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miércoles, 6 de junio de 2012

A.P.H.

It's time the tale were told 
of how you took a child
 and you made him old  
(Reel Around the fountain. The Smiths, 1984) 

Tras ese portón de chapa negra, en la calle de Juan Bravo, se escondía la isla  secreta. Un pedazo de otredad en el medio de Madrid, eso era aquel bar, con su descuidado jardín, sus futbolines y los árboles de hojas cubiertas de polvo.  En verano el sol de la tarde derretía los instantes, fundiéndolos en cubalibres. Esos veranos de entonces, esos veranos que nunca volverán…. 

Sentías cosquillas en la el estómago, nervioso por la felicidad del final de curso. Sus pelos rizados y atolondrados volaban al son de las ráfagas pasajeras del artificial viento acondicionado. Ella se desenvolvía libre por aquel jardín minúsculo  y a la vez inmenso, volando de un corrillo al otro, repartiendo alegrías y conversaciones cortas, con la copa en la mano... A veces, echando atrás una ojeada, te miraba con sus ojos oblicuos. Te miraba, sí,  y al segundo siguiente, con sus pupilas aun en suspendo, detenidas en ti, curvaba con sus labios una sonrisa liviana y profunda, como ese atardecer de verano. Supiste entonces que algún día escribirías esto, desde la distancia inmensa de un tiempo infinito, triste y feliz, feliz y triste. 

(Foto: Nacho Huerga)

miércoles, 23 de mayo de 2012

Verano

Hubo un tiempo en que los días duraban a veces como meses enteros, y otras veces eran en cambio breves como un segundo escurridizo. Yo en esa época me levantaba de la cama sin saber en absoluto cuanto tiempo me iba a deparar la jornada por delante.

Si tocaba un día largo, todo podía empezar con un desayuno frugal de tostadas con periódico, eternizarse luego con la modorra de un paseo a ningún sitio, tal vez escuchando música con los cascos (música lenta, por supuesto). Tras un vacío ineludible (las tardes, en verano, son un agujero inmenso en la existencia)  llegaba el placentero principio de la noche. Entraban entonces ciertas ganas de recuperar los cientos de minutos perdidos antes y fácilmente uno se lanzaba en brazos del teléfono: amigos, un bar  y las cervezas.

Si el día en cambio venía corto, entonces desayuno, comida y cena se amalgamaban en una sucesión continuada de gazpachos y pinchos de tortilla, con palabras a tropel aderezándolo todo, y con los sonidos ruidosos y adrenalinicos de Radio Futura marcando el compás. Luego los cubatas de garrafa, los garitos y a ligar –o a intentarlo-. La noche se quemaba como una cerilla que se prende demasiado pronto, convertida en seguida en un patético palillo carbonizado,  para caer después rendido en la cama, agotado, tarde en el reloj, pero tremendamente pronto en tu cabeza.

(Foto: Luis Echanove)

viernes, 20 de enero de 2012

A veces

A veces pienso que las tardes del invierno son tristes, como caminar por la ciudad en un día de lluvia o contemplar la playa al final del verano. Y, a veces, andando el mundo entre las brumas , con esa carga de tristeza a mis espaldas, miro adelante y…sonrío de pronto.

(Foto: Acuearela de Ignacio Huerga)

miércoles, 19 de octubre de 2011

Nomenclator urbano

Dar nombres a las calles no es una tarea nada sencilla. Entraña una enorme responsabilidad. Una vez asignada una denominación, y salvo ciertos casos de cambios de nomenclatura por razones políticas, la calle quedará con ese nombre para siempre. Esto a veces conduce a la paradójica situación de que, los nombres de personas que de otro modo habrían caído en el más ominoso anonimato de la historia, permanezcan vivos en el día a día de las generaciones posteriores.

En muchos barrios de Madrid, por ejemplo, la mayor parte de las vías públicas están dedicadas a ilustres personajes políticos del siglo XIX, etapa en la que la ciudad sufrió un inusitado crecimiento debido a la urbanización de su Ensanche. Algunas de estas personalidades detentaron puestos de relevancia y jugaron un papel crucial en la historia española del momento, tales como Serrano, Espartero (el Príncipe de Vergara) o Sagasta. Estos políticos ocuparían un lugar en los libros escolares de historia (y por tanto en la memoria colectiva) aunque ninguna calle los honrase. No obstante, junto a esta pandilla de personajes (mas que todo generales golpistas), hay además una pléyade de sujetos secundarios en la vida política decimonónica que, sin embargo, se las arreglaron para dar nombre a alguna vía de la ciudad. Arguelles, por ejemplo, fue un simple ministro de Gobernación en el gobierno de Riego; Alberto Aguilera, un gobernador civil en varias provincias en tiempos de Amadeo I y María Cristina; Donoso Cortés, el diputado por Badajoz en época de Espartero. Si la nomenclatura urbana respondiese a criterios objetivos, estas calles madrileñas estarían dedicadas a personajes de alta significación histórica, no a tipos de relativa poca monta como estos.

Pero las calles no siempre son bautizadas en honor a personas. Muchas, sobre todo en los cascos históricos de las ciudades, conservan nombres maravillosos de origen muy antiguo, en referencia, por ejemplo, al oficio que en ellas se practicaba o alguna característica, anécdota o suceso que en ellas aconteció. Hoy por hoy, aplicar tales criterios para designar nuevas vías públicas provocaría encendidas polémicas. Por ejemplo, llamar oficialmente 'cuesta de los Chinos' a una vía en una zona de concentración de comercio minorista de origen oriental, o designar como 'glorieta del Bombazo' o alguna plaza en la que haya tenido lugar un atentado resultaría ridículo, cuando no manifiestamente ofensivo a la mentalidad actual.

Hay, no obstante, modos de evitar todos los problemas anteriores, simplificando sobremanera el asunto: El mismo amigo que me envió la foto de los indagados con Comic Sans, objeto de la entradilla anterior de este blog, me informa que Buiza del Gordón, (entidad menor de la provincia de León) cuenta con una vía denominada calle de la calle. He comprobado el dato en Google Maps y, efectivamente, tal es el caso. Se trata de hecho de la calle principal de la población.

No se si el alcalde y los ciudadanos de Buiza del Gordón son plenamente conscientes de la trascendencia de este hecho: designar a una calle con el nombre de 'calle' no es ya solo un soberbio caso de pensamiento tautológico y un ejemplo notable de lógica circular, es además un indicio de genialidad mayúscula, con concomitancias filosóficas interesantísimas y, si se me permite, alusiva incluso a las nociones de la física quántica mas avanzada y a la Teoría de las Súper Cuerdas.

Yo, si pediera elegir, sin duda preferiría habitar en la calle de la calle antes que, pongamos por caso, en la corredera de Ana Botella, el pasaje de Leire Pajin, o en el boulevard de Cayo Lara.



(Dibujos a tinta de Ignacio Huerga)

viernes, 2 de septiembre de 2011

Andar las calles

Cuando estoy de vacaciones, intento siempre recorrer una tarde las calles del Centro de Madrid, más que todo para verificar que todo sigue en su lugar. También aprovecho para agudizar la oreja y captar en mi recorrido trozos sueltos de conversaciones. Siempre he soñado con un día escribir una novela con esas fracciones caóticas de lo que otros hablaron alguna vez, aunque, como no tomo notas mientras camino, creo que mi sueño jamás se verá cumplido.

Este agosto mi usual recorrido anual me deparó más sorpresas de las que cabria esperar. Comencé frente al Corte Inglés de Princesa. Casi no me crucé con nadie a lo largo de la tórrida calle de Alberto Aguilera. El café Comercial de la glorieta de Bilbao estaba prácticamente vacío. La aventura de verdad comenzó al doblar por la calle Fuencarral: Una anciana recriminaba en alta voz a su sobrina por no querer entrar a compra nada en una sofisticada tienda erótica. “Siempre me traes aquí a comprar cosas, ¿Por qué no entramos hoy?”- decía la señora a las puertas de la tienda picante.

Proseguí a marcha lenta a lo largo de esa calle que, desde hace una década, perdió sus tradicionales comercios de decomisos y se transformó en una especie de Soho versión castiza. Me cruzaba con personajes de todo pelo, pero casi todos caminaban en solitario, y por tanto sin hablar. Ya muy cerca de Gran Vía una joven de belleza frágil tocaba el violín disfrazada de artista de opereta decimonónica. Nadie arrojaba monedas en su caja de cartón. Quedé escuchándola un buen rato, y al cabo de un tiempo comenzó a llorar como una Magdalena, al punto de tener que dejar de su instrumento sobre el suelo y limpiarse las lágrimas con un cleenex. Luego prosiguió con su música como si tal cosa. La misma secuencia se repitió al menos otras tres veces.

Un poco azorado, me retiré despacio y continúe en dirección a la Puerta del Sol. Allí, sentado sobre el poyete de una de las fuentes, reconocí a uno de los co-autores del pequeño libro sobre el movimiento de los Indignados que una hora antes había adquirido en el Corte Inglés. Miré la foto de la solapa con cuidado, para cerciorarme de la coincidencia y, sin dudarlo, decidí tomar un taxi hasta casa, temeroso de seguir coleccionando escenas que restarían credibilidad a ese libro que nunca escribiré.

(Foto: Ildefonso Bellón)

Nuestra casa

La casa es más que todo blanca. Ningún cuadro cuelga en nuestro dormitorio; dormimos rodeados de albos muros, armarios y cajoneras. Ese blanco tórrido protege bien nuestro sueño estival. A veces, si no están los niños, nos levantamos tarde y gastamos el resto de la mañana en ese universo pequeño que es nuestra casa. Desayunamos despacio, ojeamos libros, hablamos tranquilos y, así, la primera parte del día discurre sola, sin altibajos, deslizándose como un barco entrando despacio en su puerto. El mundo lo vemos desde el gran ventanal del salón. Es agradable saber que, entre tanto, el resto de la vida continua allí fuera, a un ritmo diferente al nuestro.

Cuando el calor se relaja y el inquieto mediodía llama a nuestra puerta, entonces despertamos de nuestro letargo plácido y, nos lanzamos a la calle, a vivir todas esas vidas que no son la nuestra pero podrían serlo.

Escribo ahora lejos de ese hogar temporal donde nos escondemos de las inquietudes y nos dejamos llevar por lo que realmente somos (un hombre y una mujer a solas, en una casa tranquila, sin más obligaciones que vivir). Echo de menos en este instante y más que nunca, esa sensación de gozar los momentos sin sobresaltos, acurrucado entre los blancos muros de nuestro escondite. Nuestra morada, ahora vacía, nos espera allí, un verano más, o un verano menos.

(Foto: Ildefonso Bellón)

sábado, 16 de julio de 2011

Madrid en la memoria

Regreso en pocos días al lugar donde nací. Vuelvo al sitio que me hizo ser. Cuando vives lejos, ese lugar de origen se transforma en memoria, la geografía se hace recuerdos. Voy de nuevo a la guarida del tiempo que ya no volverá.

Mis referencias en Madrid ya no son los nombres de las calles ni los horarios de las obligaciones cotidianas. La ciudad se transformó para mí en un mapa de momentos, escondidos en bares que una vez frecuenté, en parques que antes recorría, en la casa familiar donde pasé mi infancia y mi primera juventud.

En lugar de plazas o avenidas, mi callejero interior se compone de conversaciones antiguas en cafés que tal vez ya no existen, de noches largas en garitos que mudaron de rostro, de aulas alegres de una facultad a la que nunca he regresado, de tardes de cine en días de lluvia, de besos hurtados en una fiesta, de trayectos en el metro enumerando las estaciones mentalmente, o de paseos por esos caminos del Retiro que nunca cambiarán.

Madrid es mi escondite, el pequeño planeta doméstico donde me siento recogido, como un montañero perdido cuando encuentra su refugio. Madrid es, sí, dónde me siento a salvo, como solo a salvo puede sentirse quien vive coleccionando países en su mochila y no encuentra el momento de parar a descansar.

Madrid es el recreo en el colegio de mi vida.

Madrid son aquellos a quienes quiero y ante los que, en mi fuero interno, me siento ingrato al abandonarlos en pos de este deambular por el mundo en que transformé mis años.

Si el mundo fuera una casa, Madrid sería mi habitación; ese cuarto sagrado donde, al fin, eres tú mismo siempre, porque cada libro, cada estante, cada cuadro, son, a fin de cuentas, reflejo de tu persona.

Es, así mismo, un plano urbano de canciones, con su calle Melancolía y la del Olvido, o hasta un Boulevard de los Sueños Rotos y también los cumplidos. Por eso, cada vez que estoy de vuelta, siento que he muerto y he resucitado y que, aunque soñé con otra vida y con otro mundo, todo en realidad empezaba y acababa allí mismo.

(Foto: Luis Echanove)

martes, 28 de octubre de 2008

Viento

Ha nacido mi hija. El viento sopla fuerte hoy en Madrid. Recogidos en la casa, escuchamos canciones de otro tempo y otro país. Y siento que otro viento, el de la vida, sopla también, en los ojos dormidos de Olalla, en la sonrisa de Juan, en las carreras de Carmen buscando curiosa unos columpios. La vida lo llena todo, surge, brota con fuerza, crece, se enrosca, a veces duele, otras estalla como un haz de luz al atardecer. La vida sobrevuela las calles de mi ciudad, navega por los cielos, se posa en las fotografías, en los objetos cotidianos, en los paisajes, en las conversaciones con los amigos, en los libros, en las canciones, en los momentos perdidos. La vida sobreviene, la vida impone su ingenuo mirar. La vida, al fin, también acaba, pero brota de nuevo, siempre, en las hojas de los árboles, en las crestas de las olas, en los ojos de Olalla, de Juan, de Carmen.
(Foto: Luis Echánove)

lunes, 8 de septiembre de 2008

Cerrado por vacaciones

Me voy al Foro hasta inicios de noviembre. No actualizaré mucho el blog durante este tiempo.

Aprovecho para agradeceros a todos el tiempo que habéis perdido leyendo los desvaríos que aquí se publican. Perder el tiempo es, a fín de cuentas, el secreto para poder encontrarlo.
Juan

(Acuarelas de Ignacio Huerga)

jueves, 31 de julio de 2008

Lejos de mi ciudad

Dicen que en Madrid es imposible perderse. Basta con caminar sus calles en sentido descendente para sumergirse en el corazón de la ciudad. Pero, ¿qué sucede cuando dejas de escuchar el latido de ese corazón? En ese caso, tal vez es la misma ciudad la que se pierde.
"No recuerdo acaso los detalles.
del Madrid que fue y ahora se esconde.
Dejé mi juventud entre sus calles.
Buscándola regreso, pero ¿a dónde?"
(Acuarela de Ignacio Huerga)