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viernes, 27 de mayo de 2016

Segundo insondable

El dolor mudo 
que deja una canción
cuando termina. 
El paisaje fugaz 
de un tren en marcha. 

La promesa sugerida. 
El trazo en un boceto. 
La luz tenue. 
El susurro quedo.  

Las lagrimas que no se lloran. 
El libro que nadie ha abierto. 
El hueco entre dos viñetas. 
Las lindes, los senderos, los atajos. 

La mirada robada. 
La llamada en espera. 
El numero erróneo. 
Las caricias imaginadas. 

El árbol que no se mira. 
Las olas que ya se han roto. 
Un verso que Machado 
nunca lograba acabar. 

Las horas mustias, 
sin ruido, de la tarde. 
Los minutos aguardando 
el segundo insondable.

sábado, 21 de diciembre de 2013

Un segundo

Las personas vivimos, de promedio, unos dos o tres mil millones de segundos. Parece mucho, pero en realidad no es tanto. Si dedicásemos cada uno de esos segundos, incluidos los de nuestras horas nocturnas, a pensar fugazmente en un habitante actual de la tierra, necesitaríamos dos vidas enteras para completar la tarea de repasar al conjunto de la humanidad. 

Claro está que no todos esos instantes encadenados tienen el mismo peso en nuestro existir. Cada vez que veo al aparca-coches de mi restaurante favorito en Tiflis pienso en un segundo muy preciso de su vida: aquel en el cual perdió una mano, tres dedos de la otra y la movilidad de la pierna derecha. Cuando nos vemos me regala una sonrisa franca y limpia. 

Nunca hemos hablado más allá de las cuatro frases de saludo o despedida de rigor pero, a juzgar por su edad y la naturaleza de sus amputaciones, no es difícil imaginar cómo fue aquel segundo suyo que torció el curso de todos sus sueños de juventud: Años noventa, guerras desgarradoras en Georgia. Una batalla callejera y de pronto la súbita deflagración de la bomba de mano (o el estallido de una mina, o las ráfagas ciegas de la metralleta), y luego el dolor, la sangre, y el silencio, sobre todo el silencio. Silencio de la muerte cuando roza pero no abraza. Silencio de la traza del mal sellando el cuerpo para siempre. 

Un segundo entre tres mil millones, uno solo. Un segundo, dos muñones, y esa pierna renqueante.

(Foto: Luis Echanove)

viernes, 28 de septiembre de 2012

Quince minutos contigo

Tumbado en un banco del parque,
la brisa te trae algunos recuerdos.
Piensas en los días luminosos,
cuando las horas sucedían más despacio.

Tumbado en un banco del parque,
miras pasar la vida ante tus ojos, 
casi hasta el final de la tarde.

Al fin el sol se ha puesto.

La noche esconde un secreto.

(Foto: Luis Echanove)

miércoles, 23 de mayo de 2012

Verano

Hubo un tiempo en que los días duraban a veces como meses enteros, y otras veces eran en cambio breves como un segundo escurridizo. Yo en esa época me levantaba de la cama sin saber en absoluto cuanto tiempo me iba a deparar la jornada por delante.

Si tocaba un día largo, todo podía empezar con un desayuno frugal de tostadas con periódico, eternizarse luego con la modorra de un paseo a ningún sitio, tal vez escuchando música con los cascos (música lenta, por supuesto). Tras un vacío ineludible (las tardes, en verano, son un agujero inmenso en la existencia)  llegaba el placentero principio de la noche. Entraban entonces ciertas ganas de recuperar los cientos de minutos perdidos antes y fácilmente uno se lanzaba en brazos del teléfono: amigos, un bar  y las cervezas.

Si el día en cambio venía corto, entonces desayuno, comida y cena se amalgamaban en una sucesión continuada de gazpachos y pinchos de tortilla, con palabras a tropel aderezándolo todo, y con los sonidos ruidosos y adrenalinicos de Radio Futura marcando el compás. Luego los cubatas de garrafa, los garitos y a ligar –o a intentarlo-. La noche se quemaba como una cerilla que se prende demasiado pronto, convertida en seguida en un patético palillo carbonizado,  para caer después rendido en la cama, agotado, tarde en el reloj, pero tremendamente pronto en tu cabeza.

(Foto: Luis Echanove)

martes, 28 de febrero de 2012

Universos

Ya se sabe que la metafísica, hoy en día, ya no la practican los filósofos, sino los científicos que estudian el Cosmos inmenso y la materia invisible. Sostienen algunos de ellos que el medio en que discurre nuestro existir no es sino uno más  entre una infinitud de universos paralelos. Esta es, al menos, la única explicación verosímil que encuentran al hecho de que los electrones sean capaces de estas a la vez en dos lugares diferentes o, para ser más exactos, de estas y no estar al mismo tiempo en un lugar del espacio-tiempo.

En cada instante de nuestra vida se abre un abanico infinito de opciones ante nosotros: andar o coger el coche, leer un libro o ver la tele, hacer el amor o sestear…según la tesis de los universos paralelos, todas las opciones suceden de forma concurrente, de modo que nuestra vida concreta, hasta el presente, no es sino una de esas infinitas probabilidades, todas ellas ciertas, todas ellas ocurriendo a la vez. Así, en ciertos universos Hitler ganó la segunda guerra mundial. En otros, los dinosaurios nunca se extinguieron. Los hay incluso en los que nunca rompimos con aquel primer amor de juventud.

Hay algunos mundos en todo idénticos a este mismo dentro del cual escribo en mi blog salvo que, al crear la presente frase, en lugar de escribir la palabra idénticos, opté por el término iguales. Hay pues Universos para todas las opciones posibles de la existencia. En algunos Rajoy es un tipo dicharachero, en otros Bin Laden es un monje trapense y los hay también en los que Carla Bruni se casó con Zapatero.

Lo mejor del asunto es que no necesitamos elegir en cual de entre tal maremágnum  de universos paralelos nos gustaría vivir: Cada uno de nosotros ya habita, simultáneamente, en una infinitud de tales mundos.

 (Foto: Luis Echanove)

jueves, 15 de diciembre de 2011

Ahora


Suena esa canción que te estremeció hace, no sé… quince, veinte años. Y ahora el efecto es el mismo: Se eriza tu piel, los ojos se tuercen. Quisieras bajarte de un tren y andar por campos de yerba. Quisieras arrugarte entre las sabanas y despertar en aquellos brazos, y caminar otra vez por esas calles, en otros sueños, en otras vidas…

Pero tu vida es ésta, bajo tu misma piel, y es ahora. Y escribes, y escribes como loco, contra la música que suena, como huyendo de ese ritmo que vuelve ceniza a esos quince o veinte años  desde entonces.

Escribes, escribes sin cesar por no escuchar, por no dejarte llevar de nuevo al lugar del que ya no podrás volver.


(Foto: Luis Echanove)

lunes, 5 de diciembre de 2011

Llegar, al fin

Guerrero del amor, hijo de este tiempo, remolino, pobre niño parido en la montaña, para llegar al fin a la victoria
(Duo Guardabarranco)

Aquí están, los recuerdos
esperando a salir volando
con la espita de la música
abriendo de par en par
las puertas al cielo azul inmenso.

Y van brotando en aluvión:
la sonrisa de una campesina en la montaña,
los acordes de una guitarra
en aquel café de las veladas largas,
el rugir de las olas batiendo
las arenas del Pacifico.
El calor empalagoso de la ciudad
al mediodía.

La esperanza ahora muerta,
el muñón de la herida
del guerrero,
la pobreza ilimitada,
y los niños jugando
a ser libres en el basurero.

Los recuerdos corren
ahora sueltos
por esta fría mañana
de un invierno, en otro lugar,
en otro tiempo.

(Foto: Granada, Nicaragua. Luis Echanove)

jueves, 1 de diciembre de 2011

Versos contra el tiempo (y 4)



Siempre supiste
que las palabras
tienen vida;
pero sólo ahora comprendes
que cada vez que hablas,
mueres un poco.

(Foto: Luis Echanove)

Versos contra el tiempo (3)


Aquello que dejaste atrás
eras tu mismo.
Por eso ahora te reconforta
el recuerdo de aquel verano,
cuando los días
transcurrían sin reloj.

(Foto: Ignacio Huerga)

miércoles, 30 de noviembre de 2011

Versos contra el tiempo (2)


En un día largo
cuando las cosas suceden
unas tras otras
sin que nos demos cuenta,

a veces un segundo
se eterniza: Como hoy,
mirando la nieve
en la montaña.

Me acuesto y no retengo
en la memoria
ninguna de esas palabras
(tan importantes),
ni el informe escrito,
ni el programe visto
o la conversación rota.

Pero guardo, sí, ese segundo,
larguísimo, blanco y salpicado
de sombras, vientos y abetos jóvenes.

Es un segundo fresco, limpio
como el azul del mar;
dócil, como unos ojos alegres
que ocultan cierta tristeza.

(Foto: Luis Echanove)


Versos contra el tiempo (1)

Cuanto tiempo ha de pasar
para que yo comprenda
que el tiempo no pasa,
que nada acontece,
y que, suceder, es un verbo transitivo,
vaporoso, ilimitado
como en cielo en un día de nubes rasas.

Cuanto tiempo ha de pasar
para que yo comprenda
que era en los detalles
(esa yerba retozando en la mediana)
y no en la ruta donde se escondía
ese secreto enorme que me punza.

Espero aun ese día, elusivo, intangible,
cuando al fin el tiempo, volteándose de pronto,
se encare conmigo y me confiese:
'No existo; deja ya de buscarme;
¿no comprendes?'

Y mientras, a veces desconfiado,
aún ando tras él, sin ver jamás su rostro,
sino sólo el perfil romo de su espalda huidiza
doblando las esquinas con desgana inmensa.

Cuanto tiempo ha de pasar
para que yo comprenda
que el tiempo no pasa.


(Foto: Luis Echanove)

martes, 4 de octubre de 2011

Cinco minutos

Apenas cinco minutos para escribir una entrada de blog…después he de partir a una reunión con la Agencia Georgiana de Alimentación para discutir los términos de nuestro apoyo. He escrito erróneamente 'discurrir' en lugar de 'discutir' y eso me hace recordar a mi abuela. Ella siempre usaba el termino 'discurrir' en lugar de 'pensar'. Entre tanto he abierto un video de Youtube y escucho una vieja canción de Ricardo Arjona, con esperanza de que tranquilice mis neuronas o al menos dome mi atolondramiento, ayudándome a redactar algo coherente.

Cuatro minutos ahora, o tal vez menos, y aun no he logrado narrar nada con contenido. El tiempo vuela; sí, vuela sobre el cielo azul de una tarde que ha arrancado envuelta de sol. Pero yo, en cambio, permanezco aquí en tierra, lejos del tiempo que siempre parte lejos, como quien ha llegado tarde al aeropuerto y aun no sabe si reír, llorar o buscar otro avión.

Tres minutos. La canción no ha terminado todavía. El tipo musita, con voz quejosa: 'la chica es de clase muy sencilla'…el español de America Latina seduce a los oídos de los peninsulares. Esto de escuchar música que trae recuerdos es peligroso: Cualquier día dejaré de saber a que momento de ese tiempo volador estoy asido.

Dos minutos. Me acerco al peligroso santiamén de la recta final, cuando el corazón se acelera, todo apremia y ya no quedan más alternativas que correr a la desesperada. Entre tanto, mi entrada de blog no da visos de aparecer por parte alguna.

Un minuto. Sigue la música, a la que ahora comienzo a coger manía ('¿que es lo que hace un taxista seduciendo a la vida?', se pregunta Arjona, con cierto tono quedo). Escribir es como cazar capsulas de tiempo con un matamoscas: Al final puede que las atrapes, pero a costa de asesinarlas. Y ahí quedan, espachurradas, con las alas rotas, y ya sin navegar por el aire.

Cero minutos. El tiempo ha volado para siempre.

(Foto: Ignacio Huerga)

Lluvia de luz

La mañana se derrama sobre la ciudad, como una lluvia de luz y viento silbante. Olalla hace que lee un libro. Juanito dibuja un pistolero en una pequeña cuartilla. Llegará la hora de ducharse, y de comer, de tirarse pues al mundo (al mundo de los libros que sí se leen y de pistoleros de carne y hueso) y este breve instante, pequeño como el papel del dibujo, se disolverá para siempre.

(Foto: Ildefonso Bellón)

domingo, 29 de agosto de 2010

Tiempo desatado

Libre, desatado…al menos durante el transcurrir de esta sintonía en la radio. Lucho por volar en el lapso mínimo que tarda un cigarrillo en ser ceniza. Pero algo me detiene: las caladas, en un milagro, se hacen más pausadas, las notas de la canción más ligeras.

La noche pierde el tiempo.

(Dibujo de Ignacio Huerga)

lunes, 10 de mayo de 2010

Mañana

No se porque decías siempre que todas las mañanas te parecían casi iguales. Yo las encuentro muy diferentes entre sí. La de ayer por ejemplo, me trajo tu sonrisa, una conversación corta entre los dos y varios momentos de sosiego en un banco mirando al mar. Hoy en cambio, nada de eso puede brindarme el día. Esta mañana de hoy es completamente distinta a todas las anteriores, aquellas que compartimos juntos.

La de hoy es una mañana muy diferente, porque ayer te fuiste, te fuiste para siempre. Ya no estás junto a mí, ni puedes por tanto recordarme que todas las mañanas son tan semejantes que a veces resulta imposible distinguirlas. Por eso ya no me quedan a mi tampoco mañanas por delante, tan solo atardeceres, atardeceres tristes.

(Foto: Ignacio Huerga)

jueves, 4 de septiembre de 2008

Que el tiempo no te cambie

Mi hijo Juan colorea el mundo.

Se muerde un poco la lengua, concentra su mirada de casi tres años en la punta roma del lápiz azul, y colorea el mundo. Pinta un calamar alargado ("un poquito feo", según él). Nada parece importarle tanto en la vida como su calamar larguirucho. Lo rellena de naranja. Dibuja luego un barco, tieso como un poste de luz. Después un triángulo con cara de delfín. "Ya he terminado", dice de pronto. "Papá…¿sabes? En las calles de España no hay caracoles", añade muy resuelto.

De fondo suena "Que el tiempo no te cambie", de Tequila, en versión a ritmo lento de Los Secretos.

jueves, 28 de agosto de 2008

Versos conversos

La visión

El tiempo es una cama azul de luz. La luna duerme sobre el agua. Sopla un viento fuerte. Tu barco navega detrás de un sueño, húmedo y blanco como un día triste.

Pregunto a mi sombra cual es el secreto para entender la escritura de las olas en el mar. "Mira la música; escucha las estrellas; y no te olvides nunca de llorar cuando tengas ganas", me responde.

(Foto: Luis Echanove)

lunes, 11 de agosto de 2008

Nadie puede parar

Una vez me encontré con el segundo siguiente…ese que siempre está por llegar, ese que aguarda tras la esquina del silencio para huir a la carrera en cuanto uno dobla la calle del presente. Di con él de bruces. La sorpresa mutua fue mayúscula. El segundo siguiente se sentía descubierto, arrinconado y algo ansioso. Yo le miraba atónito, pero cara a cara. Sus ojillos inquietos pedían conversación. “Escúchame y vete, vete a un lugar donde encuentres el sol”, me dijo. “Eso que me has dicho”- contesté- “lo escuché en una canción hace ya mucho tiempo”. Y supo que era verdad.


(Foto de Luis Echanove)

martes, 5 de agosto de 2008

Inmersión en tu pecera

Cuestión de caracteres

Miras al cielo y no ves nada, el resol clarea tu vista. Detienes la mirada en la pantalla, un minuto más, una hora más, un día más.

Ya nada es firme, nada existe con certeza, salvo esos caracteres Times New Roman que tanto detestas, o que tanto amas, quien sabe. Es el final de algo, o tal vez el principio, pero un cambio esta por suceder. Lo sabes porque, de algún modo, los márgenes de la página han sido trastocados y el formato del párrafo ya no es igual.

Y ahora escribes en letra Arial, o en Book Antiqua, incluso en Comic Sans MS. Y sabes –porque el ordenador te lo ha dicho- que tu vida es un error, que todo es mentira, que lo único que existe, al fin y al cabo, son los caracteres en tu texto.
(Foto: Luis Echanove)

jueves, 13 de diciembre de 2007

El recolector de cromos

Ahora
Hay unos tiempos mágicos en la vida de cada quien, dispersos en el entramado de calles de nuestras vidas. Son segundos vacíos de palabras y colmados de sensaciones sin nombre. Como un temblor en la mirada antes de llorar. Como una canción dolorosa. Como una sonrisa que nunca se terminó de dibujar pero estalló íntimamente.

Los filósofos buscaron durante siglos la esencia de las cosas. Los científicos atrapan moléculas con cañones de neutrones. Pero esta mañana de sábado la esencia del tiempo, diluida en el calor siempre estival de esta ciudad de rascacielos, se ha posado en la palma de mi mano.
(foto: Luis Echanove)