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miércoles, 30 de junio de 2010

URSS: La herencia mal repartida

Hace unos meses publiqué en el número 95 de la revista Tiempo de Paz (*), el articulo titulado 'URSS: la herencia mal repartida. Inequidad, pobreza y conflictos tras la caída de la Unión Soviética'. Esta es la introducción del mismo:

Se han cumplido veinte años de la caída del Muro de Berlín, el acontecimiento histórico que simbolizó el principio del fin de la Guerra Fría y de la hecatombe del paradigma comunista. A veces la historia alcanza una velocidad vertiginosa, como si los sucesos cobraran vida propia fuera del control de los sujetos políticos. La caída del Muro fue, sin duda, uno de tales instantes de vértigo en la línea de la Historia. La geopolítica actual, la economía internacional o los movimientos sociales de nuestro tiempo solo pueden comprenderse cabalmente a la luz de ese nuevo mundo surgido desde la caída del Muro.

La caída del Muro abrió una nueva perspectiva de prosperidad y libertades en media Europa, puso fin a la amenaza nuclear mundial y dio pie a la conclusión de numerosos conflictos armados surgidos en el contexto del mundo bipolar (Nicaragua, El Salvador, Angola, Mozambique). Conviene, no obstante, considerar también las sombras del proceso. El fin del comunismo trajo consigo, en las repúblicas de la extinta Unión Soviética, conflictos nuevos, de violencia desorbitada. También provocó fracturas sociales, aún en gran medida abiertas, y generó un aumento galopante de la pobreza en la antigua URSS. El balance global del proceso, sin duda positivo, no debe llevarnos a cerrar los ojos ante tales calamidades y a analizar, con la perspectiva de estos veinte años, hasta que punto pudieron haberse evitado - o al menos aminorado- los lados más oscuros de la desintegración soviética y de la apertura de las ex repúblicas socialistas a la economía de libre mercado.


(*) Tiempo de Paz es una publicación monográfica de análisis e investigación sobre temas relacionados con cooperación, desarrollo, conflictos internacionales, entre otros, abordados por reconocidos especialistas en la materia. Tiempo de paz es editada por el Movimiento por la Paz.

viernes, 13 de noviembre de 2009

Ojos negros

Anda por las calles envuelta en una especie de gasa negra, con una falda de paño también negra ceñida a la cintura, zapatillas del mismo color. Todo es negro en ella, hasta sus ojos. Todo salvo la tez, que es pálida como el invierno. Pide limosna con vergüenza. Su edad es indescifrable, peor no baja de los setenta. Intuyamos su vida: infancia durante la guerra mundial, hambre de postguerra soviética, cierta dignidad económica en los sesenta y setenta, con casa gratis, comida barata y un trabajo decente. Todo pagado por el Estado. Todo sencillo, justo, pero suficiente. Y luego el colapso, el fin del mundo ideológico y también del real. El cierre de la empresa, en fin de la sanidad gratuita, y aun peor, la guerra, las guerras, tres guerras en diez años. Y luego la paz, y con la paz los edificios modernos, la visita de George Bush, las chicas en minifalda con trajes de marca, pero ella en la indigencia, en la chavola, los precios exorbitantes de los supermercados, una sociedad disparada en su carrera hacia ninguna parte y ella en los márgenes, tirada en la cuneta. Y al fin, una cuarta guerra, corta pero intensa, los rusos otra vez y ella pide dinero en la calle, tras una vida entera como conejillo de indias de todos los experimentos politicos posibles, y ella tiene al menos setenta años de sacrificios a la espalda y su vida es una mierda, y lleva siendo una mierda desde hace décadas, y este mundo es incomprensible, para ella y para mi, y yo por la noche no puedo dormir, porque me acuerdo de sus ojos negros.
(Foto: Luis Echanove)

viernes, 9 de noviembre de 2007

71 años



Quero creer que la mayoría de mis conciudadanos españoles estarían dispuestos a suscribir los párrafos que siguen:

Hace 71 años (se dice pronto) hubo en España una salvaje carnicería a varias bandas que resultó en mas de un millón de muertos. Todos los bandos envueltos en la guerra fueron a la vez víctimas y autores de tropelías y crueldades sin límite, que incluyeron asesinatos masivos, bombardeos indiscriminados, ajusticiamientos y demás crímenes horrendos.

Es difícil ver algún romanticismo en la serie de dislates que propiciaron esta carnicería. La guerra tuvo por causa inmediata un ilegal golpe de Estado militar contra el gobierno democrático elegido por la mayoría. Los alzados actuaron en alianza con las fuerzas fascistas existentes en España y con apoyo militar del nazismo alemán. En el bando leal a la Republica, se produjo una revolución campesina y obrera a sangre y fuego, que provocó persecuciones religiosas y tropelías sin límite. Al final, los comunitas, con el apoyo de la Rusia de Stalin, lograron un mayoritario control, a costa de no escatimar crueldades contra sus supuestos aliados anarquistas o socialistas. Como en todas las guerras, los radicales de uno y otro bando (falangistas y comunistas) terminaron pues siendo los protagonistas de la escena, a costa de la mayoría de los españoles. Nadie defendía ya la democracia. Las ideas en juego no eran otras que dos formas de totalitarismo: fascismo versus marxismo-leninismo. La guerra fue un disparate colectivo, una vergüenza para todos, para unos y otros. Todos fueron culpables…y todos fueron victimas también.

Guérnica, Paracuellos, los salvajes asesinatos de curas y monjas, los juicios sumarísimos por parte de los nacionalistas, la violencia de las checas comunistas, el asesinato de Garcia Lorca…forman (o deben formar parte) de la memoria colectiva de TODOS los españoles, independientemente al color político en que combatieron los abuelos de uno. Estas atrocidades –las de los unos y las de los otros, TODAS- nos deben llevar a una reflexión colectiva cuya única conclusión posible es: Nunca más.

A la guerra siguió una dictadura militar en la que el bando vencedor se ocupó, de nuevo a sangre y fuego, de aplastar a su ya abatido contrincante. Fusilamientos políticos, humillaciones, exilio. Nada, absolutamente nada (y desde luego en absoluto su simple condición de vencedor en la contienda) podrá nunca justificar el revanchismo odioso del Franquismo contra el bando perdedor.

La dictadura duró 40 años, 40 años sin libertades publicas, pero cuarenta años de crecimiento económico (menor sin duda al que se habría alcanzado con 40 años de democracia) y de políticas sociales que lograron ir expandiendo la hasta entonces raquítica clase media. Una milagrosa transición, salpicada de riesgo, nos llevó, tras la muerte de Franco, a la actual democracia. Esa democracia fue fruto del esfuerzo de todos: tanto colaboracionistas del franquismo conscientes de que tocaban tiempos de cambio como opositores al régimen. Si vivimos en democracia es gracias a aquellos hombres y mujeres, que, pese a cual fuera su punto de partida y su pasado (Fraga, Carrillo, Suárez, Felipe), estuvieron a la altura del momento histórico, miraron hacia atrás y supieron decir: Nunca más.

Distanciémonos de las emociones a flor de piel, y recordemos las historias que de niños nuestros mayores nos contaron de la guerra: ¿Había en ellos odio o revanchismo? No, solo ganas de sacudirse esas memorias a fuerza de contarnos lo que les tocó vivir. Esas historias se resumían en un mensaje rotundo: La guerra fue horrible. Aquella generación tuvo que vivir el conflicto para aprender esa lección. Recordarlo es la mejor manera de honrar a aquellos que murieron, a todos: porque los muertos ya no militan en ningún bando.