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domingo, 8 de junio de 2008

Son de la loma (3)

Descarga y chispitrén
Acabábamos de comenzar la primera descarga y yo ya no quería más chispitrén. La enfermera me ofreció un segundo vaso de la inmunda cazalla. Lo rechacé con una sonrisa. Dicen los camagüeyanos que beber chispiterén deja impotentes a los hombres. Ella más bien pensaba lo contrario. Dicen también que todas las enfermeras de la Cuba central tienen algo de putillas. Con sus blanquísimos uniformes y la cofia diminuta, recuerdan a los recortables de infancias anteriores a la mía. Y ahí sí, ahí hay un cierto morbo, ese que llevaba a los niños de antaño a levantar las ropitas de la figurilla de papel.

La enfermera continuó contando cajas de alimentos de donación al pie de la rastra enorme. Un negro tizón, palero y gordísimo, tomaba los bultos de dos en dos. El moreno paraba a cada rato y balbuceaba bromas, resultado del esfuerzo físico y de la sordina común en esta parte del mundo a la hora de arrimar el hombro.

lunes, 26 de mayo de 2008

Son de la loma (2)

Penetración marina

Enfrente mismo de la aburrida bahía de Cochinos -ese lugar que en Cuba llaman playa Girón, para no mezclar a los cerdos en materia de gloria patria (…por cierto, la cría de marranos en bañeras de apartamentos estaba por entonces en auge a lo largo y ancho de la isla; ¿o a lo largo y estrecho? Cuba no de mucho de norte a sur)-…decía, enfrente mismo de bahía de Cochinos desvirgué al mar por vez primera, con bombona a la espalda. A veinticuatro metros agua adentro yace un Paraíso no terrenal. No es que todos los peces del mundo luzcan cara de tontos, es que viven en perpetuo éxtasis, como cándidos angelitos en un limbo de corales y algas amarradas a los abismos. Uno no sabe si asociar a tanta belleza el embeleso que las profundidades causan o si relacionarlo con la posible falta de riego cerebral que la presión marina produce. Correteé sobre fosas insondables en pos de seres de colores y tamaños variados. Me recosté sobre el polvo blanco del fondo de un mar que antes siempre había amado desde lejos. No oculto cierto arrepentimiento…la culpa no se desprendía de mí ni en esta Cuba atea que me acogía.
Mi relación con el océano no fue ya jamás la misma. Maté los inocentes mirares a las aguas bravas. Que el Dios Neptuno me perdone, pero juro penetrar al mar nuevamente.

lunes, 19 de mayo de 2008

Son de la loma (1)

El malecón

El malecón andaba insospechadamente embrutecido. Motitas rebeldes de mar picada salpicaban a los autos años cincuenta que osaban surcarlo. Arriba radiaba de canto un sol inmenso. De frente, como pulida o encerada, brillaba la fortaleza del Morro. Caminábamos sobre el poyete que separa la Habana del diecinueve del mar Caribe. Bromábamos, corríamos a trechos, y yo me encaramé a un león de bronce en el Paseo del Prado. Almorzamos en un patio colonial y acabamos la tarde sobre incomodas butacas de cine criollo. Silvio sigue tocando a mis espaldas, y yo rememoro andares por la Habana vieja al compás de mi cansancio.