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lunes, 14 de marzo de 2011

Un momento por encima de lo cierto


La tormenta de primavera me aplasta con sus sombras de luz y de belleza. Un susurro lejano golpea al viento. El mar se sacude la muerte en la distancia.

(Foto: Ignacio Huerga)

jueves, 27 de agosto de 2009

Un encuentro en la playa

Miró al mar largo rato. Luego cerró los ojos y se dejó zambullir en el aire fresco y en el ronco fluir de las olas rompiendo. Estaba sola en la playa inmensa. De pie, frente al horizonte, con los brazos abiertos y el rostro humedecido, intentaba atrapar rayos de sol. Pasó un rato largo. De pronto sintió pasos sobre la arena, pero no abrió los ojos. El ligero sonido sobre el suelo mullido se acercaba. Y ella seguía sintiendo…sintiendo el frescor de las gotas del mar en su rostro, y el sol suave, y el aire breve…y también esos pasos, cada vez mas próximos. De pronto ese sonido de alguien caminando se detuvo. Percibió una presencia muy próxima, sentía otra respiración, olía otro cuerpo, muy cerca. Pero no abrió los ojos aun. Seguía sometida al hechizo del horizonte. Y aquella presencia ya no se movía, permanecía ahora varada a su lado, como una sombra. Estaba cerca, muy cerca, casi la rozaba. Y ella no abrió aún los ojos. Al fin notó que era tocada, tal vez por unos dedos al final de un brazo extendido. Fue un simple toque, una caricia fugaz. Y entonces, sí, por fin abrió los ojos. Y se vio: se vio a si misma, se vio a si misma mirándose a si misma. Y quiso salir corriendo, pero no pudo. Y quiso cerrar los ojos, pero no pudo.

(Foto: Luis Echanove)

martes, 28 de octubre de 2008

Viento

Ha nacido mi hija. El viento sopla fuerte hoy en Madrid. Recogidos en la casa, escuchamos canciones de otro tempo y otro país. Y siento que otro viento, el de la vida, sopla también, en los ojos dormidos de Olalla, en la sonrisa de Juan, en las carreras de Carmen buscando curiosa unos columpios. La vida lo llena todo, surge, brota con fuerza, crece, se enrosca, a veces duele, otras estalla como un haz de luz al atardecer. La vida sobrevuela las calles de mi ciudad, navega por los cielos, se posa en las fotografías, en los objetos cotidianos, en los paisajes, en las conversaciones con los amigos, en los libros, en las canciones, en los momentos perdidos. La vida sobreviene, la vida impone su ingenuo mirar. La vida, al fin, también acaba, pero brota de nuevo, siempre, en las hojas de los árboles, en las crestas de las olas, en los ojos de Olalla, de Juan, de Carmen.
(Foto: Luis Echánove)

lunes, 19 de noviembre de 2007

Las historias del gusano barrenador


Física y química
Las risas de los niños golpean las paredes de conglomerado. Las aulas calientes se oscurecen al mediodía. El calor pastoso hace vibrar el aire con parsimonia. Contrasta esa calma chica de vapor estático con el correr incesante de los niños. Unos cuantos se arremolinan ante la pila para sacudir el lampazo después de fregar. En el perímetro de la escuelita varios jirones de plástico hondean atrapados en las púas del alambre espino, como banderolas mágicas de algún culto tibetano. Pero no es el Tibet. Es el distrito once de Ciudad Sandino.

En la calle polvosa un hombre azuza al caballo agotado. Carga en su carretón melones amarillos del tamaño de pelotas de jugar a los bolos. Unas varas más adelante otro carretón, con otro hombre azuzando a un caballo igualmente agotado transporta otros melones amarillos. Chapotean los cascos de ambos caballos cuando cruzan los charcos hediondos que salpican la calleja.

En la esquina la mujer que vende tortillas se abanica con un pedazo de periódico, con el rictus apesadumbrado del mediodía. Esa tez arrugada como la piel de los melones amarillos que los carretones transportan. Esos labios doblados y la mirada posada en la nada. No cabe duda: aquella vendedora se encuentra aplastada por el momento, como atrapada en una jaula cuyos barrotes son los instantes solidificados. Todo se derrite al medio día, menos la sensación plomiza del tiempo en suspenso.

El aire acarrea las voces de los muchachos en la escuela, y las encamina, calle abajo, en dirección al lago. Y allá las vierte, y sobre las aguas flotan hasta cruzarlo. Las voces sobrevuelan los raudales del río San Juan y rompen contra el Caribe en una espuma de burbujas frías y diminutas. Después trazan un curso errático por el Atlántico y se dispersan por los mares que bañan todos los continentes.

Y es así, en forma de risas y gritos infantiles, como el tiempo, petrificado en el distrito once de Ciudad Sandino, un mediodía cualquiera abandona su cascarón transparente y se diluye en el ancho mundo.