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miércoles, 16 de julio de 2014

Vanguardia y retaguardia


Todas las guerras son absurdas, pero unas son más absurdas que otras. La Primera Guerra Mundial fue, tal vez, la más absurda de todas. Millones de jóvenes dejaron su vida en las trincheras de esos frentes de aspecto lunar que nunca avanzaban ni retrocedían.  Días, meses, años de lodo hasta las rodillas; de ratas y frío, de mutilaciones horribles; de agonías sin consuelo, de sufrimiento sin sentido.

Se han cumplido ahora cien años del inicio de ese conflicto que cambió la historia de Europa para siempre. Dos comics, altamente complementarios entre sí,  pueden servir de excelente guía para al menos comprender lo que sus millones de protagonistas padecieron. 

El comic, pese a su aparente inocencia, puede ser en realidad un medio poderosísimo para sumergirnos en sensaciones y situaciones ajenas. Es curioso como el dibujo logra muchas veces mayor impacto emocional que la fotografía o como una historia contada en viñetas puede resultar en ocasiones mucho más vívida y elocuente que una película. Y eso es, precisamente, lo que los dos libros de historitas de los que aquí me voy a ocupar logran: colocarnos bajo la piel de los personajes atrapados en esa  sinrazón de la Gran Guerra .

Editado por vez primera en 1993, C'était la guerre des tranchées, del dibujante francés  Jacques Tardi, es ya considerado un  álbum grafico de referencia. En lugar de una narración articulada y coherente, la obra nos describe retazos sueltos, cuentos cortos,  de la miserable vida de los soldados en la primera línea de fuego. Aplaudido por su milimétrica exactitud histórica, todo en este tebeo parece obra de un archivista obsesionado con la fidelidad de los detalles: Uniformes, armas, paisajes….todo apabullantemente documentado. Tanto realismo, no obstante, contrasta con el aire un poco caricaturesco de los personajes, cuyos excesivos gestos y rasgos  algo exagerados, los hace a veces parecer más muñecos que seres reales, y por ello, también, aun más vulnerables, más inocentes, más victimas.

Los soldados de Tardi son ya seres sin esperanza, pero con memoria; con recuerdos de lo que fueron antes de sumergirse en esa nulidad del ser humano que es un ejército en combate. Porque el tebeo de Tardi es, sobre todo, un demoledor alegato contra la guerra, los nacionalismos y la manipulación política. Las historias son desgarradoras, y difíciles de olvidar, como esa del general que bombardea a su propia tropa para evitar que se retire derrotada o que manda fusilar a algunos de sus hombres, elegidos aleatoriamente.

Finnele, de la autora alsaciana Anne Teuf es, en cierto modo, un contrapunto al libro de Tardi…y también su complemento perfecto. Al contrario que en C'était la guerre, Finnele no nos habla de batallas y de la vanguardia del frente, sino de la retaguardia, de la vida que ha dejado de ser cotidiana para los civiles, bajo la sombrea de la guerra.  El protagonista colectivo de Tardi –esa masa de soldados anónimos y desesperanzados- es reemplazado en Teuf por un carácter principal con nombre propio (la niña Finnele) y lleno de alegría y esperanza.  

Hasta en el estilo artístico uno y otro libro parece las caras opuestas de una misma moneda: el trazo grueso de Tardi es dibujo fino en Teuf;  las sombras de carboncillo en Teuf, son tramas de tinta en Tardi. Finnele, con ocho años, vive la guerra como un escenario familiar, aventurero a veces, cotidiano otras…un escenario tras el cual unas vidas son segadas y otras  prosiguen su cauce. La guerra como razón de ser y de no ser, la guerra  como gran monstruo caprichoso que devora o rescata.

A fin de cuentas, leídos los dos tebeos, a uno le queda esta extraña sensación de boca de que nada hay tan inhumano y a la vez tan radicalmente humano como la guerra. 

sábado, 21 de diciembre de 2013

Un segundo

Las personas vivimos, de promedio, unos dos o tres mil millones de segundos. Parece mucho, pero en realidad no es tanto. Si dedicásemos cada uno de esos segundos, incluidos los de nuestras horas nocturnas, a pensar fugazmente en un habitante actual de la tierra, necesitaríamos dos vidas enteras para completar la tarea de repasar al conjunto de la humanidad. 

Claro está que no todos esos instantes encadenados tienen el mismo peso en nuestro existir. Cada vez que veo al aparca-coches de mi restaurante favorito en Tiflis pienso en un segundo muy preciso de su vida: aquel en el cual perdió una mano, tres dedos de la otra y la movilidad de la pierna derecha. Cuando nos vemos me regala una sonrisa franca y limpia. 

Nunca hemos hablado más allá de las cuatro frases de saludo o despedida de rigor pero, a juzgar por su edad y la naturaleza de sus amputaciones, no es difícil imaginar cómo fue aquel segundo suyo que torció el curso de todos sus sueños de juventud: Años noventa, guerras desgarradoras en Georgia. Una batalla callejera y de pronto la súbita deflagración de la bomba de mano (o el estallido de una mina, o las ráfagas ciegas de la metralleta), y luego el dolor, la sangre, y el silencio, sobre todo el silencio. Silencio de la muerte cuando roza pero no abraza. Silencio de la traza del mal sellando el cuerpo para siempre. 

Un segundo entre tres mil millones, uno solo. Un segundo, dos muñones, y esa pierna renqueante.

(Foto: Luis Echanove)

martes, 10 de septiembre de 2013

Guerra


La guerra es una puta mierda, es lo mas horrible que existe. No estoy simplemente repitiendo un lugar común, ni haciendo un juicio moral teórico o un ejercicio retórico de pacifismo. Hablo de la guerra porque la conozco bien, con mucho respeto y temor, pero bien, como se conoce a un vecino desagradable o a un compañero de clase cruel en la infancia.

La primera vez fue exactamente hace 20 años...un mes de septiembre, como ahora, cuando puse los pies en una zona de conflicto militar. Después de aquello, de Croacia, vino Bosnia (los francotiradores, los refugiados en Domanovici, los guerrilleros en Medjugorie, el paso de Stolac...) luego, otra vez Croacia. En total, un año entero viendo los efectos de esa puta mierda, hablando con las víctimas, cruzando aldeas de casas en ruinas, compartiendo el dolor de las familias desplazadas... Pocas veces estuve en el frente (las suficientes) y pero miré en las heridas de todas las retaguardias. Luego vinieron los cadáveres carbonizados en Peten, en Guatemala, y también un par de meses en el norte de Afganistán, negociando con los caudillos tribales en lucha con los talibanes. Y vinieron también Ramala y Gaza, durante la segunda Intifada, con los puestos militares, el sonido de las balas y el de los bombardeos aéreos, y los amigos presos, y el dolor, el sufrimiento, y la sangre vertida para nada, la jodida puta mierda.

Si me han regresado estos recuerdos a la cabeza no eso solo porque Siria se desangre o porque se cumpla ese extraño aniversario de la total perdida de mi inocencia, sino porque me estoy leyendo un tebeo sobre la guerra que me mantiene en vilo. El cómic se llama Goradze, ciudad protegida. Lo escribió y dibujó Joe Sacco y narra a pecho descubierto, sin concesiones, los años del horror en la ciudad del mismo nombre, en Bosnia oriental. Sus protagonistas son personas de carne y hueso que cuentan al autor lo que vieron y padecieron durante ese largo y traumático asedio.

Si queréis asomaros a la guerra y sentir el vértigo inmenso del dolor sin causa, id a una tienda de cómics y comprad la novela gráfica de Sacco. Impermeabilizados como estamos todos para apenas sentir algo distante ante las imagines bélicas televisadas, parece mentira que unas viñetas en blanco y negro, un tanto caricaturescas, nos arrojen de bruces al realismo descarnado de tanto sufrimiento inútil como ningún telediario o película pueden ya hacerlo.

La guerra es como un universo paralelo al nuestro, que discurre separado y distante, a años luz de la normalidad cotidiana; o mas bien, es como un planeta de antimateria donde las reglas del juego son exactamente las opuestas a las del mundo cotidiano. La guerra es el sitio donde un hombre puede impunemente degollar a una anciana y arrojarla al río, o donde un tanque puede lanzar un obús y despedazas a un bebé hasta dejar su cuerpo irreconocible. La guerra es muerte, es nulidad, es caos, es alienación, es la existencia dada la vuelta y convertida en nada, en vacío...pero la guerra existe y esta ahí fuera, lejos y cerca a la vez. La guerra esta dentro de nosotros. La guerra somos nosotros. Eso es lo peor de todo.


(Fotos: Ignacio Huerga)

viernes, 5 de julio de 2013

Croacia

'There is freedom within, there is freedom without. Try to catch the deluge in a paper cup. There's a battle ahead, many battles are lost But you'll never see the end of the road while you're travelling with me'. (*) Crowded House.

Hace ahora muy poco menos de 20 años vivía yo en Croacia, trabajando en labores de ayuda humanitaria en atención a los desplazados internos victimas de la guerra. Aquel fue mi primer trabajo en el mundo de la cooperación al desarrollo, que ya nunca he dejado.

Aquel los 12 meses en los Balcanes marcaron mi vida para siempre.

Esta semana Croacia acaba de entrar en la Unión Europea, algo que, en la perspectiva lejana de aquellos tiempos de guerra y destrucción, hubiera resultado impredecible.

Me siento profundamente feliz por ello, pero a la vez, no puedo evitar recordar a las casi tres decenas de miles de croatas y serbios que murieron en aquella infame y evitable guerra, y a las decenas de miles más que lo perdieron todo. Tanto dolor innecesario…

En esa remota primavera, al final de la tarde, tras el trabajo, en el salón de nuestro espacioso y soleado piso de la calle Gotovceva, en Zabgrev, muchas veces me relejaba yo escuchando un disco de Crowded House que Adolfo Cayuso había traído consigo. Mientras, Javier Santamaría, zanganeaba con sus novelas de aventuras y la tarde moría placidamente, sosegada.

Una calma sensación se apoderaba entonces de la atmosfera. Yo cerraba los ojos, imbuido en la música y la guerra, el dolor, los refugiados, el estrés y el trabajo se esfumaban de mi mente unos minutos.  

Al caer la noche, cuando Gordana regresaba a casa, marchábamos juntos ella y yo al enorme parque Maksimir,  a pasear y a querernos entre los árboles.

Oigo esa música otra vez ahora, y me desplazo mentalmente aquel tiempo y aquel país y los recuerdos vuelan, algunos felices, otros tristes…y estoy ahí otra vez.


(Foto: Nacho Huerga)
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(*) Hay libertad dentro, hay libertad fuera. Intenta atrapar el diluvio en una taza de papel. Hay una batalla por delante. Muchas batallas se pierden, pero mientras estés viajando conmigo, nunca veras el final del camino.

sábado, 26 de marzo de 2011

Guerra justa

Parece una contradicción en terminos: una guerra, por definición, consiste en una explosión más o menos organizada (o desorganizada) de violencia, y la violencia siempre produce destrucción. La destrucción es, a fin de cuentas, la injusticia suprema. Todas las guerras son odiosas y producen dolor. Entonces, ¿cabe de verdad hablar de guerras justas, de argumentos éticos para justificar la participación en un conflicto armado? Yo pienso que sí.

Las reglas que rigen el odioso juego de la violencia son en realidad siempre las mismas, ya hablemos de una pelea de barrio o de la Segunda Guerra Mundial. Nada justifica agredir a otros, pero, una vez la agresión se ha producido, proteger a las víctimas de la agresión, si estas son incapaces de hacerlo por sí mismas, no es sólo que esté justificado, sino que constituye un imperativo de la ética más elemental. Si un grupo de tipos patean en el suelo a una anciana, nuestro deber moral es acudir en su defensa (nosotros mismos, si podemos hacerlo, o avisando a la policía para que ésta con sus medios ponga fin a la agresión). El principio de legitima defensa es, sencillamente, una consecuencia natural de la reverencia a la vida y del amor a la justicia.

Por supuesto, es esencial que los medios para derrotar al agresor y evitar que siga agrediendo sean proporcionales. Hacer la guerra al Eje fue justo. Si para ganar en el conflicto los aliados hubieran decidido gasear a los nazis en campos de concentración, como éstos hicieron con ocho millones de seres humanos, entonces su acción habría resultado desproporcionada, injusta y brutal. Hiroshima y Nagasiki fueron actos perversos en una guerra de finalidad justa. Aquellas bombas nunca debieron haber sido arrojadas. No obstante, el hecho esencial de que combatir contra el atroz y salvaje Imperio japonés era justo, permanece inalterado, pese a la barbarie de las bombas atómicas.

Bombardear las defensas antiaéreas y los tanques de Gadafi para que este lunático, corrupto y sádico, deje de imponer su ego enfermo sobre su pueblo es justo. Las ultimas estimaciones hablan de ocho mil muertos masacrados en la represión de su régimen contra en pueblo, desde el inicio de la revuelta. Si los aviones aliados no hubieran intervenido, frenando el avance de las ordas de mercenarios pro-Gadafi, Bengasi se hubiera tarnsformado en otra Sbreniza, en otro Sarajevo.
Ser pacifista es estar siempre del lado de los inocentes, de las victimas. Aveces, desgracidamente, para protegerlas, no hay otro remedio que reprimir activamente al agresor.
(Foto:Berlin. Luis Echanove)

miércoles, 19 de mayo de 2010

Guerras inciviles

Lo que siempre hemos sabido hacer mejor los españoles es matarnos entre nosotros. La historia de España, de hecho, puede ser vista como una sucesión casi ininterrumpida de enfrentamientos internos. Los cronistas griegos y romanos ya pintaron a los ibéricos prerromanos como pendencieros y dados a la gresca entre sí. No es pues extraño que las guerras civiles del final de la República Romana tuvieran su principal teatro de operaciones en Hispania.

En la época goda, la muerte de cada rey (casi siempre por asesinato), degeneraba siempre en batallas entre partidarios de los diferentes pretendientes a la sucesión. La mal llamada 'reconquista' fue en realidad una larguísima guerra civil intermitente, a varios bandos (a veces cristianos contra musulmanes, otras muchas, cristianos contra cristianos, o musulmanes contra musulmanes). Isabel la Católica, 'madre' simbólica de la España unificada, llegó al poder tras triunfar en la guerra civil del reino de Castilla. Carlos V también logró el dominio efectivo de sus territorios españoles tras vencer en dos conflictos civiles (la Guerra de los Comuneros y la de las Germanías).

El Siglo de Oro, en cambio, brindó una extraña etapa de paz interna entre españoles, dedicados como estaban a desfogarse guerreando en Indias, Nápoles, Flandes o donde hiciera falta. Por una vez en nuestra historia, en lugar de hacernos la guerra los unos a los otros, se la hacíamos a los demás. El Imperio tocó a su fin con la Guerra de Sucesión, otro horrendo enfrentamiento fratricida (aunque internacionalizado).

El siglo XVIII nos ofreció una segunda etapa de paz interna, aderezado por campañas externas de tan pocos bríos como la olvidada guerra ruso-española, en la que no se disparó ni un solo tiro. Fue también en el Siglo de las Luces cuando comenzaron a esbozarse esas dos Españas enfrentadas a lo largo de los ciento cincuenta años subsiguientes: la de los ilustrados o reformistas (después liberales) y la de los absolutistas o inmovilistas (después conservadores).

El XIX nos trajo las tres guerras civiles carlistas, además de las revueltas cantonalistas, innumerables golpes de Estado sangrientos y otras modalidades del pavoroso arte de matarse entre conciudadanos.

Y por fin llegó el siglo XX, primero con La Semana Trágica, después con la Revolución de Asturias, dos iniciales “conflictos de baja intensidad” (como dicen los periodistas ahora), preparatorios de ese gran festín de salvajismo que fue la Guerra Civil del 36 al 39, nuestra terrible catarsis nacional. Allí por fin nos matamos entre nosotros con tan bestial saña que al fin decidimos romper ese ciclo infinito de sangre.

Es cierto que guerras civiles ha habido en muchos otros países europeos (la guerra de las Dos Rosas en Inglaterra, la guerra entre rojos y blancos en Rusia, la guerra civil irlandesa…) pero es difícil encontrar alguna otra nación del Viejo Continente con una pulsión tan fuerte hacia la confrontación interna. La ultima guerra civil en Francia tuvo lugar hace más de doscientos años (La Vandee), y, en el Reino Unido (la guerra de Cromwell), hace tres siglos y medio. Alemania e Italia nunca han vivido guerras civiles en sus ciento cuarenta años como Estados unificados. Muchas viejas naciones europeas jamás han sufrido esta lacra en toda su dilatada historia (Portugal, Polonia, los países Nórdicos…)

Parece que al final los españoles, por fin, hemos aprendido a convivir sin autodestruirnos… pero esa multisecular tendencia a agruparse en dos bandos irreconciliables, bajo la mortifera premisa del “o estás conmigo o estás contra mí”, sigue, desgraciadamente, formando parte de nuestro ADN (1) .¿Cambiaremos algún día?
Foto: Ignacio Huerga

(1)
En Alemania democristianos y socialdemócratas son capaces de gobernar juntos, en Portugal derecha e izquierda hacen frente común ante la crisis, en el Reino Unido los diputados votan en conciencia, no en función de las consignas de su militancia. En nuestro país, en cambio, esa mentalidad atávica de “los nuestros” frente a “los otros” nos mantiene atrapados en estas absurdas dos Españas de hoy: la del PSOE y la del PP.

jueves, 6 de mayo de 2010

Dos de mayo

El 2 de mayo de 1808 fue una fecha trágica en la historia de España, cuando la plebe, azuzada por los cavernícolas de la iglesia y la Corte se lanzó a la calle a morir sin causa. Eso la hizo trágica, no 'la invasión' francesa.

No creo que Goya pretendiese en modo alguno, en su óleo maravilloso sobre los combates en la Puerta del Sol, honrar a héroes algunos, sino simplemente, dejar constancia de la barbarie absurda, de la atrocidad sin bandos ni colores. Sus Desastres de la Guerra, sin ir más lejos, reflejan crueldades de la soldadesca francesa a la par que brutalidad por parte de las guerrillas alzadas.

Es interesante pensar el recuerdo colectivo de 'invasor' que nos ha quedado de las fuerzas napoleónicas 1808, y que en cambio, la aventura de los Cien Mil Hijos de San Luis, en 1823, nunca sea vista como eso mismo, como otra invasión... solo que esta vez de corte ultraconservador. Cuando las fuerzas de la Ilustración de Francia entraron en España resulta que éramos invadidos, pero cuando quien nos llegaba de Francia eran las fuerzas del conservadurismo, entonces resulta que venían a liberarnos.

Lo único honroso de la respuesta Española a la Guerra de Independencia fueron las Cortes de Cádiz. Lo demás, desde el cura Merino al sitio de Zaragoza, fue puro sectarismo.

¡Vivan los afrancesados!
(Foto: Ignacio Huerga)

martes, 9 de marzo de 2010

Los dos lados del frente

No sé porque me acuerdo tanto de aquellos tiempos en los Balcanes últimamente. Será la nieve, las montañas, los vientos bélicos o la manera de beber de los paisanos.

Hace un par de semanas, en una cena con amigos holandeses y flamencos, aquí en Tiflis, conocí a Jef. Sin previo aviso se coló la guerra de Bosnia en la conversación. Jef también había estado allí. Trabajó para el ACNUR el mismo año que yo acompañaba convoyes de ayuda de la Unión Europa. Enseguida se generó entre los dos ese secreto hermanamiento que amarra entre sí a aquellos que creen haber vivido algo inexplicable. Desgranamos anécdotas. Creo que fui yo quien primero mencionó el episodio de la caída de Velika Kladusa, uno más de entre tantos cientos de trágicos momentos de aquella contienda enloquecida. Pocos días antes había incluido de refilón una mención aquellos sucesos en este mismo blog. Tal vez eso me hizo recordar de nuevo aquella noche esa batalla irrelevante de una guerra que ya solo hace titulares en los libros de texto escolares.

En julio de 1994 Fikret Abdic, el mafioso local de aquel pequeño territorio al norte de Bihac y aliado circunstancial de los serbios, había sido derrotado por las tropas bosnias. Los miles pobladores del pequeño enclave salieron en desbandada, através de la Krajina, hasta la línea de frente con la zona bajo control croata. La enorme columna de vehículos quedó atrapada en aquella carretara secundaria durante dos meses. Y allí me enviaron, a las pocas horas del aluvión humano, para llevar a cabo las primeras y caóticas distribuciones de agua y alimentos a los atribulados desplazados.

Hablando con Jef aquel recuerdo tomó forma de nuevo, pero de uno modo absolutamente inesperado. Jef me dijo que cuando la batalla final por el norte de Bihac comenzó, él se encontraba casualmente a pocos kilómetros de la zona de combates. Por cuenta propia logró llegar a la línea de artillería bosnia, caerle simpático al oficial (los tragos de rakia y una guapa traductora ayudaron) y, milagrosamente, convencerle para que durante al menos media hora no orientase las salvas de los obuses hacia la única carretera de salida del enclave. Me contó aquello sin ningún triunfalismo ni sombra alguna de orgullo, como si el asunto no tuviera mucha relación directa con él.

Muchas veces a lo largo de estos años me he preguntado cómo logró aquella riada humana huir de la pesadilla de los bombardeos y cruzar la barrera de fuego en plena batalla. Jef, dieciséis años después, me dio la respuesta.

Esa media hora salvó la vida de unas cinco mil personas.

(Foto: Luis Echanove)

viernes, 12 de febrero de 2010

Una semana de invierno

El tipo me lo dijo de repente: "Yo he venido aquí por un libro"- sonrió y se mesó la perilla unos segundos-"un libro especial....no puedo decirte quien me ha enviado a buscarlo, solo te diré que es alguien poderoso, muy poderoso, y que el libro es un ejemplar del Corán muy antiguo y valiosísimo para algunas personas". A esas alturas, ya casi nada podía sorprenderme. Llevabamos seis días juntos en Sarajevo, un mes de enero de 1994.

Me habían avisado de su llegada a Split, en Croacia, pocas horas antes del aterrizaje de su avión. Yo debia esperarle en el aeropuerto, para juntos tomar otro vuelo, esta vez hasta la capital de Bosnia, en el corazón de la guerra. "Este hombre- me dijo con un hilo de voz mi jefe en la ONG- nos va a ayudar a por fin abrir misión en la zona musulmana; con él podemos obtener las garantías y permisos necesarios para funcionar allí y gestionar alguno de los campos de desplazados de la zona". En aquellas guerras balcánicas las organizaciones de ayuda se disputaban las áreas de trabajo como si se tratase de multinacionales luchando por nuevos mercados.

El misterioso personaje me contó la historia de su vida en un par de horas, las que se demaraba el cuatrimotor de Naciones Unidas en arribar al asedidado aeropuerto de la capital bosníaca. Me habló de su infancia granadina, de sus años como músico al lado de Cat Stevens, de su conversión al islamismo y de su actual condición de profesor en la universidad de Medina. "El rey me ha enviado a poner orden y controlar que no le roben las ayudas que manda", decía, y yo no sabía si se refiería a Melchor, a Gaspar o al monarca saudita.

Cruzamos las lineas serbias que separaban el aeropuerto de la ciudad en una tanqueta de los cascos azules egipcios. Los milicianos disparaban por diversión, porque sus balas nada podían hacernos allí dentro, pero el sonido seco de los impactos contra la chapa resultaba bastante inquietante. Además, sienpre existía la posibilidad de que en un golpe de buena puntería lograran estallar alguna de las ruedas.

Recuerdo esos días de Sarajevo entre brumas. Conservo memorias vagas de los dos cruzando bocacalles taponadas con chapas para evitar a los francotiradores, visitas a la carrera a la sede central del ACNUR, a las oficinas del ministerio de sanidad...en todas partes abrían de par en par las puertas al granadino converso, todo el mundo escuchaba con atención sus palabras. Él generalmente sólo hablaba de sí mismo, eso sí, con un tono desenfadado que hacía que su fanfarronería, a la postre, resultase simpática. Prometía ayudas, reñía a gritos a los altos cargos del gobierno por dilapidar la ayuda humanitaria enviada a través de las organizaciones islámicas, contaba chistes en su inglés de cerrado acento andaluz que nadie lograba comprender plenamente.

Y al fin, el último día, me soltó aquello del libro. Supe desde el primer instante que eso no era una brabuconada más. Con detalle me narró como la vieja biblioteca de Sarajevo fue vaciada por el gobierno bosnio para que sus valiosos fondos no resultaran afectados por los bombardeos. La decisión, sin duda, fue extremadamante adecuada, porque a los pocos días de concluir la evacación de los volúmenes el fuego de mortero y un consecuente incendio arrasaron el edificio. Para mayor seguridad, los libros se distribuyeron entre las casas del vecindario. La operación se había llevado a cabo a toda máquina, sin numerar las cajas, sin inventariar las obras. Su misión, pues, era tirar de los hilos que le llevaran al rincón perdido de una habitación cualquiera en una casa anónima donde aquella obra esparaba ser encontrada. Tras su relato, se despidió cortesmente y salió del piso donde nos hospedábamos. "Voy a respirar el frío de la noche", me dijo. Cuando me fui a acostar todavía no había vuelto.

Regresamos a Split al día siguiente. A mitad del vuelo me di cuenta: el hombre agarraba en sus manos, constantemente, una cajita pequeña, envuelta en un paño tosco. Me vio mirarla fijamente pero no dijo nada. Sólo sonrió.

(Foto: Nacho Huerga)