Mostrando entradas con la etiqueta Indígenas. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Indígenas. Mostrar todas las entradas

jueves, 2 de abril de 2009

Una historia real

Cazaban. Cultivaban. Recolectaban los frutos de la selva exuberante. Vivían una existencia sencilla, apegados a pocas pertenencias materiales, en equilibrio con las montañas, los ríos y los bosques. A mediados de los años noventa, amparados en la noche, los soldados expulsaron a aquellas familias indígenas de sus parajes ancestrales. Todos sabían quien había pagado aquel servicio. La compañía minera japonesa llevaba mucho tiempo detrás de aquellas tierras, tesoreras de fabulosos minerales. La tribu pasó a vivir debajo de un puente. Ochenta niños, hombres y mujeres compartieron años de miseria y enfermedades. Como único 'pago' por su territorio, y tras ingentes súplicas, la empresa nipona les dio permiso para escarbar en los cubos de basura de las casas de los directivos. Así vivían, ganando el equivalente de cinco euros al mes. En su pobreza extrema, al menos permanecían unidos. Se ayudaban entre sí en los momentos de extrema dificultad. Era una vida dura, pero la solidaridad del grupo ayudaba a sobrellevarla.

Hace un mes un ingeniero forastero se presentó de súbito debajo del puente. Reunió a la tribu y les espetó que al día siguiente recibirían cincuenta millones de pesos filipinos (algo menos de un millón de euros) en concepto de pagos adeudados y costes de indemnización por haber sido expulsados de sus tierras tres lustros atrás.

Un amigo acaba de regresar de visitar la tribu. Me cuenta que siguen viviendo debajo del puente, pero cada familia cuenta ahora con una lujosa máquina de karaoke. A mi amigo le quisieron comprar su coche. Le ofrecían una fortuna. Políticos oportunistas y timadores profesionales hacen cola frente al puente para ganar el favor de los ahora millonarios indígenas. Vendedores sin escrúpulos los despluman ofreciéndoles baratijas a precio de oro. Parece que casi todos en la tribu han comprado armas, muchas armas, no para defenderse de extraños, sino para protegerse de sí mismos. Andan a la gresca constante por el reparto del dinero. Cuenta mi amigo que hace poco casi se mal matan todos entre sí.


(Foto: Luis Echánove)

lunes, 15 de diciembre de 2008

En la selvas de Mindanao

Los indígenas sibuyem de Zamboanga de Sur nos recibieron untandonos de sangre de pollo las manos. El chamán nos invitó ingerir por una pajilla de bambú el bebedizo de hierbas de alta graduación contenido en una gran marmita de la dinastía Ming (fruto de los tratos comerciales con China antes de la colonización española). Totalmente colocados, bailamos las danzas tribales, al ritmo monótono y por eso mismo agotadoramente místico del gong. A continuación partimos a caminar por la selva acompañados de media tribu. Nos sumergimos en calzones en una pequeña cascada entre el follaje. De regreso, los campos de arroz resplandecían a orillas de la senda como mares de seda. El sol de la tarde se resbalaba por las tupidas laderas.

Todavía atrapados en la nebulosa inconsciente de lo que habíamos bebido, nos reunimos con los ancianos y los jefes de otros poblados para discutir el proyecto de desarrollo. Nos hablaron del gran águila que protege la cumbre del monte santo y del brujo muerto hace veinte años cuyo cuerpo permanece incorrupto en una de las cabañas de la aldea. Mencionaron también a las compañías mineras canadienses que arrasan el monte, los alcaldes y gobernadores que les estafan y las armas que logran de contrabando gracias a los comunistas, para así preparar una insurrección en toda regla si les siguen tocando las narices unas décadas más.

Por la noche, nueva ingesta del rústico soma, más baile y a dormir la mona en el mismo gran palafito de bambú donde se celebraba la fiesta. Para tranquilizarnos, el anciano jefe del poblado nos recordó que permanecerían despiertos cuidándonos, por si se presentaba la guerrilla islámica, y así morir todos juntos. A la mañana siguiente, sin resaca de ningún tipo, pero abotargados tras la noche casi en vela, disfrutamos de las vistas de la montaña sagrada entre el vapor denso del amanecer selvático y regresamos a Cagayan de Oro, tras nueve agotadoras horas de viaje cruzando puestos de control militar. Enseguida supimos que acabamos de dejar atrás una parte de nosotros.