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viernes, 29 de mayo de 2009

Aislados en la globalidad

Me acaba de llegar un correo electrónico al trabajo. Me lo envía Crissy, líder de una ONG que trabaja con comunidades tribales. Me cuenta que Miks, la responsable de uno de nuestros proyectos de medio ambiente se encuentra en estos momentos en la aldea más remota de Siayan, el municipio, según las estadísticas, mas pobre de toda Filipinas. Allí no hay servicios de salud de ninguna clase ni por supuesto medico o trabajadores sanitarios. En los tres días que Miks lleva en la aldea han muerto cinco personas, deshidratas por diarreas y vómitos. Miks esta desesperada, nos pide ayuda.

Cada año decenas de miles de enfermeras y doctores filipinos emigran a trabajar a Inglaterra, Estados Unidos, Arabia Saudita y otros países ricos. Para un hospital privado en estos países, resulta mucho mas barato contratar a un filipino que a un costoso doctor o enfermera local. Con tanta migración, el país se esta quedando sin personal de salud para atender las áreas rurales.

La globalización, al final, afecta a todos. Hasta a los habitantes de la aldea más remota del pueblo más alejado y pobre de Filipinas.

(Foto: Luis Echanove)

sábado, 15 de noviembre de 2008

Este cuento no se ha acabado

Voy a contar un cuento.

Érase una vez un muchacho de escasas cualidades pero grandes parentescos que consiguió, muy bien recomendado, plaza de becario de lujo en un organismo público en el extranjero. Resultó que el susodicho salió rana, y al cabo de un año terminó discreta y dignamente expulsado del trabajo, tras probársele un caso de pertinaz acoso sexual a una compañera de oficina y ser acusado judicialmente de lo mismo por otra joven. Pese a tales antecedentes, y gracias al generoso nepotismo que guiaba su carrera, poco le costó a nuestro protagonista salir airoso del evento y lograr un nuevo puestazo, esta vez como asesor de copete en uno de esos países que nadie quiere reconocer y en los que los funcionarios extranjeros cobran fortunas. Cansado del lugar, al poco el padrinazgo familiar logró encontrarle cobijo de nuevo, con nómina en el trópico, en la misma organización internacional de la que fuera expelido por zalamerías criminógenas.

Todo lo que he contado, por supuesto, no tiene ni un viso de verdad ya que, como todos sabemos (nos los enseñaron desde niños), los malos nunca ganan, el que la hace la paga y a los puestos de responsabilidad se llega por meritos personales, con esfuerzo y honestidad. Y colorín colorado.


(Foto: Luis Echanove)

sábado, 28 de junio de 2008

Dignidad

A todos nos gustan unas palabras más que otras, tal vez por como suenan, tal vez por lo que evocan, por los recuerdos que a ellas asociamos, o simplemente por su significado literal. La palabra “dignidad” es una de mis favoritas, por todas esas razones y tal vez algunas más.

Ayer me enfrenté cara a cara con esa palabra en el último rincón de Mindanao, en un tú a tú sin intermediarios de ninguna clase. Ante mí se alzaba la palabra “dignidad”, desplegada en todos los idiomas posibles, en forma de rostro curtido de un ex vagabundo reclutado como recolector de basura por las autoridades de su barrio. Gana 20 euros al mes. Recorre las calles de lodo todas las tardes en un triciclo cargado de sacos con los desperdicios del vecindario. No sé qué edad tiene, pero aparenta mucha. No habló conmigo. Yo sí con él, aunque mis palabras no debieron decirle demasiado.

De su silencio fluía un mensaje claro, transparente: dignidad, así, sin más, sin adjetivos, verbos ni pronombres. Aquellas facciones resumían el significado de esa palabra mejor que el diccionario más completo. La dignidad ni se compra ni se regala. Está o no está: como el agua dentro de un vaso; como los pasajeros en un tren; como los cromos de colección en el álbum de un niño. Lo leí en su mirada, en sus arrugas. Fue en una calle sucia, una tarde de sol.

domingo, 8 de junio de 2008

Son de la loma (3)

Descarga y chispitrén
Acabábamos de comenzar la primera descarga y yo ya no quería más chispitrén. La enfermera me ofreció un segundo vaso de la inmunda cazalla. Lo rechacé con una sonrisa. Dicen los camagüeyanos que beber chispiterén deja impotentes a los hombres. Ella más bien pensaba lo contrario. Dicen también que todas las enfermeras de la Cuba central tienen algo de putillas. Con sus blanquísimos uniformes y la cofia diminuta, recuerdan a los recortables de infancias anteriores a la mía. Y ahí sí, ahí hay un cierto morbo, ese que llevaba a los niños de antaño a levantar las ropitas de la figurilla de papel.

La enfermera continuó contando cajas de alimentos de donación al pie de la rastra enorme. Un negro tizón, palero y gordísimo, tomaba los bultos de dos en dos. El moreno paraba a cada rato y balbuceaba bromas, resultado del esfuerzo físico y de la sordina común en esta parte del mundo a la hora de arrimar el hombro.