Mostrando entradas con la etiqueta pintura. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta pintura. Mostrar todas las entradas
domingo, 24 de abril de 2016
viernes, 1 de abril de 2016
martes, 29 de marzo de 2016
viernes, 26 de febrero de 2016
lunes, 8 de febrero de 2016
martes, 2 de febrero de 2016
sábado, 16 de noviembre de 2013
Pintar
Desde hace algún tiempo me ha dado por pintar. Siempre he dibujado (en los márgenes de los apuntes de clase, en los espacios en blanco de las libretas de notas durante las reuniones de trabajo, en los cristales esmerilados del coche en los días de lluvia cuando mi madre, de muy pequeño, me llevaba con ella a hacer la compra) pero lo hacía inconscientemente, como quien tiene un tic. Las artes plásticas, en mi familia, siempre han sido eso, un acto reflejo. Pasé muchas largas horas de mi infancia observando a mi padre hacer acuarelas. Su mirada de concentración, buscando el tono justo, la pincelada precisa, me sigue acompañando cada día de mi vida.
Gasté de crío más tiempo en galerías de arte que jugando en los parques. Las exposiciones de mi padre eran, para toda la familia, un ritual cíclico, donde todo funcionaba con el engranaje de un taller bien organizado: llevar a enmarcar los lienzos, colgar bien los cuadros, ofrecer el catalogo a los visitantes, colocar los lunares verdes o rojos para las pinturas reservadas o vendidas… pero también con la emoción y el afecto de una ceremonia importante. Cada cuadro vendido era una victoria, un triunfo, y a la vez una pérdida: me gustaban tanto todos que no quería que ninguno se fuera.
Y además, claro, estaban los personajes de comic que dibujaba mi hermano Luis con una soltura fascinante (las verrugas y las arrugas), y las maravillosas esculturas de barro de mi hermana Almudena, y los proyectos de Aránzazu en la carrera de arquitectura… cuadros y más cuadros, dibujos, cuartillas, aguarrás, tubos de pintura, arcilla, tornos… los materiales para crear inundaban todos los rincones, siempre, eso sí, en perfecto orden, garantizado por mi madre.
Todo aquel río de creatividad y buen hacer artístico brotaba solo, fluía de modo constante, con absoluta naturalidad, por todas partes, en todos los momentos. Esa religión nuestra contaba además con sus propios centros de culto. El museo del Prado era, sin duda, la catedral suprema de esa religión domestica.
Luego, en el camino, no he hecho sino encontrar aliados contagiados por la fiebre secreta de los pinceles y los lápices. César Caballero, Juanma Santomé, Ignacio Huerga, Rocio Charle, Gabriel Munuera…amigos enormes, y enormes artistas.
Desde hace algún tiempo me ha dado por pintar y me importa más bien poco el resultado, bueno, malo o peor, de lo que pinto… porque al fin he aprendido que el secreto, el único secreto del arte, no está en la obra, sino en el acto de crearla.
Arriba: Detalle de obra del autor de este blog. Abajo, fresco en una lonja de Asturias, de Luis Echanove Mugartegui
jueves, 12 de abril de 2012
Miradas penetrantes
Técnicamente la Monalisa no aporta nada fundamental a la historia del arte: su composición y temática son altamente convencionales (por no decir escasamente originales): Un retrato de medio cuerpo sobre fondo imaginario. Bien es cierto que el cuadro constituye un primoroso ejemplo de utilización de la perspectiva aérea, método no obstante, que los pintores holandeses venían ya utilizando desde al menos un siglo antes con igual o superior talento.
La mayor cualidad estilística de la Gioconda, como tantas veces se ha dicho, es quizás el magistral uso de la técnica del esfumado, esa indefinición de los contornos lograda a base de superponer finísimas capas de pintura. No obstante, Da Vinci ya había logrado esplendidos efectos vaporosos en obras anteriores; su San Juan Bautista, coetáneo a la Monalisa, ofrece un ejemplo aún más notable en el uso de ese modo pictórico. Personalmente, incluso tiendo a pensar que parte del esfumado de la Monalisa es más bien resultado de excesivas y pobres restauraciones; prueba de ello es la ausencia de cejas sobre los ojos de la dama, esfumadas sí, pero no por voluntad del artista sino como resultado de inadecuados tratamiento de la obra, tal y como recientes estudios con rayos X han demostrado.
La cualidad de la Gioconda como retrato psicológico ha sido, pienso, también muy exagerada. Mucho se ha hablado de su enigmática sonrisa. Yo, más bien, lo que observo es falta de expresividad. A mi modo de ver, hay al menos otros dos retratos femeninos atribuidos al genio florentino cuyos valores artísticos superan ampliamente a la celebre obra del Louvre: Uno es la Belle Ferronière, exhibida también en el museo parisino (aunque pasa desapercibida para gran numero de visitantes); el otro es la Dama del Armiño, conservada en Cracovia. El supuesto aire misterioso de los labios ligeramente inclinados de la Monalisa es casi una carantoña vacía comparado con ese magnifico sonreír sugerido en la Dama del Armiño. La Belle Ferroniere, por su parte, nos observa con la mirada más penetrante de la historia de la pintura; la Gioconda, por contra, parece en cambio contemplarnos con la frialdad de una estatua de cera.
Hay quien atribuye la fama de la Monalisa al supuesto misterio que la rodea. Me pregunto: ¿qué misterio es ese? Es verdad que no conocemos la identidad de la mujer retratada, pero eso también sucede con una multitud de otras obras de los grandes maestros (incluida la propia Belle Ferronière) sin que por ello hayan sido rodeadas de ese hálito de ocultismo. Por otra parte, gran parte de ese supuesto aire misterioso es debido al difuso tono broncino, que baña la obra; pero hoy sabemos, gracias a la reciente restauración de la copia de la Monalisa del Prado, que bajo esa patina amarillenta, ganada con la suciedad, la Monalisa esconde colores muy vivos.
La fama de la Giocionda tiene en verdad poco que ver con sus cualidades estáticas intrínsecas. Estas, aunque innegables, están también presentes (muchas veces en grado muy superior) en otras obras, infinitamente menos conocidas, de Leonardo y de muchos otros autores. Todo el mundo conoce la Gioconda porque esta ha sido fruto, a lo largo de los últimos 100 años, de una fabulosa operación mediática. Todo comenzó con su extraño robo en 1911 y posterior recuperación dos años después. El hecho colocó al cuadro (ya por entonces célebre, pero no tanto) en la primera plana de los periódicos de todo el mundo durante meses. A caballo de esos sucesos, la administración del Louvre y el conjunto del aparato publicitario del Estado francés orquestaron en las décadas siguientes, entorno a la obra, una cuidada campaña de marketing para atraer turistas. Fue entonces cuando las leyendas sobre su misteriosa sonrisa y demás zarandajas comenzaron a tejerse. En años mas recientes, una celebre saga de pseudo literatura conspiratoria de gran éxito ha vuelto a poner el cuadro de moda otra vez.
La próxima vez que vayas al Louvre dispuesto a disfrutar del arte, ignora con desdén a la Gioconda (de todos modos, admirar un cuadro mientras se soportan los empujones de otros cientos de personas que intentan hacer lo mismo que tú no es una tarea fácil) y en cambio detente un largo y tendido rato ante la Belle Ferronière, en la sala inmediatamente anterior. Vivirás una experiencia inolvidable.
Imagen: La Belle Ferronière, Leonardo Da Vinci, Museo del Louvre, Paris.
viernes, 2 de julio de 2010
Cosquilleo
Han descubierto un nuevo cuadro de Velázquez en los sótanos del museo de la Universidad de Yale.Parece que hay pocas dudas de la autenticidad de la obra. Es una noticia extraordinaria. Tanto que, después de escribir la primara frase de esta entradilla, la releo y me parece que en realidad he comenzado a narrar un cuento.
El cuadro corresponde a la etapa sevillana del genio, y representa a la Virgen María de niña, con sus padres. No se tenía constancia alguna de la existencia de esta obra. La historia de cómo termino en Yale no esta aun del todo clara, aunque parece que un marino americano lo adquirió en España durante la época de la desamortización de Mendizábal.
No es la primera vez, en tiempos recientes, que sale a la luz un óleo no conocido del pintor. En 2009 el Museo Metropolitano de Arte de Nueva York descubrió por sorpresa, tras limpiar a fondo un muy deteriorado retrato anónimo de su colección, que en realidad se trababa de una obra velazqueña.
Hay muchos pintores que me fascinan (Botticelli, Miguel Ángel, El Greco, Goya, Monet, Roerich, Picasso … y tantos otros), pero creo que solo hay dos que me llevan literalmente, al enajenamiento: Vermeer y Velázquez. Después de contemplar por unos segundos la obra de alguno de estos monstruos del arte, comienzo a los pocos segundos a sentir (casi a padecer) un cosquilleo que me comienza en el cogote y se expande en oleadas a lo largo del cuerpo, hasta los dedos de la mano y la punta de los pies. A la vez, la mente se queda en blanco, la mirada se hunde en el fondo del cuadro y comienzo a sentirme, literalmente, dentro del lienzo. Es una sensación extremadamente agradable, que también me sucede algunas veces mirando detenidamente un paisaje (sobre todo el mar), observando los detalles de una iglesia románica o de una catedral gótica, escuchando Mozart o enfaenado en otras actividades que no es menester describir aquí.
El que sigan descubriéndose obras de Velázquez es, de algún modo, como si el maestro siguiera vivo y produciendo obra. Eso me llena de esperanzas. Porque hay un cuadro que Velázquez no sabemos si pintó, pero yo sueño con que lo hiciera y que algún día aparezca: Una vista de Venecia.
El pintor, durante su primer viaje a Italia, visitó la ciudad en su recorrido desde Génova hasta Roma. Según Pacheco, durante su estancia en la capital del Veneto Velazquez fue recibido por el Embajador de España y, según Boschini, compro allí al menos cinco cuadros para la Corte de Madrid (obras de Tiziano, Veronés y Tintoretto). No obstante, no témenos constancia alguna si durante sus días (o semanas) en Venecia el pintor hizo uso de sus pinceles. ¿Pudo sustraerse al encanto de la ciudad más mágica del mundo y no esbozar si quiera una vista de los canales?
Yo creo que tal cuadro existe, y el día que lo vea, el cosquilleo brotando del cogote comenzará de nuevo, para ya no detenerse nunca.
Foto: Ignacio Huerga
lunes, 3 de noviembre de 2008
El pintor que dio nombre a un planeta menor
Conocí a Nicholas Roerich de forma harto extraña. Vagaba yo por aquel entonces, mochila a la espalda, por el mágico valle de Kulu, en el arranque de los Himalayas. Una señal en el camino apuntaba hacia un desvío. Al fondo de la senda, una casa blanca de adobe albergaba una fascinante colección de pinturas del maestro ruso. Era yo por entonces mozo, y vivía atrapado en las lecturas de Hesse, de Fromm, de Huxley. Toparme con la obra de aquel pintor, asceta y filósofo, fue como leer, en formato visual, el mensaje escondido en los libros de aquellos autores. Incorporé a Roerich al listado oficioso de mis pintores favoritos (junto a Vermeer, Botticelli, Velázquez o Turner…la lista permanece abierta) y aprendí que aquel eterno candidato al Novel de la Paz, promotor del hermanamiento universal de los creadores y explorador incasable del Asia Central fue, antes que nada, un genio. Años después tuve la fortuna de sumergirme en algunos de sus cuadros en la Galería Nacional de Tiblisi, en Georgia. Nunca he estado en Moscú ni en Nueva York, que albergan el grueso de su colección, pero lo que he visto me basta para pasmarme.
Roerich fue a la pintura rusa lo que Tolstoi a la literatura: mitad pope, mitad artista, sus paisajes de tonalidades inverosímiles parecen iconos de un devocionario naturalista.
Rusia, puente boreal entre Oriente y Occidente, es madre de un sutil misticismo.
Roerich fue a la pintura rusa lo que Tolstoi a la literatura: mitad pope, mitad artista, sus paisajes de tonalidades inverosímiles parecen iconos de un devocionario naturalista.
Rusia, puente boreal entre Oriente y Occidente, es madre de un sutil misticismo.
(Foto: San Panteleon. Nicholas Roerich, (c) Wikipedia)
lunes, 16 de junio de 2008
Ultramar
Arte y exploración
El 19 de junio se inaugura en Manila la exposición “Ultramar”, organizada por la Embajada de España en Filipinas para conmemorar el día de la amistad hispano-filipina.
El evento artístico-cultural reúne piezas de ocho artistas y diseñadores filipinos, mexicanos y españoles (Ramón Díaz, Guillermo Naval, Steph Palallos, Yves Sadurni, Atalyer, César Caballero y…su seguro servidor de ustedes) bajo la temática común del mar y ese mundo de exploradores y aventureros que unió históricamente la historia de los tres países.
La exposición tendrá lugar en la galería Astra, en LRI Plaza, Reposo St., Makati, y durará hasta el 3 de julio.
Etiquetas:
arte,
Cesar caballero,
Filipinas,
Manila,
pintura,
Ramon Diaz
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
Enlaces y desenlaces
- Articulo sobre los cultivos transgénicos, El País, 2016
- Entrevista en el Georgian Journal, 2015
- Viñetas didácticas sobre agricultura, 2014
- Condecoracion con la Orden del Toisón de Oro, Georgia, 2015
- Articulo de la FAO, 2009
- Entrevista despues del huracan Katrina, Filipinas, 2009
- Articulo sobre cambio climático y bosques, Filipinas, 2009
- Recuento de cooperantes en el mundo, ACP, 2005
- Articulo sobre Palestina en El Pais, 2001
- Articulo sobre Guatemala, 1997
- Breve sobre guerra de Los Balcanes, El País, 1995











