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martes, 1 de octubre de 2013

Universos paralelos (I)

Certezas e incertidumbres

Una de las aportaciones científicas más apasionantes de la historia del pensamiento humano  es tal vez es denominado "principio de incertidumbre" o "problema de la medida", introducido por la física cuántica y conforme al cual, en el mundo subatómico, el observador altera lo observado por el mero hecho de su observación. Esta paradoja, demostrada tanto matemática como empíricamente, socava por completo el supuesto clásico de la existencia de una realidad objetiva.

Que una noción  tan revolucionaria  no haya hecho añicos nuestra interpretación cotidiana de lo existente es algo que nunca he llegado a entender. A fecha de hoy la mayor parte de la humanidad se sigue en gran medida dividiendo  entre los creyentes en la noción personal y tradicional de Dios de un lado, y los ateos atrapados en una interpretación 'materialista' y newtoniana de la realidad del otro lado.

La idea de Dios, en su acepción tradicional propia de interpretaciones estrechas e infantiles de las religiones monoteístas es completamente incompatible con el pensamiento científico. Pero la creencia materialista, también miope, de que lo único que existe es este Universo fisico y tridimensional es, así mismo, irreconciliable con la física cuántica.

Frente al dilema del principio cuántico de incertidumbre, sólo hay tres salidas viables, entorno a cada una de las cuales se ha conformado una corriente de pensamiento en la comunidad científica.

Por un lado, queda la opción fácil de renunciar a una interpretación coherente para explicar porqué la certeza se diluye siempre en esa irritante impredicitibilidad;  esta es la visión propia de la física cuántica tal y como fue formulada inicialmente por Niels Bohr y la escuela de Copenhague. De modo semejante, las más recientes seguidores de la teoría del caos  también renuncian a buscar una explicación al  principio de incertidumbre.  Son, de algún modo, los 'agnósticos' de la comunidad científica.

Una segunda opción, es aceptar que existe una entidad más allá de lo estrictamente físico, que no está sujeta a las leyes de la mecánica cuántica y a la que podríamos llamar conciencia. Si asumimos teóricamente esta posibilidad, resolvemos automáticamente el problema del principio de incertidumbre. Nada hay pues de descabellado, científicamente hablando, en esta hipótesis. Con diferentes formulaciones, esta idea es de hecho sustentada por algunos de los físicos más importantes. Subyacía en las formulaciones matemáticas de Von Newman (paradójicamente, uno de los padres de la bomba atómica) y se ha hecho explicita en el llamado teorema de Bell. Se podría pensar que es imposible demostrar, con instrumentos y métodos físicos propios del plano objetivo, la existencia de esta dimensión  subjetiva de la realidad. Pero, por increíble que parezca, varios experimentos recientes parecen demostrar que los fotones y otras las partículas subatómicas son capaces de ponerse de acuerdo.  
  
La tercera respuesta posible al principio de incertidumbre es que en realidad existen una infinitud de universos paralelos y que por tanto todas las opciones posibles suceden, en uno u otro de esos mundos simultáneos. Esta fascinante teoría fue formulada por vez primera por un oscuro físico llamado Hugh Everett . Aunque desdeñada en un principio, hoy su validez es defendida por la mayoría de la comunidad científica (para ser exactos, por un 58% de los físicos cuánticos consultados en una encuesta realizada hace unos años en Estados Unidos).

La idea de  infinitos universos simultáneos donde todas las realidades posibles suceden a la vez,  o la tesis de una sutil conciencia o alma unificadora que subyace a todo lo existente,  se alejan ambas bastante de la noción de un Dios trascendente y separado de la naturaleza pregonada por el Cristianismo dogmático y otras  religiones. Estas hipótesis cuánticas tampoco casan con el argumento puramente materialista del mundo conforme a la cual no hay otra realidad al margen de la que podemos ver, tocar y medir. 

La mayor parte de la humanidad, fuera del diminuto circulo de los matemáticos y los físicos cuánticos, vive (vivimos) ignorando las implicaciones filosóficas y existenciales que estos nuevos paradigmas plantean en respuesta a las preguntas fundamentales de nuestro ser. El vértigo es enorme, pero fascinante.

Fotos: Luis Echanove 

lunes, 16 de julio de 2012

De dónde venimos...


(2) El ancestro hereje
Como ya expliqué en la entrada anterior, la familia Echanove procede de Izurza y Mañaria, dos pueblillos situados en la comarca de Durango, al pie de las montanas de Urkiola. Ya he intentado demostrar que, con probabilidad, corren por los Echanove la sangre de brujas y recalcitrantes idolatras. Pues bien, me dispongo aquí a exponer como, además de tales, los Echanove hemos tenido también nuestro pasado hereje.
Hacia 1425 un franciscano de origen incierto, llamado Alonso Mella, comenzó a predicar por la villa de Durango y su región una extraña nueva teología basada en la pobreza y la negación del poder papal. Según algunos estudiosos, se trataba de una doctrina de clara influencia cátara. La nueva fe enseguida prendió entre los humildes labriegos del Duranguesado. No es descartable que ese sustrato de cultos pre-cristianos aun practicado a escondidas en las aldeas de Izurza, Mañaria y otras de los montes de Urquiola de algún modo sirvió de caldo de cultivo para la veloz propagación de la herejía por aquellos andurriales.
Los adeptos a esta nueva filosofía, adelantándose unos cuantos siglos al comunismo y también a la liberación sexual, comenzaron a practicar la comunidad de bienes…y la de mujeres. Acudían regularmente en tropel a Amboto (como y vimos, lugar sagrado para los vascos desde siempre) monjes franciscanos y varios cientos de mujeres de la comarca y allí se dejaban llevar por un desenfreno amoroso digno del mejor porno duro.

La iglesia y el poder civil, aterrados frente a tamaña herejía e inmoralidad, se pusieron enseguida manos a la obra para erradicar tanto pecado. No obstante, a los inquisidores les llevó mas tiempo de lo previsto remover la semilla de de la abominación. Parece que a los lugareños eso de practicar el amor libre y no seguir los dictámenes de los curas le divertía a rabiar.

Finalmente, en 1442 son aprehendidos por todo el Duranguesado unos mil quinientos herejes,  incluidos, sin duda, muchos vecinos de Izurza y Mañaria, una cifra inusitadamente alta para una región que, por entonces, sumaba apenas cinco mil familias.  Los cien más recalcitrantes  fueron finalmente quemados en la hoguera, algunos en Durango, otros llevados a Santo Domingo de la Calzada y a Valladolid, en lo que constituyó el primer proceso –y el más sanguinario- contra la brujería y la herejía en la historia del País Vasco.

Los documentos históricos no nos enumeran los nombres de esos pobres desgraciados sometidos a condena pero, por simple estadística, no seria nada extraño que alguno de los Echanove de Izurza y Mañaria hubiese sufrido tan espantoso fin.

Tanta herejía y nigromancia en el pasado familiar se compensa de algún modo, con otro dato sorprendente: me llamo Juan en honor a un inquisidor del siglo XVI, antepaso mío por parte Mugartegui.  Pero este asunto es digno, por si mismo, de otra entrada en este blog…

(Foto: Luis Echánove)

De dónde venimos....

(1) La antepasada bruja
El apellido Echanove (Etxanobe) procede de la minúscula aldea de Echano (del euskera etxano, 'la casita'), situada en la parte sur del diminuto municipio de Izurza y camino del de Mañaria, ambos en el Duranguesado, en Vizcaya. La comarca de la que hablamos se sitúa en un área montaraz y boscosa  incrustada en el parque natural de Urquiola; de hecho, la inmensa mayoría del municipio de Mañaria entra dentro del perímetro del parque.  Hay acreditada la presencia de mis antepasados directos en aquellos parajes desde fines del siglo XVI, aunque se sabe de unos Echanobengoa (antecesores suyos) morando por allí desde mucho antes.

Existen muchísimos indicios históricos como para afirmar que esta pequeña región de cumbres rocosas y tupidos bosques en el corazón de Euskadi fue uno de los últimos lugares de la geografía peninsular donde los ancestrales cultos anteriores al cristianismo lograron sobrevivir por más tiempo. La zona conformaba, de algún modo, un último reducto de las esencias más antiguas de la cultura y la religiosidad vascas. El imponente Amboto, ubicado en Urquiola, ha sido considerado siempre como el gran monte sagrado de la religión pre-cristiana. En él se emplaza la cueva natural de Mariurika, el hogar principal de Mari, la diosa madre de la religión vasca antigua, adorada en secreto hasta tiempos no muy lejanos entre los habitantes de los caseríos de la zona. Según se cuenta, el párroco de la comarca acudía a la cueva a celebrar misa cada siente años en honor de la diosa madre. A muy posos kilómetros de Amboto, a espaldas de la aldeilla de Echano, se alza  la montaña de  Mugarra, otro de los escondites de Mari. En la misma área esta la cueva de Azkondo que, según las tradiciones populares, era lugar de reunión secreta de las sorionak  o sacerdotisas de la diosa, tenidas por brujas por las autoridades eclesiásticas. No lejos hay un paraje llamado a Akelarre (como el celebre sitio en Navarra cuyo nombre ha servido finalmente para significar de modo genérico, una reunión de brujas).

Es más que verosímil suponer que aquellos aldeanos de Etxano (por entonces, y aun hoy, apenas una docena de familias, incluidos los Echánove), practicaran hasta bien entrada la Edad Moderna, al igual que los demás escasos pobladores de las montanas de Urquiola, los atávicos cultos a Mari y otras deidades paganas. Quien sabe, hasta es posible que por las venas de mis hijas corra la sangre de alguna de aquellas sorionak,  la brujas vascas.

(Foto: Luis Echánove)

martes, 3 de julio de 2012

Profesiones inverosímiles: Estilita


A veces una sola letra puede cambiar por completo el sentido de la vida. La palabras estilita y estilista solo se diferencian en la silbante segunda 's'; no obstante, entrambos términos media un abismo conceptual. Los estilistas se ocupan de mejorar la apariencia externa de las personas; los estilitas, por su parte, se hacen cargo de mejorar el espíritu, o, dicho de otro modo, de aproximar el alma al paraíso. Ambos comparten un interés común por la persona humana y su desarrollo; la diferencia sólo radica en el enfoque: para los estilistas, la materia prima de su labor es el cuerpo, la forma de vestir y actuar, lo tangible, el mundo de los sentidos. Para los estilitas la estrategia es la contraria: hay que alejarse del mundanal ruido y buscar el cielo en total aislamiento.  Para llevar a cabo tan ambiciosa labor, los estilitas optan por la práctica de un estilo de vida cuasi circense: Vivir encima de una columna a varios metros sobre el suelo.

La invención de esta original ocupación se atribuye a un ermitaño sirio de fines del siglo IV llamado Simeón. A Simeón las distancias cortas con la gente no le gustaban en absoluto. Harto ya de que las masas de fieles perturbaran su solitaria paz espiritual visitándole en la remota cueva en la que habitaba, el tipo optó por levantar un alto pilar y subirse encima. Como suele suceder con los famosos cuando intentan escabullirse de sus fans, el alejamiento físico de Simeón, en lugar de retraerle del ojo público, le hizo aun más popular. Las multitudes se acercaban por cientos a los pies al pilar para admirar al santo Simeón y rogarle bendiciones. Simeón, que, como queda dicho, no destacaba por su sociabilidad, decidió entonces encaramarse a una columna todavía más alta, para, a medida que se acercaba al cielo, alejarse del fragor popular.  De nada sirvió la medida: Cuanto más se alejaba del suelo Simeón, más gente acudía a visitarle y admirar su prodigiosa forma de vida, en prueba evidente de ese principio quántico conforme al cual la observación de la realidad modifica el objeto observado. Al final de sus largos días, Simeón el estilita (de stylos, columna en griego) residía  en una pequeña plataforma alzada ya a quince metros sobre el suelo. Aunque parezca sorprende, murió de viejo, y no de un trompazo por caerse hasta el suelo alguna noche de sueño agitado.

El ejemplo de Simeón cundió y, en las décadas y siglos posteriores, eso de buscar la espiritualidad a base de vivir subido a una columna se convirtió en una practica bastante habitual entre los místicos (y algunos 'friquis') de la antigüedad. Curiosamente los más afamados subsiguientes estilitas se llamaron también Simeón, como si por alguna extraña razón el nombre predispusiera a una cierta querencia por vivir en las alturas. Hubo así un  Simeón el estilita el joven (que, pese a su mote, murió a los 84 años), y hasta un Simeón el estilita III (conocido por la historia así, con el numero detrás, como si tratase del miembro de una saga de pelotaris o toreros). Otros estilitas celebres respondieron a nombres mucho más originales, tales como los pomposos san Alipio de Adrianopolis o San Walfor.

Por inverosímil que resulte la profesión de estilita, no merecería una entrada en este blog sino fuera porque todavía se continúa ejerciendo: En Georgia, el país donde ahora moro, vive probablemente el único estilita del planeta: se llama Maxim y habita encima del pilar de Katshi,  una estrecha columna natural de roca de unos 30 metros de altura con una pequeña ermita encima, solo accesible mediante un sistema de poleas. Maxim, pese a su inusual forma de vida y al hecho de ser citado en la mismísima Wikipedia, todavía no ha atraído la atención de los curiosos.

Hubo una época en la cual los estilitas abundaban y los estilistas no se prodigaban. Ahora sucede a la inversa.  Por el bien de la diversidad humana espero de veras que el ejemplo de Maxim cunda un poco y el ejercicio del estilitismo se propague de nuevo. Me encantaría, por ejemplo, que unos cuantos banqueros avariciosos, especuladores bursátiles y demás gentes de estiloso mal vivir, optaran por enmendar sus muchos pecados subiéndose a vivir encima de una columna, en lugar de dedicarse jorobar la vida del prójimo.   

(Foto: Ignacio Huerga)

jueves, 24 de mayo de 2012

Profesionales inverosímiles: Protonotarios


Hubo un tiempo en que incluía de vez en cuando en el blog entradillas dedicadas a describir empleos extraños. Ascensoristas, piratas o contadores de nubes fueron algunas de las tareas profesionales de las que me ocupé entonces.  No tenía intención alguna de retomar esta serie, pero es que ayer noche,  navegando perdido por la Wikipedia, naufragué por casualidad en la descripción de unos sujetos llamados los protonotarios, y no he podido resistirme.

Contra lo que pueda parecer, los protonotarios no son una variedad paleolítica de los notarios (por cierto: ¿existe alguna profesión más inverosímil – e inútil- que la de notario? Forrase a base de echar firmas con las que no se asume responsabilidad alguna no parece una función que aporte a la sociedad demasiado, la verdad). Los protonotarios son una categoría dentro de la compleja jerarquía de la iglesia católica, o, en palabras de la preclara Wikipedia, un protonotario es 'un  miembro del más alto colegio no episcopal de prelados en la Curia Romana'.

Lo que más caracteriza a los protonotarios es su indumentaria. Yo nunca he visto a ninguno en vivo y en directo, pero, a juzgar por la descripción wikipedistica, me los imagino a medio camino entre una drag queen  y una lagarterana en traje de gala.  Y es que, según los códigos eclesiásticos, los protonotarios, si la ocasión lo amerita,  pueden usar mantelete, llevar una birreta con borla roja y hasta ponerse un roquete de encaje. No tengo una idea muy precisa de  de lo que significa mantelete, birreta o roquete, pero hay que reconocer que son palabras graciosísimas.

Sin embargo, dice la enciclopedia virtual que desde 1969 el 'privilegio' (!!) de llevar calzado eclesiástico de seda y guantes pontifícales les ha sido prohibido. No comprendo el porqué de esta intransigencia; pobrecillos: seguro que les chiflaba ponerse el uniforme de locaza al completo, incluidos todos los complementos.

Pese a tanta banalidad estilística, la figura del protonotario no es, ni mucho menos, meramente figurativa o simbólica. Los protonotarios (cuyo tratamiento es el muy reiterativo 'Reverendissimo Signor Monsignore') ejercen 'ciertas labores concernientes a los documentos papales', aunque no me queda muy claro si siguen firmando las bulas –tarea esta que, hasta hace un siglo, compartían con otros profesionales del ramo, llamados 'abreviadores'.

El fascinante mundo eclesiástico, con su absoluta desconexión de la realidad, sus ritualismos y sus pompas constituya la mejor prueba de que, en el fondo, lo más irracional es lo más duradero.

(Foto: R.S.M. Ignatious Huerga)

domingo, 29 de mayo de 2011

San Buda

Todos los años, el 27 de noviembre, la Iglesia Catolica celebra el día de Buda, aunque sin darse cuenta. Esa fecha corresponde, conforme al santoral oficial cristiano, con la festividad de San Josafat (*), un personaje cuya vida legendaria es en realidad una readaptación de la del fundador del budismo.

Josafat, según la tradición cristiana, fue un principe indio que decidió abandonar su vida de privilegios para buscar a Dios, optando por una existencia de monje mendicante. Logró reunir a muchos discípulos, junto a los cuales recorrió la India, predicando la Salvación a través de las buenas obras. Anque el relato tradicional cristiano de la historia de Josafat incorpora algunas modificaciones necesarias para hacer su figura digestible en la teología cristiana, en lo sustancial, la vida del santo es una simple replica, casi literal, de la de Buda. Resulta realmente extraordinario, casi increible, pero lo cierto es que la iglesia católica, sin ser consciente de ello, rinde culto al creador del budismo, considerándolo uno de sus santos.

Siempe me han interesado investigar sobre aquello que une a las diferentes religiones, y creo firmemente que tales nexos pueden dar forma un camino fructifero para construir un futuro de convivencia y tolerancia. Hace unos años, de viaje por Tailandia, compré un libro llamado Chirstianity and Buddhism, publicado por una casa editorial local. Leyendo su capitulo final me topé con este curioso asunto sobre Buda/Josafat. Al principio no di mucho crédito al asunto. Pensé que el autor sólo buscaba ensalzar la figura de Buda para hacerla atractiva a los lectores cristianos. No di pues demasiada importancia al asunto, abandonándolo en el cajón mental de las curiosidades.

Ahora, sin embargo, la extraña historia ha saltado de nuevo en mis lecturas. Adquirí hace poco una re-edición de la obra The Georgians, una descripción maravillosa de la historia georgiana escrita en 1966 por D.M.Lang, un experto en temas caucasianos. Cuenta allí el autor que la primera versión cristiana de la leyenda de Josafat fue obra de un monje georgiano medieval, que probablemente conoció la vida de Buda a través de comerciantes árabes, o quizas directamente de fuentes budistas de Asia Central. En aquel tiempo, Georgia constituía una etapa intermedia en la ruta de la seda, que conectaba Extremo Oriente con la Europa medieval. El monje, cuyo nombre no conservamos, puso por escrito la vida del padre del budismo, cambiando su nombre y aderezandolola de algunos elementos cristianos. El original georgiano de la obra fue luego traducido al griego, en el siglo X, por San Eutimio de Antioquia, y posteriormente al latín, popularizándose por toda Europa. En una fecha desconocida el papado decidió, finalmente, santificar a Josafat (es decir, a Buda), el protagonista de la historia.

La figura de Buda no sólo logró colarse en el cristianismo. Todo apunta a que Dhul Kfil, uno de los veinte profetas canónicos del Islam mencionados en el Corán, no es otro que el propio Buda.

Budistas, cristianos y musulmanes, todos reconocen en Buda a un iluminado de Dios. Al final, todos los mundos acaban siempre confluyendo.



(Foto: Ignacio Huerga)

(*)No confundir con San Josafat de Lituania, cuya fiesta es el 12 de Noviembre

sábado, 26 de febrero de 2011

El valle encantado

Stalin se escondía detrás de un parapeto de ramas y troncos jóvenes. Un alto cargo del Tiflis había visitado el pequeño valle semanas antes. Era la primera vez en años que alguna autoridad del gobierno central acudía a la comarca de Gudamakari. Los aldeanos, temerosos de que el funcionario ordenase destruir aquella tosca efigie de escayola del dictador, la habían ocultado con follaje. La mujer sonreía satisfecha mientras señalaba a la estatua. “No la vio”- me dijo con orgullo-. Después nos condujo al viejo edificio municipal.

Las escaleras de cemento desgastado parecían ir a desmoronarse en cualquier momento. Nos acomodamos en torno a la estufa del viejo despacho. Ella nos contó que en las dieciocho aldeas de la pequeña región ya apenas vivían unas cien familias. “¿Hay alguna iglesia en la zona?”, pregunté. Sabía que Gudamakari era uno de los últimos reductos del ancestral paganismo caucasiano, pero quería evitar indagar frontalmente sobre las prácticas religiosas del lugar. “No, no hay ninguna iglesia en todo el valle; nunca ha habido. Nosotros no las necesitamos”, dijo, con cierto tono reservado. Sólo después supe que las gentes de Gudamakari, como las de los aún más remotos valles de Jevsureti y Pshavi, adoran a sus atávicos dioses de la montaña y del viento en pequeños templetes de piedra, coronados con una pieza de vidrio. Georgia es un país de paradojas. Fue una de las primeras naciones de la Tierra en adoptar el cristianismo, y, sin embargo, sigue albergando hoy, en sus inaccesibles valles, los últimos reductos de las creencias milenarias perdidas en el resto de Europa desde hace siglos.

Capas de nieve densa y polvosa cubrían las montañas suaves, los prados, y el ramaje de los árboles frutales. Las aguas oscuras del río se precipitaban veloces hacia el Oeste, formando remolinos entre los cantos.

Una tranquilidad misteriosa y primordial lo impregnaba todo. La belleza de Gudamakari no es agreste. Falta aquí la épica de las coronas rocosas de cinco mil metros señoreando el horizonte, como en Svanetia o Kasbegi. Recorrer Gudamakari no produce pues el vértigo de hallarse al borde mismo del fin del mundo. Más bien, el pequeño valle evoca un paraíso tranquilo, perdido en nuestra memoria, cuyo recuerdo brota fresco en Gudamakari, como evocaciones de la infancia más lejana.

Dejamos atrás en el todoterreno aquella comarca de sortilegios. Permanecimos en silencio largo rato. Intuíamos que Gudamakari nos había revelado un secreto: un secreto profundo y que, una vez desvelado, se olvida para siempre.


(Foto: Juan Echánove)

sábado, 8 de enero de 2011

Diversidad oriental

Hay un mundo antiguo que se está muriendo hoy. Durante siglos Oriente Medio ha atesorado una diversidad inmensa de minorías religiosas y pequeños grupos étnicos y lingüísticos. Bajo el manto aparentemente uniforme del Islam y la cultura árabe, siempre convivieron en la región una gran cantidad de identidades disidentes, diferentes, casi siempre protegidas, o al menos respetadas, por los sucesivos poderes políticos.

Me refiero aquí a toda esa plétora, por ejemplo, de pequeñas iglesias cristianas presentes en Irak, en Siria y otros países de la región (la Iglesia Caldea, la Iglesia Asiria, y tantas otras); algunas de ellas fieles a Roma, otras a la Ortodoxia Oriental, e incluso algunas emparentadas directamente con el arrianismo o el monofisismo (coptos, siríacos…). Me refiero también a las mil y un disidencias dentro de la religión musulmana, como los drusos, los alauitas y las muchas sectas sufíes heterodoxas; o a esas minúsculas religiones arcaicas aún representadas en la zona por unos pocos miles de seguidores, como los misteriosos mandeos de los esteros del sur de Irak, o las tribus kurdas de los yésidos, tenidos, erróneamente, por adoradores del diablo. Si a ellos sumamos las minorías lingüísticas, como los diversos pequeños enclaves de habladores de arameo aún dispersos por toda la región, o los circasianos de Jordania, los lazis y otros grupúsculos de Anatolia, el panorama, es, sencillamente, inabarcable.

Esta diversidad infinita de minorías sobre la que aquí escribo no es simple materia de interés para folcloristas o de ratones de biblioteca. Hablo de una realidad vida, de personas de carne y hueso. Aquí en Georgia, el país periférico en relación a Oriente Medio en el que vivo, me topo constantemente con ese tejido de minorías a diario. La semana pasada cogí un taxi conducido por un yésido. Algunos de los proyectos de los que me ocupo se desarrollan en la región de los orgullosos svan, o en el área de los depauperados armenios de Javakheti. Un compañero de trabajo está a cargo de un programa de repatriación de mesjetos, una etnia turca expulsada por Stalin desde Georgia Asia Central; otro acaba de viajar al remoto valle de los paganos tushetos; a cincuenta kilómetros de donde vivo se encuentra el último pueblo de Georgia habitado por arameos.

El antiguo Imperio Otomano, última potencia política que logró controlar Oriente Medio, se construyó sobre un puzle de fidelidades, reuniendo en su seno a ese crisol de grupos diversos. Todos tenían su espacio en aquel mundo ya muerto: los turcos gobernantes, los árabes mayoritarios y ese abanico inmenso de grupos varios que salpicaban la región.

Tras la desaparición del viejo imperio, tuvo lugar en Turquía la primera gran oleada homogeneizadora: los griegos fueron expulsados de Anatolia, los armenios exterminados, los georgianos locales y otros grupos, asimilados culturalmente ('turquizados'). Sólo la entidad kurda pareció sobrevivir, en circunstancias extremadamente difíciles. Después, la creación del Estado de Israel provocó una nueva herida en la diversidad cultural: las minorías judías de todo Oriente Medio, ingrediente fundamental de las sociedades locales durante siglos, huyeron en su inmensa mayoría hacia el recién creado Estado hebreo. Por primera vez en más de dos mil años, dejaron pues de vivir judíos en Irak, en Siria, en Irán.

En la región del Cáucaso, el “divide y vencerás” practicado por el régimen comunista para mantener el balance entre las diversas nacionalidades permitió a las diversas minorías de la región no sólo sobrevivir, sino incluso florecer culturalmente. Con el colapso de la URSS y los subsiguientes conflictos bélicos en la zona, las minorías étnicas fueron las primeras en resentirse. Así, por ejemplo, los griegos pónticos abandonaron Georgia en desbandada.

El nacionalismo árabe de Nasser en Egipto, incluidas sus versiones más histriónicas en Irak (Saddam Hussein) o Siria (El Azad) sirvió durante un tiempo como bálsamo apaciguador de esa tendencia hacia la expulsión de las minorías. Los regímenes árabes nacionalistas hicieron de la protección de las minorías un ingrediente importante de su agenda política. La propia dinastía gobernante en Siria es alauita. El ministro de exteriores de Saddam era cristiano. La integración era pues absoluta.

La puntilla final a estas décadas horribles de persecución a las minorías en Oriente Medio la ha dado la ocupación norteamericana de Irak y la consecuente guerra civil y apogeo del radicalismo musulmán. Ya casi no quedan mandeos en Irak. Miles de yésidos y de cristianos han sufrido persecución por parte de los integristas religiosos. La Potencia Ocupante (EEUU) ha sido completamente incapaz de cumplir con su responsabilidad como garante de los derechos y libertades de las minorías, obligadas a exiliarse o morir.

Ocupando Irak, América no sólo acabó con todo viso de legitimidad como supuesto baluarte de la exportación de la democracia. Acabó también, sin quererlo ni beberlo, con tres mil años de riqueza en la diversidad cultural de Oriente Medio. Claro que, de esto último los americanos todavía ni se han enterado.

(Foto: Juan Echánove. Svanetia, Georgia)

domingo, 8 de febrero de 2009

¡Ecos del Desierto ya a la venta en Madrid!

Ecos del Desierto, el libro sobre la historia del origen del monoteísmo que edité en Manila el pasado año, ya está a la venta en Madrid, en exclusiva, en Librería Miana. Corred a buscarlo porque los ejemplares vuelan!

Librería Miana
C/Sirio 38
Madrid (Metro Estrella)

Esta es la sorprendente historia de cómo una divinidad de la tormenta, adorada por los nómadas en un remoto rincón del desierto, terminó convirtiéndose en el Dios universal de las tres grandes religiones monoteístas. Basándose en recientes y asombrosos descubrimientos arqueológicos y utilizando penetrantes argumentos históricos, Echánove nos ofrece una perspectiva totalmente novedosa de esta fabulosa historia.

A través de un apasionante recorrido de siglos, el libro nos narra como Yahvé fue incorporando las características de otros dioses Asimilado primero a Elohim (el dios lunar de los semitas), influido luego por Ormuz (la gran deidad persa), equiparado con el Logos griego e identificado finalmente con el Dios Padre indoeuropeo, Yahvé se transformó en un Dios universal. El concepto cristiano de Dios resume, pues, la historia religiosa de todo el MundoAntiguo. La adoración en la Europa del neolítico de una diosa madre primordial; el mito del Dios Ocioso -tan extendido entre numerosas culturas “primitivas”-; la controvertida figura de Ajenatón -el faraón que adoraba al sol-; los indicios de monoteísmo en Creta y Babilonia; o la sorprende religión del pueblo nabateo -constructor de Petra-, son algunos de los eslabones de esta fascinante trama. El misterioso Deuteroisaías, el pensador judío Filón o el filósofo griego Jenófanes, son algunos de los protagonistas de esta saga milenaria.

Analizar la evolución histórica del monoteísmo desde la Prehistoria hasta el surgimiento del Islam puede, sin duda, ayudarnos a entender mejor las crisis de radicalismo religioso que sacuden al mundo de hoy. El monoteísmo sigue influyendo poderosamente en la sociedad actual y definiendo, en gran medida, nuestra psicología colectiva.

El libro, que fue presentado en mayo del 2008 en el Instituto Cervantes de Manila por la Academia Filipina de la Lengua Española, es fruto de siete años de investigación bibliográfica y de campo (he vivido en Palestina por algún tiempo) y ha recibido una muy buena acogida de público y de crítica.