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martes, 15 de enero de 2013

Una vez más

Una vez más la luz del sol borró la noche más rápido de lo que  hubiera deseado. Se sentía inquieto. A decir verdad, todos en la ciudad lo estaban. Esa inquietud se alimentaba a sí misma, crecía y crecía de conversación en conversación. Hay una forma de ruido que modifica de modo extraño la cadencia de lo real. Ningún otro sonido resulta nunca tan poderoso. Y ahora  por fin habían escuchado esa señal intempestiva. 

(Foto: Luis Echanove)

jueves, 27 de agosto de 2009

Un encuentro en la playa

Miró al mar largo rato. Luego cerró los ojos y se dejó zambullir en el aire fresco y en el ronco fluir de las olas rompiendo. Estaba sola en la playa inmensa. De pie, frente al horizonte, con los brazos abiertos y el rostro humedecido, intentaba atrapar rayos de sol. Pasó un rato largo. De pronto sintió pasos sobre la arena, pero no abrió los ojos. El ligero sonido sobre el suelo mullido se acercaba. Y ella seguía sintiendo…sintiendo el frescor de las gotas del mar en su rostro, y el sol suave, y el aire breve…y también esos pasos, cada vez mas próximos. De pronto ese sonido de alguien caminando se detuvo. Percibió una presencia muy próxima, sentía otra respiración, olía otro cuerpo, muy cerca. Pero no abrió los ojos aun. Seguía sometida al hechizo del horizonte. Y aquella presencia ya no se movía, permanecía ahora varada a su lado, como una sombra. Estaba cerca, muy cerca, casi la rozaba. Y ella no abrió aún los ojos. Al fin notó que era tocada, tal vez por unos dedos al final de un brazo extendido. Fue un simple toque, una caricia fugaz. Y entonces, sí, por fin abrió los ojos. Y se vio: se vio a si misma, se vio a si misma mirándose a si misma. Y quiso salir corriendo, pero no pudo. Y quiso cerrar los ojos, pero no pudo.

(Foto: Luis Echanove)

miércoles, 21 de enero de 2009

Lluvia en el valle

Estaba tirado bajo un manto. Mientras, llovía fuera, fuera de su cobijo de tela, de su cubierta ligera, de su estar desprotegido.

La música de la lluvia cayendo le recordó alguna canción lejana. El temporal no amainaba. Canturreaban las gotas su melodía, y el silbaba con los labios entumecidos, como espantando al frío. Llovía sin cesar. El cielo parecía volcar un torrente de aguas turbias sobre su cabeza.

Y de pronto, cesó el estruendo y un gran silencio se apoderó del valle. Dejó al un lado el viejo sayo protector y miró a las estrellas. Era noche cerrada. Un lodo fino cubría la pradera. Nada sonaba ya, ni el silbo del chubasco ni esa canción lejana dentro de su cabeza.

Caminó sin rumbo unas horas. Después, cansado, se echó sobre su manta, aun muy húmeda. Durmió placidamente, como un lobo agotado tras la caza, o tal vez como un corzo exhausto de huir, perseguido por el lobo.

Cuando amaneció, el hombre ya no estaba allí. Quedaba solo su manta, yaciendo vacía, extendida sobre el musgo, como un muerto sin dueño.

Nunca nadie volvió a ver al hombre de la manta por el valle. Dicen que, cuando llueve mucho, regresa en silencio. Quien sabe... tal vez sea cierto.

(Foto: Luis Echanove)