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jueves, 2 de junio de 2016

En la tarde

Me equivoco tantas veces…
Yerro en los recuerdos
creyendo que el color de la tarde
iluminaba los rostros siempre.

Falto a la verdad con estos versos
que quieren agarrar este segundo.
Miento dejándome llevar
a ningún lado.

Falseo el verde de ese árbol,
el pálido azul de un cielo triste,
y la transparencia de este cuarto.
Finjo, simulo, exagero…

Si fuera fiel a una verdad,
a una tan solo
(tal vez pequeña)
entonces callaría. 

viernes, 27 de mayo de 2016

Segundo insondable

El dolor mudo 
que deja una canción
cuando termina. 
El paisaje fugaz 
de un tren en marcha. 

La promesa sugerida. 
El trazo en un boceto. 
La luz tenue. 
El susurro quedo.  

Las lagrimas que no se lloran. 
El libro que nadie ha abierto. 
El hueco entre dos viñetas. 
Las lindes, los senderos, los atajos. 

La mirada robada. 
La llamada en espera. 
El numero erróneo. 
Las caricias imaginadas. 

El árbol que no se mira. 
Las olas que ya se han roto. 
Un verso que Machado 
nunca lograba acabar. 

Las horas mustias, 
sin ruido, de la tarde. 
Los minutos aguardando 
el segundo insondable.

martes, 3 de noviembre de 2015

Nada en medio

Yo te quiero por cosas muy cotidianas,
como tu manera de inclinar la cabeza
cuando sales de la ducha,
o el modo despistado con que miras
a través del cristal cuando viajamos en coche.

Te quiero porque te gusta que la gente
sonría cuando hablas, y porque,
aunque casi nunca lloras del todo,
cuando lo hace me conmueves
hasta romperme de cuajo por dentro.

Te quiero porque eres flaca y tu cintura suave,
porque duermes con antifaz
y bebes a sorbos los placeres de la vida.
Te quiero a lo largo de tus piernas infinitas
y de tus labios jugosos.

Y te quiero también por las cosas grandes,
por los logros difíciles,
las horas de desvelo
y las conversaciones dolorosas.
Te quiero porque la vida sin ti
no es vida, sino vacio.

Te quiero porque allí donde tú acabas
yo empiezo,

y no hay nada en medio. 

lunes, 8 de julio de 2013

Entropía tropical

A mi amigo José Fons, con la esperanza de que nos regale su primera novela pronto.

“Cruzaban los callejones de intramuros bajo el chaparrón tropical, tan desamparados y a la intemperie como el último comando de replicantes”. Lagrimas en la lluvia. David Sentado. Ediciones Moreno Mejias, 2014.

Hay esperas desesperantes, y aguardar todos estos años a esa primera novela de David Sentado ha rozado ese límite. No obstante, la espera ha merecido la pena: Con Lágrimas en la lluvia, la opera prima de Sentado[1], el autor ha superado todas las expectativas. Porque, digámoslo de una vez por todas: Nos encontramos frente un compendio alfabético de saber hacer literario; un auténtico manual de viaje por las concurridos vericuetos de la Manila que fue y ya no es; un homenaje póstumo a la literatura hispanofilipina  y un recetario para elaborar un best seller. Todo eso, en un solo libro (eso sí, de 1924 páginas; un guiño, tal vez, al año en el que se desenvuelve la trama). Barroca y minimalista a la vez, Lagrimas en la lluvia está destinada a convertirse en una obra de referencia en la esclerótica y moribunda literatura filipina en la lengua de Cervantes. 

El argumento de la novela, aunque sazonado de un tonificante surrealismo, resulta, a la vez, bastante verosímil: ¿Qué habría sucedido si el poeta Miguel Hernández, en lugar de nacer en Orihuela (Alicante), hubiera venido al mundo en la provincia de Panpanga, en las islas Filipinas?  En un divertido y a la vez arriesgado ejercicio de historia ficción, Sentado, tras describir en un bello capitulo inicial[2] la infancia del protagonista como rapaz al cuidado de los cebúes de su barangay, ubica la juventud de ese Miguel Hernández asiático en la trepidante Manila de los años veinte. Allí, el pueblerino poeta enseguida se gana la admiración de la decadente élite hispanófila, a la vez que la animadversión de los funcionarios norteamericanos, suspicaces ante los aires nacionalistas de joven vate[3]. No le faltan a la obra dosis de comedida pasión, incluida alguna que otra descripción detallada de los revolcones amorosos de Hernández con la bella y pervertida hija de un misionero evangelista  de Wisconsin llegado a las Filipinas para convertir a los recelosos cortadores de cabeza de Bontok.

Personajes de ficción y otros reales desfilan ante los ojos atónitos del lector, atrapado en seguida por el trepidante ritmo de la novela. Así, un capitulo entero se centra en la narración de la breve estancia en la capital filipina de Blasco Ibáñez (icono literario levantino, como el propio Hernández o el mismo Sentado). Manuel Quezón o el general Wood (gobernador gringo del ocupado país) o una jovencísima y anacrónica Imelda Marcos[4] se dejan caer también a lo largo de las páginas. La propia ciudad de Manila, esa Manila señorial y a la vez moderna de los años veinte, se convierte en personaje con voz propia en esta magna obra multitonal, al modo del Dublín de Joyce.

Pizcas de humor salpican también el libro aquí y allá, aunque solo en esa justa medida o, en irónicas palabras del propio Sentado en una reciente entrevista, “solo la dosis necesaria  para que un futuro próximo se pueda elaborar alguna tesina universitaria titulada El humor en Lagrimas en la lluvia[5]. Así, por ejemplo, en lugar de la Nana de las cebollas, el Miguel Hernández panpangueño compone una hilarante Oda de los mangos.

El Hernández tropicalizado y archipelágico de Sentado no muere tuberculoso en un fétido penal tras una guerra fratricida. No obstante, su final no resulta menos trágico que  el del poeta republicano: El protagonista de Lágrimas en la Lluvia logra escapar por los pelos de los desmanes de la segunda guerra mundial y las tropelías niponas y, tras publicar su ultima obra en castellano (un poemario dadaísta llamado El Perroberde[6]), decide no regresar ya nunca a su tierra patria. Se retira a Nueva York, en donde deja de escribir en español y se convierte en guionista de series americanas para televisión. Nonagenario, adiposo, enfermo e ignorado por todos, transformado en un autentico zombi o tal vez en un replicante de sí mismo, el Miguel Hernández clónico fallece mientras recita en karaoke sus propios poemas en un club filipino de Brooklyn.

 (Fotos: Luis Echanove)


[1] Segunda obra, en realidad, si tomamos en cuenta su seminal colección de artículos intitulada Sostiene Sentado.
[2] “Es que somos muy pobres”, se titula este primer capitulo, en regencia evidente a cierto cuento corto de Juan Rulfo ambientado precisamente en Filipinas.
[3] Así pues, el antifascismo del poeta español del 27 tiene su reflejo en el anticolonialismo de su calco filipino.
[4] La histriónica política filipina nació en 1929.
[5] Cfr. Revista Cultural Hispano filipina, numero 3, p.72.  Embajada de España en Filipinas.2012.
[6] Titulo inspirado, tal vez en  El Gatopardo (gato-pardo).

jueves, 27 de junio de 2013

Camino de vuelta


No importa cuantas veces recorras el camino de vuelta. Al final, nunca volverás al mismo sitio.

 (Foto: Luis Echanove)

jueves, 25 de octubre de 2012

Tumbado

Tumbado en medio de la nada, miro a la pared desnuda y juego a imaginar versos escritos con los pespuntes de sus grietas.

Ahí, justo bajo la sombra inclinada del rincón, encuentro sin querer una letra 'T', espigada y altiva como un girasol en primavera. Con ella empiezo a desbrozas las palabras, una tras otra, y escribo: "Tumbado en medio de la nada, miro a la pared desnuda y juego a imaginar versos…(…)"

(Foto: Ignacio Huerga)

lunes, 22 de octubre de 2012

Shakuhachi

Algunos monjes zen de la escuela rinzai decidieron hace siglos que permanecer sentados meditando koans –esos acertijos sinsentido que buscan romper el bucle del ego- sobre el tatami estaba muy bien, peor que el gran reto sería tal vez meditar tocando la flauta, con un cesto cubriendo la cabeza (para evocar la negación del ego personal) mientras caminaban de forma itinerante.

Un par de siglos después los shogunes, amos despóticos del nuevo Japón naciente, encontraron estas prácticas demasiado heterodoxas y prohibieron tocar la flauta tradicional japonesa con fines religiosos. Dicen que sospechaban que algunos samurais enemigos de la naciente monarquía centralizada se escondían bajo los cestos de mimbre. Quien sabe. Aunque la prohibición sólo duró 4 años, acabó casi por completo con la práctica de los monjes flautistas errantes.

Como casi siempre sucede, algunos monjes logaron mantener viva la tradición a escondidas. Hoy, el shakuhachi, o música zen con flauta, es una rareza al borde de la extensión, y solo unos pocos maestros elevados, en un par de monasterios, conocen sus verdaderos secretos. No obstante, y gracias a Youtube, puedo ahora también yo escucharlo.

El sonido silbante del aire arrastrándose a través del caño de la flauta me produce la misma sensación que la de alguien soplándome en el cogote. Es increíble.

(Foto: Ignacio Huerga)

viernes, 28 de septiembre de 2012

Quince minutos contigo

Tumbado en un banco del parque,
la brisa te trae algunos recuerdos.
Piensas en los días luminosos,
cuando las horas sucedían más despacio.

Tumbado en un banco del parque,
miras pasar la vida ante tus ojos, 
casi hasta el final de la tarde.

Al fin el sol se ha puesto.

La noche esconde un secreto.

(Foto: Luis Echanove)

miércoles, 26 de septiembre de 2012

Perdidos

A veces nos sentimos perdidos en esta vida, como si de verdad hubiera una trama reticulada sobe la que andar, un haz de caminos ante nuestros ojos…más bien es un prado inmenso el que se abre frente a nuestra sombra; un prado de alta yerba brillante, flambeando al viento.

Esa planicie inmensa no llama con su grito sin voz, invitándonos a cruzarla a la carrera, sin trazas, sin recorridos fijados… nos quedamos sentados en las márgenes, mirando el pasto bailar al son del aire, gozando su colorido intenso con la vista, aunque incapaces de hoyar con nuestros pies descalzos el mar verde.

Pero en algunas ocasiones, muy contadas, dejamos de pensar, de sentir incluso, y solo queremos correr, cruzar la pradera inabarcable.

Es entonces cuando estamos vivos.

(Foto: Luis Echanove)

lunes, 14 de mayo de 2012

Nunca escribo el remite en el sobre

Estás alegre hoy,
Y por eso mismo triste.

Sonríen tus hijos,
y en sus ojos brillantes
de felicidad sin puertas
tú -ajado por los años-  
quieres ya ver los surcos
tajándoles el sendero,
y los riesgos del tropiezo,
y los cerrojos en las puertas

Dices siempre que la alegría,
en el fondo,
esconde cierta sombra,
como un velo,
o un final anunciado.
Dices… sí, y luego callas,
y los miras otra vez
(a los niños, y a sus ojos brillantes)
y ya no ves las puertas;
solo un raudal, camino del gran mar,
sin linderos.

(Foto: Ignacio Huerga)

lunes, 5 de diciembre de 2011

Llegar, al fin

Guerrero del amor, hijo de este tiempo, remolino, pobre niño parido en la montaña, para llegar al fin a la victoria
(Duo Guardabarranco)

Aquí están, los recuerdos
esperando a salir volando
con la espita de la música
abriendo de par en par
las puertas al cielo azul inmenso.

Y van brotando en aluvión:
la sonrisa de una campesina en la montaña,
los acordes de una guitarra
en aquel café de las veladas largas,
el rugir de las olas batiendo
las arenas del Pacifico.
El calor empalagoso de la ciudad
al mediodía.

La esperanza ahora muerta,
el muñón de la herida
del guerrero,
la pobreza ilimitada,
y los niños jugando
a ser libres en el basurero.

Los recuerdos corren
ahora sueltos
por esta fría mañana
de un invierno, en otro lugar,
en otro tiempo.

(Foto: Granada, Nicaragua. Luis Echanove)

viernes, 2 de diciembre de 2011

Sobre el escritorio

Un manto de luz eléctrica
tiñe la mesa sobre la cual escribo.
Los objetos se derraman
descolocados, durmiendo
su sueño inerte:
Una caja con bolígrafos,
dos billetes, tres monedas,
una bola del mundo giratoria
y el paquete de tabaco.
Todo en su sitio,
como colocado al azar
hace milenios.

Las líneas falsamente paralelas
de la fornica muerta
trazan rieles imposibles,
que a veces chocan
en nudos pequeños.

Permito yo a mi pluma
deslizarse sobre el cuaderno
libremente;
tal vez por escuchar
el sonido ronco de sus trazos,
o mas bien
para darme la disculpa
de mirar de vez en cuando,
a hurtadillas,
a esta mesa,
con sus objetos
ordenados en el desorden.
Todo en su sitio,
desde que el mundo es mundo.
Todo esperando un final imposible.

Que nadie toque las monedas,
ni fume nadie esos cigarrillos.
Que la bola giratoria no de más vueltas.

(Foto: Luis Echanove)

Bajo los planetas

Tres estrellas alineadas
se asoman entre las nubes
en una noche silenciosa;
(aunque dentro, en la habitación,
el calefactor emite su sonido familiar).

Acaba el día sobre la ciudad
atrapada entre montañas.
Yo miro a esas estrellas
y pienso en sus planetas lejanos,
que no veo, a lo lejos,
al fondo del cielo oscuro,
allí donde las montañas,
las ciudades, las nubes
y mi habitación desaparecen
en un torrente de silencio.

(Foto: Luis Echanove)

jueves, 1 de diciembre de 2011

Versos contra el tiempo (y 4)



Siempre supiste
que las palabras
tienen vida;
pero sólo ahora comprendes
que cada vez que hablas,
mueres un poco.

(Foto: Luis Echanove)

Versos contra el tiempo (3)


Aquello que dejaste atrás
eras tu mismo.
Por eso ahora te reconforta
el recuerdo de aquel verano,
cuando los días
transcurrían sin reloj.

(Foto: Ignacio Huerga)

miércoles, 30 de noviembre de 2011

Versos contra el tiempo (2)


En un día largo
cuando las cosas suceden
unas tras otras
sin que nos demos cuenta,

a veces un segundo
se eterniza: Como hoy,
mirando la nieve
en la montaña.

Me acuesto y no retengo
en la memoria
ninguna de esas palabras
(tan importantes),
ni el informe escrito,
ni el programe visto
o la conversación rota.

Pero guardo, sí, ese segundo,
larguísimo, blanco y salpicado
de sombras, vientos y abetos jóvenes.

Es un segundo fresco, limpio
como el azul del mar;
dócil, como unos ojos alegres
que ocultan cierta tristeza.

(Foto: Luis Echanove)


Versos contra el tiempo (1)

Cuanto tiempo ha de pasar
para que yo comprenda
que el tiempo no pasa,
que nada acontece,
y que, suceder, es un verbo transitivo,
vaporoso, ilimitado
como en cielo en un día de nubes rasas.

Cuanto tiempo ha de pasar
para que yo comprenda
que era en los detalles
(esa yerba retozando en la mediana)
y no en la ruta donde se escondía
ese secreto enorme que me punza.

Espero aun ese día, elusivo, intangible,
cuando al fin el tiempo, volteándose de pronto,
se encare conmigo y me confiese:
'No existo; deja ya de buscarme;
¿no comprendes?'

Y mientras, a veces desconfiado,
aún ando tras él, sin ver jamás su rostro,
sino sólo el perfil romo de su espalda huidiza
doblando las esquinas con desgana inmensa.

Cuanto tiempo ha de pasar
para que yo comprenda
que el tiempo no pasa.


(Foto: Luis Echanove)

miércoles, 13 de julio de 2011

No seguir el camino

'Me gusta andar, pero no sigo el camino. Lo seguro ya no tiene misterio'. (Facundo Cabral)

Vino al mundo en una paupérrima familia de provincias. A los nueve años se marchó sólo a la capital. Había oído a alguien decir que el presidente del país daba trabajo a los pobres. Nadie sabe como, pero logró colarse en una recepción oficial y acceder a la primera dama. Ésta, conmovida ante el niño harapiento, buscó un empleo a su madre. La humilde familia se traslado a la gran ciudad, y, aunque los apuros económicos se paliaron en parte, el círculo de pobreza y marginación seguía atrapándoles. A los diez años era alcohólico. Fue internado en un reformatorio y de allí se fugó. A los 14 un jesuita le enseñó a leer y escribir. Entonces empezó a devorar libros obsesivamente, y pronto adquirió una cultura notable. Sin estudios, sin empleo, se lanzó a la calle y terminó tocando la guitarra por las esquinas.

Comenzó a crear canciones, limpias, poéticas, al principio con poco éxito. Al cabo del tiempo, por azares de la vida, llegó la fama. Su música comenzó a escucharse por todo el continente. Se casó con una mujer a la que amaba. Era feliz, aunque aquello duró poco: la vida seguía negándole un camino derecho. Ella murió enseguida en un accidente horrible. El, triste y solo, hubo de exiliarse cuando los militares tomaron el poder. Sus canciones, gritos alegres de justicia social, no gustaban a los generalísimos torturadores. Recorrió el mundo dando conciertos. Ya nunca volvió a vivir en una casa. Migraba de hotel en hotel, siempre ligero de equipaje. Un día se desprendió de todos los trofeos, reconocimientos y discos de oro regalándoselos a un taxista amigo.

Al cabo de los años pudo por fin regresar a su patria. El público le recibió con pasión. Pareciera que por fin lograba acariciar, sino la felicidad, al menos una dicha sin sobresaltos. Pero la vida se había empeñado en ser perra con él: fue perdiendo vista hasta quedar casi ciego. No importó: Sus ánimos nunca flaqueaban y su espíritu de vagabundo ilustrado le mantenía siempre a flote. Amigos nunca le faltaban. Pacifista practicante, seguía guerreando con sus canciones y su guitarra allí donde le llamaran.

Y le llamaron a Centroamérica. Tras una gira salvadoreña, aterrizó en Ciudad de Guatemala, capital de un país maldecido por el destino. Tres coches negros con sicarios se cruzaron en su camino del aeropuerto al hotel. Descerrajaron sus metralletas sobre el cantor errante, que murió al instante, por error, confundido tal vez con otro.

Pasó su vida luchando con tesón generoso por redimir al mundo con su música alegre pero comprometida. Dicen que la vida de los auténticos trovadores nunca fue fácil. La felicidad, a veces, es jodidamente esquiva con quien más la merece.

Facundo Cabral, poeta y cantautor argentino, murió asesinado en Guatemala el 9 de julio de 2011.
(Foto: Ignacio Huerga)

lunes, 14 de marzo de 2011

Un momento por encima de lo cierto


La tormenta de primavera me aplasta con sus sombras de luz y de belleza. Un susurro lejano golpea al viento. El mar se sacude la muerte en la distancia.

(Foto: Ignacio Huerga)

lunes, 28 de febrero de 2011

Nombre propio

Hoy paseo flanqueado por los altos árboles que ensombrecen a sus hojas muertas.

Piso el camino viejo. Limpio el polvo de los setos con la mirada y levanto la vista al cielo azul y blanco que me maravilla.

Hoy son un negro trazo cruzando las franjas alternas que formal el camino de la realidad. Soy el alma de los troncos, el espíritu de las ramas que no se mueven. Hoy mis pasos tienen todos nombre propio.
(Foto: Ignacio Huerga)