jueves, 20 de febrero de 2014

Selección Natural

-Hay muy pocas posibilidades de que todo termine bien-.

Julián arrojó su sentencia deleitándose en la pronunciación de cada palabra, de cada letra. Los demás nos quedamos atónitos. Ana, tal vez la más proclive a las influencias ajenas, dejó asomar por el rostro una lágrima breve y rítmica, como la frase de Julián. Los demás apenas mudamos la faz. Si existiesen cámaras fotográficas capaces de reproducir lo que se piensa, tal vez más de uno se habría sorprendido contemplando la imagen que el conjunto de nosotros podía ofrecer en aquel momento. Matías, Nuria y Rafael intentaban recordar momentos vividos en aquellos días de locura. Las neuronas de Daniel lamían con pericia las heridas de su mente dañada. El otro Rafael repetía interiormente la frase de Julián, como si se tratara de una letanía con poder curativo.

Transcurrió un lapso de tiempo cuya duración, meses después, ninguno de ellos se atrevería a reconocer. Finalmente Julián tomó de nuevo la palabra. Lo hizo con esa calma suya tan desagradable pero tan fiel a sus principios morales.

- Ya sabíais a lo que se exponíais cuando os apuntásteis.

Ana lloró de nuevo, acompañándose ahora de un sollozo quedo, de esos que sirven para delatar un resfriado ligero. Los pensamientos de Matías, de Nuria y de Rafael discurrieron por sendas diferentes. Matías cayó en la trampa tendida por Julián. Nuria se debatía entre odiar a Julián por regodearse de ese modo, justificándose con algo que ya todos conocían de antemano. Rafael dejó su mente en blanco. En cuanto a Daniel, ahondó en su resquemor eterno. El otro Rafael continuaba masticando la primera frase.

El silencio de todos elevó la dosis de arrogancia de Julián.

- ¿Acaso pensabais que esto era algo sencillo? Hacedlo de una vez…¡coño!

Entonces Daniel secó del cinturón el revólver reglamentario que la productora del programa le dio antes del primer rodaje y disparó, y al instante Nuria, Matías y los dos Rafaeles imitaron su ejemplo. Julián convulsionaba en el suelo, encharcado en sangre. Las cámaras tomaban primeros planos.

El primer eliminado en “Selección Natural”, el programa estrella de Tele Ocho, se retorcía entre estertores sobre el plató. “Esto va a ser éxito rotundo de audiencia” vociferaba el realizador a sus ayudantes.

(Foto: Luis Echanove)

lunes, 17 de febrero de 2014

Afanes difusos


Un momento, por favor. Un instante de silencio: Reclamo su atención a estas horas tan intempestivas sólo para recordarles que mientras usted sigue (con interés mediocre) nuestra programación habitual, un hombre, una mujer, un niño, una niña, un anciano, un agricultor, una empleada doméstica, media docena de cazadores selváticos, un boxeador agotado, diversas azafatas de líneas aéreas, una cuadrilla de malhechores, varias prostitutas, miles de funcionarios, algunos obreros de la construcción y un bebé recién nacido están viviendo una vida diferente a la suya.

No vaya a creer, querido amigo, que este corte publicitario responde a la vana intención de que usted se ponga en el lugar de esta maraña de sujetos. Nos basta con saber que, salvo en su calidad de consumidores de nuestra amplia gama de artículos, usted y estas personas sólo comparten el afán difuso de ser felices un día.

Se lo recordamos tan sólo para que mañana, cuando se levante, no sufra la inconveniencia de encontrase cazando en medio de la selva, sembrando hortalizas en una aldea remota, despachando boletos de una línea aérea, golpeando a un desdichado en un ring o vendiendo su cuerpo en las esquinas, por citar solo algunos ejemplos de labores lejanas a su diario quehacer.

Considere siempre que usted es sí mismo. Y, ante todo, no actúe como si fuera otra persona, porque, en tal caso, nunca sabríamos como diseñar las campañas y los anuncios para que compre nuestros productos.

Gracias por su preciado tiempo, y tenga presente que el informativo que sigue a este comercial fue grabado en circunstancias extrañas por personas poco preparadas. De modo que, por favor no se crea nada de lo que le digan con respecto a cazadores selváticos, boxeadores, ancianos, bebés, personas de otros continentes o, en general, gentes diferentes a usted mismo.

(foto: Nacho Huerga)

viernes, 14 de febrero de 2014

Alguien mató a mi abuelo

Anoche caí en la cuenta de que alguien mató a mi abuelo. Claro que yo sabía desde niño que a mi abuelo le mataron en la guerra.  Al fin he comprendido lo que eso singifica: Alguien le mató.

En las guerras los que matan mueren y los que mueren matan. Por eso, a los efectos de esta reflexión mía, tanto da contra que bando iba mi abuelo.  La muerte en los conflictos casi nunca adopta la  forma de un totum revolutum, de una riña tumultuaria con resultado letal, en la cual no se sabe quien fue el último en meter el puyazo asesino o en asestar el disparo fatal. Por cada muerto en guerra, hay, al final, un matador. Las balas nunca son anónimas: tienen nombre, apellido, familia y motivaciones. Un hombre concreto mató a mi abuelo, le miró por vez última, apuntó el fusil y segó su vida, como se corta un tallo, así, de repente. Quien sabe, puede que otra bala acabase también con la vida de ese hombre que mató a mi abuelo. Quizás alguno de sus nietos se haya preguntado quien la disparó. Y así sucesivamente, hasta un millón de veces, hasta un millón de muertos.

Yo nunca vi a mi abuelo (nací 30 años después del fin de la guerra), pero le conocí muy bien, a través de mi abuela. Por eso sé que era un hombre muy grande con un bigote pequeño y cejas negras. Los domingos se paseaban los dos arriba y abajo por la Gran Vía. Comían bocadillos de calamares y bebían agua gaseosa de sifón.

Mi abuelo montaba a caballo, estaba muy unido a sus hermanos y gastaba siempre bromas. Una vez prometió ante el altar caminar no sé cuantos kilómetros con garbanzos en los zapatos si cierta petición se le resolvía favorablemente. Finalmente cumplió su voto, pero con los garbanzos ya cocidos. Conozco tantas historias de mi abuelo como de cualquiera de los vivos de la familia.

Tuvieron mis abuelos tres hijos, tantos como años estuvieron casados. Tres años aquellos que valieron por una vida entera. Escuchar a mi abuela narrar las historias de ese tiempo mágico era como correr por el campo un día de primavera. Se la iluminaban los ojos, le brillaba el rostro, volvía a vivir aquello al recordarlo, y parecía decirse a sí misma “por esos años breves, mi vida ha merecido la pena”.

Pasaron, sí, sólo tres años unidos en cuerpo y alma. Pero mi abuela nunca se quejó después de su ausencia. Porque juntos, lo que se dice juntos, estuvieron también los sesenta y cinco años siguientes a que aquella bala atajara la vida material de mi abuelo. Él siempre estuvo allí, acompañándola. Cada vez que mi abuela se subía a la banqueta del cuarto ropero para bajar las sabanas, pedía al abuelo “Antonio por favor, agárrame la silla” para no caerse.

A mi abuelo lo mataron dos veces: La primera por error y la segunda por casualidad. Cuando, tras sublevarse y ser apresado, leyeron su nombre para condenarlo a muerte, fue su hermano –soltero sin hijos- quien se levanto por él, salvando así su vida. Pero la muerte es persistente, y no le dejó escapar mucho tiempo. Lo metieron en una camioneta a los pocos meses, rumbo a Paracuellos. Pudo haberse salvado, otros lo consiguieron. Pero ya se sabe: las cosas solo suceden de una manera.

Lo peor de las guerras no es que la gente muere. Lo peor es que la gente mata.

(Foto: Nacho Huerga)

jueves, 13 de febrero de 2014

Libre albedrío

Siento pereza. Lo reconozco. Me domina una inconciliable sensación de pesadez. Ya no puedo más. He intentado explicárselo a todo el mundo aquí. Todos me replican que “no tengo derecho”…¿ no tengo derecho? ¿No tengo derecho a descansar un rato tal vez tan sólo unos días, o unas horas, después de toda una vida deslomada con tanto trajín? He consultado a las más viejas, a los que conocen bien las normas. Me dicen que, aunque no está escrito en ninguna parte, simplemente no hay precedentes, es decir, nunca antes nadie lo ha hecho, nadie se ha detenido, nadie ha descansado, o, por utilizar exactamente sus palabras, nadie “se ha sublevado”. Puedo imaginar la cara que pondrán al escuchar esto: sí, es completamente desmedido llamar “sublevación” a una petición de vacaciones, pero así funcionan las cosas aquí. No me quejo de la monotonía. No se me ocurre, por más que lo piense, que otra cosa podría hacer a parte de lo que ya hago. Por eso no estoy pidiendo un cambio de puesto o una responsabilidad diferente a la actual. Sólo quiero descansar un poco. Soy fuerte. Estoy bien entrenada. Siempre fui disciplinada, como todas las demás. Pero se lo juro…¡ ya no puedo más!

- ¿Has visto Antonio?
- ¿El qué?
- A la hormiga que mutamos anteayer…está detenida.
- ¿Qué quieres decir?
- Exactamente eso…que está detenida. No camina, no sigue la fila con las demás, no carga ningún pedacito de hierba. Está quieta, a un lado. Nunca en mi vida había visto nada igual.
- Manolo, ¿Crees de verdad que es un efecto del experimento?
- No tengo la menor duda. Tenemos que hacer más pruebas inoculando a otras hormigas y analizar si reaccionan del mismo modo. Pero casi te podría jurar que lo hemos conseguido: ¡Hemos logrado destilar el libre albedrío!

(Foto:Ignacio Huerga)

miércoles, 12 de febrero de 2014

Todo comenzó una mañana de mayo

Esta es una historia que me contaron hace ya tiempo. Por eso no puedo garantizar la fidelidad de algunos detalles. Pero tampoco pretendo cubrir las lagunas de mi memoria con ejercicios de inventiva. Contaré sólo aquello que recuerdo con claridad.

Parece ser que todo comenzó una mañana de mayo, en el parque del Retiro. Allí se encontraron los dos por vez primera. Ella era joven por aquel tiempo, o tal vez no completamente joven, aunque todavía bella. Eso es lo que a mí me aseguraron y no tengo razones para ponerlo en duda. Ella caminaba despacio, con cierta coquetería, por uno de los paseos de la Rosaleda. El, en cambio, andaba deprisa, casi corriendo. Vestía un loden verde caza y un sombrero ajustado, de esos de ala que tanto se estilaban por aquellos años. Cruzaron algunas palabras amables, con un toque de galantería. Cualquier observador externo hubiera jurado que parecían hechos el uno para el otro. O el otro para el uno, que tanto da.

A partir de ahí no sé seguir la historia cabalmente. De pronto surgen los niños…se la ve a ella rodeada de chavales, en una casa bien decorada, con muebles estilosos. El no aparece. Nada lo alude en la escena salvo el sombrero de ala, colgado de un perchero justo a la derecha de la entrada de aquella casa decorada con tan buen gusto. No sé bien cuantos son los críos, ni sus edades. Tampoco recuerdo si todos son hijos suyos o si el grupo incluye algún primito o un amigo escolar.

Sigue una secuencia que no me queda muy clara. La etapa del relato referente al restaurante la recuerdo mejor. Intentaré describir la situación: Es un comedor amplio, confortable pero nada lujoso, con sillas de formica revestida de plástico verde, como las de las oficinas estatales. Las mesas, cuadradas, están cubiertas por un mantel blanco de papel grueso. Los clientes abarrotan el local. Hay toda clase de gente allí. En un rincón parlotean un grupo grande de estudiantes jóvenes a los que todavía no han servido. Un poco más allá en otra una mujer sola llama la atención de todos por su tremendo atractivo. Tres de las mesas están ocupadas por obreros; casi todos visten monos azules algo polvorosos; beben sopa con cuchara y algunos sorben ruidosamente. El hombre del sobrero de ala no cubre ya su cabeza, pero está allí, le reconozco, bajo el quicio de la puerta, observando a los parroquianos con aire curioso. Se diría que busca a alguien. Sí, busca a alguien, y enseguida lo encuentra. Se encamina con pasos largos hacia la mujer solitaria. Cuando ella le ve se alza ligeramente de la silla y lo besa con los ojos cerrados, brevemente pero con pasión. Después él se sienta y la toma la mano. Ambos sonríen. Luego él alza el brazo y llama al camarero. Pide un anisete. No recuerdo que plato principal solicita. Tampoco el postre ni el coste del almuerzo. Eso tal vez quita enjundia a la historia, pero ya dije que no estoy dispuesto a inventarme nada para hacer más atractiva la narración.

Ocurren después una serie de sucesos que he olvidado, salvo en lo referente a cierta panadería que vende exquisitos buñuelos durante la Pascua. Pero esa, tal vez, es una escena correspondiente a otro relato. Quien sabe.
 
(Foto:Ignacio Huerga)

martes, 11 de febrero de 2014

Toda la aternidad

Se desperezó despacio y todavía entumecido por la humedad de la caverna. Palpó el suelo con cuidado en busca de las sencillas abarcas de piel de cabra. Ya calzado, se levantó pausado y se dirigió hacia el patio. Contempló por breve tiempo su imagen reflejada en el agua del pozo, rebosante desde al última crecida del Nilo. El resplandor de los primeros rayos solares iluminaba el templo como una antorcha ardiente. Llegó a la cocina. Encendió el fuego bajo la caldera, sin dejar de frotarse los brazos, presa del terrible frío del invierno en la Germania. Resentía el dolor de haber dormido con el yelmo puesto, junto a su indómito caballo, al raso, en la áspera y seca taiga de aquellos confines a la sombra de la Gran Muralla. Miró absorto el hogar, el chisporroteo de las brasas en el fuego, recordando, sin darse cuenta, la imagen pasajera de aquel voraz incendio que había destruido el cuerpo y el alma de la hereje frente a la iglesia en la plaza del pueblo. Tomó un cazo y se sirvió sobre el cuenquillo dos copiosas raciones de la sopa humeante. Sabroso desayuno, el mejor desde su llegada al puerto…¡ cuántas veces había soñado, durante su periplo oceánico, con aquella tosca sopa genovesa! Menos frugal que otras veces, agotó el caldo en poco tiempo, dejó la delicada taza sobre la noble mesa de pino tallado y se encaminó a los salones. La peluca le atosigaba…esbelta, poblada…la moda de París resultaba, de año en año, más inverosímil y menos cómoda. Se precipitó escalera abajo camino del hall del hotel, con prisas, colocándose el bombín atolondradamente. Ya en la calle, protegido de la rasca por el uniforme obrero, enseguida se percató de la ausencia del más simple pero fundamental de sus accesorios…¡el carné del partido! ¿Cómo acudir a aquel mitin tan crucial sin llevar consigo aquella mágica- pero peligrosa- credencial-? Regresó a la casa, introdujo la llave digital en la ranura mientras se aflojaba nervioso el nudo de la corbata. Todas las luces se prendieron a la vez en todos los cuartos, y la voz metálica y ecléctica del ordenador central pronunció aquellas mágicas palabras:

- “Llevo esperando este momento toda la eternidad”.


lunes, 3 de febrero de 2014

Carta a los lectores


Queridos  todos,

Empecé con Chota Chunga un mes de julio de hace ahora seis años y medio. Por entonces aun vivía en Filipinas, padeciendo ya los estertores de esa década estupenda de treintañero. Mi hijo Juan acababa de nacer. Han pasado 459 entradas en este blog desde entonces, entre relatos cortos, micro ensayos, poemas, reflexiones varias y recuerdos. Y, a caballo de todas esas entradas, entre tanto, muchos otros cambios han sacudido el árbol del tiempo: Juan ha crecido y crecido hasta llenar mi vida con sus dibujos y sus preguntas ingenuas y esenciales.  Olalla, mi tercera criatura se incorporó también a la familia; Georgia, este rincón montañoso donde moro, me ha devorado con sus fauces de nación épica; algunos amigos se han marchado para siempre; otros han aparecido en mi camino y forman ya parte de mi mismo. La vida ha seguido imponiendo su pulso.  469 cuentos, desencuentros y reencuentros con amigos y lectores.

Nunca, a lo largo de todos estos años, sentí cómo una imposición tediosa el mantener Chota Chunga activo. Escribía cuando quería, respondiendo a una obligación que no era externa, sino que brotaba de ese pozo descontrolado donde todos escondemos las ganas de seguir vivos (y también, a veces, las de gritar).  Sin embargo, desde hace algún tiempo –no mucho- el halito de Chota Chunga se ha perdido. Me falta el aire para escribir. Sé que antes o después volverá pero, entre tanto, no puedo hacer otra cosa más que echar el freno, parar y… ¿por qué no?  Volver la vista atrás.  Voy pues a rebuscar en ese magma de los escritos aquí acumulados e intentar trabajar con ellos algo coherente…a lo mejor una colección de cuentos cortos para su publicación en forma de libro.

He decido pues no escribir nada nuevo por un tiempo en este blog, y nutrirlo con entradas antiguas. Chota Chunga es ya como una escalera de 469 peldaños…y creo que toca ahora dejar de subir y comenzar a descender, bajar hasta el inicio.

Y el inicio, hace seis años y medio, fue este:  

"La noche se acerca. El hombre intenta alejarse. Pero no hay manera. La noche se acerca más y más, hasta rozarle. Hasta tocar la punta de su largo gabán usado. El hombre trota, casi corre. A ratos mira atrás a hurtadillas, con temor, con ansia, con curiosidad. El hombre llega a la casa exhausto. Se quita el gabán. Se recuesta sobre el piso. Contempla el techo con ojos vidriosos. No va a llorar. Es sólo que siente frío en el rostro. 

Ha dejado a la noche fuera, golpeando contra los vidrios. El silbo fuerte del viento hace templar la luz de las candelas sobre la mesa de roble. El hombre mira a través de la ventana y no ve nada. Sólo una oscuridad cerrada, un vacío grande, inmenso, al que acaba de lograr derrotar. 


Agarra el taburete. Se recuesta contra el muro, Tiene hambre pero no cena. Entorna la mirada y se deja atrapar por el sueño. El susurro del viento arrulla sus últimos pensamientos. 


De pronto, asustado, abre los ojos. No ve nada, nada en absoluto. Todo está oscuro. El viento recio apagó la vela. La noche le ha vencido, le ha derrotado para siempre. Sin salida, sin salvación posible, se sumerge en la negrura."

(Fotos: Superior, el autor de este blog. Inferior: Ignacio Huerga)

sábado, 21 de diciembre de 2013

Un segundo

Las personas vivimos, de promedio, unos dos o tres mil millones de segundos. Parece mucho, pero en realidad no es tanto. Si dedicásemos cada uno de esos segundos, incluidos los de nuestras horas nocturnas, a pensar fugazmente en un habitante actual de la tierra, necesitaríamos dos vidas enteras para completar la tarea de repasar al conjunto de la humanidad. 

Claro está que no todos esos instantes encadenados tienen el mismo peso en nuestro existir. Cada vez que veo al aparca-coches de mi restaurante favorito en Tiflis pienso en un segundo muy preciso de su vida: aquel en el cual perdió una mano, tres dedos de la otra y la movilidad de la pierna derecha. Cuando nos vemos me regala una sonrisa franca y limpia. 

Nunca hemos hablado más allá de las cuatro frases de saludo o despedida de rigor pero, a juzgar por su edad y la naturaleza de sus amputaciones, no es difícil imaginar cómo fue aquel segundo suyo que torció el curso de todos sus sueños de juventud: Años noventa, guerras desgarradoras en Georgia. Una batalla callejera y de pronto la súbita deflagración de la bomba de mano (o el estallido de una mina, o las ráfagas ciegas de la metralleta), y luego el dolor, la sangre, y el silencio, sobre todo el silencio. Silencio de la muerte cuando roza pero no abraza. Silencio de la traza del mal sellando el cuerpo para siempre. 

Un segundo entre tres mil millones, uno solo. Un segundo, dos muñones, y esa pierna renqueante.

(Foto: Luis Echanove)