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miércoles, 5 de junio de 2013

Pacífica corrupción


Leo en El País que ciertos documentos recientemente desclasificados de los archivos de oficiales británicos revelan como el Gobierno de su Graciosa Majestad se dedicó a sobornar con sumas de millones de libras a un montón de jerifaltes del franquismo para ganar sus voluntades contra la posibilidad de que España entrase en la segunda guerra mundial del lado del Eje. La lista de los generalotes en nónima del Foreign Office es tan abundante como sorprendente: Varela, Yague, Nicolás Franco (el  hermanísimo del Caudillo) Millán Astray, y hasta Kindelán, al que los archivos ingleses califican como “un chorizo” (o su equivalente en inglés, el artículo no especifica). Digo que la lista es sorprendente porque la percepción general que se suele tener del régimen franquista, y especialmente de los altos mandos militares que hicieron la guerra junto a Franco es que, aunque recalcitrantemente antidemocráticos y golpistas, aquellos señores, al menos, fueron honestos, hombres de palabra, incapaces de manchar su honra por el vil metal. Mas resulta que, de confirmarse estas informaciones (y no hay razón alguna para disputar su veracidad) en realidad se trataba de un atajo de corruptos dispuestos a vender su voluntad y sus ideales por la pasta depositada en un banco suizo.

Nos encontramos frente a una paradoja ética de lo más interesante: Es tal vez posible que el hecho de que España felizmente se librara de los horrores de la Segunda Guerra Mundial se debiera a la condición de corruptos de estos sujetos. Si no se hubieran dejado sobornar por esas enormes sumas de dinero, estos generales no se habrían dedicado a limar los ánimos belicistas de otros miembros del círculo de poder de Franco, y no habrían pues sorteado la casi inevitable alianza de España con la Alemania nazi.

No es este un episodio aislado en la historia política española. La corrupción  forma parte de la genética misma del ejercicio del poder en nuestra nación desde su misma formación. Corruptas hasta la medula fueron las monarquías de Austrias y Borbones, en las cuales los cargos públicos se vendían sin rubor, siendo luego la inversión recuperada por el ejerciente con extorsiones y robos a las arcas publicas. Corrupto fue también el ejercicio del poder durante el franquismo, como nos revela no solo este hecho del soborno inglés a los jerarcas militares sino, sobre todo, el sostenido contubernio durante décadas entre la jerarquía política del Régimen y las élites económicas del país. Claro está que durante la dictadura solo ciertos escándalos (tan notorios que resultaba imposible taparlos) salieron a la luz; pero el día a día del desarrollismo franquista navegaba sobre un mar de prebendas, informaciones privilegiadas, sobornos y negocios inconfesables.
Durante las primeras décadas de la democracia el tipismo de la deshonestidad se mantuvo tan vivo como siempre, gracias a manilargos tan bochornosos pero repetibles como Luis Roldán, el hermano de Guerra o Jesús Gil. Y así, hasta hoy en día, y sin solución de continuidad, la llama refulgente del mamoneo continua iluminando España, con la abrasiva quemazón de siempre.

Bien es cierto que esa tendencia multisecular de los dirigentes de mirar antes por el bolsillo propio que por el bien común  no es exclusiva de nuestro país. Lo que hace al caso español diferente del de otros vecinos europeos es seguramente la naturalidad misma de la corrupción. En España, durante 500 años, el que, teniendo poder no robaba, era tenido por tonto. Lo castizo ha sido siempre pillar y, si se puede, vivir del cuento. La picaresca, que no es sino el ejercicio de la corrupción a la escala de los pobres, ensalza ésta hasta límites casi heroicos.

Pero seamos positivos y optimistas: Hace setenta años la pudrición de la clase política nos libró de una guerra atroz. Así que yo no pierdo la esperanza: es posible que la trama Gurtel, el caso Urdangarin o el de los ERE nos traigan algo bueno. Aunque la verdad, por mucho que lo pienso no se me ocurre el qué.

(Fotos:  Luis Echanove)

martes, 20 de marzo de 2012

Conciencia

Me sulfura esta situación, me descontrola. Puede más que yo. Una parte de mí se niega en rotundo incluso a creerse que sea cierto. No es sólo lo que ha hecho: es cómo lo ha hecho. Aún con todo, lo más aberrante es que los demás lo sepan y nadie reaccione. Por eso él se crece, por que sabe que nadie va a mover un dedo para denunciarle. Es verdad que el tema poco tiene que ver conmigo directamente….pero cada vez que pienso en que todo ese dinero que el capullo se embolsa deja de gastarse en aquello a lo iba originalmente destinado me revientan las entrañas del asco…¡es repugnante!...

Es repugnante sí, pero ¿es que acaso los demás no se dan cuenta? ¿no sienten ellos ese mismo asco que ahora yo, desde que lo sé, también siento? ¿Es posible, acaso, que yo esté exagerando en mi reacción?... desde pequeño me he salido de tono ante las injusticias, pero es que tal vez mi percepción de lo que es o no justo sea un poco exagerada…no digo que forzosamente tal sea la situación pero… ¿y si, de algún modo, el equivocado soy yo? En el fondo me encanta el protagonismo…es más que probable que mi principal intención a la hora de destapar todo este cotarro no sea otra que ganar notoriedad frente al jefe o, aún peor, regalarme esa sensación tan mezquina del “deber cumplido”.

Si soy un poco sincero conmigo mismo debo reconocerme que, en el fondo, lo que más me disgusta de todo esta sucia trama es que me siento tonto. Sí: esa es la palabra, tonto porque disfrazo de moral lo que en el fondo no son sino ganas de notoriedad. Por otra parte, sé que si me rebelo contra este turbio mamoneo me la voy a jugar: primero, porque no dispongo de todas las pruebas; segundo, porque aunque a la larga todo se acabe arreglando es evidente que, mientras tanto, todos los otros me va a hacer la vida imposible aquí. Y eso puede durar mucho tiempo. El cabronazo que está echando la mano a la caja, además, bien podría, al verse acorralo y cegado por la venganza, hacerme cualquier jugarreta sucia que ahora mismo no puedo llegar ni a imaginar. Podría, por ejemplo, mezclarme a mí en todo este rollo, aduciendo motivos falsos… si me quemo en esta batalla no podré luchar en otras guerras, tal vez más importantes, en el futuro.

Así que la pregunta que en verdad debo hacerme es: ¿Merece la pena realmente montar un escándalo? Además, las cifras no son tan elevadas…ya sé que lo mismo da robar uno que cien, o al menos eso dicen. Según como definamos el verbo robar, alguien podría decir que yo mismo he robado alguna vez al ministerio…por ejemplo, aquel recibo de un taxi con una cantidad bastante superior a la que marcaba el taxímetro…la idea no fue mía no, sino del taxista aquel, pero yo no rechisté entonces…si, tan solo eran diez o veinte euros, y ahora en cambio hablamos de miles, tal vez decenas de miles…pero, como quien dice, en robar todo es empezar. Yo no soy mejor tipo que el chalado este.

Me creo un santurrón, sí, eso es lo que me pasa…me planteo denunciar este tinglado sólo para figurar de héroe, pero soy igual o peor que él. ¿Quién podría asegurar que si no tuviera acceso diario a la cartera de pagos y tratar con los proveedores no terminaría arrancando algún pellizco?... Además, el tipo se queda con dinero que no es suyo, pero quiere a sus hijos, y a su mujer…nunca diría que es una mala persona. Tiene ese defecto, sí, pero, “el que esté libre de pecado, que tire la primera piedra”, como me decían los curas en el colegio. Y además, es posible que realmente necesite el dinero…que sé yo de su vida, igual tiene un familiar con leucemia o algo así y tiene que sufragarle la hospitalización en Huston… ¿ que coño sé yo de subida? Estoy juzgándole por una cosa mala que hace, pero no conozco el contexto general. Y además: estoy dispuesto a echarme sobre los hombros la responsabilidad de hundir la vida de su familia?¿Cómo se sentirían sus hijos si su padre acabase entre rejas?

Bueno, parece que ya voy teniendo las cosas un poco más claras. Menos mal, me siento bastante más relajado…menudo sofoco, no puedo vivir con este estrés encima, mejor olvido todo el tema y a otra cosa. Y si el asunto tiene que destaparse, ya se destapará sólo antes o después. Más me vale, por una vez, evitar el meterme en problemas yo solito.

(Foto: Luis Echanove)

sábado, 15 de noviembre de 2008

Este cuento no se ha acabado

Voy a contar un cuento.

Érase una vez un muchacho de escasas cualidades pero grandes parentescos que consiguió, muy bien recomendado, plaza de becario de lujo en un organismo público en el extranjero. Resultó que el susodicho salió rana, y al cabo de un año terminó discreta y dignamente expulsado del trabajo, tras probársele un caso de pertinaz acoso sexual a una compañera de oficina y ser acusado judicialmente de lo mismo por otra joven. Pese a tales antecedentes, y gracias al generoso nepotismo que guiaba su carrera, poco le costó a nuestro protagonista salir airoso del evento y lograr un nuevo puestazo, esta vez como asesor de copete en uno de esos países que nadie quiere reconocer y en los que los funcionarios extranjeros cobran fortunas. Cansado del lugar, al poco el padrinazgo familiar logró encontrarle cobijo de nuevo, con nómina en el trópico, en la misma organización internacional de la que fuera expelido por zalamerías criminógenas.

Todo lo que he contado, por supuesto, no tiene ni un viso de verdad ya que, como todos sabemos (nos los enseñaron desde niños), los malos nunca ganan, el que la hace la paga y a los puestos de responsabilidad se llega por meritos personales, con esfuerzo y honestidad. Y colorín colorado.


(Foto: Luis Echanove)