martes, 11 de junio de 2013

Transductores electroacústicos

Un reputado musicólogo dice haber demostrado que al menos uno de los movimientos más brillantes de la Quinta Sinfonía de Beethoven no es sólo el resultado de la brillantez creativa del compositor alemán, sino que fruto del mero azar. Tras revisar la partitura autógrafa y compararla con la primera edición impresa, el inquisitivo investigador parece haber comprobado que el tipógrafo, mientras copiaba la versión manuscrita, olvidó incluir la barra de repetición del scherzo y el trío del tercer movimiento. Alguien podría pensar que un par de pequeños olvidos no parecen nada grave dentro del conjunto de una sinfonía, pero en realidad, pueden cambiarlo todo. Basta escuchar a un aprendiz de pianista cuando yerra alguna tecla de cualquier canción para entender a lo que me refiero.

El asunto da para todo tipo de disquisiciones y juegos sobre el concepto mismo de la estética y la creatividad. Por ejemplo: ¿Deberían las orquestas a partir de ahora tocar ese movimiento de la Quinta Sinfonía incluyendo la repetición olvidada? Según una cierta concepción del arte, la respuesta debería ser “sí”, ya que hay que preservar siempre la literalidad de la obra tal y como fue concebida por el autor.

Yo en cambio desconfío de esa idea quimérica de la fidelidad total al padre (o madre) del asunto. Llevada hasta sus últimas consecuencias, implicaría que en los conciertos no se deberían utilizar sistemas de reproducción electrónica del sonido (bafles, grabación estereofónica, etc) ya que, por muy perfectos y fiables que resulten, siempre distorsionan en alguna medida, aunque sea infinitesimal, la frecuencia del sonido que brota de los instrumentos musicales. Por la misma razón, sólo podrían utilizarse para tocar melodías del pasado replicas exactas de los instrumentos originales para los que fueron compuestas. Un violín actual, incluso el más artesano, no se fabrica igual  a como se hacía en el siglo XIX, y sus propiedades sonoras varían siempre en algún grado.

Al final siempre es preciso hacer concesiones. Dejar la cosa como está, y olvidarnos de esa olvidada repetición del scherzo y el trío del tercer movimiento de la Quinta Sinfonía tampoco va a hacer a Beethoven retorcerse en espasmos de cólera en su tumba más de lo que ya ha debido de retorcerse desde la invención de los transductores electroacústicos (alias micrófonos).

Llevamos 205 años escuchando la Quinta de Beethoven sin la maldita repetición en el tercer movimiento. Si la costumbre es fuente del derecho, no veo porque no pueda serlo también de la creación musical. Aunque Beethoven originalmente hubiera preferido incluir la barrita de las narices, el asunto es que para el común de los mortales el scherzo y el trío repetitivos sobran; y si Beethoven es Beethoven no es sólo por sí mismo…sino también gracias a los músicos que lo tocan, así como a los críticos musicales que lo juzgan y al publico en general que lo ama. Y para todos ellos, la única Quinta Sinfonía de Beethoven que existe es la de la partitura  impresa, y no la que el maestro alemán escribió. Siempre se ha dicho que al final las grandes obras terminan superando a sus autores y cobrando vida propia al margen de estos.

Cuando el obrero del taller de impresión de la primera partitura olvidó, en un lapsus no intencionado, incluir el símbolo de la repetición dibujado en el manuscrito, estaba con ello, sin saberlo, colaborando en la elaboración de la obra musical, o si se prefiere, perfeccionándola. El carácter aleatorio y no volitivo de su pequeña omisión no quitan ni un ápice de creatividad a tal olvido. También el propio Beethoven, estoy seguro, se dejaría inspirar a veces a partir de  divagaciones irracionales de sus dedos sobre el piano. Un autor no concibe su obra de una sola atacada, sino que ésta va brotando de él por caminos a veces inverosímiles y no intencionados y por tanto poco racionales. El error de impresión fue sin duda irracional… como irracional es de hecho, en enorme medida, toda creación musical.

La Quinta Sinfonía de Beethoven es una de las cumbres de la historia musical de todos los tiempos, gracias entre otras muchas cosas, al olvido de un anónimo tipógrafo de partituras...

pero, ¿fue realmente un olvido?

Yo quisiera pensar que lo hizo a posta.

(Foto: Luis Echanove)

jueves, 6 de junio de 2013

Cartofilia

Dedicado a  mi hermana Almudena, que siempre ha entendido lo que los mapas significaban para mí.

Yo pensaba que mi afición casi compulsiva por mirar mapas en los atlas y también por inventar mis propias cartografías de países de ficción era, en el fondo, un vicio sucio e inconfesable. Poco importaba que mi enciclopédicos conocimientos geográficos (de tanto mirar mapas al final te los acabas aprendiendo) fueran la admiración de amigos y familiares o que esos planos de pueblos inventados que alzaba a mano para matar los ratos muertos fueran objeto de fisgón interés por parte de colegas y curiosos…el caso es que yo no conocía a nadie, a nadie en absoluto, que compartiera conmigo tan disparatados hobbies.

Puede que la capacidad para enumerar los países que recorre en río Zambeze o para identificar una provincia de Bolivia viendo su contorno en un mapa mudo sirvan para participar en concursos en la tele o divertir a la audiencia en una cena, pero eso no te libra de la íntima sensación de ser un 'freak', un colgado, un  maniático. Luego, con el tiempo, descubres que todo el mundo padece sus propias obsesiones y que el amor frenético a la geografía no es, ni mucho menos, la peor de todas. De todos modos, yo seguía en el fondo un poco avergonzado de esa baja pasión mía.

Me terminé acostumbrando a no corregir a la gente cuando cometían algún error sangrante, del tipo ubicar Petilla de Aragón en la provincia de Zaragoza en lugar de en Navarra. Desistí también de recordar a mis interlocutores la capital, siempre en la punta de la lengua, de tal o cual país del África Central. Procuré también evitar que nadie nunca se enterase de que puedo enumerar de memoria afluentes de todos los grandes ríos de España y me cuidé muy mucho que revelar mis capacidades para identificar islas en Oceanía. Quería, a toda costa, pasar desapercibido, no parecer un pedante ni incomodar a los demás haciendo resaltar la inmensidad de su ignorancia geográfica.

Cierto es que sabía de amigos o conocidos que a los que también les gustaba mirar mapas a hurtadillas de vez en cuando. Cuando creía ver en su actitud el espíritu real del amante de la cartografía, comenzaba a compartir con ellos esos esotéricos secretos que un atlas solo revela a los ojos mas avezados. Pero en la mayoría de los casos no me seguían la corriente como yo esperaba. Les gustaban los mapas, sí, pero para verlos superficialmente un rato, no para leerlos de verdad, como si se tratase de un libro.

Sólo una vez o dos en mi vida dí con verdaderos exaltados como yo, pero ni aun ellos llegaban a ese grado superior de chifladura cartográfica consistente en inventarte mapas que parezcan reales. Nunca encontré a nadie tocado por el don divino de saberse la capital, la población y en número de atolones que conforman el archipiélago de Kiribati.

Hace tres meses mi madre me regaló, por consejo de mi hermana Almudena, el libro que por fin me ha ayudado salir del armario geográfico. Se llama “Un mapa en la cabeza” y el autor, Ken Gennings, es un fanático del tema de mi verdadera talla.
 

Casi me dieron ganas de llorar de la emoción (no exagero nada en absoluto) leyendo su relato intimo del momento en que descubrió, siendo niño, que los perfiles de Tanzania y del Estado norteamericano de Wisconsin son prácticamente idénticos. Yo también pasé en mi infancia por esa misma sensación de misticismo geográfico al apercibirme de tan intrigante coincidencia.

Puede que mi pasión sea un poco más estrafalaria que otras, pero, gracias a Gennings y a su estupendo libro, he decidido no abochornarme ya nunca de ella. ¿Porqué no se avergüenzan los obsesivos del futbol, o los amantes de saberse los modelos de coches de todas las marcas? ¿Acaso se esconden en una bodega los expertos en vinos? ¿Se ruborizan los filatélicos o los coleccionistas de discos de vinilo debido a sus respectivas aficiones? No, todos ellos pavonean sin rubor sus pasiones.

Así que voy a dejarlo escrito muy claro aquí: Ver un buen mapa, con el relieve de sus montañas bien sombreado, las áreas urbanas trazadas con esmero, las fronteras dibujadas con precisión y el tono de color para cada uso del suelo elegido adecuadamente, me produce la misma sensación que escuchar a Mozart o mirar al mar:  Me hace feliz.

(Mapas realizado por el autor)

Agujeros en la red (1)

 Yo asgo la sartén por el mango  

Me aturulla la brutal inmensidad de la información reunida en Internet. Por ejemplo, casi siempre que uno se equivoca tecleando alguna palabra en Google, obtiene invariablemente resultados. La red virtual funciona pues como la imaginaria biblioteca del cuento de Borges, esa que contenía todos los libros posibles en cualquier idioma, hasta en las lenguas aún no inventadas. Escribo, por ejemplo, 'anguztia' en lugar de angustia y me aparecen no obstante 5.010 resultados en el buscador, incluyendo varios relativos a un grupo de reguetón puertorriqueño. También  aparecen enlaces a varios blogs cuyos autores han reemplazado todas las letras ces y las eses por zetas. Incluso me topo con una mujer llamada Anguztias Muntalban, residente en Filipinas.

Harto pues de saber que, invariablemente, busque lo que busque en Internet, algo siempre se encuentra, he decidido perder mi tiempo tratando de dar con la excepción que confirme la regla, y hallar alguna palabra, expresión o frase muy sencilla pero nunca empleada en el mundo virtual.

La tarea ha resultado mucho fácil de lo que pensaba: Nadie nunca había escrito en Internet la frase que da titulo a esta entradilla. Lo mas sorprendente del caso es que tampoco nadie nunca ha  colocado en la Web la frases 'yo asgo el manillar', 'yo asgo la palanca', 'yo asgo la barandilla' o 'yo asgo' cualquier otra cosa. Nadie nunca ha asido nada en Internet.

Para delicia de los filósofos y otros amantes del absurdo, he comprobado que, en cambio, Google ofrece varios miles de resultados para 'Yo asgo', así, ha secas. Todos ellos, invariablemente, aparecen en tablas de conjugación del verbo asir. Parece pues muy importante, por alguna razón inescrutable, que los hablantes de español sepan conjugar correctamente un verbo que, no obstante, no utilizan, al menos en él mundo virtual.

Descubrir que hay algo todavía nunca escrito en el universo Internet me genera una enorme tranquilidad interior. Internet no es un Cosmos cerrado, no es un mundo concluido. Aun hay espacios vírgenes por explorar, agujeros por tapar en la Red.

Haber sido el primero en llenar una de esas últimas lagunas me produce, por el contrario, una gran desazón. Me siento como un explorador decimonónico descubriendo una tribu por vez primera y a la vez contagiándoles una forma de constipado para la que los indígenas no estaban inmunizados. Más me hubiera valido no haber escrito nunca ese titulo en el blog  y mantenerme el sueño del universo virtual incluso, en el que nadie ase nunca ningún objeto.

Ojala, pese a esta entradilla, Internet siga ignorando que yo asgo la sartén por el mango. 

(Foto: Luis Echanove)

miércoles, 5 de junio de 2013

Pacífica corrupción


Leo en El País que ciertos documentos recientemente desclasificados de los archivos de oficiales británicos revelan como el Gobierno de su Graciosa Majestad se dedicó a sobornar con sumas de millones de libras a un montón de jerifaltes del franquismo para ganar sus voluntades contra la posibilidad de que España entrase en la segunda guerra mundial del lado del Eje. La lista de los generalotes en nónima del Foreign Office es tan abundante como sorprendente: Varela, Yague, Nicolás Franco (el  hermanísimo del Caudillo) Millán Astray, y hasta Kindelán, al que los archivos ingleses califican como “un chorizo” (o su equivalente en inglés, el artículo no especifica). Digo que la lista es sorprendente porque la percepción general que se suele tener del régimen franquista, y especialmente de los altos mandos militares que hicieron la guerra junto a Franco es que, aunque recalcitrantemente antidemocráticos y golpistas, aquellos señores, al menos, fueron honestos, hombres de palabra, incapaces de manchar su honra por el vil metal. Mas resulta que, de confirmarse estas informaciones (y no hay razón alguna para disputar su veracidad) en realidad se trataba de un atajo de corruptos dispuestos a vender su voluntad y sus ideales por la pasta depositada en un banco suizo.

Nos encontramos frente a una paradoja ética de lo más interesante: Es tal vez posible que el hecho de que España felizmente se librara de los horrores de la Segunda Guerra Mundial se debiera a la condición de corruptos de estos sujetos. Si no se hubieran dejado sobornar por esas enormes sumas de dinero, estos generales no se habrían dedicado a limar los ánimos belicistas de otros miembros del círculo de poder de Franco, y no habrían pues sorteado la casi inevitable alianza de España con la Alemania nazi.

No es este un episodio aislado en la historia política española. La corrupción  forma parte de la genética misma del ejercicio del poder en nuestra nación desde su misma formación. Corruptas hasta la medula fueron las monarquías de Austrias y Borbones, en las cuales los cargos públicos se vendían sin rubor, siendo luego la inversión recuperada por el ejerciente con extorsiones y robos a las arcas publicas. Corrupto fue también el ejercicio del poder durante el franquismo, como nos revela no solo este hecho del soborno inglés a los jerarcas militares sino, sobre todo, el sostenido contubernio durante décadas entre la jerarquía política del Régimen y las élites económicas del país. Claro está que durante la dictadura solo ciertos escándalos (tan notorios que resultaba imposible taparlos) salieron a la luz; pero el día a día del desarrollismo franquista navegaba sobre un mar de prebendas, informaciones privilegiadas, sobornos y negocios inconfesables.
Durante las primeras décadas de la democracia el tipismo de la deshonestidad se mantuvo tan vivo como siempre, gracias a manilargos tan bochornosos pero repetibles como Luis Roldán, el hermano de Guerra o Jesús Gil. Y así, hasta hoy en día, y sin solución de continuidad, la llama refulgente del mamoneo continua iluminando España, con la abrasiva quemazón de siempre.

Bien es cierto que esa tendencia multisecular de los dirigentes de mirar antes por el bolsillo propio que por el bien común  no es exclusiva de nuestro país. Lo que hace al caso español diferente del de otros vecinos europeos es seguramente la naturalidad misma de la corrupción. En España, durante 500 años, el que, teniendo poder no robaba, era tenido por tonto. Lo castizo ha sido siempre pillar y, si se puede, vivir del cuento. La picaresca, que no es sino el ejercicio de la corrupción a la escala de los pobres, ensalza ésta hasta límites casi heroicos.

Pero seamos positivos y optimistas: Hace setenta años la pudrición de la clase política nos libró de una guerra atroz. Así que yo no pierdo la esperanza: es posible que la trama Gurtel, el caso Urdangarin o el de los ERE nos traigan algo bueno. Aunque la verdad, por mucho que lo pienso no se me ocurre el qué.

(Fotos:  Luis Echanove)

Demian


He vuelto a leer Demian, de Hermann Hesse. No había abierto el libro en los últimos 23 años. Escrito está, en la primera página, con un rotulador negro agonizante, bajo mi nombre: “Diciembre 1990”. Andaba yo entonces con veintiún años. Más o menos los mismos que Sinclair, el protagonista de la obra, en los capítulos finales. Por aquella época yo devoraba con avidez la obra del autor alemán: El lobo estepario, el Juego de los Abalorios, Peter Camenzind, el Caminante y, por supuesto, Siddartha. Un extraño vínculo invisible nos unía a mí y a mis amigos más cercanos con Hesse y otros autores de su generación. El Arte de Amar de Fromm o la Filosofía Perenne de Huxley formaban parte también de ese acervo secreto de mágicos libros que iban muñendo nuestra personalidad.

Luego, con el paso de los años, aquellas lecturas febriles fueron quedando olvidadas; aunque, a decir verdad, a veces me asomaba yo a su recuerdo y sentía otra vez una sombra de esa inquietud inefable que me causaron entonces. Pero era una memoria difusa, con el sabor ambiguo de algo que duele recordar porque al hacerlo descubrimos que lo hemos perdido para siempre.

Estas Navidades, sin embargo, un impulso extraño me llevó a sacar Demian de su repisa y colocarlo en mi maleta de viaje. Y ahora, por fin, tras unos meses reposando en la cuarentena de la mesilla de noche, lo he leído otra vez.

Tenía miedo, confieso, a que releerlo me devolviera la imagen de quien fui y ya no soy o que, dicho de otro modo, me demostrase que ya no puedo hoy sentir lo que entonces sentí. Volver a los libros de juventud en la cuerantena, pensaba, me haría irreversiblemente viejo, revelándome el hecho innegable de que ya no soy el tipo que fui entonces, ni que podría entender ya nunca las intuiciones, remotas como el océano del tiempo, que sus páginas me revelaron  una vez.  

He vuelto a leer Damian  de Herman Hesse con la misma inquietud, el mismo miedo, la misma perplejidad…y he redescubierto emocionado que “si el mundo exterior desapareciera, cualquiera de nosotros sería capaz de reconstruirlo”. 

(Foto: Ignacio Huerga)

martes, 15 de enero de 2013

Una vez más

Una vez más la luz del sol borró la noche más rápido de lo que  hubiera deseado. Se sentía inquieto. A decir verdad, todos en la ciudad lo estaban. Esa inquietud se alimentaba a sí misma, crecía y crecía de conversación en conversación. Hay una forma de ruido que modifica de modo extraño la cadencia de lo real. Ningún otro sonido resulta nunca tan poderoso. Y ahora  por fin habían escuchado esa señal intempestiva. 

(Foto: Luis Echanove)

Es difícil explicar


Es difícil explicar hasta que punto las vidas de ese centenar y medio de familias estaban vinculadas al ciclo de silencios que los campos marcan en el crudo mes de enero, o al nervioso parpadeo de las luces de junio al amanecer. Todos los entusiasmos, durante al menos dos generaciones, se habían vivido acotados en la pequeña esfera de lo cotidiano. Es verdad que ciertas épocas hervían de intensa actividad; pero, en todo caso, el compás pendular de las horas vivas de la primavera y el otoño, alternándose con las mortecinas largas tardes del invierno o el verano habían oscilado por muchos años aun previsible ritmo de doble compás. 

(Foto: Luis Echanove)

Cada objeto


Cada objeto ocupaba su exacto lugar en el cuarto. Allí, como en el resto de la casa, cuando algo era incorporado al haber familiar en él permanecía por toda la eternidad. Una infinitud de enseres colgaban de las paredes o reposaban sobre baldas y mesillas como a la espera de un terremoto que cambiase todo de lugar, o tal vez aguardando al día del fin del mundo y la consecuente destrucción final de la memoria y de todos sus señuelos.

(Foto: Luis Echanove)