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miércoles, 23 de mayo de 2012

La foto en el cajón

Entornabas los ojos, casi hasta cerrarlos, y esas arrugas pequeñas, a los lados de tus labios, se marcaban de nuevo…El sol bañaba la plaza. Ahí estábamos: sentados en las escaleras, ante una iglesia barroca (¿de donde era? ¿Praga? ¿Budapest?) Con tus manos abrazando las rodillas, gozando del calor de un verano remoto…así te recuerdo hoy.

(Foto: Ignacio Huerga)

viernes, 15 de abril de 2011

Cobayas

A veces pienso en la vida como en una sucesión de experimentos realizados por un científico a quien no podemos ver, con nosotros como cobayas al servicio de sus ensayos de laboratorio.

De tales experimentos, uno de los más curiosos es ese que consiste en convivir intensamente unos cuantos días con personas variopintas a las que, hasta entonces, no conocías absolutamente de nada. Esto mismo me acaba de suceder recientemente, durante mi estancia en Budapest. El motivo del viaje era acudir a un curso de la Unión Europa. Allí coincidí con personas de una docena de países diferentes, de variadas edades y profesiones.

El caldo de cultivo de esa completa ignorancia del otro fomenta un tipo de relaciones novedosas, a veces muy intensas y sinceras. Así, de pronto te sorprendes ante la franqueza de un veterinario honesto y bondadoso que te confiesa, a calor de unas cervezas, que ha vivido varios años angustiado y laboralmente relegado, trabajando para un jefe corrupto. Las burócratas bálticas que parecían tan serias, se arranca a cantar espontáneamente en una noche de juerga. El científico italiano de las preguntas inteligentes te ofrece su ayuda y consejo para enderezar un importante proyecto que tenías empantanado. Y el muchacho ucraniano te revela entristecido que gana ciento cincuenta dólares al mes, el equivalente a la renta mensual de la habitación en la que vive.

Y entonces llega el día de la despedida. Intentas prolongar una última conversación antes de la partida. Sabes que a la mayoría no volverás a verlos nunca más y que esa convivencia fresca ha sido para todos un paréntesis extraño y renovador en las vidas cotidianas. Sientes una tristeza noble, y echas la culpa a la tarde soleada, o a los pájaros alborotos antes de la noche.

(Dibujo: Ignacio Huerga)

Sorpresas

Con el transcurrir del tiempo la capacidad de asombro se va diluyendo. Olalla, mi hija de dos años, puede pasar media hora absorta y sorprendida ante un peluche de colores nuevo. Juanito y Carmen, de cinco y ocho, ya no se maravillan con todo tan fácilmente, pero siguen mostrando esa frescura espontánea y reveladora cuando vuelven a recontarse con los elefantes en el zoo.

Acabo de regresar de Budapest, una ciudad que conocí por vez primera hace más de dos décadas. Aquel remoto viaje de mochilero, uno de los primeros de mi vida, me regaló muchísimas sorpresas que guardo aún a buen recaudo en la memoria. Un nuevo mundo de experiencias se abrió a mis ojos en aquella visita a una Hungría que vivía sus últimos meses de comunismo. Fue un viaje, sí, irrepetible.

He vuelto ahora a la vieja ciudad del Danubio, con la carga de lo vivido a las espaldas y ese deterioro imparable de la capacidad para sorprenderme acicateándome la moral. He vuelto, por tanto, con las expectativas bajas, obviando esa vieja verdad según la cual segundas partes nunca son buenas. Pero la realidad es siempre más sabia que nuestras torpes previsiones. Contra todo pronostico, Budapest ha vuelto a sorprenderme, a iluminarme, y, como no podía ser de otro modo, de una manera completamente diferente a la de aquel viaje inicial. El primero y mayor de mis asombros fue el constatar, nada más llegar, no sólo que yo no soy el mismo (pare saber eso no me hace falta largarme a Budapest), sino también que la ciudad tampoco es la misma que aquella que conocí entonces. No me refiero a detalles tales como que las viejas fachadas desconchadas de Pest estén ahora completamente remozadas, o que la escasez de visitantes de entonces se haya visto substituida por una riada de turistas…es que el pulso mismo de la ciudad, su sabor, su misma esencia, se han transmutado. No podría decir cual de las dos Budapest me gusta más: Si aquella del tardo-comunismo o esta de la modernidad europea. Comparar, en todo caso, no conduce a nada.

La sorpresa final en este viaje, y tal vez la mayor, no se encontraba en las calles de la ciudad, sino bajo estas. Decidí recorrer el laberinto cavernoso que discurre bajo la histórica Buda. Las larguísimas catacumbas y túneles medievales han sido ahora transformados en una especie de museo alternativo del mundo subterráneo. Esculturas surrealistas y tenebrosas se agazapaban en los recodos de los corredores. Una fuente renacentista, cubierta de hiedra, presidía una de las salas. El tramo final del laberinto, completamente en penumbra, solo podía recorrerse sin perderse si uno se mantenía asido al pasamanos todo el tiempo. Un pavor irracional (a fin de cuentas, ¿que puede pasarte allí?) te domina al comienzo, pero has de aprender a superarlo. Y, como colofón final, una exposición imaginaria de artefactos cotidianos actuales, dispuestos como si de un yacimiento arqueológico del futuro se tratase.

Salí del subsuelo amando la luz del día más que nunca y, a la vez, firme en la certeza de que, en las entrañas de la tierra, se esconden los secretos del subconsciente.


(Dibujo: Ignacio Huerga)