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martes, 1 de octubre de 2013

Santa Teresa y el salmón escocés


1562 es el número de habitantes, según el último censo oficial, de un pueblo llamado Milford ubicado en el condado de Kosciusko en Indiana, Estados Unidos. 1562 es también el año en el cual Teresa de Ávila comenzó la reforma del Carmelo y el del nacimiento de Lope de Vega. 1562 euros es el precio mas barato de un billete de avión en clase turista, de Moscú a Bogotá, para el mes de diciembre de este año. En 2011 hubo 1562 expositores en la feria de la energía renovable de Tokio. El código de una sucursal de la Caixa en Logroño es 1562, y el número de distrito postal de la aldea de San Juan Tepenahuac en el municipio de Milpa Alta, en México es, así mismo, 1562. En la página Web de viajes TripAdivor aparecen 1562 restaurantes de Valencia. El candidato socialista por el distrito de Cook obtuvo 1562 votos en las elecciones australianas de 1909. El pueblo de Canillo, en Andorra, está a 1562 metros de altitud sobre el nivel del mar. La ley 1562 regula los riesgos laborales en Colombia. En Noviembre de 2011 murieron 1562 personas victimas de enfermedades infeccionas en China. El año pasado se pescaron 1562 toneladas de salmón escocés en los estados del medio oeste norteamericano.1562 kilómetros es la distancia entre las ciudades indias de Bombay y Surat. El asteroide numero 1562 fue descubierto por Karl Wilhelm Reinmuthen en 1943.

En septiembre de 2013 hubo 1562 visitas al blog Chota Chunga, la cifra más alta desde que éste comenzó su andadura hace ya más de seis años. ¡Gracias a todos!

(Foto: Luis Echanove)

sábado, 14 de septiembre de 2013

Nada

The development of man's being is meant to follow a track already laid down for him in the makeup of reality. Jacob Needleman.

Hay algunos libros que no sabemos si nos gustan más que inquietarnos, o si nos inquietan más que gustarnos. The Indestructible Question - Essays on Nature, Spirit and Human Paradox, de Jacob Needleman, es uno de ellos. 

No recuerdo bien como lo adquirí. En aquella época yo estaba escribiendo un tratado sobre el origen histórico del monoteísmo y compraba todo lo que encontraba relacionado con el tema, así que no es raro que esa obrita en rústica y de tapas verdes, con su reproducción de un grabado de un sabio sufí en la portada, llamase mi atención. Me gusta pensar que el ensayo de Needleman permaneció atrapado en el anaquel de una oscura librería de segunda mano aguardando a un sujeto como el yo de aquel tiempo. Este tipo de extraños libros, que parecen escritos adrede para ser leídos exactamente en el momento que necesitábamos su lectura, producen la sensación de que fueron ellos los que nos encontraron a nosotros, y no al revés. 

 En cuanto comencé a leerlo comprendí que aquello era distinto a lo que esperaba (si es que acaso esperaba algo...eso tampoco lo recuerdo). Para empezar, no era un libro que pretendiera convencerte de nada. Yo llevaba algunos meses digiriendo sesudos tratados prolijos en detalles pero ágiles en el estilo (es decir, típicamente anglosajones), y ya me estaba hartando de tanta audacia, de tanto guiño al lector, de tanta 'frescura' artificial tan habituales en muchos intelectuales de éxito. El libro de Needleman no jugaba a la falsa modestia. Tampoco predicaba nada. Te hablaba directamente al fondo, sin concesiones, pero sin imponer nada. Era brutal y compasivo a la vez. Su tesis fundamental era simple: en esencia, nada existe. Todo se disuelve poco a poco. Nada perdura. Nada. 

 Hace dos años releí algunos de los párrafos que había subrayado. Para mi sorpresa, esta vez me dejaron indiferente. Aquello era insulso, vacío, como letras sin alma. Me sorprendió que conservara un recuerdo tan positivo de la primera lectura. No quise seguir decepcionandome, así que no volví a abrirlo desde entonces. 

Hoy lo he buscado y rebuscado por la librería, pero no ha a aparecido por ninguna parte. No recuerdo habérselo dejado a nadie. Estaba en una balda alta, así que los niños tampoco han podido cogerlo. He decidido entonces teclear el titulo y el nombre del autor en Google. No ha arrojado ni un solo resultado; también se ha esfumado en el mundo virtual, no ha quedado nada. Nada.
(Foto: Ignacio Huerga)

jueves, 4 de julio de 2013

Llegar hasta el final

Un amigo me ha enviado hace poco un estupendo articulo virtual explicando porque la mayor parte de los internautas casi nunca nos leemos las entradas de los blogs íntegramente. El articulista tiene toda la razón…creo, aunque no lo puedo asegurar, porque me cansé de leer su elaborado argumentarlo antes de llegar al final.

Muchas veces me han preguntado porque este blog se llama Chota Chunga, y eso siempre me genera cierto desaliento. Mi inmenso ego de escritor frustrado (que es la variante más maléfica de todos los escritores) se siente traicionado, y pienso para mi adentros: '¡deberían saberlo, lo explico en el blog!'.

Me dan ganas de responderles que escogí este nombre porque chota chunga, en la lengua de los antiguos cortadores de cabezas naga, que habitan en la frontera entre Birmania y la India, significa 'pequeña copa hecha de bambú', lo cual es rigurosamente cierto. También podría decirles que en la variante costera de la lengua swahili chota chunga puede traducirse por 'guardar el caldero', lo cual también es verdad.

Chota chunga también tiene un significado en castellano: según el diccionario de la Real Academia, en Cuba y otros lugares del Caribe se dice que una persona es chota cuando considera las cosas con poca seriedad o carece de habilidades. Chunga quiere decir 'feo' en lengua calé, y de ahí ha pasado al español para significar 'difícil, complicado'. No obstante, cuando le di nombre no pensaba en ninguno de estos sentidos. Dicho lo cual, concedo que el autor del blog está como una chota y que a veces escribe un poco chungo.

Reconozco que el nombre de Chota Chunga es un tanto ridículo, aunque a mi gusta su sonoridad. Eso sí: induce a confusión. Si lo buscas en Internet, en lugar de toparte con este sitio Web puedes darte de bruces con un articulo sobre un grupo de danza tradicional llamado Chunga, originario del pueblo de Chota, en  África meridional; o dirigirte erróneamente a la pagina de Facebook de una chica de Zambia muy guapa llamada Chota Chungu . Me encantan las cosas que uno encuentra casualmente de este modo en Internet.

Chota Chunga es un  nombre confuso, absurdo…pero justificado. Tiene una razón de ser.

Si quieres saber porque el blog se llama Chuta Chunga, tienes que leer la última frase de esta página Web, abajo del todo, donde nunca nadie llega…si has sido capaz de leerte esta farragosa entrada al completo seguro que aún te queda aliento para ese esfuercillo final. 

(Foto: Luis Echanove)

miércoles, 12 de junio de 2013

No existo

Yo siempre he sabido que no existo. Ya sé que lo que acabo de escribir parece una total estupidez, pero más vale ser sincero y resultar estupido que mentir.

No estoy muy seguro de cuando me ocurrió por vez primera. Desde que tengo recuerdos, muy pequeño, ya era capaz, de cuando en cuando, de alcanzar ese estado de certeza de mi no existencia.

Era algo que yo mismo podía provocar. La técnica no tenía nada de rebuscado, aunque practicarla no era siempre tan sencillo: Cerraba los ojos o miraba fijamente a un punto cualquiera, y repetía mentalmente muchas veces “yo…yo…yo…”. Creo que, inconscientemente, lo hacía al ritmo de mi propia respiración.

No pensaba en nada, no asociaba la palabra a ninguna imagen predeterminada de mí. Simplemente repetía ese sonido. Cada vez que escuchaba la palabra “yo” mentalmente, su significado concreto se diluía un poco más, se hacía más abstracto, más vacío, más ligero, hasta llegar a un punto en el que, súbitamente, dejaba de tener ningún sentido. “Yo” ya no era yo, sino un “YO” que a la vez era yo pero que también era todo lo demás, que me superaba y abrazaba todo lo real. En ese preciso momento comenzaba a sentir oleadas de cosquilleos repentinos, que partían del cogote y se difuminaban en ondas por todo el cuerpo durante unos breves segundos. A la vez sentía una tremenda sensación de bienestar y paz y comprobaba perplejo como todos los problemas cotidianos, las pequeñas incertidumbres del día a día, se habían evaporado.

Enseguida dirigía mi pensamiento a mi madre, y a mi padre, a mis hermanos, a mi abuela y en general al pequeño circulo de personas de referencia en mi vida de niño, y sentía por ellas un enorme cariño…era como si “yo” también significase “ellos”. De manera obvia sentía que participaba en la realidad del todo, y que todo participaba de mí. Por unos segundos carecía de límites.

Ese estado beatifico, desgraciadamente, no duraba mucho. Acababa sin estridencias y, después, en  los minutos siguientes, mi mente se relamía con el recuerdo grato de la maravillosa experiencia. Al poco tiempo aquel sueño en vela quedaba casi olvidado, y solo una cierta frustración de haber perdido esos instantes de gozo perduraba.

Un rescoldo de ese fuego no se apagaba: Me quedaba una fuerte sensación de seguridad interior, un sentido profundo de que dentro de mi había un mar en el que a veces podía sumergirme, nadar y sentir una felicidad absoluta, pero a la vez tranquila. En mayor o en menor grado esa percepción no me ha abandonado nunca y es, pienso, la raíz de mi extraño sentido de autoconfianza.

No sé cuantas veces me ocurrió el fenómeno que acabo de describir: Recuerdo con cierta nitidez solo tres momentos, pero sé que hubo más. Uno, puede que el más antiguo, me ocurrió ya en la cama, antes de dormir, con cinco o seis años. Otra vez, no mucho más tarde, me pasó en el baño, frente al espejo, mientras me secaba tras ducharme. Recuerdo además una tercera ocasión, de veraneo en Almuñecar, ya un poco más mayor, un domingo después de misa en una iglesia calurosa y atestada de gente.

De niño nunca hablaba de eso. La primera vez que mencioné este asunto a alguien fue a primera novia, con dieciséis años. Pensó que estaba chiflado.

Según fue terminando mi infancia, esas experiencias se volvieron cada vez más infrecuentes. Desde entonces, a veces he intentado forzarlas, casi siempre con nulo éxito.  Sólo en algún raro momento he conseguido aproximarme a ello, pero nunca con la intensidad de entonces.

Mucha veces me pregunto como y porqué me sucedió por vez primera, qué me llevó a realizar espontáneamente ese extraño ejercicio de concentración. Creo que todo lo demás que he hecho el resto de mi vida, hasta hoy, no ha sido sino intentar responder a esa pregunta.

(Foto: Luis Echanove)

jueves, 6 de junio de 2013

Agujeros en la red (1)

 Yo asgo la sartén por el mango  

Me aturulla la brutal inmensidad de la información reunida en Internet. Por ejemplo, casi siempre que uno se equivoca tecleando alguna palabra en Google, obtiene invariablemente resultados. La red virtual funciona pues como la imaginaria biblioteca del cuento de Borges, esa que contenía todos los libros posibles en cualquier idioma, hasta en las lenguas aún no inventadas. Escribo, por ejemplo, 'anguztia' en lugar de angustia y me aparecen no obstante 5.010 resultados en el buscador, incluyendo varios relativos a un grupo de reguetón puertorriqueño. También  aparecen enlaces a varios blogs cuyos autores han reemplazado todas las letras ces y las eses por zetas. Incluso me topo con una mujer llamada Anguztias Muntalban, residente en Filipinas.

Harto pues de saber que, invariablemente, busque lo que busque en Internet, algo siempre se encuentra, he decidido perder mi tiempo tratando de dar con la excepción que confirme la regla, y hallar alguna palabra, expresión o frase muy sencilla pero nunca empleada en el mundo virtual.

La tarea ha resultado mucho fácil de lo que pensaba: Nadie nunca había escrito en Internet la frase que da titulo a esta entradilla. Lo mas sorprendente del caso es que tampoco nadie nunca ha  colocado en la Web la frases 'yo asgo el manillar', 'yo asgo la palanca', 'yo asgo la barandilla' o 'yo asgo' cualquier otra cosa. Nadie nunca ha asido nada en Internet.

Para delicia de los filósofos y otros amantes del absurdo, he comprobado que, en cambio, Google ofrece varios miles de resultados para 'Yo asgo', así, ha secas. Todos ellos, invariablemente, aparecen en tablas de conjugación del verbo asir. Parece pues muy importante, por alguna razón inescrutable, que los hablantes de español sepan conjugar correctamente un verbo que, no obstante, no utilizan, al menos en él mundo virtual.

Descubrir que hay algo todavía nunca escrito en el universo Internet me genera una enorme tranquilidad interior. Internet no es un Cosmos cerrado, no es un mundo concluido. Aun hay espacios vírgenes por explorar, agujeros por tapar en la Red.

Haber sido el primero en llenar una de esas últimas lagunas me produce, por el contrario, una gran desazón. Me siento como un explorador decimonónico descubriendo una tribu por vez primera y a la vez contagiándoles una forma de constipado para la que los indígenas no estaban inmunizados. Más me hubiera valido no haber escrito nunca ese titulo en el blog  y mantenerme el sueño del universo virtual incluso, en el que nadie ase nunca ningún objeto.

Ojala, pese a esta entradilla, Internet siga ignorando que yo asgo la sartén por el mango. 

(Foto: Luis Echanove)