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martes, 3 de julio de 2012

Profesiones inverosímiles: Estilita


A veces una sola letra puede cambiar por completo el sentido de la vida. La palabras estilita y estilista solo se diferencian en la silbante segunda 's'; no obstante, entrambos términos media un abismo conceptual. Los estilistas se ocupan de mejorar la apariencia externa de las personas; los estilitas, por su parte, se hacen cargo de mejorar el espíritu, o, dicho de otro modo, de aproximar el alma al paraíso. Ambos comparten un interés común por la persona humana y su desarrollo; la diferencia sólo radica en el enfoque: para los estilistas, la materia prima de su labor es el cuerpo, la forma de vestir y actuar, lo tangible, el mundo de los sentidos. Para los estilitas la estrategia es la contraria: hay que alejarse del mundanal ruido y buscar el cielo en total aislamiento.  Para llevar a cabo tan ambiciosa labor, los estilitas optan por la práctica de un estilo de vida cuasi circense: Vivir encima de una columna a varios metros sobre el suelo.

La invención de esta original ocupación se atribuye a un ermitaño sirio de fines del siglo IV llamado Simeón. A Simeón las distancias cortas con la gente no le gustaban en absoluto. Harto ya de que las masas de fieles perturbaran su solitaria paz espiritual visitándole en la remota cueva en la que habitaba, el tipo optó por levantar un alto pilar y subirse encima. Como suele suceder con los famosos cuando intentan escabullirse de sus fans, el alejamiento físico de Simeón, en lugar de retraerle del ojo público, le hizo aun más popular. Las multitudes se acercaban por cientos a los pies al pilar para admirar al santo Simeón y rogarle bendiciones. Simeón, que, como queda dicho, no destacaba por su sociabilidad, decidió entonces encaramarse a una columna todavía más alta, para, a medida que se acercaba al cielo, alejarse del fragor popular.  De nada sirvió la medida: Cuanto más se alejaba del suelo Simeón, más gente acudía a visitarle y admirar su prodigiosa forma de vida, en prueba evidente de ese principio quántico conforme al cual la observación de la realidad modifica el objeto observado. Al final de sus largos días, Simeón el estilita (de stylos, columna en griego) residía  en una pequeña plataforma alzada ya a quince metros sobre el suelo. Aunque parezca sorprende, murió de viejo, y no de un trompazo por caerse hasta el suelo alguna noche de sueño agitado.

El ejemplo de Simeón cundió y, en las décadas y siglos posteriores, eso de buscar la espiritualidad a base de vivir subido a una columna se convirtió en una practica bastante habitual entre los místicos (y algunos 'friquis') de la antigüedad. Curiosamente los más afamados subsiguientes estilitas se llamaron también Simeón, como si por alguna extraña razón el nombre predispusiera a una cierta querencia por vivir en las alturas. Hubo así un  Simeón el estilita el joven (que, pese a su mote, murió a los 84 años), y hasta un Simeón el estilita III (conocido por la historia así, con el numero detrás, como si tratase del miembro de una saga de pelotaris o toreros). Otros estilitas celebres respondieron a nombres mucho más originales, tales como los pomposos san Alipio de Adrianopolis o San Walfor.

Por inverosímil que resulte la profesión de estilita, no merecería una entrada en este blog sino fuera porque todavía se continúa ejerciendo: En Georgia, el país donde ahora moro, vive probablemente el único estilita del planeta: se llama Maxim y habita encima del pilar de Katshi,  una estrecha columna natural de roca de unos 30 metros de altura con una pequeña ermita encima, solo accesible mediante un sistema de poleas. Maxim, pese a su inusual forma de vida y al hecho de ser citado en la mismísima Wikipedia, todavía no ha atraído la atención de los curiosos.

Hubo una época en la cual los estilitas abundaban y los estilistas no se prodigaban. Ahora sucede a la inversa.  Por el bien de la diversidad humana espero de veras que el ejemplo de Maxim cunda un poco y el ejercicio del estilitismo se propague de nuevo. Me encantaría, por ejemplo, que unos cuantos banqueros avariciosos, especuladores bursátiles y demás gentes de estiloso mal vivir, optaran por enmendar sus muchos pecados subiéndose a vivir encima de una columna, en lugar de dedicarse jorobar la vida del prójimo.   

(Foto: Ignacio Huerga)

jueves, 24 de mayo de 2012

Profesionales inverosímiles: Catadores de ajos


La reciente noticia del hallazgo, en los almacenes oficiales castellano-manchegos, de montañas de libros editados por el gobierno regional y de cientos de miles de llaveritos de motivo quijotesco y otros muchos objetos de publicidad institucional, aparentemente adquiridos por la administración autonómica a lo largo de los años y nunca utilizados, me ha sorprendido bastante. El bisabuelo de mis nietos, honrado labrador vecino de los Yébenes, en los montes de Toledo, ha venido recibiendo de manera puntual, durante muchísimo tiempo, gruesos tomos con muchas fotos  (de esos que se hojean cuando los ves por primera vez y ya nunca vuelves a abrirlos en tu vida) publicados con primor por las autoridades manchegas, sobre temáticas tales como 'La cocina de Don Quijote', 'Viajes del Príncipe Felipe por Castilla-La Mancha' o 'Los parques naturales de nuestra región'. Los libros, regalo sorpresa del Gobierno autonómico, eran entregados a domicilio, sin coste alguno para el receptor. Comparada con la habitual práctica de distribuir tales costosas publicaciones exclusivamente entre el círculo de visitantes oficiales o los primos de la autoridad de turno, eso de llevar a la puerta de las casas de los manchegos -donde la hospitalidad abunda pero, generalmente, la literatura falta- esos gruesos tomos de  asunto regional me parece una medida que, aunque tal vez poco eficiente económicamente, resulta de lo mas democrática.

Además de una cierta obsesión fetichista con el protagonista de novela de Cervantes (*),   el otro gran elemento común a todas esas maravillosas publicaciones era el preámbulo, compuesto siempre de las mismas frases más o menos vacías. Prologar obras institucionales es, desde luego, uno de los trabajos mas ingratos que puedan existir.

Hace poco leí con aprovechamiento uno de estos mostrencos: 'El ajo en Castilla la Mancha' se llamaba el libro. Aprendí allí que los ajos morados de Las Pedroñeras poseen el doble de virtudes curativas que las demás clases de ajos, o que el cuarenta por ciento de la producción europea de este bulbo procede de las provincias de Albacete y Cuenca. No obstante, lo que más atención  me llamó del libro fue enterarme de que los ajos de alta calidad, al igual que el vino o los quesos, también se catan. ¿Cabe imaginar en una profesión más ingrata que la de catador de ajos? Es  incluso todavía más desagradecido que trabajar como prologuista de libros institucionales. Me pregunto cual es la tasa de soltería en el gremio; debe resultar elevadísima.   

(Foto: Luis Echanove)

(*) Pese a contar con tantos ilustres personajes históricos de carne y hueso en su pasado, a los manchegos lo que más le gusta es fardar de una persona que nunca existió.

Profesionales inverosímiles: Protonotarios


Hubo un tiempo en que incluía de vez en cuando en el blog entradillas dedicadas a describir empleos extraños. Ascensoristas, piratas o contadores de nubes fueron algunas de las tareas profesionales de las que me ocupé entonces.  No tenía intención alguna de retomar esta serie, pero es que ayer noche,  navegando perdido por la Wikipedia, naufragué por casualidad en la descripción de unos sujetos llamados los protonotarios, y no he podido resistirme.

Contra lo que pueda parecer, los protonotarios no son una variedad paleolítica de los notarios (por cierto: ¿existe alguna profesión más inverosímil – e inútil- que la de notario? Forrase a base de echar firmas con las que no se asume responsabilidad alguna no parece una función que aporte a la sociedad demasiado, la verdad). Los protonotarios son una categoría dentro de la compleja jerarquía de la iglesia católica, o, en palabras de la preclara Wikipedia, un protonotario es 'un  miembro del más alto colegio no episcopal de prelados en la Curia Romana'.

Lo que más caracteriza a los protonotarios es su indumentaria. Yo nunca he visto a ninguno en vivo y en directo, pero, a juzgar por la descripción wikipedistica, me los imagino a medio camino entre una drag queen  y una lagarterana en traje de gala.  Y es que, según los códigos eclesiásticos, los protonotarios, si la ocasión lo amerita,  pueden usar mantelete, llevar una birreta con borla roja y hasta ponerse un roquete de encaje. No tengo una idea muy precisa de  de lo que significa mantelete, birreta o roquete, pero hay que reconocer que son palabras graciosísimas.

Sin embargo, dice la enciclopedia virtual que desde 1969 el 'privilegio' (!!) de llevar calzado eclesiástico de seda y guantes pontifícales les ha sido prohibido. No comprendo el porqué de esta intransigencia; pobrecillos: seguro que les chiflaba ponerse el uniforme de locaza al completo, incluidos todos los complementos.

Pese a tanta banalidad estilística, la figura del protonotario no es, ni mucho menos, meramente figurativa o simbólica. Los protonotarios (cuyo tratamiento es el muy reiterativo 'Reverendissimo Signor Monsignore') ejercen 'ciertas labores concernientes a los documentos papales', aunque no me queda muy claro si siguen firmando las bulas –tarea esta que, hasta hace un siglo, compartían con otros profesionales del ramo, llamados 'abreviadores'.

El fascinante mundo eclesiástico, con su absoluta desconexión de la realidad, sus ritualismos y sus pompas constituya la mejor prueba de que, en el fondo, lo más irracional es lo más duradero.

(Foto: R.S.M. Ignatious Huerga)

jueves, 8 de abril de 2010

Profesiones inverosímiles

(4) Clasificador de nubes

Hace unos meses di por conclusa una pequeña serie de entradas dedicadas a profesiones inverosímiles. En ella daba cuenta de trabajos más o menos disparatados, tales como el de ascensorista, pirata o taxidermista. Ahora, perplejo, descubro que existe una profesión mucho más extravagante que ninguna de aquellas: la de clasificador de nubes.

De algún modo, en nuestra infancia, todos hemos sido clasificadores de nubes en categoría amateur: Cada vez que mirábamos arriba un día nuboso y buscábamos perfiles de objetos cotidianos en las texturas algodonadas del cielo ('esa parece un pescado, esa parece la cara de un viejo, esa parece el casco de Mazinger Zeta') estábamos, de hecho, clasificando nubes a nuestra manera. Pero normalmente, al llegar a la edad adulta, casi todos los humanos perdemos esa querencia por imaginar formas en los objetos amorfos, de modo que dejamos de mirar a las nubes. Contemplar las nubes, cuando se es adulto, está incluso bastante mal visto. La practica de perder la mirada en el cielo, entre las personas mayores, es tenida por un síntoma de despiste o incluso de idiocia incipiente.

No obstante, algunos empecinados seres logran continuar con su afición nebulosa bien pasada la infancia y consiguen incluso hacer de su observación nebular una autentica profesión. Son los clasificadores de nubes.

Pero, ¿hay acaso tantos tipos de nubes ahí arriba como para dedicar una vida entera al menesteroso arte de clasificarlas? En principio todos hemos estudiado en la escuela (aunque casi ninguno lo recordemos) que existen cuatro diferentes clases de nubes: estratos, cúmulos, cirros y limbos; además, cuando una nube tiene una forma a medio camino entre algunas de estas variedades básicas, se la puede llamar cirroestrato, limbocúmulo y demás combinaciones de cuatro elementos tomados de dos en dos. Con todo, el numero total resultante de posibles variedades no es demasiado alto (también todos hemos estudiado combinatoria en la escuela y, al menos en mi caso, he olvidado sus reglas).

Como en tantas otras cosas, nuestros maestros nos mintieron, tal vez piadosamente sí, pero nos mintieron. En realidad existen, literalmente, cientos de clases de nubes, todas perfectamente catalogadas por los expertos en la materia. Anualmente, el International Cloud Atlas, que la Organización Meteorológica Universal lleva publicando desde el siglo XIX, relaciona, describe e ilustra todas las clases de nubes clasificadas hasta el momento.

Como si se tratase de plantas o paramecios, las nubes, oficialmente, se clasifican en géneros o familias, y estas a su vez en especies y variedades, con nombres tan evocadores como altostratus mammatus, pileus o la recientemente descubierta especie asperatus. El pobre cumulus mediocris no debe ser una variedad demasiado espectacular. A veces sus nombres pueden inducir a cierta confusión. El altocúmulo castellano (altocumulus castellanus) no se llama así porque abunde especialmente en Palencia o Burgos, sino por su forma de fortaleza.

Los humanos tenemos una capacidad inmensa (y perversa) para racionalizar todo cuanto nos rodea… incluidas las etéreas, vagas, poéticas e inasibles nubes del cielo. Esa capacidad es nuestra mayor condena.

(Foto: Luis Echanove)