viernes, 28 de junio de 2013

Agujeros en la red (y 2)

El mapa de los gitanos

Ignorar es la forma más perversa de despreciar.

Si hay un grupo étnico en España con entidad cultural propia realmente oprimido y discriminado socialmente, ese  es el pueblo gitano. En estos treinta y cinco años de vida democrática hemos sido capaces de oficializar el uso del vasco en el último rincón de Navarra, proteger el idioma occitano en el valle de Arán o facilitar el acceso a la enseñanza en bable en la comarca del Bierzo, pero la lengua calé permanece tan defenestrada y olvidada como siempre. Apenas se llevan a cabo acciones positivas de afirmación y defensa de la cultura gitana, que continua marginalizada, cuando no directamente ridiculizada o arrinconada en el tipismo folclórico. Me sorprende, por ejemplo, que no exista un movimiento político gitano, ni una demanda real por la protección jurídica de su entidad cultural.

Con estos pensamientos merodeándome la cabeza, dediqué unas horas hace algunas semanas a intentar obtener información demográfica sobre el pueblo gitano en España. ¿Cuantos son? ¿donde viven?  Dos de mis muchas obsesiones son (como tal vez ya sepan los erráticos visitantes de este blog) la cartografía y la antropología social, así que mi primer objetivo fue intentar localizar en Internet mapas indicando su peso poblacional en las diferentes zonas del país. Pensaba, ingenuamente, que no seria difícil dar este tipo de información. Mi chasco fue enorme. No hay, en toda la inmensidad de la red virtual, ni un solo mapa de España que muestre la presencia territorial del pueblo gitano.

Si quiero obtener cartografía sobre la distribución de las vacas de raza leonesa en las provincias de España puedo encontrarla. También si lo que busco es un mapa sobre los dialectos del catalán en las comarcas de Tarragona o el porcentaje de monedas romanas encontradas en cada comunidad autónoma…pero dar con algo tan básico como un mapa demográfico de los gitanos en España es como preguntar por un plano sobre la presencia de gamusinos en los bosques de marte.

Este alucinante ejemplo de invisibilización habla por sí  mismo de hasta que punto  el pueblo calé, en el atlas mental de los españoles, simplemente no existe.

Decidí, por supuesto, que lo mejor que yo podía hacer al respecto era 'tapar' ese agujero en la red, elaborando yo mismo un mapa. Obtener la información de base no fue nada fácil. He tenido que consultar datos de fuentes muy diversas, a veces basadas en encuestas oficiales  otras, en estudios académicos o incluso en meras estimaciones. Finalmente, he logrado reunir información para todo el territorio nacional, en casi todos los casos a nivel de provincia, aunque en algunos solo en relación a comunidades autónomas en su conjunto. El resultado es el mapa de más abajo (*).

(Foto: Luis Echanove)
 
(*) Obviamente, el mapa confirma lo que intuitivamente ya sabemos: Que el porcentaje de gitanos sobre el total de población es especialmente numeroso en el sur. Las diferencias  entre unas zonas y otras del territorio nacional son realmente acusadas: Uno de cada veinticinco almerienses es gitano. En cambio, solo uno de cada doscientos gallegos lo es. Curiosamente, en gran parte del antiguo reino de Aragón son mas abundantes que en Castilla. En fin, me abstengo de mayores análisis, porque no era ese mi objetivo.

Duermevela

Carmen, has venido otra noche más a lanzarte de bruces a nuestra cama. Tu madre lee a mi lado, y el corto espacio entre los dos lo ocupas ahora tú, recogida en un ovillo, en pijama, durmiendo sin dormir. Hemos llegado tarde. Una cena de trabajo. Y aquí estás tú ahora. Esperando sólo que te llevemos a tu habitación de nuevo.

(Foto: Helen De la Torre)

Rehenes de la risa

Me has hecho tu rehén, Olalla. Ríes sin cesar, quebrada de felicidad, rendida a  mis cosquillas, como un junco bailando al viento. Me has hecho tu rehén, sí. Soy ya víctima eterna de tus ojos alegres, hasta el fin de mis días.

(Foto: Helen De la Torre)

Soldados ingleses

Te veo  jugando, Juan, hijo mío, con tu mirada absorta en como colocar los soldados ingleses que rodean el fuerte. Levantas los ojos, presintiendome allí, bajo el marco de la puerta. Me regalas una sonrisa rápida, y vuelves en menos de medio segundo a enfrascar tu mente en aquella batalla sobre el parquet del cuarto. "Papá" -me dices con esa voz ronca tan enorme para un cuerpo tan menudo, mientras maniobras a las fuerzas invasoras con tus hábiles manos de siete años - "papá, me gusta esta tarde". Y yo quiero responderte, hijo mío, que yo daría mi vida entera por este segundo tuyo.

(Foto: Eva Pastrana)

jueves, 27 de junio de 2013

Empieza el verano


El calor atrae a los recuerdos y los deja, como abandonados, sobre el suelo de baldosas de la terraza. Una rendija del pasado se ha abierto en el cielo de la tarde. Te asomas por esa mirilla y no sabes si lo que por ella intuyes te alegra o te entristece.

Unas voces de niños suenan a lo lejos, y luego el chapuzón en la piscina, y no entiendes si es hoy, o si es ayer...o si este ahora es siempre.

(Foto: Luis Echanove)

Camino de vuelta


No importa cuantas veces recorras el camino de vuelta. Al final, nunca volverás al mismo sitio.

 (Foto: Luis Echanove)

La caracola yace en el mar

Concha (*) murió hace unos meses…pero en realidad, llevaba muriendo hace tiempo. Cuando la vimos por última vez, el año pasado, al menos ya media vida había escapado de ella. Fue un encuentro doloroso aquel. Comimos un menú vegetariano de mediodía en la plaza de la Cebada. Concha nos hablaba y hablaba, mirándonos con unos ojos de niña abandonada que jamás la habíamos conocido antes. A veces lloraba. Los recuerdos lejanos de aquellos años intrépidos, cuando  trabajábamos juntos, casi ni asomaban en la conversación. Concha desgranaba el relato doloroso de una década de sinsabores, desamores y desgarros. Este espacio y este tiempo ya no la pertenecían.

La llevamos a casa en coche, ultimamos frases de consuelo y animo antes de despedirnos. Abrió su portal, alzó la mano para decir adiós y por un segundo nos pareció percibir en su mirada el brillo de siempre. Intuimos entonces que ya nunca volveríamos a verla y una sombra enorme nos dejó tristes y mudos el resto de la tarde.

(Foto: Luis Echanove)
--------------------------------

miércoles, 12 de junio de 2013

No existo

Yo siempre he sabido que no existo. Ya sé que lo que acabo de escribir parece una total estupidez, pero más vale ser sincero y resultar estupido que mentir.

No estoy muy seguro de cuando me ocurrió por vez primera. Desde que tengo recuerdos, muy pequeño, ya era capaz, de cuando en cuando, de alcanzar ese estado de certeza de mi no existencia.

Era algo que yo mismo podía provocar. La técnica no tenía nada de rebuscado, aunque practicarla no era siempre tan sencillo: Cerraba los ojos o miraba fijamente a un punto cualquiera, y repetía mentalmente muchas veces “yo…yo…yo…”. Creo que, inconscientemente, lo hacía al ritmo de mi propia respiración.

No pensaba en nada, no asociaba la palabra a ninguna imagen predeterminada de mí. Simplemente repetía ese sonido. Cada vez que escuchaba la palabra “yo” mentalmente, su significado concreto se diluía un poco más, se hacía más abstracto, más vacío, más ligero, hasta llegar a un punto en el que, súbitamente, dejaba de tener ningún sentido. “Yo” ya no era yo, sino un “YO” que a la vez era yo pero que también era todo lo demás, que me superaba y abrazaba todo lo real. En ese preciso momento comenzaba a sentir oleadas de cosquilleos repentinos, que partían del cogote y se difuminaban en ondas por todo el cuerpo durante unos breves segundos. A la vez sentía una tremenda sensación de bienestar y paz y comprobaba perplejo como todos los problemas cotidianos, las pequeñas incertidumbres del día a día, se habían evaporado.

Enseguida dirigía mi pensamiento a mi madre, y a mi padre, a mis hermanos, a mi abuela y en general al pequeño circulo de personas de referencia en mi vida de niño, y sentía por ellas un enorme cariño…era como si “yo” también significase “ellos”. De manera obvia sentía que participaba en la realidad del todo, y que todo participaba de mí. Por unos segundos carecía de límites.

Ese estado beatifico, desgraciadamente, no duraba mucho. Acababa sin estridencias y, después, en  los minutos siguientes, mi mente se relamía con el recuerdo grato de la maravillosa experiencia. Al poco tiempo aquel sueño en vela quedaba casi olvidado, y solo una cierta frustración de haber perdido esos instantes de gozo perduraba.

Un rescoldo de ese fuego no se apagaba: Me quedaba una fuerte sensación de seguridad interior, un sentido profundo de que dentro de mi había un mar en el que a veces podía sumergirme, nadar y sentir una felicidad absoluta, pero a la vez tranquila. En mayor o en menor grado esa percepción no me ha abandonado nunca y es, pienso, la raíz de mi extraño sentido de autoconfianza.

No sé cuantas veces me ocurrió el fenómeno que acabo de describir: Recuerdo con cierta nitidez solo tres momentos, pero sé que hubo más. Uno, puede que el más antiguo, me ocurrió ya en la cama, antes de dormir, con cinco o seis años. Otra vez, no mucho más tarde, me pasó en el baño, frente al espejo, mientras me secaba tras ducharme. Recuerdo además una tercera ocasión, de veraneo en Almuñecar, ya un poco más mayor, un domingo después de misa en una iglesia calurosa y atestada de gente.

De niño nunca hablaba de eso. La primera vez que mencioné este asunto a alguien fue a primera novia, con dieciséis años. Pensó que estaba chiflado.

Según fue terminando mi infancia, esas experiencias se volvieron cada vez más infrecuentes. Desde entonces, a veces he intentado forzarlas, casi siempre con nulo éxito.  Sólo en algún raro momento he conseguido aproximarme a ello, pero nunca con la intensidad de entonces.

Mucha veces me pregunto como y porqué me sucedió por vez primera, qué me llevó a realizar espontáneamente ese extraño ejercicio de concentración. Creo que todo lo demás que he hecho el resto de mi vida, hasta hoy, no ha sido sino intentar responder a esa pregunta.

(Foto: Luis Echanove)