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jueves, 12 de septiembre de 2013

Por la mañana


A veces se despertaba por la mañana con el cuarto ya inundado de luz de sol. Asomado a la ventana miraba el mar, limpio, azul (ese azul del Mediterráneo en septiembre, tan inasible e hipnótico que hiere los ojos). Luego, cuando retiraba la vista, sentía siempre ganas de llorar.

(Foto: Ignacio Huerga)

viernes, 5 de julio de 2013

Inmensidad

Cuando yo era niño batallaba con las olas. Jugaba a saltarlas, y cuando venían ralas, provocaba al mar con insultos para enfurecerle. ¡Idiota, mar! ¡no puedes conmigo!- gritaba.  Enfadado, el océano me atacaba entonces con embates mucho más fuertes, que a mi me hacían saltar como loco, revolcándome entre la espuma. Feliz al fin, yo le pedía perdón al mar por haberle ofendido y le daba luego las gracias.

Al final de la tarde, con la luz del sol ya bañando de cobre la superficie inmensa del agua, me tumbaba sobre la arena húmeda, y me dejaba acariciar por ese mismo mar, ahora dócil. Abrazado por su frescura maravillosa, cerraba los ojos sin pensar ya en nada,  mecido por la inmensidad.

(Foto: Nacho Huerga)

lunes, 14 de marzo de 2011

Un momento por encima de lo cierto


La tormenta de primavera me aplasta con sus sombras de luz y de belleza. Un susurro lejano golpea al viento. El mar se sacude la muerte en la distancia.

(Foto: Ignacio Huerga)

viernes, 2 de julio de 2010

Olas

El ruido del mar batiendo le acompañaba siempre, allí donde se dirigiera.

En la ciudad no oía nunca los pitidos incesantes de los coches, o los retazos de las conversaciones confusas de otros peatones. Su fondo sonoro era siempre el de las aguas trenzando redes de espuma y rompiendo contra una playa de ficción.

Cuando caminaba por el bosque, no escuchaba el sonido de las hojas secas al ser pisadas, o el aletear de los pájaros volando atolondrados al caer la tarde. Sus oídos solo se llenaban con el fragor de las aguas rítmicas de un océano inexistente.

Escondido a veces en su habitación, atrapado en la soledad, cerraba a veces los ojos, y el mar curtiendo el aire con su silbido constante seguía resonando en su cabeza.

Llegó el verano. Marchó a la costa. Se encaminó una mañana hasta el malecón y allí contempló absorto como las olas azules sacudían en andanadas las rocas del fondeadero. La brisa húmeda salpicaba su cara. Y el ya no oía nada. Todo era silencio.

Foto: Ignacio Huerga

jueves, 3 de julio de 2008

Sueño con el mar

Ayer de mañana, temprano, cuando todos dormían menos los pájaros, las hormigas y los árboles, soñé con el mar.
Vi un pez sin nombre navegando sobre la cresta de las olas. Vi también un rayo de luz cruzando el cielo. Su resplandor cegaba a las nubes.
“Ya entiendo”, me dije, “el océano guarda una respuesta”.

(Foto: Luis Echánove)

lunes, 14 de abril de 2008

Ancho mundo

Ancho mundo…Tan ancho que a veces siento que te escabulles por las venas. Difuminas mis pensamientos, descolocas las razones que sustentan mi caminar. Ancho mundo…Oleadas de rostros, de lugares, de olores y de momentos.

Ancho mundo… Bajo el cielo raso nada permanece, pero en ese cambiar constante resplandeces idéntico, como un espejo bruñido a desgana o un ojo de agua desecado. Luces y sonrisas. Noches y silencios. Amaneceres y horarios. Historias, conversaciones, miradas. Ancho mundo, a ti te puebla una bandada de ilusiones difusas, ambiguas, coloristas y a veces grises.


Ancho mundo…Todo en ti cambia, todo, sí, salvo en rugir de las olas en tus riberas, el salto de la espuma y las cabriolas de los pájaros pescando al atardecer. Por eso, algunas veces, sólo siento tu quietud en el movimiento de las aguas del océano. Y así, recogido en un silencio ruidoso, atrapado por los encantos de la monotonía azul, descubro que acaso no eres tan ancho. Entonces, al fin, te camino con ganas, estrechando en mis andares el espacio inmenso de vivir.
(Foto: Luis Echánove)

miércoles, 19 de diciembre de 2007

Ancho mundo

Ancho mundo. Bajo el cielo raso nada permanece, pero en ese cambiar constante resplandeces idéntico, como un espejo bruñido a desgana o un ojo de agua desecado.

Luces y sonrisas. Noches y silencios. Amaneceres y horarios. Historias, conversaciones, miradas.

Oleadas de rostros, de lugares, de olores y de momentos.

Ancho mundo, a ti te puebla una bandada de ilusiones difusas, ambiguas, coloristas y a veces grises.

Ancho mundo…Todo en ti cambia, todo, sí…salvo en rugir de las olas en tus riveras, el salto de la espuma y las cabriolas de los pájaros pescando al atardecer. Por eso, algunas veces, sólo siento tu quietud en el movimiento de las aguas del océano. Y así, recogido en un silencio ruidoso, atrapado por los encantos de la monotonía azul descubro que, a fin de cuentas, no eres tan ancho. Entonces sí, te camino con ganas, estrechando en mis andares el espacio inmenso de vivir.

(Foto de Luis Echanove)

lunes, 19 de noviembre de 2007

Las historias del gusano barrenador


Física y química
Las risas de los niños golpean las paredes de conglomerado. Las aulas calientes se oscurecen al mediodía. El calor pastoso hace vibrar el aire con parsimonia. Contrasta esa calma chica de vapor estático con el correr incesante de los niños. Unos cuantos se arremolinan ante la pila para sacudir el lampazo después de fregar. En el perímetro de la escuelita varios jirones de plástico hondean atrapados en las púas del alambre espino, como banderolas mágicas de algún culto tibetano. Pero no es el Tibet. Es el distrito once de Ciudad Sandino.

En la calle polvosa un hombre azuza al caballo agotado. Carga en su carretón melones amarillos del tamaño de pelotas de jugar a los bolos. Unas varas más adelante otro carretón, con otro hombre azuzando a un caballo igualmente agotado transporta otros melones amarillos. Chapotean los cascos de ambos caballos cuando cruzan los charcos hediondos que salpican la calleja.

En la esquina la mujer que vende tortillas se abanica con un pedazo de periódico, con el rictus apesadumbrado del mediodía. Esa tez arrugada como la piel de los melones amarillos que los carretones transportan. Esos labios doblados y la mirada posada en la nada. No cabe duda: aquella vendedora se encuentra aplastada por el momento, como atrapada en una jaula cuyos barrotes son los instantes solidificados. Todo se derrite al medio día, menos la sensación plomiza del tiempo en suspenso.

El aire acarrea las voces de los muchachos en la escuela, y las encamina, calle abajo, en dirección al lago. Y allá las vierte, y sobre las aguas flotan hasta cruzarlo. Las voces sobrevuelan los raudales del río San Juan y rompen contra el Caribe en una espuma de burbujas frías y diminutas. Después trazan un curso errático por el Atlántico y se dispersan por los mares que bañan todos los continentes.

Y es así, en forma de risas y gritos infantiles, como el tiempo, petrificado en el distrito once de Ciudad Sandino, un mediodía cualquiera abandona su cascarón transparente y se diluye en el ancho mundo.