martes, 12 de julio de 2016

Transgénicos


La reciente carta firmada por docenas de premios Nobel atacando desaforadamente a Greenpeace por la oposición de la organización ecologista al empleo de alimentos genéticamente modificados, y específicamente al arroz dorado (arroz enriquecido con vitamina A) ha vuelto a desatar el apasionado debate de los transgénicos. Es este un duelo vivido por ambos campos (en pro y el contra), con una virulencia mesiánica sofocante. Los firmantes del escrito llegan a acusar a Greenpeace poco menos que de genocidio, haciendo al grupo ecologista cómplice de la muerte por desnutrición y de la ceguera por carencia de vitamina A de millones de niños asiáticos.

Creo, por las razones que abajo explico, que Greenpeace se equivoca en sus argumentos oponiéndose a los transgénicos, y que a menudo ha hecho gala de un fundamentalismo en este tema muy poco constructivo.  Pero, pese a ello, me siento en las antípodas de lo expresado en la célebre carta.  El tono incriminatorio de la misma busca un descrédito de Greenpeace totalmente abusivo e injusto. Aunque Greenpeace haya demostrado una actitud a veces poco racional en su radical oposición a los transgénicos, ha sido y sigue siendo una de las organizaciones globales más serias, nobles y altruistas y a ella debe nuestro mundo muchas de las principales victorias de la justicia ambiental mundial. El tono de la carta me hace incluso dudar de las reales intenciones de los autores intelectuales de la iniciativa epistolar.  

Pero, antes de seguir perdiéndonos en argumentos, comencemos por acotar el ámbito de la discusión. Un organismo genéticamente modificado es todo aquel cuyo material genético ha sido alterado artificialmente con técnicas de ingeniería genética. La humanidad lleva milenios alterando el material genético de plantas y animales a través de sistemas tradicionales de selección. Una nectarina es un melocotón mutado y seleccionado; un chihuahua o un gran danés son variedades generadas por selección artificial del perro originario, domesticado en el neolítico; las naranjas que nos comemos fuera de estación son variedades generadas a través de alteraciones genéticas logradas mediante injertos. La historia misma de la agricultura y la ganadería es indisociable de la alteración del material genético de las plantas y de los animales. Los transgénicos son pues tan poco ‘naturales’ como la mayor parte de los otros alimentos que nos comemos, si llamamos ‘naturalidad’ al hecho de que un alimento mantenga o no su material genético original inalterado.

Los transgénicos actualmente comercializados son plantas modificadas genéticamente para, o bien mejorar su productividad, haciéndolas más resistentes a virus, a bacterias, al déficit de agua… o bien para aumentar sus propiedades nutritivas incorporando a su estructura genética micronutrientes, como en el caso del arroz dorado, enriquecido con vitamina A.

Los transgénicos forman ya de hecho parte sustancial de la cadena alimentaria de los españoles y de todos los europeos, sin que la mayoría seamos conscientes. Si bien es cierto que la comercialización de plantas para consumo humano de origen transgénico es muy reducida en Europa y en la práctica está prohibida en casi todos los países del continente (aunque no en nuestro país), la inmensa mayoría del pienso animal con el que se alimentan las vacas y cerdos que nos comemos procede de soja y maíz genéticamente modificados, originario de Estados Unidos y otros países donde la producción de transgénicos es generalizada. Tres cuartas partes de toda la soja del mundo es ya de origen transgénico. El debate sobre los transgénicos también suele obviar el hecho de que muchas de nuestras prendas de vestir tienen también un vínculo con la modificación genética de plantas: La mitad del algodón que se cosecha hoy por hoy es transgénico, sin que a nadie parezca preocuparle demasiado el asunto.

La oposición a los alimentos transgénicos se funda en argumentos muy diversos: medico-sanitarios, ecológicos y también socioeconómicos. Por una parte, se afirma que pueden provocar alergias y otros efectos negativos en la salud de los consumidores y que tal riesgo seria razón suficiente para su prohibición. Este es, sin duda alguna, el argumento más endeble y seudocientífico. No hay ni un solo caso reportado en la literatura médica internacional de daño sobre la salud provocado por el consumo de un alimento en razón de su modificación genética.

Los argumentos de orden medioambiental, que son aquellos sobre los que principalmente se funda la radical oposición de Greenpeace, merecen en cambio una consideración más seria. Por una parte, existe un riesgo real de la propagación no deseada de los organismos modificados mediante ingeniería genética en áreas fuera de control, invadiendo zonas no previstas y afectando pues a agricultores contrarios a su uso.  De hecho, este tipo de situación ya se ha producido en algunas ocasiones.

Por otra parte, el empleo de los transgénicos conlleva a una creciente homogeneización en los cultivos, y con ello a una eventual desaparición por desuso de las variedades tradicionales. Conviene señalar, no obstante, que estas críticas pueden en realidad aplicarse exactamente igual a las variedades seleccionadas artificialmente por la mano del hombre, pero no modificadas genéticamente. Hoy por hoy, de hecho, la diversidad de variedades de trigo, arroz o de casi cualquier producto agrario cultivado en el mundo es infinitamente menor a la del pasado, debido a que ciertas variedades mejoradas se han expandido a escala planetaria en tanto que las variantes locales tienden a desaparecer. La creación de bancos globales de semillas para conservar la riqueza genética asegura que, pese a esta preponderancia de un pequeño número de variedades sobre el resto, las versiones locales no lleguen a perderse del todo, conservándose así, al menos a nivel de inventario, la agro-diversidad del Planeta.

Por otro lado, la oposición a los transgénicos por parte de los ecologistas obvia, a veces tramposamente, un evidente impacto positivo de su uso: los transgénicos ayudan a reducir masivamente el uso de herbicidas y pesticidas por parte de los agricultores, ya que las plantas modificadas genéticamente son por sí mismas resistentes a bacterias y virus, sin necesidad de la venenosa medicina de los ‘químicos’. Así pues, es más que discutible que el impacto ecológico de los transgénicos, balanceados pros y contras, sea en realidad negativo.

El tercer tipo de argumentos en contra de los transgénicos es, a mi juicio el único verdaderamente válido: el de orden socioeconómico. Por definición, este tipo de cultivos no germinan, es decir, no producen semillas que puedan reproducirse. Ello coloca a los agricultores en una situación de completa dependencia con respecto a los suministradores de las semillas transgénicas, lo cual, por una parte, incrementa sus costes de producción (ya que no pueden sencillamente separar parte de las semillas de la cosecha anterior para usarlas en la siembra de la temporada siguiente) y por otra deja a los campesinos a largo plazo por completo a merced de los productores de transgénicos a la hora de decidir qué, cuándo y cómo pueden cultivar. Dado que la inmensa mayoría de los transgénicos en el mercado son comercializados por enormes grupos empresariales agroindustriales, operando habitualmente en régimen oligopólico, la expansión de los transgénicos, en definitiva, supone un zarpado brutal a la autonomía económica del pequeño campesinado a favor de dichos grupos de poder.

Si los transgénicos fueran considerados bienes de dominio público, producidos por o bajo la supervisión de instancias oficiales y distribuidos sin ánimo de lucro, entonces ese riesgo de dependencia quedaría de facto diluido. Esa es, por tanto, a mi juicio, la batalla a librar: el problema no son los transgénicos en sí mismos, sino la monopolización de su comercialización por parte de los oligopolios. Contra ella deberían dirigirse las críticas, y no contra el uso de los transgénicos en sí mismo.

Valga decir, por otra parte, que muchas de las aclamadas virtudes que la modificación genética de los alimentos logra, pueden conseguirse a un coste mucho menor por otras vías. Por ejemplo, no es preciso enriquecer genéticamente el arroz con vitamina A para garantizar una ingesta deficiente de la misma. La vitamina A se puede consumir como suplemento, o bien puede también incorporase en el procesamiento del arroz en pasta y otros derivados. Si eso no se hace es, pura y simplemente, porque comercialmente es más rentable hacer a los campesinos dependientes de determinadas variedades de semillas.

En definitiva, reducir el debate del hambre a una discusión tecnológica (transgénicos si, transgénicos no) es de una miopía cuanto menos infeliz y, en el peor de los casos, maliciosa.  Se calcula que el mundo produce a fecha de hoy suficientes alimentos para dar de comer bien a 12,000 millones de personas, es decir, a vez y media la población humana actual, incluidos los casi 800 millones de seres humanos en situación de desnutrición crónica,  sin necesidad de incrementar los niveles de producción actuales. Los problemas del hambre en el mundo no tienen nada que ver con déficits de producción a nivel global, sino con la inequidad en la distribución. Una tercera parte de todos los alimentos que se cultivan terminan en la basura; otra sustancial porción se destina a producir biocombustible, y un importante porcentaje acaba en la panza de esos ya más de 2,000 millones de personas con severos problemas de sobrepeso.

Las causas del hambre son, como ya demostró el también premio nobel Amartya Sen hace casi treinta años, fundamentalmente políticas, no tecnológicas. Por tanto, las medidas requeridas para afrontarlas deberán ser, en lo fundamental, también políticas, esto es, transformativas de los modelos socio-productivos y de las relaciones de poder en la cadena alimentaria.
 
Si los venerables Nobel tenían tantas ganas de despacharse a gusto con ataques a los causantes del hambre en el mundo, más útil habría resultado que hubieran dirigido sus críticas a los gobiernos que fomentan o sustentan guerras; a la economía industrial que altera los ciclos del clima y provoca  sequías brutales; a los gobiernos de los países ricos que mantienen barreras artificiales frente a las importaciones de alimentos de los países del Sur; a las grandes corporaciones de la distribución alimentaria que imponen precios de miseria a los campesinos; a los corruptos dictadores africanos que roban los recursos de los países sobre los que gobiernan; a las iglesias opuestas a toda forma de control de natalidad…

Es triste que tantas mentes privilegiadas hayan hecho este monumental esfuerzo de juntar sus firmas y dar enorme difusión a un escrito sobre el hambre en el mundo para tan solo dirigir toda su munición argumental contra una organización ecologista, en lugar de apuntar a las raíces del problema. Pero es que, al fin y al cabo, y por acabar con una metáfora alimentaria, o más bien caníbal, a nadie le gusta morder la mano que le da de comer. 

Fotos: Luis Echanove

miércoles, 29 de junio de 2016

martes, 7 de junio de 2016

Mangas

Hace tres años redescubrí los comics. Un buen amigo me puso sobre la pista de los fabulosos nuevos mundos de creación que la novela gráfica contemporánea está explorando y, como soy compulsivo, en cuanto comencé a nadar en ese mar terminé sumergido hasta el fondo. Ahora una cuidada colección de tebeos franceses, anglosajones, españoles o incluso indios y coreanos, ocupa cuatro baldas de mi librería. La selección incluye casi todos los clásicos del canon (Watchmen, Mouse, El Inkal, Persepolis…), las joyas del underground gringo (Burns, Clowes, los Hernández…), el cómic-reportaje actual (Sacco, Delisle, Davodeau…), lo mejor de las aventuras seriadas francófonas (Cosey, Bilal, Marini), las autobiografías intimistas que tanto se prodigan hoy en el mundo de la historieta (David B, Truong, Gallardo, Thompson) y hasta los metacómics y otras experimentaciones de autores como McClaud, McGuire o Sousanis.

Manga, en cambio, he leído poco. Conozco Japón y me fascina su cultura, pero un prurito de prejuicio y pánico a transformarme definitivamente en un friki me mantienen distante del mundo del noveno arte nipón. Pero como me las quiero dar de marisabidillo comiquero, no he tenido más remedio que incursionar un poco en el subgénero. Eso sí, lo he hecho con cuidado, tímidamente, y sólo dispuesto a catar obras consagradas.

Aquí dejo pues tres recomendaciones de obras clásicas del manga, atípicas las tres. Tebeos, sí, pero de una densidad creativa apabullante.

Pies Descalzos, de Keui Nakazawa, viene a ser al manga lo que Mouse es al tebeo occidental: Como la obra de Spiegelman, narra en viñetas una tragedia histórica de dimensiones apocalípticas. Pies Descalzos nos cuenta, en primera persona, la detonación nuclear de Hiroshima y la vida de los supervivientes en los días subsiguientes a la debacle. Nakazawa, que vivió de niño en carne propia todo lo que describe, nos regala un relato sin muchos epítetos ni exageraciones (en todo caso, es difícil exagerar un horror mayor que el que realmente sucedió). Todo está contado con imágenes infantiloides y una narrativa sencilla que provocan un aterrador efecto de contraste entre la inocencia infantil y el horror sin límites. Es, simplemente, un libro imprescindible, cuya lectura debería ser obligatoria en todas las escuelas del mundo, si es que de verdad estamos interesados en crear sociedades pacíficas. Es imposible no oponerse a las armas nucleares después de haber leído Pies Descalzos. Uno nunca vuelve a ver el tema con los mismos ojos. Es un cómic que transforma algo dentro de ti.

Pesadillas, de Katsuhiro Otomo, es una obra muy diferente. Para empezar, se trata de pura y dura ficción, o, para ser más específicos, de una novela negra. Ambientada en una arquitectura de geometrías claustrofóbicas, este manga, maravillosamente ilustrado, combina el hiperrealismo descriptivo del Japón urbano contemporáneo con un guion fantasioso e inquietante propio, efectivamente, de la más junguiana de las pesadillas simbólicas.

El hombre que camina es el contrapeso perfecto a la anterior. Su autor, Jiro Tanigchi, logra reducir el cómic a un sencillo (y a la vez profundísimo), ejercicio zen: Un tipo camina por un barrio periférico en Japón, en la frontera entre la ciudad y el campo. En cada paseo afronta historias nimias, tales como encuentros con perros y gatos, observaciones del cielo nocturno, baños furtivos en una piscina pública al caer la tarde… intrahistorias cuya profundidad radica, precisamente, en su liviandad. El gran secreto escondido en Un Hombre que camina se llama observación, ese arte complejísimo que los cómics nos enseñan a cultivar.

Cada cual de estas novelas gráficas arroja luz sobre un aspecto especifico de ese mirar al mundo tan único del Japón: narrativa realista en la linde entre la infancia y el peso de la historia en el caso de Pies descalzos; inquietantes mundos interiores de anónimos urbanitas en Pesadillas y evocación del misterio y la estética de lo sencillo en El hombre que camina. Si queréis retozar un poco en ese otro mundo cultural que es el País del Sol Naciente y echaros a las alforjas una buena dosis de sapiencia y placer intelectual, no dejéis de leerlos. 

domingo, 5 de junio de 2016

¿Podemos?

Cada vitriólica diatriba de El País contra Podemos, cada griterío desaforado de Felipe González, Cebrián o Aznar (que tanto montan) demonizando a la alianza de izquierdas, en lugar de desinflarla (como supuestamente pretenden) sirven para engordarla. 

En lugar de tratar el fenómeno Podemos con naturalidad política e intentar acotarlo (si es ese su objetivo) con la fuerza de la razón, la lógica del debate y el realismo de la palabra, prefieren arrojarlo a los infiernos y calumniarlo con sandeces. 

Y es que, el asunto de fondo es que eso que antes cursimente se llamaba el Establishment y otros, yendo más al grano, llaman IBEX, aun no quiere despertar del sueño y asumir de una vez por todas que una porción sustancial del electorado español se siente hasta las mismísimas de la clase política, y abandonada a la deriva de un estado del Bienestar que nunca llegó a ser tal. 

El problema no se llama Pablo Iglesias, ni Podemos, ni Colau, ni Zapata. El problema se llama intereses creados, pobreza, corrupción, paro, falta de futuro. Todo lo demás son solo síntomas,derivados, efectos. Si tienen miedo a Podemos, combatan las causas, no las consecuencias.

jueves, 2 de junio de 2016

Silencio

Hay en el silencio 
un algo lejano, 
conocido. 

A veces estar solo
es como encontrarse 
a un viejo amigo: 

al comienzo da reparo, 
pero enseguida 
una luz se enciende. 
Y ya no piensas. 
Solo vives. 

En la tarde

Me equivoco tantas veces…
Yerro en los recuerdos
creyendo que el color de la tarde
iluminaba los rostros siempre.

Falto a la verdad con estos versos
que quieren agarrar este segundo.
Miento dejándome llevar
a ningún lado.

Falseo el verde de ese árbol,
el pálido azul de un cielo triste,
y la transparencia de este cuarto.
Finjo, simulo, exagero…

Si fuera fiel a una verdad,
a una tan solo
(tal vez pequeña)
entonces callaría. 

Héroes y villanos

Durante siglos la esclavitud fue un ingrediente natural de las relaciones socioeconómicas de Occidente, hasta que un puñado de individuos en el siglo XIX, tenidos al principio por locos o antisociales, comenzó a combatirla con la fuerza de sus argumentos y sus convicciones.  Pudo no haber sucedido. Sin esos valientes tal vez todavía hoy millones de seres humanos nos serían considerados personas. Pero sucedió. No por azar o por una evolución natural de las cosas. Ocurrió porque hubo quienes fueron capaces de alzar su voz y jugarse su posición social, su prestigio o incluso su vida por aquello que consideraban justo.  

Hasta hace no muchas décadas la pena de muerte se aplicaba cotidianamente en casi todo el planeta. Hoy, afortunadamente, ha sido erradicada de Europa, América Latina y muchos otros países del mundo. No fue tampoco aquí el cambio resultado de un proceso espontaneo; fue obra de la visión profundamente humanista inicialmente de unos pocos.

La prohibición del trabajo infantil en muchas partes del mundo, el surgimiento e la conciencia medioambiental, el comienzo del fin de la opresión de minorías sexuales… todas las grandes transformaciones sociales en curso son el resultado del impulso de aquellos capaces de trascender la inmediatez, levantarse y gritar con su voz y su ejemplo: ‘Así no, basta ya,  esto hay que cambiarlo.”

Son siempre personas con nombres y apellidos, de carne y hueso, las que están detrás de los grandes cambios a favor de la democracia, de la libertad, de la justicia, del respeto, de la igualdad. A veces conocemos sus nombres, y terminan siendo aceptados en el elenco de los protagonistas de la Historia con mayúscula: Ghandi, Luther King, Mandela… pero junto a ellos hay también otros muchos héroes que, aunque anónimos, son imprescindibles.

Cuando una nueva transformación social positiva ya se ha logrado, todos la disfrutamos y al final terminamos percibiéndola como algo natural, como si siempre hubiera estado ahí; pero en verdad es a la sangre de los justos a quien debemos lo que somos.