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miércoles, 27 de abril de 2016

Origen

La infancia es un arcano de felicidad, un seguro secreto escondido dentro de nosotros; un mito original al que recurrir para encontrar sosiego y reposo.

La infancia es el tiempo primordial, y por tanto ontológicamente sagrado, de nuestro existir. De niños éramos menos de lo que somos como adultos, faltos de experiencias y de conocimientos. Pero, a la vez, de niños éramos también más de lo que somos de mayores: Faltos de ese envoltorio de gruesas capas de saberes y sensaciones adquiridas a lo largo de los años, el niño goza en cambio, de modo intuitivito, de un acceso inmediato y sin fisuras a la noción de totalidad. El mundo del niño no está fraccionado, sino que conforma un todo continuo, donde el pasado y el futuro importan poco. La realidad para el niño, va desenvolviéndose en piezas a medida que va siendo explicada, pero en esa ignorancia inicial e iniciática del niño, previa a todo saber,  el existir carece de linderos o bordes. El niño abraza al mundo tal y como este se presenta: Como una maraña sin roturas.

Los desgajamientos de lo real, el fraccionamiento de lo tangible, acontece en el niño como un suceso trágico; a medida que vive y crece, los sucesos cortan y coartan el mundo circundante. 

Las memorias de la infancia poseen un sabor único y totalmente diferente al de los recuerdos posteriores. Aunque sean nítidos y de contornos precisos, adoptan en nuestra mente un aire de mito lejano, de tiempo perdido e irrecuperable. Cuando miramos atrás y nos vemos niños, nos recomencemos en ese mismo yo que somos nosotros de un modo tal vez más genuino pero también ahogadamente doloroso: Sabemos que somos ese mismo ser de entonces, que la cadena de una continuidad sutil nos une a eso que fuimos, y  a la vez, atribuimos a ese pequeño ser interior un rotundo sentido de autenticidad.  

Sabemos que lo que somos hoy se explica en gran medida por lo que entonces éramos aunque, más que ver en ese pasado original la semilla del presente, nuestro niño interior se despierta en nosotros como el germen de las posibilidades y potencias que pudieron haber sido y no fueron. 

viernes, 5 de julio de 2013

Inmensidad

Cuando yo era niño batallaba con las olas. Jugaba a saltarlas, y cuando venían ralas, provocaba al mar con insultos para enfurecerle. ¡Idiota, mar! ¡no puedes conmigo!- gritaba.  Enfadado, el océano me atacaba entonces con embates mucho más fuertes, que a mi me hacían saltar como loco, revolcándome entre la espuma. Feliz al fin, yo le pedía perdón al mar por haberle ofendido y le daba luego las gracias.

Al final de la tarde, con la luz del sol ya bañando de cobre la superficie inmensa del agua, me tumbaba sobre la arena húmeda, y me dejaba acariciar por ese mismo mar, ahora dócil. Abrazado por su frescura maravillosa, cerraba los ojos sin pensar ya en nada,  mecido por la inmensidad.

(Foto: Nacho Huerga)

viernes, 28 de junio de 2013

Rehenes de la risa

Me has hecho tu rehén, Olalla. Ríes sin cesar, quebrada de felicidad, rendida a  mis cosquillas, como un junco bailando al viento. Me has hecho tu rehén, sí. Soy ya víctima eterna de tus ojos alegres, hasta el fin de mis días.

(Foto: Helen De la Torre)

Soldados ingleses

Te veo  jugando, Juan, hijo mío, con tu mirada absorta en como colocar los soldados ingleses que rodean el fuerte. Levantas los ojos, presintiendome allí, bajo el marco de la puerta. Me regalas una sonrisa rápida, y vuelves en menos de medio segundo a enfrascar tu mente en aquella batalla sobre el parquet del cuarto. "Papá" -me dices con esa voz ronca tan enorme para un cuerpo tan menudo, mientras maniobras a las fuerzas invasoras con tus hábiles manos de siete años - "papá, me gusta esta tarde". Y yo quiero responderte, hijo mío, que yo daría mi vida entera por este segundo tuyo.

(Foto: Eva Pastrana)

martes, 11 de octubre de 2011

Manzanas de caramelo

Cuando yo era niño, todos los días, al mediodía, un hombre algo cheposo, entrecano, muy anciano (o eso me parecía a mi; tal vez tenía menos de cincuenta años) y vestido con batín blanco vendía manzanas dulces a las puertas de mi colegio. Las frutas, bañadas en caramelo rojo y pinchadas en un largo y delgado palito, a modo de chupa-chups gigantes, colgaban de una especie de pértiga de madera que el buen señor asía cansinamente. A veces, además de las manzanas dulces, también dispensaba enormes piruletas del mismo caramelo bermejo. Ofrecía siempre los dulces trazando una sonrisa amplia en su rostro arrugado. Para darte el vuelto, rebuscaba las monedas con calma en el gran bolsillo de su bata de barbero.

Con doce o trece años cambié de cole y, para mi sorpresa, en seguida descubrí que el hombre del batín blanco también brindaba sus sabrosas manzanas, exactamente a la misma hora que antes, pero ahora a la entrada de mi nuevo centro escolar. Pensé en un principio que el vendedor también había cambiado de colegio, pero mis nuevos compañeros de clase me informaron que aquel tipo llevaba toda la vida vendiendo sus dulces también allí. No di más importancia al asunto. Tal vez el misterioso sujeto era capaz de estar en dos sitios a la vez. Cuando eres niño tales cosas no te resultan del todo inverosímiles.

Mucho tiempo después, cuando yo ya estudiaba en la Universidad, charlando en el bar de la Facultad, alguien mencionó al vendedor de manzanas dulces que diariamente acudía al colegio de su infancia al mediodía. Le pedí una descripción del sujeto; no cabía duda, se trataba del mismo hombre a quien tantas manzanas dulces yo había también comprado siendo un crío. Desde entonces decidí preguntar por el jorobado de las manzanas de caramelo a otros amigos que habían estudiado en escuelas diferentes. La respuesta era invariablemente la misma: Sí, aquel venerable anciano de las manzanas y las piruletas también ofrecía sus productos en los centros de enseñanza donde ellos habían estudiado.

Tentado estuve más de una vez de acercarme a algún colegio para verificar si el tipo seguía aún ejerciendo el mismo oficio y preguntarle como se las arreglaba para hacerse presente en todos los centros de primaria de mi ciudad a la misma hora; pero deseché la idea. Probablemente la imposición de estrictas reglas de higiene alimentaria consecuencia de nuestra entrada en la Unión Europa, así como la prohibición de la venta ambulante por parte de las autoridades municipales habrían sin duda dado al traste con el negocio de aquel hombre desde hacia mucho tiempo.

Ayer mi hijo de seis años llegó a casa con los carrillos manchados de caramelo rojo. Me contó que un hombre algo cheposo, entrecano, muy anciano y vestido con batín blanco había comenzado vender manzanas dulces a las puertas de su colegio.

(Foto: Ignacio Huerga)

lunes, 10 de mayo de 2010

Chincharse

Un amigo me recordaba una vez lo fascinante que resulta que haya una gran cantidad de conocimiento que los niños se transmiten entre si directamente, sin pasar a través del tamiz de los adultos. En sus juegos aprenden canciones, rimas, frases hechas, maneras y modos que, en la adolescencia, enseguida olvidarán y ya nunca utilizarán en su vida adulta. Todo ese acervo pasa de una generación de niños a la siguiente, sin inmiscuirse en el mundo de los grandes. Ese saber permanece para siempre atrapado en el mundo de la infancia. Es pues un conocimiento secreto, que todos hemos poseído alguna vez, pero hemos olvidado. Y, lo más interesante de todo, esa forma de aprehender el mundo propia de los pequeños apenas se altera a lo largo de los siglos. Por ejemplo, los niños romanos, egipcios o prehistóricos se cinchaban con un sonequite idéntico al que hoy siguen usando todos los críos del mundo (na na na na…con una entonación imposible de reflejar solo con letras).

(Foto: Ignacio Huerga)

lunes, 14 de julio de 2008

Aquel verano

Fue una mañana poco antes del verano, hace ahora más de treinta años. Cuando se es niño nada hay tan fascinante como los últimos días del colegio. Con siete años (¿o eran ocho?) la excitación previa a las vacaciones es el equivalente a la felicidad. A la llamada de mi padre me desperté. Pasó un rato. Tal vez me vestí, tal vez zanganeaba en la cama. No recuerdo. Tampoco sé lo que me llevó a asomarme a su dormitorio. Allí estaba: mi padre, sentado al borde la cama, con la cara arrugada del dolor, no de un dolor agudo, más bien de un dolor desconcertante, de una molestia súbita y odiosa (esa cara sí no la he olvidado). Me miró de refilón, y entendí algo, algo que no podía expresar con palabras. No sé si desperté a mi madre o si se levantó ella sola. Salí de su habitación. Pasé una eternidad de varios minutos jugando junto al rellano de la puerta de mi cuarto, pendiente de las conversaciones confusas, del sentido de urgencia que de pronto había invadido la casa. Supe enseguida que ya nada sería igual después de aquel amanecer extraño.

Al rato (otra eternidad), y para mi sorpresa, entró la tía Angeli en mi habitación. Me llevó al cole en su coche verde. Estaba muy nerviosa. Pregunté si papá se pondría pronto bueno. Me dijo que sí, pero me habló de una ambulancia. Llegamos al colegio. Hacía rato que la clase había comenzado. Recuerdo bien esa sensación embarazosa de entrar en el aula con mis compañeros ya sentados y la profesora en su bata blanca mirándome sorprendida, agarrando una tiza en la mano. Expliqué que estaban operando a mi padre. Lo dije con el orgullo de niño que lleva una aventura en el bolsillo. Me lo había inventado. Pero era verdad.

Pasaron unas semanas confusas. Las palabras hemiplejia, UVI y trombosis se incorporaron enseguida a mi vocabulario infantil. Yo vivía aquellos días algo asilvestrado, al cuidado difuso de mi hermana Aránzazu, de Esperanza la asistenta, casi siempre junto a mi hermano Luis. Nunca fui al hospital. Apenas veía a mi madre. Llegó julio. Mi abuela nos llevó a Luis y a mí a su apartamento en Almuñecar para alejarnos del torbellino. Fue entonces cuando empecé a dibujar mapas sobre folios usados; los pegaba unos a otros con papel celo, hasta conformar hojas enormes sobre las que trazar calles ficticias por las que mis coches matchbox podrían transitar y playas de arenas blancas en las que desembarcar mis soldaditos de plástico. Había decidido trazar a escala esas batallas de la guerra mundial que mi padre ya no podía contarme. Me escondía en mis mapas.

Terminó el verano. Nos reencontramos con mi padre en El Escorial. Me habían explicado que no podía hablar bien, que había olvidado escribir, que andaba con muleta, que movía mal el brazo. Recuerdo ese momento con perfecta claridad: Mi padre entró por la puerta, venía de un paseo por el jardín de atrás. Yo estaba sentado en el sofá del salón. Nos veíamos por primera vez en dos meses. Nuestras miradas recorrieron el pasillo despacio. El me regaló una sonrisa inmensa, grande como el mar. Yo salí corriendo hacia él y le abracé en silencio, feliz.

Cierro los ojos y siento eso mismo otra vez, una mañana poco antes del verano, hace ahora más de treinta años.
(Foto: Acuarela de Luis Echánove Mugártegui)