sábado, 12 de marzo de 2011

Detrás de las montañas

El helicóptero militar aterrizó en un desolado altozano rodeado de cárcavas. Al otro lado de las montañas comenzaba Chechenia. Los soldados cargaron sus macutos, los sacos de patatas y las cajas de comida hidrofilizada hasta el pequeño puesto de vigilancia fronteriza. De allí partía una senda pequeña, al borde mismo del precipicio. Caminamos por ella, y a la vuelta de un recodo, súbitamente, el perfil del pueblo fantasma de piedra se alzó ante nosotros.

Las torres de pizarra de Mutso brotaban de la montaña como termiteros gigantes. Camufladas en el mismo color pardo del resto del paisaje, parecían llevar allí alzadas toda la eternidad, como si, en lugar de construcciones humanas, fueran en verdad formas caprichosas de la naturaleza. Miramos hacia Mutso largo rato, en silencio, con la sensación de estar observando un paisaje imaginario.

El viejo helicóptero soviético apareció de pronto sobre el valle, volando casi al ras de los árboles desnudos del invierno. Subimos de nuevo y tras cruzar varias sierras nevadas, tomamos tierra en Chatili, la histórica capital de Jevsureti, en un decrépito helipuerto junto al antiguo cementerio de tumbas paganas. Deambulamos luego por el laberinto de callejas pequeñas, casas a varios niveles y torres con puertas minúsculas. Andando por Chatili, yo me sentía dentro de un organismo vivo, como devorado por un gigante de intestinos de piedra. Nadie caminaba por las calles salvo nosotros.

Al fin regresamos, y tras una nueva parada, esta vez en una base militar sin nombre, para celebrar el consabido banquete ritual con nuestros huéspedes de las fuerzas de frontera (vino, mucho vino, y también vodka), volamos de vuelta a Tiflis. Yo miraba absorto por el ojo de buey del helicóptero las soberbias cúspides blancas del Cáucaso.

Llegué a Tiflis sin respuestas, pero también sin preguntas. Lo más real es, a fin de cuentas, lo más imaginario.
(Fotos: Juan Echánove)

viernes, 4 de marzo de 2011

La tarea de transcurrir

'(…) porque ahora es tan sólo transcurrir mi gran tarea'

(Vicente Gallego).

Conocí a Vicente Gallego de manera un tanto casual. Digo que le conocí, y enseguida caigo en la cuenta de que con ello puedo conducir a equívocos. La verdad es que no le he visto en mi vida, y tampoco nunca he intercambiado ni media frase con él. Pero no obstante, pienso que a este tipo le conozco, tal vez no mucho, pero sí más que a algunas personas a las que veo frecuentemente o con las que hablo de manera habitual.

Mi primer encuentro con Vicente Gallego fue a través de una antología de poetas españoles contemporáneos. Los versos afilados, sencillos e inmensamente emotivos de este extraordinario poeta valenciano provocaron en my un impacto inmediato.

Incapaz de hacerme, desde esta distancia caucasiana, con alguna de sus poemarios publicados, eché el anzuelo a Internet para rescatar de allí algunos otros de sus versos. Lo que leí me dejo perplejo. Es un poeta rotundo, de verso transparente, sin preciosismos, directo. Sus temas, son cotidianos, humanos, inmensamente humanos. No los fuerza, sencillamente brotan solos, con vida propia, de los poemas. En la poesía de Gallego la palabra es solo el vestido que contiene a las emociones. Estas bullen libremente, saltan con vida propia desde las letras directamente hasta lo más hondo del lector.

Como un buen amigo me recordaba hace poco, en la literatura, la obra se entiende y se explica por si misma. A la hora de gozar de una buena novela o de una poesía excelsa, poco aporta que el autor sea un sujeto estupendo o un bellaco ruin. De hecho, esta obsesión actual de enfocar la atención a los autores, inmiscuyéndose en las entrañas de los cotilleos mas baladíes sobre sus vidas, me tirria un poco.

Pese a tan rotunda declaración de intenciones, humano soy, y cometí el pecadillo de indagar un poco en Internet sobre el individuo detrás de los versos, sobre el Vicente Gallego de carne y hueso. De nuevo, me quedé pasmado. Este hombre no pretende imponer doctrinas, no atiende los cócteles ni entra al trapo al juego de la fama (y eso que lleva un buen puñado de premios a sus espaldas). Tampoco ejerce de poeta maldito y distante. Simplemente no va de nada en absoluto. Lleva una vida sencilla, propia en realidad del paragidma del poeta puro, sumido en lo esencial, en lo cotidiano. Ha trabajado, entre otras cosas, como podador de pinos, bailarín de discoteca y pesador de residuos tóxicos peligros. En las escasas entrevistas que de él he encontrado, habla con sagrada soltura de su no existencia. Es pues un tipo sabio, este Vicente Gallego.

Hace poco dio una conferencia sobre el silencio.

Me dices que es absurdo el universo, que la vida carece de sentido. Pero no es un sentido lo que busco, cualquier explicación o una promesa, sino el estar aquí y a la deriva: una simple botella que en la playa aguarda la marea…


Foto: Ignacio Huerga

miércoles, 2 de marzo de 2011

Pregunta sin respuesta

Y digo yo: ¿Para qué todo esto?

El silencio de los corderos

El mundo vive expectante de la vorágine revolucionaria árabe, que por un lado nos llena a todos de esperanza en un futuro mas justo y por otro nos sume en la incertidumbre y el temor ante lo nuevo e impredecible. Mientras el gran motor de la Historia se acelera en el Norte de África y Oriente Medio, en algunos rincones del Planeta, lejos de los focos mediáticos, la Historia con mayúsculas se trasforma, en cambio, en historieta tragicómica.

En Nicaragua, mi querida nicaragüita, Daniel Ortega (para algunos críticos, el alter ego tropical de Gadafi, pero sin túnicas de raso fosforescente), decidió hace unas semanas enviar a veinte soldados de reemplazo de maniobras a unas remotas ciénagas próximas la frontera sur del país, cerca de San Juan del Norte, y cuya soberanía se disputan Nicaragua y Costa Rica. El área en litigio, de apenas un kilómetro cuadrado de extensión, consiste en un cenagal si valor alguno. Es una zona tan diminuta y remota que apenas se recoge en la cartografía existente.

Según un extendido y avieso rumor, con tal maniobra provocadora, no buscaba el gobierno Nicaragüense sino apartar la atención de su pueblo de los numerosos problemas económicos, sociales y políticos que atenazan al país. El desafío nicaragüense, no produjo el efecto quizás deseado por Daniel, esto es: propiciar tal vez una pequeña guerrita con los ticos. Costa Rica, que es una nación neutral (política y tal vez incluso metafísicamente) carece de ejército (1). Ponerse beligerante con un país que constitucionalmente ha renunciado a la guerra, es cuanto menos, una decisión kafkiana. La sangre no ha llegado al río (al río San Juan, que es el que conforma la frontera entrambos países), y el 'incidente', como se dice ahora, ha quedado finalmente inscrito en la larguísima lista de pequeñas absurdeces de la micro-geopolítica mundial.

El Cáucaso, la región donde ahora vivo, acaba también de ofrecer otro estupendo ejemplo de estulticia política. Armenia y Azerbaiyán mantuvieron una sangrienta guerra en los años noventa del siglo XX. Aunque las armas por el momento permanecen ahora mudas, ambos gobiernos se detestan mutuamente. Georgia, el tercer país del sur del Cáucaso, ha comenzado a exportar ovejas vivas a los países del golfo pérsico. A los jeques les gusta el sabor natural de los corderos caucasianos, que pacen libremente en los montaraces prados georgianos. La semana pasada un avión de carga registrado en Armenia se disponía a transportar 150 corderillos desde Tiflis a Qatar. El combustible que surte a las aeronaves en el aeropuerto de la capital georgiana procede de Azerbaiyán. La compañía a cargo del suministro se negó a abastecer la nave armenia con crudo azerí, para evitar un conflicto diplomático. Como consecuencia, el avión tuvo que permanecer una noche entera en tierra en el aeródromo, con los motores apagados, a resultas de lo cual todas las desdichadas ovejas perecieron, ateridas de frío y de agobio.

Las únicas victimas mortales de la victoriosísima campana militar de Aznar, en 2002, para 'recuperar' el islote de Perejil, fueron algunas cabras que pastaban en el lugar. Ahora, el reavivado conflicto entre Armenia y Azerbaiyán se acaba de cobrar la vida de estos corderos georgianos. La lista de estupideces de la política internacional sigue y sigue creciendo sin cesar.

Fotos: Superior: Granada (Nicaragua), Luis Echanove. Inferior: Georgia Juan Echanove)
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(1) Fue abolido en 1948 por el presidente Figures, hijo de catalanes. Su sabia decisión permitió al país, a lo largo de las siguientes décadas, evitar los golpes de Estado e invertir en desarrollo económico y social los fondos que, de otro modo, se habrían malgastado en gastos militares.

lunes, 28 de febrero de 2011

Nombre propio

Hoy paseo flanqueado por los altos árboles que ensombrecen a sus hojas muertas.

Piso el camino viejo. Limpio el polvo de los setos con la mirada y levanto la vista al cielo azul y blanco que me maravilla.

Hoy son un negro trazo cruzando las franjas alternas que formal el camino de la realidad. Soy el alma de los troncos, el espíritu de las ramas que no se mueven. Hoy mis pasos tienen todos nombre propio.
(Foto: Ignacio Huerga)

sábado, 26 de febrero de 2011

El valle encantado

Stalin se escondía detrás de un parapeto de ramas y troncos jóvenes. Un alto cargo del Tiflis había visitado el pequeño valle semanas antes. Era la primera vez en años que alguna autoridad del gobierno central acudía a la comarca de Gudamakari. Los aldeanos, temerosos de que el funcionario ordenase destruir aquella tosca efigie de escayola del dictador, la habían ocultado con follaje. La mujer sonreía satisfecha mientras señalaba a la estatua. “No la vio”- me dijo con orgullo-. Después nos condujo al viejo edificio municipal.

Las escaleras de cemento desgastado parecían ir a desmoronarse en cualquier momento. Nos acomodamos en torno a la estufa del viejo despacho. Ella nos contó que en las dieciocho aldeas de la pequeña región ya apenas vivían unas cien familias. “¿Hay alguna iglesia en la zona?”, pregunté. Sabía que Gudamakari era uno de los últimos reductos del ancestral paganismo caucasiano, pero quería evitar indagar frontalmente sobre las prácticas religiosas del lugar. “No, no hay ninguna iglesia en todo el valle; nunca ha habido. Nosotros no las necesitamos”, dijo, con cierto tono reservado. Sólo después supe que las gentes de Gudamakari, como las de los aún más remotos valles de Jevsureti y Pshavi, adoran a sus atávicos dioses de la montaña y del viento en pequeños templetes de piedra, coronados con una pieza de vidrio. Georgia es un país de paradojas. Fue una de las primeras naciones de la Tierra en adoptar el cristianismo, y, sin embargo, sigue albergando hoy, en sus inaccesibles valles, los últimos reductos de las creencias milenarias perdidas en el resto de Europa desde hace siglos.

Capas de nieve densa y polvosa cubrían las montañas suaves, los prados, y el ramaje de los árboles frutales. Las aguas oscuras del río se precipitaban veloces hacia el Oeste, formando remolinos entre los cantos.

Una tranquilidad misteriosa y primordial lo impregnaba todo. La belleza de Gudamakari no es agreste. Falta aquí la épica de las coronas rocosas de cinco mil metros señoreando el horizonte, como en Svanetia o Kasbegi. Recorrer Gudamakari no produce pues el vértigo de hallarse al borde mismo del fin del mundo. Más bien, el pequeño valle evoca un paraíso tranquilo, perdido en nuestra memoria, cuyo recuerdo brota fresco en Gudamakari, como evocaciones de la infancia más lejana.

Dejamos atrás en el todoterreno aquella comarca de sortilegios. Permanecimos en silencio largo rato. Intuíamos que Gudamakari nos había revelado un secreto: un secreto profundo y que, una vez desvelado, se olvida para siempre.


(Foto: Juan Echánove)

martes, 15 de febrero de 2011

Koam


Lloraste ayer, lloraste
y tus lágrimas brotaron
de mis ojos.

(Foto: Juan Echánove)

viernes, 11 de febrero de 2011

El pueblo en movimiento

El hombre barbudo de cara risueña intentaba ocultar su tristeza mientras hablaba. - Hemos falsificado nuestras actas de defunción- tradujo Irakli. Me quedé perplejo. No comprendía lo que quería decir. El hombre siguió hablando. Irakli siguió traduciendo. Pronto se aclaró la historia: Como el pueblo carecía de maestra, y, debido a su total aislamiento, era imposible enviar a los niños a alguna otra escuela, los padres se habían hecho pasar por muertos para que así sus hijos pudieran ser enrolados en un orfanato y recibir educación.

Tenía frente a mí a un hombre oficialmente muerto, un hombre oficialmente muerto que vivía en una casa efectivamente muerta. Intentaba imaginar como estaban sobreviviendo el invierno, a diez bajo cero, sin cristales en las ventanas. Entré en el chamizo: Todo estaba mugriento. Paredes húmedas y desconchadas. Tres somieres herrumbrosos sin colchón y un armario. Eso era todo.

Una casa muerta sí, una casa a punto de derrumbarse, como todas las del pueblo. Muertas y destruidas, peor habitadas por personas vivas.

En el año y pico que llevo recorriendo Georgia nunca había visto una miseria tan extrema. El pueblo llevaba dos años aislado a causa del corrimiento de tierras. La invisible fuerza telúrica en movimiento no solo había cortado por completo el único camino de acceso, también se había llevado por delante las áreas de cultivo, dejando a la población sin ninguna fuente de ingresos. El desplazamiento geológico todavía continuaba, lento, imperceptible en el día a día, pero constante. Las casas, alzadas a lomo de esa montaña andante, se doblaban y rasgaban como construcciones surrealistas en un cuadro de Dalí. Ni los muertos de verdad reposaban tranquilamente. En el cementerio el movimiento del suelo había desperdigado las viejas tumbas de piedra, descolocándolas o haciéndolas rodar colina abajo.

Recorrimos de nuevo a pie el camino de regreso, con la nieve hasta las rodillas, trepando a casi a gatas por el desfiladero.

De vuelta al coche, miré a mí alrededor las cumbres inmensas del Cáucaso. La nieve brillante a veces adoptada una tonalidad casi azul. Daban ganas de ser un gigante y así poder tocar con los dedos la textura blanca y suave de sierra. Ser un gigante, sí: Ser un gigante y coger aquel pueblo con mis manos, y trasladarlo a otro mundo, un mundo donde los hijos de los vivos no van a los orfelinatos, un mundo donde las camas tienen colchones, la tierra no camina y los muertos descasan en paz.
(Fotos: Juan Echanove)