El ruido del mar batiendo le acompañaba siempre, allí donde se dirigiera.En la ciudad no oía nunca los pitidos incesantes de los coches, o los retazos de las conversaciones confusas de otros peatones. Su fondo sonoro era siempre el de las aguas trenzando redes de espuma y rompiendo contra una playa de ficción.
Cuando caminaba por el bosque, no escuchaba el sonido de las hojas secas al ser pisadas, o el aletear de los pájaros volando atolondrados al caer la tarde. Sus oídos solo se llenaban con el fragor de las aguas rítmicas de un océano inexistente.
Escondido a veces en su habitación, atrapado en la soledad, cerraba a veces los ojos, y el mar curtiendo el aire con su silbido constante seguía resonando en su cabeza.
Llegó el verano. Marchó a la costa. Se encaminó una mañana hasta el malecón y allí contempló absorto como las olas azules sacudían en andanadas las rocas del fondeadero. La brisa húmeda salpicaba su cara. Y el ya no oía nada. Todo era silencio.
Foto: Ignacio Huerga