sábado, 21 de diciembre de 2013

Un segundo

Las personas vivimos, de promedio, unos dos o tres mil millones de segundos. Parece mucho, pero en realidad no es tanto. Si dedicásemos cada uno de esos segundos, incluidos los de nuestras horas nocturnas, a pensar fugazmente en un habitante actual de la tierra, necesitaríamos dos vidas enteras para completar la tarea de repasar al conjunto de la humanidad. 

Claro está que no todos esos instantes encadenados tienen el mismo peso en nuestro existir. Cada vez que veo al aparca-coches de mi restaurante favorito en Tiflis pienso en un segundo muy preciso de su vida: aquel en el cual perdió una mano, tres dedos de la otra y la movilidad de la pierna derecha. Cuando nos vemos me regala una sonrisa franca y limpia. 

Nunca hemos hablado más allá de las cuatro frases de saludo o despedida de rigor pero, a juzgar por su edad y la naturaleza de sus amputaciones, no es difícil imaginar cómo fue aquel segundo suyo que torció el curso de todos sus sueños de juventud: Años noventa, guerras desgarradoras en Georgia. Una batalla callejera y de pronto la súbita deflagración de la bomba de mano (o el estallido de una mina, o las ráfagas ciegas de la metralleta), y luego el dolor, la sangre, y el silencio, sobre todo el silencio. Silencio de la muerte cuando roza pero no abraza. Silencio de la traza del mal sellando el cuerpo para siempre. 

Un segundo entre tres mil millones, uno solo. Un segundo, dos muñones, y esa pierna renqueante.

(Foto: Luis Echanove)

sábado, 30 de noviembre de 2013

Hombres como montañas

(4) Paradzhánov

Escuché hablar por primera vez del cine georgiano en 1994. En aquel tiempo yo vivía en una casa diez o doce habitaciones y muchos baños en Split, la maravillosa ciudad fundada por Dicocleaciano en Dalmacia, a orillas del Adriático. Llamábamos a aquella casona "el camodromo" y es que, en verdad, esa era su función: dar cobijo en sus temporadas de descanso a los muchos objetores de conciencia que la ONG para la que yo trabajaba mantenía en Bosnia.

La guerra era atroz en el frente pero allí, en la retaguardia croata, los miembros del pequeño grupo encargado de dar apoyo logístico a los aguerridos objetores gozábamos de la ambigua y efímera felicidad de la retaguardia. En la mansión convivíamos felizmente una alegre y disparatada tropa de confusos personajes: Félix, marino mercante enamorado de los trópicos; el irrepetible y entrañable Santamarta, cuyos bigotes de lancero bengalí parecían más aptos para ejercer de intendente en las revueltas cipayas que en los Balcanes modernos; Miguel, un joven periodista de Elche muy poco estresado; José Maria Aranaz -cuyo excelente sentido del humor nos ayudaba a mantener un mínimo de cordura- y el cordial Cotarelo, un mozarrón barbudo de Castro Urdiales de voz ronca, gruesas gafas y sonrisa enorme, poseedor de la cultura cinematográfica más extensa que yo he conocido nunca.

Cotarelo nos hablaba con pasión del séptimo arte en Georgia ("el mejor  cine de la Unión Soviética") y, aunque eso no lo recuerdo con certeza, seguro que dedicaba largos elogios a  Paradzhánov, el Buñuel caucasiano.

Serguéi Iósifovich Paradzhánov nació en Tiflis en 1924 en el seno de una familia de origen armenio, y murió en Yerevan en 1990. Tras dirigir algunas películas conforme a los cánones del realismo soviético, en la década de los sesenta rompió radicalmente con todos los convencionalismos estilísticos del cine narrativo y pasó a crear un lenguaje cinematográfico propio, onírico y sumamente poético. Su radical individualismo creativo le enemistaron con el sistema. Fue sujeto de todo tipo de falsas acusaciones y pasó largas temporadas en prisión. Incapaz de poner freno a su irrefrenable creatividad, en la cárcel dibujaba sin cesar y construía pequeñas esculturas con los utensilios de deshecho que lograba reunir. Hace tres años pude ver algunos de esos objetos y muchos otros recuerdos del artista en su casa museo de Yerevan. El barroquismo excesivo de bártulos y más bártulos decorando todos las habitaciones produce una cierta claustrofobia. El pequeño jardín, es en cambio un remanso de paz, algo fuera de lugar en la inquieta capital de Armenia.

Paradzhánov no era un disidente político, sino estético. Sus firmas convicciones creativas le impedían plegarse a los gustos del poder central, aun a costa de su libertad y su integridad física. No pretendía con su obra criticar el comunismo o minar los fundamentos del sistema. Solamente buscaba dejar fluir con libertad la corriente de creatividad que llevaba dentro. Esa lucha incasable del arte por el arte, frente a las instrumentalizaciones de los poderosos, convierte a Paradzhánov en un caso único en la historia del séptimo arte. Si hubiera un santoral laico,  Paradzhánov sería sin duda el patrono de la profesión de hacer películas.

El cine de Paradzhánov hay que verlo como quien mira cuadros en una exposición. El director armenio-georgiano casi siempre ambienta sus películas en trasuntos de la historia caucasiana, pero en realidad la trama es mucho menos relevante que el valor estético de la dinámica de las imagines en movimiento. Colores, planos y banda sonara entretejen una obra que, más que contarnos una historia, simplemente buscan deleitar los sentidos.

Con su concepto épico de la vida y  sus excentricidades, pero también con su búsqueda espiritual del porqué de las cosas, Paradzhánov es, a la historia del cine, lo que Vasha Pshavela a la poesía o Gurdjieff a la filosofía...un hombre enorme, como las  montañas del Caucaso. 

Fotos: Juan Echanove

jueves, 28 de noviembre de 2013

Camino a casa

Forastero que buscas la dimensión insondable. 
La encontraras, fuera de la ciudad, 
al final de tu camino. 
(Franco Battiato. Nómadas) 

Me detengo en un parque a escribir. La urgencia me puede. Es por culpa del vino que he pimplado a mediodía. Vino joven, de color pardo. Vino bravo, agreste y filosófico, como el Cáucaso. Ayer el ahijado de un amigo murió en una emboscada en la frontera con Armenia. Fe una trifulca de jóvenes, un lío de faldas, dicen.. .quién sabe. Aquí la gente lleva generaciones siendo asesinada sin saber ni porqué la matan. Mientras, en Vilna, en las  orillas heladas del Báltico, el gobierno de Georgia en pleno discute la firma de un tratado de integración económica con Europa, el continente mito, la madre lejana que abandonó a Prometeo en la cumbres hirientes de estas montañas inhumanas. Europa, para los georgianos, es el lugar donde a nadie el emboscan ni le descerrajan tiros por un lío de faldas. Europa es el Edén perdido al que volver un día.

Aquí estoy, en un parque. Siempre los parques, mi refugio en el camino. Este está lleno de bancos, más de los que todos los viejos de Tiflis podrían simultáneamente utilizar.  Dispone también de demasiadas farolas, perfectamente alineadas,  de estilo decimonono. Son gráciles y elegantes, pero iluminan poco (el resplandor blanco de la pantalla de IPad me ciega). Una fuente inútil de azulejos de piscina, con los grifos rotos...la escultura pantagruélica de un literato ceñudo...los parques en esta parte del mundo siempre saben a pasado más que a presente.

He venido caminando desde la oficina. Primero tránsito las calles crudas que rodean la embajada en la que trabajo. Es un barrio pueblerino, con aire de folclore popular y olor de manta sucia. Escabullo los charcos y llego a una calle transitada, no lejos de donde un célebre místico loco, hace más de novena años, estableciera su primera escuela de danzas tántricas. El baile ahora en esa zona es otro... es el moverse atropellado de furgonetas con prisa y peatones sin espacio que las esquivan. Desde los cristales rotos de los anticuarios y las tiendas de ropa de segunda mano, las viejas miran ese ajetreo con ojos de sapo paciente.     

Esa calle de cabriolas termina en el puente. Ahora el viento fuerte y la sombra de los arboles enormes lo llenan todo. Un ruido aterrador cruza el cielo. Son grajos, rasgando el  aire con el sable mortal de sus chillidos. Cruzo deprisa, casi sin mirar a los corrillos de cambistas que permutan viviendas en la acera. Dejo atrás un retrato de Stalin, varios balcones de intrincado hierro forjado, atravieso otra calle bronca y ya estoy aquí, en el parque, esperando que la vida se detenga un rato. Solo un rato.

------------------------------------
Post scriptum
Acabo de terminar de escribir y la noche ya ha caído del todo sobre la ciudad. De repente la fuente de azulejos de piscina y grifos de cobre rugoso ha comenzado a funcionar, tal vez por primera vez en décadas. Intuyo que los chorros de agua bailan al son de esa música mística que alguien compuso... hace más de noventa años

(Foto: Ignacio Huerga)

domingo, 17 de noviembre de 2013

En la eternidad

La luz de la luna duerme en el bosque sobre una cama de sombras y sueña que la lluvia del verano es solo un susurro en la espalda.

(Foto: Ignacio Huerga)

sábado, 16 de noviembre de 2013

Tradicionalista de izquierdas

Me ha tomado unos cuantos años reconocerme a mí mismo que soy un tradicionalista de izquierdas.

Soy radicalmente de izquierdas porque sueño y lucho por un mundo donde el lugar donde nazcas  no determine las oportunidades que la vida te ofrezca. Creo que la abolición de las clases sociales es una tarea pendiente en la lucha por un mundo realmente justo, y creo también  en el derecho fundamental al acceso a la educación, a la salud, al trabajo, a la cultura y al ocio para todos sin distinciones de ningún tipo, en la expropiación forzosa (mientras haya hambre en el mundo) de las fortunas multimillonarias, en el derecho legitimo a rebelarse contra la miseria y en el deber moral de combatir la pobreza.

Y soy tradicionalista porque me atrae más lo agrario que lo industrial, lo ácrata que los partidos, lo atávico que lo rabiosamente actual, las cooperativas que las sociedades anónimas… Me mueve la espiritualidad y no el agnosticismo, la ecología y no la posmodernidad urbanita. Me gusta más la serenidad profunda del arte románico o el gótico (en sus acepciones medieval, decimonónica o contra-cultural) que las expresiones artísticas provocativas e histéricas que tanto venden. Me gusta la antropología, el queso muy curado, el gregoriano, los países de otoño y la música de los ochenta…soy un caso perdido, ya lo sé.

Me aterra la memoria negra del comunismo, con sus millones de muertos y su dogmatismo, tanto o más que la sombra del dolor del capitalismo. Me da pereza la socialdemocracia, a la que reconozco, no obstante, un papel fundamental en la humanización de las sociedades occidentales. Detesto a las multinacionales, a los grandes bancos y a los oligarcas de todos los pelajes. Las estructuras de los grandes partidos me dan alergia (aunque estoy afiliado a uno de ellos…pero es que sobre todo, creo que soy un poco contradictorio).

Me cuesta mucho encontrar una opción política que en verdad refleje esas intuiciones, manías, condicionamientos y esperanzas que forman mi personal forma de entender la sociedad deseada, seguramente porque mi visión es tan estrafalaria que difícilmente pueda encontrar un hueco en forma de partido político o grupo organizado de cualquier clase.

Hay algunas corrientes estrambóticas, como el Partido Carlista, un ultra minoritario grupo de izquierdas y raíces cristianas de base, cuyas diatribas (‘trabajamos  por el nacimiento y la promoción  de estructuras y prácticas sociales que abran paso a unos contrapoderes comunitarios auto-organizados que gestionen de forma realmente democrática y participativa los recursos materiales y humanos de los pueblos) se acomodan bien a estas delirantes ideas mías, pero que me producen cierta alergia porque, por mucho que se hayan reconvertido, atufan un poco al clericalismo ultramontano del que proceden.  El anarquismo me resulta fascinante, pero su versión más tangible, el anarcosindicalismo (de la CNT o de la CGT) parece también atrapado en las largas sombras de su pasado. Además, con lo mandón que soy, considerarme un  ácrata es poco creíble. Por último, no le puedo perdonar al anarquismo histórico su coqueteo con la violencia indiscriminada. Antes que tradicionalista de izquierdas soy pacifista.  

Si os enteráis de algún grupo político para colgados como yo, avisadme, por favor.

Pintar

Desde hace algún tiempo me ha dado por pintar. Siempre he dibujado (en los márgenes de los apuntes de clase, en los espacios en blanco de las libretas de notas durante las reuniones de trabajo, en los cristales esmerilados del coche en los días de lluvia cuando mi madre, de muy pequeño, me llevaba con ella a hacer la compra) pero lo hacía inconscientemente, como quien tiene un tic. Las artes plásticas, en mi familia, siempre han sido eso, un acto reflejo.  Pasé muchas largas horas de mi infancia observando a mi padre hacer acuarelas. Su mirada de concentración, buscando el tono justo, la pincelada precisa, me sigue acompañando cada día de mi vida.

Gasté de crío más tiempo en galerías de arte que jugando en los parques. Las exposiciones  de mi padre  eran, para toda la familia, un ritual cíclico,  donde todo funcionaba con el engranaje de un  taller bien organizado: llevar a enmarcar los lienzos, colgar bien los cuadros, ofrecer el catalogo a los visitantes, colocar los lunares verdes o rojos para las pinturas reservadas o vendidas… pero también con la emoción y el afecto de una ceremonia importante. Cada cuadro vendido era una victoria, un triunfo, y a la vez una pérdida: me gustaban tanto todos que no quería que ninguno se fuera.

Y además, claro, estaban los personajes de comic que dibujaba mi hermano Luis con una soltura fascinante (las verrugas y las arrugas), y las maravillosas esculturas de barro de mi hermana Almudena, y los proyectos de Aránzazu en la carrera de arquitectura… cuadros y más cuadros, dibujos, cuartillas, aguarrás, tubos de pintura, arcilla, tornos… los materiales para crear inundaban todos los rincones, siempre, eso sí, en perfecto orden, garantizado por mi madre.

Todo aquel río de creatividad y buen hacer artístico brotaba solo, fluía de modo constante, con absoluta naturalidad, por todas partes, en todos los momentos. Esa religión nuestra  contaba además con sus propios centros de culto. El museo del Prado era, sin duda, la catedral suprema de esa religión domestica.

Luego, en el camino, no he hecho sino encontrar aliados contagiados por la fiebre secreta de los pinceles y los lápices. César Caballero, Juanma Santomé, Ignacio Huerga, Rocio Charle, Gabriel Munuera…amigos enormes, y enormes artistas.

Desde hace algún tiempo me ha dado por pintar y me importa más bien poco el resultado, bueno, malo o peor, de lo que pinto… porque al fin he aprendido que el secreto, el único secreto del arte, no está en la obra, sino en el acto de crearla.  

Aquí puedes ver los cuadros del sujeto que escribe este blog


Arriba: Detalle de obra del autor de este blog. Abajo, fresco en una lonja de Asturias, de Luis Echanove Mugartegui

viernes, 15 de noviembre de 2013

El cuarto

No se qué hago aquí, tirado, como una peonza, en medio el azar del mundo.

Yo a veces quisiera ver mi dormitorio desde arriba, como un pájaro atrapado en una celda sin ventanas, y revolotear entorno a los pensamientos agazapados en esos rincones de soledad, o de compañía.


A vuelo de gaviota todas las habitaciones del mundo son igualmente diminutas y claustrofóbicas, pero libres al fin, lejanas, como células en un panal de abismos.





Imagen: ilustración de Juanma Santomé para la biografía de Maruja Mallo que la autora María Luisa Antolín publicará próximamente.

sábado, 5 de octubre de 2013

Estadísticas suicidas

¿Han aumentado las muertes por suicidio tras la crisis?

Una noticia recurrente en los medios de comunicación, y que finalmente se ha convertido casi en un lugar común en las conversaciones cotidianas, es que los suicidios han aumentado masivamente en España desde que estalló la crisis económica.  Decidido a averiguar un poco más sobre este asunto, me he puesto a contrastar datos oficiales, noticias y demás informaciones al respecto, y la conclusión a la que he llegado es inequívoca: Es una burda patraña, una pura invención mediática, convertida, por el morbo social, en dogma callejero.

En el año 2009, la prestigiosa revista médica The Lancet publicó un estudio estadístico basado en datos de veintiséis  sociedades occidentales, conforme al cual la tasa de suicidio aumenta como promedio en un 0.8% por cada punto de incremento en la tasa de desempleo.  En el momento de la publicación del artículo resultaba aun prematuro verificar si esta diabólica correlación histórica se cumpliría o no en el caso de la crisis económica actual, por entonces recién comenzada.

En 2011, The Lancet repitió el análisis, en esta ocasión con los datos correspondientes a los dos primeros años desde el estallido de la debacle financiera. Desgraciadamente en la mayor parte de los casos confirmaron punto por punto los resultados previstos. En casi todos los países estudiados el numero de suicidios se incrementó, y precisamente en la proporción indicada conforme a esa perversa correlación matemática. España no era una excepción en cuanto al aumento: En 2008 y 2009 el número de personas que se quitaron la vida creció en la Piel de Toro, tras años de descenso. Los medios de prensa españoles se hicieron profusamente eco de la triste noticia aunque, curiosamente, omitieron mencionar que en realidad en el caso español ese incremento era muy inferior comparado a lo que cabría esperar en relación al impacto de la crisis. España era, de hecho, una de las pocas excepciones a la tesis de The Lancet: aunque el paro se desbocaba y la economía se hundía, el aumento de los suicidios era marginal (del 3% únicamente); nada que ver con los casos de Grecia (aumento del 24%), Italia (52%) o Irlanda (16%).


Ya se sabe que las buenas noticias no venden, así que no es extraño que a la prensa no diera eco al hecho de un año después, 2010, contra todos los augurios, y pese a que la crisis se seguía cebando brutalmente con nuestro país, el numero de suicidios en España en lugar de crecer, disminuyó, y además de forma muy significativa. Frente a 3,429 auto-homicidas en 2009, 2010 registró 3,145 muertes de este tipo…la cifra mas baja en los últimos 17 años. No obstante, los medios encontraron el modo de inventar morbo donde no la había y un titular sorprendente se hizo hueco en muchas cabeceras: 'El numero de suicidios supera por fin (¡sic!) al de muertos en accidentes de trafico'. El dato en sí era cierto, pero no porque la auto inmolación se estuviese propagando como una plaga, sino porque, afortunadamente, las muertes en la carretera habían continuado descendiendo en ese año.

En 2011 hubo mas suicidas que el año anterior…pero el aumento fue estadísticamente insignificante, de apenas un 0.7%. La prensa no se molestó en informar sobre este dato, tal vez porque no casaba con el alarmismo que ella misma había propagado.

Lo que en verdad ha aumentado en España desde el estallido de la crisis, y exponencialmente, es el volumen de información sobre los casos concretos de suicidios y con ello, por tanto, la percepción social que se tiene sobre la dimensión del problema. Sí alguien se quita la vida por un despecho amoroso, un arrebato esquizofrénico o una crisis de adolescencia lo más probable es que su caso no parezca en las noticias (*). Pero si tras un desahuciado un parado de larga duración  se mata y deja una nota culpando al banco de su muerte, es seguro que su deceso  tiene cobertura mediática.

La crisis que sufre España ha agrandado brutalmente la brecha social y ha hecho crecer la tasa de pobreza de forma insoportable. Ha generado y genera un sufrimiento enorme, un incremento de las depresiones, del estrés y del dolor. Ha llevado incluso a muchas personas quitarse la vida debido a lo insostenible de su situación socioeconómica. Este inmenso caudal de  sufrimiento es ya de por si lo bastante grande como para que haya necesidad de exagerarlo.

Afortunadamente, el suicidio, en España, no ha crecido lo que muchos pregonaban…digan lo que digan los medios.

(Fotos: Luis Echanove)
-----------------------------
(*) La prensa, al menos en España, no considera que los suicidios deban ser noticia. Hay varias razones para ello: Por un lado, para evitar el supuesto efecto ''llamada' en personas proclives a quitarse la vida; por otro, porque es un fenómeno tan habitual que es incluso cuestionable considerar que haya en ello algo noticioso o de interés general (salvo que el finado sea un personaje celebre; finalmente, tabúes culturales hacen que socialmente se considere este el suicidio propio del ámbito más intimo.