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domingo, 17 de noviembre de 2013

En la eternidad

La luz de la luna duerme en el bosque sobre una cama de sombras y sueña que la lluvia del verano es solo un susurro en la espalda.

(Foto: Ignacio Huerga)

jueves, 27 de junio de 2013

Empieza el verano


El calor atrae a los recuerdos y los deja, como abandonados, sobre el suelo de baldosas de la terraza. Una rendija del pasado se ha abierto en el cielo de la tarde. Te asomas por esa mirilla y no sabes si lo que por ella intuyes te alegra o te entristece.

Unas voces de niños suenan a lo lejos, y luego el chapuzón en la piscina, y no entiendes si es hoy, o si es ayer...o si este ahora es siempre.

(Foto: Luis Echanove)

martes, 15 de enero de 2013

Es difícil explicar


Es difícil explicar hasta que punto las vidas de ese centenar y medio de familias estaban vinculadas al ciclo de silencios que los campos marcan en el crudo mes de enero, o al nervioso parpadeo de las luces de junio al amanecer. Todos los entusiasmos, durante al menos dos generaciones, se habían vivido acotados en la pequeña esfera de lo cotidiano. Es verdad que ciertas épocas hervían de intensa actividad; pero, en todo caso, el compás pendular de las horas vivas de la primavera y el otoño, alternándose con las mortecinas largas tardes del invierno o el verano habían oscilado por muchos años aun previsible ritmo de doble compás. 

(Foto: Luis Echanove)

miércoles, 6 de junio de 2012

A.P.H.

It's time the tale were told 
of how you took a child
 and you made him old  
(Reel Around the fountain. The Smiths, 1984) 

Tras ese portón de chapa negra, en la calle de Juan Bravo, se escondía la isla  secreta. Un pedazo de otredad en el medio de Madrid, eso era aquel bar, con su descuidado jardín, sus futbolines y los árboles de hojas cubiertas de polvo.  En verano el sol de la tarde derretía los instantes, fundiéndolos en cubalibres. Esos veranos de entonces, esos veranos que nunca volverán…. 

Sentías cosquillas en la el estómago, nervioso por la felicidad del final de curso. Sus pelos rizados y atolondrados volaban al son de las ráfagas pasajeras del artificial viento acondicionado. Ella se desenvolvía libre por aquel jardín minúsculo  y a la vez inmenso, volando de un corrillo al otro, repartiendo alegrías y conversaciones cortas, con la copa en la mano... A veces, echando atrás una ojeada, te miraba con sus ojos oblicuos. Te miraba, sí,  y al segundo siguiente, con sus pupilas aun en suspendo, detenidas en ti, curvaba con sus labios una sonrisa liviana y profunda, como ese atardecer de verano. Supiste entonces que algún día escribirías esto, desde la distancia inmensa de un tiempo infinito, triste y feliz, feliz y triste. 

(Foto: Nacho Huerga)

miércoles, 23 de mayo de 2012

Verano

Hubo un tiempo en que los días duraban a veces como meses enteros, y otras veces eran en cambio breves como un segundo escurridizo. Yo en esa época me levantaba de la cama sin saber en absoluto cuanto tiempo me iba a deparar la jornada por delante.

Si tocaba un día largo, todo podía empezar con un desayuno frugal de tostadas con periódico, eternizarse luego con la modorra de un paseo a ningún sitio, tal vez escuchando música con los cascos (música lenta, por supuesto). Tras un vacío ineludible (las tardes, en verano, son un agujero inmenso en la existencia)  llegaba el placentero principio de la noche. Entraban entonces ciertas ganas de recuperar los cientos de minutos perdidos antes y fácilmente uno se lanzaba en brazos del teléfono: amigos, un bar  y las cervezas.

Si el día en cambio venía corto, entonces desayuno, comida y cena se amalgamaban en una sucesión continuada de gazpachos y pinchos de tortilla, con palabras a tropel aderezándolo todo, y con los sonidos ruidosos y adrenalinicos de Radio Futura marcando el compás. Luego los cubatas de garrafa, los garitos y a ligar –o a intentarlo-. La noche se quemaba como una cerilla que se prende demasiado pronto, convertida en seguida en un patético palillo carbonizado,  para caer después rendido en la cama, agotado, tarde en el reloj, pero tremendamente pronto en tu cabeza.

(Foto: Luis Echanove)

viernes, 2 de septiembre de 2011

Nuestra casa

La casa es más que todo blanca. Ningún cuadro cuelga en nuestro dormitorio; dormimos rodeados de albos muros, armarios y cajoneras. Ese blanco tórrido protege bien nuestro sueño estival. A veces, si no están los niños, nos levantamos tarde y gastamos el resto de la mañana en ese universo pequeño que es nuestra casa. Desayunamos despacio, ojeamos libros, hablamos tranquilos y, así, la primera parte del día discurre sola, sin altibajos, deslizándose como un barco entrando despacio en su puerto. El mundo lo vemos desde el gran ventanal del salón. Es agradable saber que, entre tanto, el resto de la vida continua allí fuera, a un ritmo diferente al nuestro.

Cuando el calor se relaja y el inquieto mediodía llama a nuestra puerta, entonces despertamos de nuestro letargo plácido y, nos lanzamos a la calle, a vivir todas esas vidas que no son la nuestra pero podrían serlo.

Escribo ahora lejos de ese hogar temporal donde nos escondemos de las inquietudes y nos dejamos llevar por lo que realmente somos (un hombre y una mujer a solas, en una casa tranquila, sin más obligaciones que vivir). Echo de menos en este instante y más que nunca, esa sensación de gozar los momentos sin sobresaltos, acurrucado entre los blancos muros de nuestro escondite. Nuestra morada, ahora vacía, nos espera allí, un verano más, o un verano menos.

(Foto: Ildefonso Bellón)

Tarde de almuerzo en el campo

La tarde se pasea indiferente entorno a la mesa. La comida es lenta. Todo parece azaroso, pero responde a un ritual secreto y cotidiano a la vez. Los niños juegan en el pórtico, extraen agua de la noria rehabilitada, hacen agujeros en el suelo, corretean. Dentro de la casa, los hombres beben despacio, y hablan también despacio, midiendo sus palabras, no por guardarse pensamientos, sino para sólo decir aquello que resulta imprescindible y necesario. Hablan de los vecinos del pueblo, sin crítica alguna, sin dobleces tampoco. Los llaman siempre por sus motes de familia. Intercambian fechas, anécdotas y datos, para así saberse unidos en el conocimiento intimo de quienes comparten el día a día de sus labores y problemas.

El tiempo discurre despacio, acurrucado en la modorra de la tarde veraniega. Los segundos se traban entre los sorbos de vino y las frases cerradas. Pareciera que poco sucede, pero no es así: ocurren cosas, cosas de dimensión tal vez minúscula, pero importantes: un brazo se estira para agarrar los panes; las mujeres trajinan con los platos en el fregadero; un contertulio cierra los ojos levemente, no por cabecear, sino como pensando.

Vuelan por el aire fresco de la sala palabras precisas y antiguas, que a veces no entiendo: palabras como tasajo, o haldeando, o postuero. Todos son presa de un dialogo tranquilo que pareciera escrito antes que ellos. Cada opinión encaja en su sitio. Se habla cuando toca y, cuando no, se guarda silencio, quizás para dar cobijo a las palabras oídas.

Un día, pienso, alguien romperá el sortilegio y soltará de pronto algo intempestivo. Ese día, estoy seguro, el fin del mundo estará mas cerca.

(Foto: Ildefonso Bellón)

martes, 5 de julio de 2011

Ahora que es verano

No importan los años que pasen, ni el país en el que viva: al final, el calor estival del mediodía me devuelve a los veranos de entonces, cuando uno medía poco más de un metro y medio y la felicidad tenía horizonte de piscina. Expectantes esperábamos el fin de la hora de digestión, para después precitarnos con prisa a nuestro océano de baldosines azules. Luego, a la salida, tumbados en las toallas sobre las baldosas, miraba yo siempre al cielo azul con los ojos entreabiertos, y las gotitas de agua retenidas entre las pestañas amplificaban formas redondeadas, como amebas o medusas microscópicas.

La sombra se alargaba deprisa, anunciando la hora de cambiar al bañador por el pantalón vaquero. Al final de la eterna tarde (porque el tiempo, cuando se es niño, funciona más despacio) jugábamos a polis y cacos en el Jardín de Atrás, el parque de enormes pinos y fuentes de granito y bronce. Corríamos unos tras otros, con la vana esperanza de nunca ser atrapados. De pronto, la chica con pecas del equipo contrario me sonreía fugazmente, tal vez agradecida por rescatarla de la guarida policial, y yo sentía cosquillas en el estómago, porque sus pecas me gustaban, y su nariz redondeada, y sus ojos azules y alegres.

Y al final, con el cielo ya oscuro, subíamos a cenar, para bajar de nuevo al rato, a sentarnos en el poyete, junto al portal. Y allí charlábamos, contábamos chistes, bromeábamos, hacíamos planes para el siguiente día y la chica de las pecas a veces reía y yo entonces la miraba en silencio, torpe, absorto.

Por la noche, en las literas del cuarto de mi primo, hablábamos y hablábamos antes de dormir y queríamos que el verano no terminara nunca. Vendrían después los días de playa, y luego el regreso a la Sierra otra vez, ya en septiembre, cuando tocaba forrar los libros para el curso próximo.

No importan los años que pasen, ni el país en el que viva: el sol resplandeciente de mediodía, el olor a agua clorada de las piscinas y las tardes que mueren lentas me devuelven siempre a los veranos de entonces.

(Foto: Nacho Huerga)

lunes, 14 de julio de 2008

Aquel verano

Fue una mañana poco antes del verano, hace ahora más de treinta años. Cuando se es niño nada hay tan fascinante como los últimos días del colegio. Con siete años (¿o eran ocho?) la excitación previa a las vacaciones es el equivalente a la felicidad. A la llamada de mi padre me desperté. Pasó un rato. Tal vez me vestí, tal vez zanganeaba en la cama. No recuerdo. Tampoco sé lo que me llevó a asomarme a su dormitorio. Allí estaba: mi padre, sentado al borde la cama, con la cara arrugada del dolor, no de un dolor agudo, más bien de un dolor desconcertante, de una molestia súbita y odiosa (esa cara sí no la he olvidado). Me miró de refilón, y entendí algo, algo que no podía expresar con palabras. No sé si desperté a mi madre o si se levantó ella sola. Salí de su habitación. Pasé una eternidad de varios minutos jugando junto al rellano de la puerta de mi cuarto, pendiente de las conversaciones confusas, del sentido de urgencia que de pronto había invadido la casa. Supe enseguida que ya nada sería igual después de aquel amanecer extraño.

Al rato (otra eternidad), y para mi sorpresa, entró la tía Angeli en mi habitación. Me llevó al cole en su coche verde. Estaba muy nerviosa. Pregunté si papá se pondría pronto bueno. Me dijo que sí, pero me habló de una ambulancia. Llegamos al colegio. Hacía rato que la clase había comenzado. Recuerdo bien esa sensación embarazosa de entrar en el aula con mis compañeros ya sentados y la profesora en su bata blanca mirándome sorprendida, agarrando una tiza en la mano. Expliqué que estaban operando a mi padre. Lo dije con el orgullo de niño que lleva una aventura en el bolsillo. Me lo había inventado. Pero era verdad.

Pasaron unas semanas confusas. Las palabras hemiplejia, UVI y trombosis se incorporaron enseguida a mi vocabulario infantil. Yo vivía aquellos días algo asilvestrado, al cuidado difuso de mi hermana Aránzazu, de Esperanza la asistenta, casi siempre junto a mi hermano Luis. Nunca fui al hospital. Apenas veía a mi madre. Llegó julio. Mi abuela nos llevó a Luis y a mí a su apartamento en Almuñecar para alejarnos del torbellino. Fue entonces cuando empecé a dibujar mapas sobre folios usados; los pegaba unos a otros con papel celo, hasta conformar hojas enormes sobre las que trazar calles ficticias por las que mis coches matchbox podrían transitar y playas de arenas blancas en las que desembarcar mis soldaditos de plástico. Había decidido trazar a escala esas batallas de la guerra mundial que mi padre ya no podía contarme. Me escondía en mis mapas.

Terminó el verano. Nos reencontramos con mi padre en El Escorial. Me habían explicado que no podía hablar bien, que había olvidado escribir, que andaba con muleta, que movía mal el brazo. Recuerdo ese momento con perfecta claridad: Mi padre entró por la puerta, venía de un paseo por el jardín de atrás. Yo estaba sentado en el sofá del salón. Nos veíamos por primera vez en dos meses. Nuestras miradas recorrieron el pasillo despacio. El me regaló una sonrisa inmensa, grande como el mar. Yo salí corriendo hacia él y le abracé en silencio, feliz.

Cierro los ojos y siento eso mismo otra vez, una mañana poco antes del verano, hace ahora más de treinta años.
(Foto: Acuarela de Luis Echánove Mugártegui)

domingo, 13 de julio de 2008

Verano en Plescen (y IV)

(Cuento por entregas)
Amanecí al día siguiente presa de una gran inquietud. Apenas pude trabajar. Me entraron fuertes tentaciones de indagar sobre la identidad del misterioso visitante de la noche anterior o echar un vistazo al lugar de la cita antes de la hora prevista. Me abstuve de todo ello y pasé la jornada haciendo esbozos en mi cuaderno de anotaciones sentado en uno de los bancos junto a la chimenea de la posada.

Pocos minutos antes de la cita calcé mis botas de caña, me eché sobre los hombros la gruesa pelliza de armiño y, con un candil de gas encendido –faltaba poco para la anochecida- me encaminé hacia el destino fijado.

Nadie asomaba por las calles de Plescen. Salvo los domingos y días de fiesta, era raro toparse con algún viandante después de las horas del trabajo. Soplaba un viento desagradable, de modo que decidí caminar con pasos rápidos. En poco tiempo llegué a la bocacalle de la que partía el camino hacia el antiguo matadero. Nunca había enfilado antes aquella oscura calleja. Con la noche ya señera y sin más luz que la tenue compañía de mi candil, por poco tropecé en un par de ocasiones.

Se me hizo largo el recorrido. Aquella calle, ya transformada en camino, moría al pie de la entrada al matadero. Éste, según los planos que tanto había consultado aquel verano, y si mal no recordaba yo, no distaba de allí más de doscientas varas. A un lado y otro seguía sucediéndose las casas de piedra vista y sin repellar, tristes y negras como la noche.

Por fin llegué a la parte final de camino. Eché un vistazo al lado derecho. Una estrecha senda conducía a un edificio, cuya silueta apenas era perceptible desde allí. Tomé la senda y a los pocos metros me topé de bruces con la casa: Era soberbia, de dos plantas.

Sus muros lisos y repellados lucían un espectacular despliegue de coloridos.
(Foto: Luis Echánove)

miércoles, 2 de julio de 2008

Verano en Plescen (III)

(Cuento por entregas)

Una tarde de inicios de septiembre, abatido por el trabajo y la pesadumbre, me retiré a mi habitación antes de lo usual. Por lo general tomaba mis notas de trabajo en la gran sala de la posada, uno de cuyos rincones había yo transformado a mi antojo en despacho de campaña. Sólo destinaba el cuarto a dormir y, los domingos, a holgazanear leyendo novelas románticas sin levantarme de la cama.

Alguien aporreó la puerta de la habitación mientras me quitaba las botas. Un sudor frío me recorrió la espalda…¿de quién se trataría? Nunca había recibido más visitas allí que las del posadero reclamándome los sábados a primera hora el pago semanal. Me alcé de un brinco y abrí la puerta chirriante sin quitar el pestillo. Por la ranura pude contemplar a un hombre añoso y mal encarado al que jamás antes había visto. Me disponía a preguntarle quien era y de que se trataba su visita cuando el arrancó a hablar, con el acento esquivo de las gentes de los páramos.

- Sé lo que ha venido a hacer a Plescen. Todos los sabemos, pero nadie le quiere ayudar. Tal vez yo pueda hacerlo. Acuda mañana a esta misma hora a mi casa. Es la última al fondo de la calle que conduce al matadero. Se llega por una pequeña trocha a la derecha del camino.

Quedé atónito y sin capacidad de responder otra cosa que no fuera un desesperado “¡espere!”. Su figura huyó del otro lado de la puerta, antes siquiera de que yo terminara de abrirla.

Esa noche no pegué ojo. Cavilé incesantemente cualquiera de las posibles explicaciones a tan inusitada visita. Tal vez aquel anciano pudiera confirmar alguna de las tesis tradicionalmente sostenidas para explicar las particularidades de la arquitectura del poblado, como aquella referente a un sustrato antropológico distinto al del resto de la región, que justificaría una trayectoria cultural diferente. O bien aquella conforme a la cual en tiempos remotos el insalubre clima de los páramos habría obligado a los otros poblados a repellar sus viviendas para sanear los muros; medida que en Pliscen nunca se habría adoptado por gozar de un aire más sano gracias al viento procedente del gran lago. O aquella otra que justificaba la medida por razones políticas, como un modo de distinguir a aquel pueblo, nunca sometido a señorío feudal alguno, de las poblaciones bajo régimen de vasallaje nobiliario. Estas y otras teorías gozaban de cierto crédito en el reducido círculo de los arquitectos e historiadores interesados en el tema. Yo sabía, por una serie de motivos que no ha lugar ahondar ahora, que ninguna resultaba plenamente satisfactoria. No era descabellado, sin embargo, que algún anciano del pueblo conociera la auténtica razón de aquello, tal vez transmitida por tradición oral de padres a hijos durante un sin número de generaciones.

(Foto de Luis Echanove)

lunes, 23 de junio de 2008

Verano en Plescen (II)

(cuento por entregas)
Mi primera mañana en Plescen fue, en verdad, la de mi encuentro con aquel pueblo. En cuanto desperté abrí el ventanuco de mi pieza y asomé medio cuerpo…¡allí estaba! ¡Finalmente en Plescen! Había contemplado tantos grabados de esa misma calle, había observado tantos daguerrotipos de las casas del pueblo, que apenas sí puede ser consciente de que en verdad me encontraba ya allí. Desayune cualquier cosa y salí de la posada como un loco, deseoso de recorrer todos los rincones del lugar lo antes posible. El tiempo no era, desde luego, mi enemigo a la hora de familiarizarme con aquel municipio… disponía de un verano entero para desarrollar mis investigación a conciencia. Sabía que cuando uno visita un sitio por vez primera el encuentro inicial es el fundamental. Por eso no quería perderme nada en aquella mañana, inusitadamente soleada. Mi apasionada alegría recorriendo las pocas calles de pueblo me impidió apercibirme de cualquier cosa que no fuesen esas bellas casonas de piedra limpia y sin cubrir. No fijaba la atención en los escasos viandantes, ni en los rótulos de los pocos comercios que salpicaban algunas de las fachadas.

No todo resultó tan ameno y deleitante como aquella primera mañana. No hubo más días de sol resplandeciente. Una cansina llovizna, alternada con aquel viento tan desapacible, fueron mis compañeros de andanzas durante todo aquel verano. Y digo bien, porque realmente compañeros humanos nunca tuve. No entablé amistad con nadie en tres largos meses y apenas intercambié más palabras con los lugareños que las imprescindibles para obtener ciertas informaciones necesarias para mi estudio. Así gastaba pues mi preciado tiempo, hablando con algunos ancianos, haciendo esbozos a plumilla de las casas más interesantes y cotejando en la pequeña biblioteca de la escuela local las pocas obras y fotografías antiguas allí reunidas.

Al poco tiempo el desanimo comenzó a vencerme. Sentía que el período previsto tal vez fuera excesivo. No obtenía nada de provecho con mis pesquisas, más allá de algún que otro dato de poca importancia. Me preguntaba si en verdad había seleccionado un tema adecuado para mi tesis de fin de carrera. Al fin y al cabo todos mis compañeros de la escuela de arquitectura habían elegido proyectos menos ambiciosos y a los que no tendrían que consagrar todo un estío. ¿Qué hacía yo allí, tan lejos de casa, en medio de los páramos? Para mi desdicha, resultó que el servicio postal de Plescen estaba bajo cierre temporal por el fallecimiento del encargado. Hasta el otoño no habría manera de enviar o recibir una carta desde Plescen. Me sentía el hombre más aislado y desdichado de la tierra.

(dibujo del autor)

viernes, 13 de junio de 2008

Verano en Plescen (1)

(Cuento por entregas)


Plescen era un pueblo pequeño y semejante en muchos aspectos a los demás de la región. No por ello carecía de personalidad. Al contrario que otras poblaciones de la comarca, en aquel lugar las casas no estaban pintadas de vivos colores, sino que dominaban las construcciones de piedra sin acabado. Eso era, precisamente, lo que me seducía de Plescen.

Llegué una tarde del mes de junio. Soplaba un viento poderoso del norte, aquel que arrastra la humedad del gran lago y cubre los campos con una espesa capa de escarcha. Estoy acostumbrado a los climas ásperos, pero siempre me ha disgustado el viento fuerte. El viento te impide pensar, te condiciona.

Recorrí la larga calle principal abrigado en la gruesa pelliza. Me había apeado de la diligencia en el cruce del camino hacia Soproz, a un cuarto de milla del centro del poblado. Mientras caminaba, con los ojos apenas entreabiertos para protegerme del aire cortante, no deparé en las primeras casitas, alineadas a uno y otro lado del rectilíneo camino. Llegué a la puerta de la posada sin alzar la vista, de modo que, cuando me quise dar cuenta, ya estaba dentro. La sobria fachada de aquella caserona ejemplificaba como pocas la tradición arquitectónica del pueblo.

Era una posada poco confortable, o al menos esa fue mi primera impresión. Una enorme chimenea central calentaba la gran sala de la planta baja. En torno a ella, en el círculo de bancos de madera, platicaban algunos parroquianos. A un lado de la puerta un simple poyete alto de piedra hacía las veces de mostrador. Al fondo de la gran pieza, en una zona a la que apenas sí alcanzaba la poderosa luminaria de la hoguera, ascendía una vieja escalera de madera.

El cantinero me atendió con solicitud, pero a la vez con cierta frialdad. Su amabilidad resultaba un tanto afectada, con un deje de distanciamiento que, como más tarde fui comprobando, parecía un atributo natural en las gentes de Plescen. Aquella noche me refugié en el austero dormitorio que me asignaron y agarré el sueño con rapidez.


(continuará...)