La luz de la luna
duerme en el bosque
sobre una cama de sombras
y sueña que la lluvia del verano
es solo un susurro en la espalda.
(Foto: Ignacio Huerga)
El calor atrae a los recuerdos y los deja,
Es difícil explicar hasta que punto las vidas de ese centenar y medio de familias estaban vinculadas al ciclo de silencios que los campos marcan en el crudo mes de enero, o al nervioso parpadeo de las luces de junio al amanecer. Todos los entusiasmos, durante al menos dos generaciones, se habían vivido acotados en la pequeña esfera de lo cotidiano. Es verdad que ciertas épocas hervían de intensa actividad; pero, en todo caso, el compás pendular de las horas vivas de la primavera y el otoño, alternándose con las mortecinas largas tardes del invierno o el verano habían oscilado por muchos años aun previsible ritmo de doble compás.
Hubo un tiempo en que los días duraban a veces como meses enteros, y otras veces eran en cambio breves como un segundo escurridizo. Yo en esa época me levantaba de la cama sin saber en absoluto cuanto tiempo me iba a deparar la jornada por delante.
No importan los años que pasen, ni el país en el que viva: al final, el calor estival del mediodía me devuelve a los veranos de entonces, cuando uno medía poco más de un metro y medio y la felicidad tenía horizonte de piscina. Expectantes esperábamos el fin de la hora de digestión, para después precitarnos con prisa a nuestro océano de baldosines azules. Luego, a la salida, tumbados en las toallas sobre las baldosas, miraba yo siempre al cielo azul con los ojos entreabiertos, y las gotitas de agua retenidas entre las pestañas amplificaban formas redondeadas, como amebas o medusas microscópicas.
Un sudor frío me recorrió la espalda…¿de quién se trataría? Nunca había recibido más visitas allí que las del posadero reclamándome los sábados a primera hora el pago semanal. Me alcé de un brinco y abrí la puerta chirriante sin quitar el pestillo. Por la ranura pude contemplar a un hombre añoso y mal encarado al que jamás antes había visto. Me disponía a preguntarle quien era y de que se trataba su visita cuando el arrancó a hablar, con el acento esquivo de las gentes de los páramos.
Plescen era un pueblo pequeño y semejante en muchos aspectos a los demás de la región. No por ello carecía de personalidad. Al contrario que otras poblaciones de la comarca, en aquel lugar las casas no estaban pintadas de vivos colores, sino que dominaban las construcciones de piedra sin acabado. Eso era, precisamente, lo que me seducía de Plescen.