Benarés, Calcuta o Ladakh por delante. Una noche más, una noche menos, de un viaje al fondo de nosotros mismos.
(Foto: TrekEarth.com)

martes, 23 de diciembre de 2008

Jaisalmer

12 de agosto, 1991

He escrito la fecha aproximada. Hace tiempo que perdimos noción del día en que vivimos. Llevamos dos días aquí, en medio del desierto de Thar, alojados en un hotelito de habitaciones exteriores.

Este es, quizás, el lugar más pacífico que hemos conocido hasta el momento en la India. En el centro de la parte antigua se alza, sobre un montículo de arenisca, la ciudadela. Rodeada de gruesas murallas en el interior se hacinan casitas del color del desierto y discurren callejuelas tortuosas por las que los niños juegan a las guerras. A sesenta kilómetros de aquí comienza Paquistán. Ayer cruzaron la frontera un puñado de irregulares musulmanes y raptaron a dos o tres mujeres de una aldea india cercana. Creo que hemos llegado al corazón geográfico del mundo de Alí Babá y los cuarenta ladrones.

Breve anecdotario de urgencia: Una vaca (sagrada, por supuesto) corneó levemente a Elisa en el costado. Cantidades apreciables de ron y de cerveza colmaron nuestras copas la noche pasada. Mi estómago tímidamente me reprocha el desaprensivo comportamiento. A mediodía tomaremos un jeep rumbo a las dunas, acamparemos allí y regresaremos en camello a la ciudad. Dormiremos pues bajo las estrellas, escucharemos el silvo del siroco y amasaremos nuestros chapatis al calor de la hoguera, en tanto el camellero, nos relata viejas leyendas de contrabandistas…¡espero!

jueves, 21 de febrero de 2008

Memorias afganas

(primera parte)
Llegamos a Pakistán a inicios de octubre. Las oraciones abordo del avión, y la atmósfera opresivamente integrista del aeropuerto y de las calles de Islamabad enseguida nos demostraron que aquel país no era, precisamente, el mundo llevadero y sonriente de la India o Nepal. La presencias atosigante de los militares por todas partes, la falta de colorido de los atavíos de hombres y mujeres y una cierta rudeza en los paisajes hacen de Pakistán una especie de puerta de entrada en el áspero mundo de Asia Central. Rawalpindi, la inmensa y caótica ciudad junto a la cual fue construida la nueva urbe de Islamabad, es como cualquier ciudad de Maharastra o Rajastán, pero sin el encanto de los vivos tonos en los saris, los rótulos multicolores y la música perenne de las películas que se ruedan en Bombay. Sin el barroquismo hindú, sin la sonoridad embriagadora, sin las imágenes coloristas de los dioses...Pakistán es como una versión triste y reprimida de la India, con la que tan sólo comparte el vivo olor de las especias en polvo.

Dedicamos los primeros días a gestiones diversas en Islamabad. Después, viajamos en tren hasta Peshawar, la inmensa ciudad-campo de refugiados en la que desde hace dos décadas miles de afganos pashtunes mal viven en sus pequeñas casitas de abobe. Las áreas residenciales de la ciudad parecían una auténtica feria de la cooperación. Por las calles, los carromatos locales competían en el polvoriento asfalto con los exagerados todo-terreno de las agencias humanitarias. Pudimos conocer de primera mano algunas experiencias positivas de desarrollo en los campos de refugiados. Diversos proyectos estaban logrando una cierta autosuficiencia. Hornos comunitarios, crédito a pequeña escala para mujeres....gotas de agua en un mar de necesidades, pero gotas fructíferas. (Continuará)