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lunes, 8 de febrero de 2016

sábado, 21 de diciembre de 2013

Un segundo

Las personas vivimos, de promedio, unos dos o tres mil millones de segundos. Parece mucho, pero en realidad no es tanto. Si dedicásemos cada uno de esos segundos, incluidos los de nuestras horas nocturnas, a pensar fugazmente en un habitante actual de la tierra, necesitaríamos dos vidas enteras para completar la tarea de repasar al conjunto de la humanidad. 

Claro está que no todos esos instantes encadenados tienen el mismo peso en nuestro existir. Cada vez que veo al aparca-coches de mi restaurante favorito en Tiflis pienso en un segundo muy preciso de su vida: aquel en el cual perdió una mano, tres dedos de la otra y la movilidad de la pierna derecha. Cuando nos vemos me regala una sonrisa franca y limpia. 

Nunca hemos hablado más allá de las cuatro frases de saludo o despedida de rigor pero, a juzgar por su edad y la naturaleza de sus amputaciones, no es difícil imaginar cómo fue aquel segundo suyo que torció el curso de todos sus sueños de juventud: Años noventa, guerras desgarradoras en Georgia. Una batalla callejera y de pronto la súbita deflagración de la bomba de mano (o el estallido de una mina, o las ráfagas ciegas de la metralleta), y luego el dolor, la sangre, y el silencio, sobre todo el silencio. Silencio de la muerte cuando roza pero no abraza. Silencio de la traza del mal sellando el cuerpo para siempre. 

Un segundo entre tres mil millones, uno solo. Un segundo, dos muñones, y esa pierna renqueante.

(Foto: Luis Echanove)

sábado, 30 de noviembre de 2013

Hombres como montañas

(4) Paradzhánov

Escuché hablar por primera vez del cine georgiano en 1994. En aquel tiempo yo vivía en una casa diez o doce habitaciones y muchos baños en Split, la maravillosa ciudad fundada por Dicocleaciano en Dalmacia, a orillas del Adriático. Llamábamos a aquella casona "el camodromo" y es que, en verdad, esa era su función: dar cobijo en sus temporadas de descanso a los muchos objetores de conciencia que la ONG para la que yo trabajaba mantenía en Bosnia.

La guerra era atroz en el frente pero allí, en la retaguardia croata, los miembros del pequeño grupo encargado de dar apoyo logístico a los aguerridos objetores gozábamos de la ambigua y efímera felicidad de la retaguardia. En la mansión convivíamos felizmente una alegre y disparatada tropa de confusos personajes: Félix, marino mercante enamorado de los trópicos; el irrepetible y entrañable Santamarta, cuyos bigotes de lancero bengalí parecían más aptos para ejercer de intendente en las revueltas cipayas que en los Balcanes modernos; Miguel, un joven periodista de Elche muy poco estresado; José Maria Aranaz -cuyo excelente sentido del humor nos ayudaba a mantener un mínimo de cordura- y el cordial Cotarelo, un mozarrón barbudo de Castro Urdiales de voz ronca, gruesas gafas y sonrisa enorme, poseedor de la cultura cinematográfica más extensa que yo he conocido nunca.

Cotarelo nos hablaba con pasión del séptimo arte en Georgia ("el mejor  cine de la Unión Soviética") y, aunque eso no lo recuerdo con certeza, seguro que dedicaba largos elogios a  Paradzhánov, el Buñuel caucasiano.

Serguéi Iósifovich Paradzhánov nació en Tiflis en 1924 en el seno de una familia de origen armenio, y murió en Yerevan en 1990. Tras dirigir algunas películas conforme a los cánones del realismo soviético, en la década de los sesenta rompió radicalmente con todos los convencionalismos estilísticos del cine narrativo y pasó a crear un lenguaje cinematográfico propio, onírico y sumamente poético. Su radical individualismo creativo le enemistaron con el sistema. Fue sujeto de todo tipo de falsas acusaciones y pasó largas temporadas en prisión. Incapaz de poner freno a su irrefrenable creatividad, en la cárcel dibujaba sin cesar y construía pequeñas esculturas con los utensilios de deshecho que lograba reunir. Hace tres años pude ver algunos de esos objetos y muchos otros recuerdos del artista en su casa museo de Yerevan. El barroquismo excesivo de bártulos y más bártulos decorando todos las habitaciones produce una cierta claustrofobia. El pequeño jardín, es en cambio un remanso de paz, algo fuera de lugar en la inquieta capital de Armenia.

Paradzhánov no era un disidente político, sino estético. Sus firmas convicciones creativas le impedían plegarse a los gustos del poder central, aun a costa de su libertad y su integridad física. No pretendía con su obra criticar el comunismo o minar los fundamentos del sistema. Solamente buscaba dejar fluir con libertad la corriente de creatividad que llevaba dentro. Esa lucha incasable del arte por el arte, frente a las instrumentalizaciones de los poderosos, convierte a Paradzhánov en un caso único en la historia del séptimo arte. Si hubiera un santoral laico,  Paradzhánov sería sin duda el patrono de la profesión de hacer películas.

El cine de Paradzhánov hay que verlo como quien mira cuadros en una exposición. El director armenio-georgiano casi siempre ambienta sus películas en trasuntos de la historia caucasiana, pero en realidad la trama es mucho menos relevante que el valor estético de la dinámica de las imagines en movimiento. Colores, planos y banda sonara entretejen una obra que, más que contarnos una historia, simplemente buscan deleitar los sentidos.

Con su concepto épico de la vida y  sus excentricidades, pero también con su búsqueda espiritual del porqué de las cosas, Paradzhánov es, a la historia del cine, lo que Vasha Pshavela a la poesía o Gurdjieff a la filosofía...un hombre enorme, como las  montañas del Caucaso

Fotos: Juan Echanove

jueves, 28 de noviembre de 2013

Camino a casa

Forastero que buscas la dimensión insondable. 
La encontraras, fuera de la ciudad, 
al final de tu camino. 
(Franco Battiato. Nómadas) 

Me detengo en un parque a escribir. La urgencia me puede. Es por culpa del vino que he pimplado a mediodía. Vino joven, de color pardo. Vino bravo, agreste y filosófico, como el Cáucaso. Ayer el ahijado de un amigo murió en una emboscada en la frontera con Armenia. Fe una trifulca de jóvenes, un lío de faldas, dicen.. .quién sabe. Aquí la gente lleva generaciones siendo asesinada sin saber ni porqué la matan. Mientras, en Vilna, en las  orillas heladas del Báltico, el gobierno de Georgia en pleno discute la firma de un tratado de integración económica con Europa, el continente mito, la madre lejana que abandonó a Prometeo en la cumbres hirientes de estas montañas inhumanas. Europa, para los georgianos, es el lugar donde a nadie el emboscan ni le descerrajan tiros por un lío de faldas. Europa es el Edén perdido al que volver un día.

Aquí estoy, en un parque. Siempre los parques, mi refugio en el camino. Este está lleno de bancos, más de los que todos los viejos de Tiflis podrían simultáneamente utilizar.  Dispone también de demasiadas farolas, perfectamente alineadas,  de estilo decimonono. Son gráciles y elegantes, pero iluminan poco (el resplandor blanco de la pantalla de IPad me ciega). Una fuente inútil de azulejos de piscina, con los grifos rotos...la escultura pantagruélica de un literato ceñudo...los parques en esta parte del mundo siempre saben a pasado más que a presente.

He venido caminando desde la oficina. Primero tránsito las calles crudas que rodean la embajada en la que trabajo. Es un barrio pueblerino, con aire de folclore popular y olor de manta sucia. Escabullo los charcos y llego a una calle transitada, no lejos de donde un célebre místico loco, hace más de novena años, estableciera su primera escuela de danzas tántricas. El baile ahora en esa zona es otro... es el moverse atropellado de furgonetas con prisa y peatones sin espacio que las esquivan. Desde los cristales rotos de los anticuarios y las tiendas de ropa de segunda mano, las viejas miran ese ajetreo con ojos de sapo paciente.     

Esa calle de cabriolas termina en el puente. Ahora el viento fuerte y la sombra de los arboles enormes lo llenan todo. Un ruido aterrador cruza el cielo. Son grajos, rasgando el  aire con el sable mortal de sus chillidos. Cruzo deprisa, casi sin mirar a los corrillos de cambistas que permutan viviendas en la acera. Dejo atrás un retrato de Stalin, varios balcones de intrincado hierro forjado, atravieso otra calle bronca y ya estoy aquí, en el parque, esperando que la vida se detenga un rato. Solo un rato.

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Post scriptum
Acabo de terminar de escribir y la noche ya ha caído del todo sobre la ciudad. De repente la fuente de azulejos de piscina y grifos de cobre rugoso ha comenzado a funcionar, tal vez por primera vez en décadas. Intuyo que los chorros de agua bailan al son de esa música mística que alguien compuso... hace más de noventa años

(Foto: Ignacio Huerga)

miércoles, 26 de septiembre de 2012

Aunque tú no lo sepas

Cada golpe, cada bofetada, cada insulto, cada lágrima, cada ruego, cada petición de piedad al verdugo…cada segundo de dolor cruel, de herida innecesaria, de humillación… cada mofa, cada ultraje…cada llaga horrenda… todo queda para siempre escrito en el libro de la verdad y la justicia. Mil años pasarán, o tal vez ninguno, pero un día ese libro será al fin abierto, y todos podremos quizás leer sus letras temblorosas sus asustados capítulos…y sabremos, llegados al renglón final, si también nuestro nombre estaba escrito en la lista enorme de ayudantes silenciosos de los torturadores.


Dedicado a todas las víctimas de la brutal y sistemática tortura ejercida en las prisiones de Georgia.

(Foto: Luis Echanove)

martes, 3 de julio de 2012

El fondo del vaso


Yo no podía apartar la vista del amplio grupo de comensales de enfrente. Una docena de asiáticos, el grueso georgiano de cuello de ogro y dos sujetos europeos vestidos con camisetas multicolores se distribuían en torno a una enorme mesa cuadrangular de  caoba oscura. Solo el georgiano hablaba, y muy de cuando en cuando. Los platos estaban vacíos y todas aquellas personas parecían esperar unos postres que nunca terminaban de llegar. Alguno daba sorbos al vaso de vino, pero la mayoría, y sobre todo los orientales, mataban el tiempo pretendiendo que enviaban mensajes por el móvil, aunque era evidente que en realidad estaban jugando al tetris o haciendo sudokus, porque ningún asiatico tarda  tanto en escribir con el teléfono celular.

Mi depurado ojo clínico para clasificar habitantes de Extremo Oriente conforme a su nacionalidad se puso en marcha. Más de cinco años residiendo en Filipinas me permiten hoy en día determinar si un tipo es originario de, por ejemplo, Birmania, Corea del Sur o la China continental con un margen de error muy modesto. Saber de que país es la gente con al cual uno se cruza es una de las formas de curiosidad más universales. Yo me paso el día aclarando a los tenderos taxistas o camareros que no soy griego, ni francés, ni armenio, sino español. Generalmente incluso se lo digo antes de que me pregunten, para no mantenerles con el alma en vilo ni un segundo.

Los asiáticos de la mesa de al lado me parecían, por sus rasgos, oriundos del mundo malayo; eso reducía las opciones a cuatro posibles nacionalidades: Filipinas, Brunei, Malasia e Indonesia. Descarté Brunei por simples razones estadísticas (demasiado improbable; allí vive muy poca gente); luego borré Filipinas de la lista por la indumentaria (demasiadas camisas de batik); el hecho de que al menos dos en el grupo mostraran un aspecto claramente sudasiático me decantó por Malasia (un diez por ciento de la población del país procede de la India). Bien, eso aclaraba parte del dilema, pero no la pregunta más acuciante: ¿Qué hacía un numeroso grupo de malayos cenando en un restaurante de Tiflis, en el Cáucaso?  

Yo seguía observando a aquel grupo de modo obsesivo. Finalmente llegaron sus postres. Sentí en los rostros el alivio de encontrar al fin una buena disculpa para seguir sin hablar. Ya no tenían que evitar las conversaciones haciendo que enviaban textos con el móvil. Ahora podían comer tranquilamente, sin preocuparse en absoluto del mundo exterior. Al fin terminaron. El georgiano se levantó el primero, después los europeos de aire extraño y finalmente los malayos.

Tres se rezagaron un poco. Sacaron una sonrisa del baúl de los gestos falsos y se hicieron fotos con ella puesta, garantizando así que la eternidad conservase un recuerdo escamotado de aquella velada tan aburrida. Apagaron las cámaras digitales y el gesto amable y dos de ellos se marcharon. El ultimo quedo allí, detenido un segundo más ante la mesa, como absorto. Luego miró a hurtadillas en todas las direcciones, igual que un niño cuando se dispone a hacer una travesura y quiere evitar testigos incómodos. Entonces, como un chaval pillo tras un banquete de bodas, se abalanzó una a una sobre todas las copas de vino, aun esparcidas sobre la mesa, y se bebió a sorbos rápidos los culillos de tinto rezagados al fondo de cada una. Y entonces sí, estalló en su rostro una sonrisa inconmensurable.

(Foto: Luis Echanove)

miércoles, 9 de mayo de 2012

lunes, 27 de junio de 2011

Diario de Georgia

Jueves por la noche
Cena en casa de unos amigos georgianos. Nana, la anfitriona, nos explica que su abuela nunca deja de votar en las elecciones, y siempre lo hace por el partido del actual presidente. El fervor democrático de la buena señora resulta especialmente encomiable si tenemos en cuenta que la anciana falleció en 1995. Georgia es una democracia tan perfecta que hasta los muertos votan, y, además, lo hacen al candidato oficialista. También casi todos los vivos dirigen sus votos en la misma dirección: unos por convicción, otros por inercia y muchos, segun se dice, por simple miedo. No es raro, por tanto, que el partido mayoritario ganase las últimas elecciones locales en todos y cada uno de los municipios del país. Una cosa es cierta: al presidente de aquí es un hombre de convicciones claras y visión de largo plazo: Por ejemplo, me cuentan que encarceló, con 14 años de condena, al tipo que durante la infancia le daba collejas en el colegio.

Lunes por la mañana
Viaje de trabajo a Kajetia, en el oriente georgiano. El río Alazani marca aquí la frontera con Azerbaiyán. Los caprichosos meandros han cambiado dramáticamente su curso en las últimas décadas, de modo que ahora no está muy claro por donde discurre el límite oficial de los dos países. Tras una hora por un camino impracticable, llego a una aldea situada en la orilla azerí del río, pero que, quien sabe como, aún permanece bajo control georgiano. El poblado fue construido a primeros de los noventa por el gobierno de Tiflis para hacer valer sus derechos territoriales en la zona. En la aldea, noventa familias de gentes de Adjara y chechenos del Pankisi malviven de la cría de ganado, en un pastizal atestado de mosquitos y rodeado plenamente por un borde fronterizo sin marcar. El año pasado los guardafronteras de Azerbaiyán mataron a un niño pastor que sin darse cuenta cruzó la frontera que no existe. Todos los meses, los desdichados aldeanos pierden algunas vacas que, despistadas, se lanzan a pastar en suelo extranjero. Cada vez que esto sucede, se hace preciso, para recuperar las reses, un acuerdo al más alto nivel entre los ministerios de exteriores de ambos países.

Lunes por la tarde
Atardece en Signaji, una maravillosa villa de Kajetia colgada sobre un peñasco, frente al Cáucaso. El sol da lustre a las bonitas fachadas del caso histórico y a las primorosas cubiertas de teja, recientemente rehabilitadas por decisión del presidente. Un anciano nos invita a su vivienda. El exterior, perfectamente reparado, da paso a un interior absolutamente desastroso. Hay humedad por todas partes. El papel de las paredes se deshace en hiladas, el techo se curva, a punto de vencerse. Todos los muebles están costrosos. El hombre nos explica que, debido a la pobre planificación de los trabajos de rehabilitación exterior de las casas, estas permanecieron sin tejado una semana, en el lapso entre la retirada de las viejas cubiertas y la instalación de las nuevas. En esos días, la copiosa lluvia destrozó por completo el interior de su vivienda. Pienso en esta casa como en una metáfora de Georgia: el exterior resplandeciente, el interior, cada vez más deteriorado, a causa de los esfuerzos por dar brillo al exterior.

Martes por la tarde
El prior de la catedral de Alaverdi me invita a una reunión en él monasterio contiguo. Una riada reciente penetró en el templo y el abad necesita apoyos para hacer frente a los trabajos necesarios para evitar que algo así suceda de nuevo y los frescos medievales no peligren. Un hidrólogo experto lleva la voz cantante en la reunión. En su introducción, el ingeniero explica que, de joven, siendo un actor famoso, una vez tuvo que encaramarse a lo más alto de la cúpula de la catedral durante cierta filmación, razón por la cual mantiene una relación especialmente entrañable con el sagrado lugar. El prior asiente con la cabeza y, a cada movimiento, la punta de sus largas barbas penetra ligeramente en la taza de té que tiene enfrente. A su derecha, un pope barrigudo hace que medita, pero probablemente sestea. El abad, finalmente, me pregunta si la Unión Europea puede hacer algo por ellos. Lanzo balones fuera: hablo de la embajada griega, de la UNESCO, hasta del Vaticano. Para mi sorpresa, el lider religioso en lugar de enfadarse con mis excusas me lanza una amplia sonrisa y me ofrece unas pastitas de hojaldre. 'Me gustan mucho las pastitas estas', pienso yo mientras las degluto a dos carrillos.

(Foto: Juan Echanove)

lunes, 23 de mayo de 2011

Hombres como montañas

(3) Gurdjíeff


Parece el argumento de una película de ciencia ficción, o la trama de un best seller conspiratorio, peor es cierto: Dispersa por el mundo se extiende una red amplia (aunque nadie sabe cuantos son) de hombres y mujeres anónimos dedicados a desarrollar lo que ellos llaman 'la tarea' (the work), una labor de tipo esotérico encaminada a mejorar el mundo através de ritos místicos, actividades artísticas y otras acciones de las que poco se sabe. Esta red invisible surgió a partir de las enseñazas de un oscuro personaje caucasiano llamado George Gurdjíeff.

Supe por primera vez sobre Gurdjíeff de forma causal, buceando aleatoriamente en Internet en búsqueda de información sobre esta parte del mundo.

Gurdjíeff nació en el seno de una familia de griegos ponticos de la Armenia turca, en una fecha indeterminada de la década de los años 70 del siglo XIX. Su infancia y juventud las pasó en Georgia y, según un rumor no confirmado, fue compañero de aula de Stalin en el seminario de Gori. Después decidió recorrer mundo en búsqueda de una respuesta a sus inquietudes místicas. No se sabe bien que lugares visitó exactamente, aunque parece seguro que residió en remotos monasterios budistas del Tíbet y Asia Central. A su regreso se instala en Moscú, donde enseguida despierta la atención de los círculos cultos con su sistema filosófico, completamente novedoso aunque enraizado en las tradiciones ocultistas sufies cristianas y orientales. Escribe libros épicos donde describe su pensamiento, y además compone música y coreografías de danzas basadas en arcaicas tradiciones de bailes iniciáticos.

En los caóticos años de la revolución rusa abandona Moscú con un grupo de discípulos y se instala en Tiflis, entonces recién constituida en la flamante capital de la nueva republica independiente de Georgia, la primera nación socialdemócrata de la historia. Allí crea el Instituto para el Desarrollo Harmonioso del Hombre, donde enseña sus danzas y comparte su sabiduría con cualquiera interesado. El Instituto que enseguida se convierte en un imán de creatividad, en medio del caótico hervidero cosmopolita del Tiflis de aquellos tiempos. La capital georgiana se había por entonces convertido en un laboratorio político y cultural, donde todo sucedía deprisa, como al borde del abismo. Intelectuales franceses, periodistas ingleses, espías turcos y nobles refugiados rusos observaban la debacle del Imperio zarista y el advenimiento comunista desde la barrera. Como el Berlín de entre guerras o la Habana terminal de Batista, en el Tiflis de esos frenéticos años el fin de un mundo se respiraba, y esa sensación de transición entre dos eras generaba una atmosfera electrizante de hedonismo, conspiración y locura artística. Finalmente, ese sueño de verano acabo abruptamente, con la llegada de los soviets al Cáucaso. Gurdjíeff se vio obligado a emigrar de nuevo, primero a Francia, luego a Estados Unidos, después a Francia otra vez, para ya nunca regresar a su región natal. Su Instituto apenas había sobrevivido tres anos. Murió en un suburbio de París, en 1949.

Interesado cada vez más en la fascinante vida de Gurdjíeff, quise averiguar donde estuvo emplazado Instituto que fundara en Tiflis en aquellos años. Las vagas referencias que leí sobre el asunto, en viejos libros encontrados de modo rocambolesco, afirmaban que no existía certeza alguna de la localización exacta del lugar. Finalmente, como por arte de magia, un amigo francés, desconocedor en realidad de esa obsesión mía por el curioso personaje, me prestó un opúsculo sobre el periodo de Gurdjíeff en Tiflis. Era un librillo rustico, editado, quien sabe porque, por la embajada de Italia en Georgia. Para mi sorpresa, en uno de sus artículos hallé una referencia explicita a la dirección exacta donde, en su día, se irguió ese curiosísimo Instituto para el Desarrollo Harmonioso del Hombre. La avenida citada ya no existía en el callejero de Tiflis. Tuve pues que acudir a viejos mapas, y, al fin, la encontré. Para mi enorme sorpresa, el lugar se hallaba a pocas manzanas de mi oficina, en una calle ruidosa de la orilla menos elegante del río. Me acerqué a visitar el sitio, sin siquiera saber si el inmueble original había sobrevivido.

Me quedé un buen rato contemplando los muros azules de esa casona, cuyo extraordinario pasado ya nadie recuerda. Colgaban sabanas de los balcones ricamente tallados. La puerta de acceso parecía ir a desvencijarse en cualquier momento.

Un tipo con pinta de extranjero parecía también mirar la casa desde la acera. Tal vez era uno de ellos.

jueves, 19 de mayo de 2011

Hombres como montañas

(2) Vazha-Pshavela

Era un día desapacible, de esos que, aunque no haga viento, uno lo siente. El río caudaloso se arremolina entorno a las rocas puntiagudas trazando dibujos psicodélicos de espuma. El museo estaba cerrado, pero no me sentí decepcionado. El viaje había sido largo y pesado, aunque no tenía motivo para queja. Allí estaba yo por fin, frente a la rustica casa de piedra, en medio del collado nevado. Allí estaba yo, en el mismo lugar donde Vazha-Pshavela pasó la mayor parte de su vida escribiendo, meditando y recorriendo los caminos de montaña.

Luka Razikashvili (ese fue su nombre de oficial), nació en 1861 (*) en Pshavi, un agreste valle del Cáucaso georgiano. De familia rural acomodada, hizo estudios universitarios en San Petesburgo (en aquel tiempo su país formaba parte del inmenso imperio zarista) pero la llamada de las montañas pudo más que sus ánimos de adoptar una vida cultivada y burguesa, así que decidió regresar a Chargali, su remoto villorrio de montaña. Allí pasó el resto de sus días, dedicado a contemplar la naturaleza, a indagar en las costumbres arcanas de los jevsures, los pshavios y otras tribus de la montaña y a escribir poemas épicos brillantes y rotundos.

Su vida de eremita, en lugar de aislarle del mundo y de los problemas del hombre, le abrió de par en par las puertas del humanismo. Vazha-Pshavela, como Walt Whitman en Estados Unidos, supo extraer del contacto con la vida campestre, lecciones universales, sobre la paz, la búsqueda de la armonía o la hermandad del genero humano. Bien es cierto que los poemas de Pshavela se ambientan siempre en ese mundo pequeño que habitó. Nos habla, por ejemplo, de las guerras eternas entre los chechenos y las tribus georgianas de montaña. Pero su mensaje no es localista ni provinciano. Todo lo contrario. El ambiente que describe es solo la base para un mensaje de contenido netamente universal. El pacifismo y el ecologismo de su obra lo convierten en un autentico pionero del pensamiento humanista más radical. Mitad cantor de gesta, mitad místico, los versos de Vazha-Pshavela son un grito desde el fondo de la tierra, un grito furioso, pero un grito de paz.
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(*) Este año se cumple el cien aniversario de la muerte del poeta. Se organizará una verbena a su memoria este verano. El alcalde pedáneo de Chargali da por hecho que Alain Delon acudirá al festejo. Me contó que leyó en una revista como el actor francés logró recuperase hace años de una depresión profunda tras leer un poemario del bate georgiano, así que decidió enviarle una carta invitándole para presidir las fiestas.

Hombres como montañas

(1) Prometeo

Quien ha pasado algún tipo en el Cáucaso sabe bien que estas montañas poseen la extraña capacidad de cargarte las pilas y acelerarte hasta colocarte en un trepidante estado de ánimo, a caballo entre el entusiasmo y las ganas de hablar a voces.

Hay quien teoriza que el asunto es provocado por la carga magnética que contienen estas enormes moles geológicas, y algunos hasta encuentran explicaciones místicas a ese evidente chute de energía que las cumbres caucásicas parecen provocar. Sea lo que sea, a juzgar por la convulsiva historia de los pobladores de esta parte del mundo, no cabe duda que algo hay en la naturaleza de la tierra que convierte el vivir cotidiano en una aventura épica donde el honor, el heroísmo o (en el peor de los casos) las opiniones radicales, dominan siempre el discurso. Ese espíritu mesurado y pequeño burgués tan propio de gran parte de Europa esta completamente ausente en el Cáucaso. Aquí se vive, mentalmente, en una especie de Edad Media permanente, con buenos y malos, arengas en lugar de conversaciones y ganas constantes de sentirse al borde mismo del fin del mundo.

Fue en las cúspides eternamente nevadas del Cáucaso donde, según la leyenda griega, Zeus castigó a Prometeo por revelar el secreto del fuego a los hombres. La épica milenaria y anciana de esta cordillera geológicamente tan joven, su cargada historia de leyendas y batallas da forma y a la vez condiciona la psique colectiva de los pueblos que moran sus faldas.

Ese espíritu de epopeya, que de algún modo impregna casi todo aquí, tiene por supuesto sus lados oscuros, pero también sus luces brillantes. Y es que el Cáucaso ha producido, y sigue produciendo, un puñado de hombres y mujeres que fueron capaces de canalizar esas energías brutales de las cumbres y, tal vez gracias a ellas, dar luz a mundos creativos portentosos. Me refiero a personajes tales como Vazha-Pshavela, Gurdjíeff o Parajanov. Desgraciadamente, estos grandes artistas y pensadores, de talla y mensaje universal, son en general muy poco conocidos en Europa. Dedicaré pues unas cuantas entradillas en este blog a su memoria.

A través de sus voces, de sus poemas, de sus películas o de sus coreografías, aprendemos nuevamente que, al fin y al cabo, la sabiduría de los hombres puede siempre derrotar a los celosos dioses del pasado.



(Foto: Juan Echanove)

sábado, 12 de marzo de 2011

In vino veritas

El tipo apareció de repente con tres botellas bajo el brazo. Nos explicó que la variedad utilizada para hacer ese vino se llamaba “sin nombre”, y sólo crecía en una particular colina, de hectárea y media, a espaldas del pueblo. Algunas veces habían intentado sembrar las cepas en otros parajes de la comarca, pero la uva no brotaba o, si lo hacía, maduraba mal. La producción anual de aquel vino tal exclusivo se reducía a unas pocas miles de botellas al año. Casi todas las compraba el presidente, para agasajar a mandatarios extranjeros de visita en el país. Algunas volaban cada año a Londres, para saciar el ansia coleccionista de un millonario aficionado a las rarezas enológicas. Nos negamos inicialmente a admitir las botellas. Aquello costaba una barbaridad, y el campesino que nos las estaba ofreciendo no parecía precisamente vivir en el lujo. Insistió e insistió, y pronto nos dimos cuenta de que si seguíamos rechazándolas incurriríamos en una descortesía inaceptable.

De vuelta a la casa de huéspedes, tras un penoso camino por los magníficos valles de Lejmuni, indagué en internet sobre la uva misteriosa y su preciado vino. Encontré algunas referencias que, aunque escasas, confirmaban las palabras del generoso viticultor.

Una semana después organizamos una cena en casa, con el propósito de compartir nuestro tesoro embotellado con algunos amigos.

Resultó ser un vino horrible, pero, ¿acaso importaba?


(Foto: Juan Echánove)

Detrás de las montañas

El helicóptero militar aterrizó en un desolado altozano rodeado de cárcavas. Al otro lado de las montañas comenzaba Chechenia. Los soldados cargaron sus macutos, los sacos de patatas y las cajas de comida hidrofilizada hasta el pequeño puesto de vigilancia fronteriza. De allí partía una senda pequeña, al borde mismo del precipicio. Caminamos por ella, y a la vuelta de un recodo, súbitamente, el perfil del pueblo fantasma de piedra se alzó ante nosotros.

Las torres de pizarra de Mutso brotaban de la montaña como termiteros gigantes. Camufladas en el mismo color pardo del resto del paisaje, parecían llevar allí alzadas toda la eternidad, como si, en lugar de construcciones humanas, fueran en verdad formas caprichosas de la naturaleza. Miramos hacia Mutso largo rato, en silencio, con la sensación de estar observando un paisaje imaginario.

El viejo helicóptero soviético apareció de pronto sobre el valle, volando casi al ras de los árboles desnudos del invierno. Subimos de nuevo y tras cruzar varias sierras nevadas, tomamos tierra en Chatili, la histórica capital de Jevsureti, en un decrépito helipuerto junto al antiguo cementerio de tumbas paganas. Deambulamos luego por el laberinto de callejas pequeñas, casas a varios niveles y torres con puertas minúsculas. Andando por Chatili, yo me sentía dentro de un organismo vivo, como devorado por un gigante de intestinos de piedra. Nadie caminaba por las calles salvo nosotros.

Al fin regresamos, y tras una nueva parada, esta vez en una base militar sin nombre, para celebrar el consabido banquete ritual con nuestros huéspedes de las fuerzas de frontera (vino, mucho vino, y también vodka), volamos de vuelta a Tiflis. Yo miraba absorto por el ojo de buey del helicóptero las soberbias cúspides blancas del Cáucaso.

Llegué a Tiflis sin respuestas, pero también sin preguntas. Lo más real es, a fin de cuentas, lo más imaginario.
(Fotos: Juan Echánove)

miércoles, 2 de marzo de 2011

El silencio de los corderos

El mundo vive expectante de la vorágine revolucionaria árabe, que por un lado nos llena a todos de esperanza en un futuro mas justo y por otro nos sume en la incertidumbre y el temor ante lo nuevo e impredecible. Mientras el gran motor de la Historia se acelera en el Norte de África y Oriente Medio, en algunos rincones del Planeta, lejos de los focos mediáticos, la Historia con mayúsculas se trasforma, en cambio, en historieta tragicómica.

En Nicaragua, mi querida nicaragüita, Daniel Ortega (para algunos críticos, el alter ego tropical de Gadafi, pero sin túnicas de raso fosforescente), decidió hace unas semanas enviar a veinte soldados de reemplazo de maniobras a unas remotas ciénagas próximas la frontera sur del país, cerca de San Juan del Norte, y cuya soberanía se disputan Nicaragua y Costa Rica. El área en litigio, de apenas un kilómetro cuadrado de extensión, consiste en un cenagal si valor alguno. Es una zona tan diminuta y remota que apenas se recoge en la cartografía existente.

Según un extendido y avieso rumor, con tal maniobra provocadora, no buscaba el gobierno Nicaragüense sino apartar la atención de su pueblo de los numerosos problemas económicos, sociales y políticos que atenazan al país. El desafío nicaragüense, no produjo el efecto quizás deseado por Daniel, esto es: propiciar tal vez una pequeña guerrita con los ticos. Costa Rica, que es una nación neutral (política y tal vez incluso metafísicamente) carece de ejército (1). Ponerse beligerante con un país que constitucionalmente ha renunciado a la guerra, es cuanto menos, una decisión kafkiana. La sangre no ha llegado al río (al río San Juan, que es el que conforma la frontera entrambos países), y el 'incidente', como se dice ahora, ha quedado finalmente inscrito en la larguísima lista de pequeñas absurdeces de la micro-geopolítica mundial.

El Cáucaso, la región donde ahora vivo, acaba también de ofrecer otro estupendo ejemplo de estulticia política. Armenia y Azerbaiyán mantuvieron una sangrienta guerra en los años noventa del siglo XX. Aunque las armas por el momento permanecen ahora mudas, ambos gobiernos se detestan mutuamente. Georgia, el tercer país del sur del Cáucaso, ha comenzado a exportar ovejas vivas a los países del golfo pérsico. A los jeques les gusta el sabor natural de los corderos caucasianos, que pacen libremente en los montaraces prados georgianos. La semana pasada un avión de carga registrado en Armenia se disponía a transportar 150 corderillos desde Tiflis a Qatar. El combustible que surte a las aeronaves en el aeropuerto de la capital georgiana procede de Azerbaiyán. La compañía a cargo del suministro se negó a abastecer la nave armenia con crudo azerí, para evitar un conflicto diplomático. Como consecuencia, el avión tuvo que permanecer una noche entera en tierra en el aeródromo, con los motores apagados, a resultas de lo cual todas las desdichadas ovejas perecieron, ateridas de frío y de agobio.

Las únicas victimas mortales de la victoriosísima campana militar de Aznar, en 2002, para 'recuperar' el islote de Perejil, fueron algunas cabras que pastaban en el lugar. Ahora, el reavivado conflicto entre Armenia y Azerbaiyán se acaba de cobrar la vida de estos corderos georgianos. La lista de estupideces de la política internacional sigue y sigue creciendo sin cesar.

Fotos: Superior: Granada (Nicaragua), Luis Echanove. Inferior: Georgia Juan Echanove)
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(1) Fue abolido en 1948 por el presidente Figures, hijo de catalanes. Su sabia decisión permitió al país, a lo largo de las siguientes décadas, evitar los golpes de Estado e invertir en desarrollo económico y social los fondos que, de otro modo, se habrían malgastado en gastos militares.

sábado, 26 de febrero de 2011

El valle encantado

Stalin se escondía detrás de un parapeto de ramas y troncos jóvenes. Un alto cargo del Tiflis había visitado el pequeño valle semanas antes. Era la primera vez en años que alguna autoridad del gobierno central acudía a la comarca de Gudamakari. Los aldeanos, temerosos de que el funcionario ordenase destruir aquella tosca efigie de escayola del dictador, la habían ocultado con follaje. La mujer sonreía satisfecha mientras señalaba a la estatua. “No la vio”- me dijo con orgullo-. Después nos condujo al viejo edificio municipal.

Las escaleras de cemento desgastado parecían ir a desmoronarse en cualquier momento. Nos acomodamos en torno a la estufa del viejo despacho. Ella nos contó que en las dieciocho aldeas de la pequeña región ya apenas vivían unas cien familias. “¿Hay alguna iglesia en la zona?”, pregunté. Sabía que Gudamakari era uno de los últimos reductos del ancestral paganismo caucasiano, pero quería evitar indagar frontalmente sobre las prácticas religiosas del lugar. “No, no hay ninguna iglesia en todo el valle; nunca ha habido. Nosotros no las necesitamos”, dijo, con cierto tono reservado. Sólo después supe que las gentes de Gudamakari, como las de los aún más remotos valles de Jevsureti y Pshavi, adoran a sus atávicos dioses de la montaña y del viento en pequeños templetes de piedra, coronados con una pieza de vidrio. Georgia es un país de paradojas. Fue una de las primeras naciones de la Tierra en adoptar el cristianismo, y, sin embargo, sigue albergando hoy, en sus inaccesibles valles, los últimos reductos de las creencias milenarias perdidas en el resto de Europa desde hace siglos.

Capas de nieve densa y polvosa cubrían las montañas suaves, los prados, y el ramaje de los árboles frutales. Las aguas oscuras del río se precipitaban veloces hacia el Oeste, formando remolinos entre los cantos.

Una tranquilidad misteriosa y primordial lo impregnaba todo. La belleza de Gudamakari no es agreste. Falta aquí la épica de las coronas rocosas de cinco mil metros señoreando el horizonte, como en Svanetia o Kasbegi. Recorrer Gudamakari no produce pues el vértigo de hallarse al borde mismo del fin del mundo. Más bien, el pequeño valle evoca un paraíso tranquilo, perdido en nuestra memoria, cuyo recuerdo brota fresco en Gudamakari, como evocaciones de la infancia más lejana.

Dejamos atrás en el todoterreno aquella comarca de sortilegios. Permanecimos en silencio largo rato. Intuíamos que Gudamakari nos había revelado un secreto: un secreto profundo y que, una vez desvelado, se olvida para siempre.


(Foto: Juan Echánove)

viernes, 11 de febrero de 2011

El pueblo en movimiento

El hombre barbudo de cara risueña intentaba ocultar su tristeza mientras hablaba. - Hemos falsificado nuestras actas de defunción- tradujo Irakli. Me quedé perplejo. No comprendía lo que quería decir. El hombre siguió hablando. Irakli siguió traduciendo. Pronto se aclaró la historia: Como el pueblo carecía de maestra, y, debido a su total aislamiento, era imposible enviar a los niños a alguna otra escuela, los padres se habían hecho pasar por muertos para que así sus hijos pudieran ser enrolados en un orfanato y recibir educación.

Tenía frente a mí a un hombre oficialmente muerto, un hombre oficialmente muerto que vivía en una casa efectivamente muerta. Intentaba imaginar como estaban sobreviviendo el invierno, a diez bajo cero, sin cristales en las ventanas. Entré en el chamizo: Todo estaba mugriento. Paredes húmedas y desconchadas. Tres somieres herrumbrosos sin colchón y un armario. Eso era todo.

Una casa muerta sí, una casa a punto de derrumbarse, como todas las del pueblo. Muertas y destruidas, peor habitadas por personas vivas.

En el año y pico que llevo recorriendo Georgia nunca había visto una miseria tan extrema. El pueblo llevaba dos años aislado a causa del corrimiento de tierras. La invisible fuerza telúrica en movimiento no solo había cortado por completo el único camino de acceso, también se había llevado por delante las áreas de cultivo, dejando a la población sin ninguna fuente de ingresos. El desplazamiento geológico todavía continuaba, lento, imperceptible en el día a día, pero constante. Las casas, alzadas a lomo de esa montaña andante, se doblaban y rasgaban como construcciones surrealistas en un cuadro de Dalí. Ni los muertos de verdad reposaban tranquilamente. En el cementerio el movimiento del suelo había desperdigado las viejas tumbas de piedra, descolocándolas o haciéndolas rodar colina abajo.

Recorrimos de nuevo a pie el camino de regreso, con la nieve hasta las rodillas, trepando a casi a gatas por el desfiladero.

De vuelta al coche, miré a mí alrededor las cumbres inmensas del Cáucaso. La nieve brillante a veces adoptada una tonalidad casi azul. Daban ganas de ser un gigante y así poder tocar con los dedos la textura blanca y suave de sierra. Ser un gigante, sí: Ser un gigante y coger aquel pueblo con mis manos, y trasladarlo a otro mundo, un mundo donde los hijos de los vivos no van a los orfelinatos, un mundo donde las camas tienen colchones, la tierra no camina y los muertos descasan en paz.
(Fotos: Juan Echanove)

sábado, 20 de noviembre de 2010

Diario de Georgia (3)

Dieciséis de noviembre
Un amigo nos ha prestado cierto célebre documental de televisión sobre la vida en Tiflis cuando los apagones de luz eran constantes. Ha sido premiado en varios festivales alternativos de cine (o en varios festivales de cine alternativo, no estoy muy seguro). No está mal. Relata en tono tragicómico como el Ministerio de Energía se dedicaba a destinar la escasa generación eléctrica con la que el país contaba por entonces, a iluminar las piscinas climatizadas de los mafiosos y las residencias de lujo de los jerarcas con conexiones. El ministro responsable de todo aquel chanchullo era un tipo gordo y flemático con aspecto de roncar sonoramente durante la siesta.

Diecisiete de noviembre
Paseamos por el parque de enfrente de casa. Junto a la pequeña tienda de ultramarinos de la entrada un tipo gordo y flemático con aspecto de roncar sonoramente durante la siesta se fuma con desgana un cigarrillo. Le observo detenidamente: es el ex ministro de energía del documental de ayer.

Foto: Calle de Tiflis. Aránzazu Echánove

viernes, 19 de noviembre de 2010

Diario de Georgia (2)

Once de noviembre
Visito un centro de desplazados internos de la guerra de Agosto del 2008. Setenta familias de campesinos georgianos huidos de Osetia del Sur se hacinan en los pequeños cubículos del vetusto y desvencijado edifico estalinista. Me muestran los cerdos y las gallinas que crían en el patio, donados por nuestro proyecto con la FAO. Un viejo labrador me sonríe y habla. Goran, el coordinador del proyecto me traduce sus palabras: “Dice que el futuro de Georgia está en las manos de los campesinos, si el gobierno les diera acceso a semillas, a fertilizantes, a crédito, el país florecería de nuevo”. Asiento con la cabeza.

Doce de noviembre
Reunión en el Ministerio de Agricultura para discutir la estrategia de desarrollo del sector. Un alto funcionario, rechoncho y con esos ojos minúsculos propios de las personas desconfiadas, me suelta sin empacho: “¿Porqué el Gobierno tiene que ayudar a los pequeños campesinos, si son improductivos?”. Me tengo que contener para no vociferarle que tal vez porque esos pequeños campesinos son más de la mitad de la población del su maldito país, y viven en absoluta miseria. Me contengo y me limito a responderle que, precisamente, si el gobierno desarrollara programas en su ayuda, tal vez entonces podrían llegar a ser “productivos”.

(Foto: Juan Echanove)