domingo, 9 de noviembre de 2008

Mankuso

Intrigado por la identidad de Mankuso (comentarista habitual en este blog), pinché con el ratón sobre su firma, en busca de respuestas. Lo que encontré me sorprendió. Mankuso resultó no ser el patrullero taciturno que pisaba los talones a Ignatious, el necio conjurado, ni tampoco un miembro de la banda de rock del mismo nombre que Jaime Godino (compañero de colegio de la infancia) fundara en Villaviciosa de Odón hace siglos, por los años en que Doctor Mahou y los Patanes cantaban a un Poti diferente al de Mira quien baila.

La página Web de Mankuso me condujo a un listado de reseñas de cortometrajes, todos protagonizados por antihéroes indispensables, tales como el tipo que da infinitas vueltas con su moto a una misma glorieta, un individuo que pasea a sus perros por la playa con la vana esperanza de toparse con Almodóvar o esos dos sujetos desesperados porque se saben blancos pero se sienten negros. Sigo sin saber quien es Mankuso, pero ya mantengo un trato cordial con sus personajes, casi de amistad.
(Foto: Luis Echanove)

miércoles, 5 de noviembre de 2008

Cambia, todo cambia

Francis Yokohama, profeta de medio pelo con ínfulas de historiador, predijo hace una década el fin de la historia. El acabose de la Guerra Fría y la consecuente universalización del capitalismo, según él, traerían de la mano el fin de los conflictos y la muerte de las ideologías, lo que a la larga generaría una especie de feliz abulia universal, en la que los noticieros de la BBC terminarían quebrando por falta de audiencia, dada la falta de materia prima sobre la que informar. Supongo que el pobre hombre, a estas alturas, y dado el descalabro de sus predicciones, debe estar sobreviviendo a base de barbitúricos, presa de una depresión profunda.

La primera década del nuevo milenio nos ha brindado un rosario de hechos y descubrimientos que nadie dudaría en tildar de históricos, en el pleno sentido de la palabra, esto es, que cambian el curso de las historia. Me limitaré a destacar algunos, de naturaleza variopinta: (1) El 11S, que fue a la evolución del terrorismo lo que la imprenta fue a la de la escritura (i.e.: multiplicó exponencialmente la repercusión de sus efectos); (2) la mega expansión de Internet y consecuente muerte fulminante de todos los aislamientos y provincialismos posibles; (3) el cambio climático, una amenaza mucho mas letal para la raza humana que la peor pesadilla bélica; (4) la lectura íntegra de la cadena del ADN, que por fin nos abre las puertas al conocimiento consustancial de nosotros mismos y (5) la reciente crisis financiera, que ha colocado al sistema económico mundial al borde del abismo. No añado a este listado provisional acontecimientos tales como la guerra de Irak, el lanzamiento del euro o la universalización de la telefonía móvil, por citar otros cambios importantes ocurridos en los últimos lustros pero, tal vez, no tan seminales en la creación de Historia.

Pues bien, me dispongo a añadir un sexto suceso al top de hechos históricos del siglo XXI: la elección de Obama. Y si así pienso no es, principalmente, porque sea la primera vez en la historia que un afroamericano llega a la presidencia de Estados Unidos, tampoco por que haya ganado las elecciones con el margen más abultado en décadas, ni por haber arrastrado la mayor participación electoral en 48 años. Ni tan siquiera lo creo poque se trate de alguien que de niño comió carne de perro y se educó en una madrasa, esnifó coca de adolescente y de joven curraba ayudando a la gente pobre...un pasado poco usual para llegar al puesto de mas responsabilidad de este planeta. No es por nada de eso por lo que elevo al pedestal de la Historia el momento de su elección. La razón por la cual sostengo que se triunfo es histórico no es por lo que ha pasado, sino por lo que va a comenzar a pasar. Obama simboliza, cristaliza, expresa algo totalmente nuevo, una época por llegar, una era que apunta fresca en el horizonte. Obama no es importante solo por lo que es (y es mucho), sino por lo que representa. Para entender esto, bastaba con ver la BBC (que para desgracia de Yokohama, sigue emitiendo) en las horas posteriores a la victoria electoral y diluirse en las lagrimas de emoción en Chicago, la explosión de alegría en Harlem, las desbordantes fiestas juveniles en todas las universidades de América, los bailes de jubilo en Kenia, el ambiente de esperanza en toda Asia, el respiro de alivio en Europa, la sonrisa en las calles árabes… ha ganado Obama. La humanidad, por fin, es dueña de la esperanza.



(Foto: Luis Echanove)

martes, 4 de noviembre de 2008

Salida


Este blog acumula ya casi 90 entradas. Para compensar, creo que debo incluir alguna salida.




Tiempos soleados

La luz natural, la luz del sol, cambia los paisajes y los ánimos. Nada hay que de forma tan nítida moldee la personalidad de un lugar como el tipo de luz que el cielo difunde. En del trópico hay al menos tres clases de luces. Está ese resol intenso de la temporada seca en las ciudades, que reflecta poderosamente sobre los objetos, los edificios y el asfalto, hasta cegarte la vista, como una sustancia pegajosa y agradable a la vez. Hay también una luz apagada, la de la temporada de lluvias. Es una luminaria mortecina pero llevadera, que produce una melancolía transitoria. Mención a parte merece la luz en la selva, que se filtra entre las sombras largas en haces, como en una escenografía artificial, a la vez hostil y cercana.

En el centro de Europa los eternos días encapotados del invierno emiten una luz gris, triste y desabrida, deseada pero inasible. A veces, cuando las nubes se abren, se producen esos días soleados que inundan de colores las calles y los parques.

Madrid es, en el mundo de las luces, un género propio. Su luz seca y radiante del atardecer enardece, besa el rostro, contagia la Sierra y da forma a esas nubes planas que Velásquez siempre colgaba al fondo de sus retratos ecuestres.

Y por fin, está la luz del Mediterráneo, que es la misma desde Gaza hasta Valencia, pasando por Menorca, Sicilia o la isla de Pag. Es una luz indescifrable, una luz sin epítetos, luz en sentido literal, diáfana, plena, luz de civilización, luz de siempre.
(Foto: Luis Echanove)

lunes, 3 de noviembre de 2008

Imperios, luces y sombras

Todo imperio ofrece un legado de luces y de sombras. Los persas destruyeron Babilonia, pero garantizaron la libertad religiosa en sus dominios. Alejandro Magno arrasó naciones, pero difundió el librepensamiento griego en todo el Mundo Antiguo. La España Imperial conquistó América con la fuerza de la espada, expulsó a moriscos y sefardíes y fomentó crueles guerras de religión en Europa, pero reconoció la condición humana a los indios (todo un avance moral para la época) y vio surgir el esplendor cultural del Siglo de Oro. España fue Torquemada, y España fue también Bartolomé de las Casas. La Francia Napoleónica ocupó Europa a sangre y fuego, pero exportó la Ilustración. El Imperio Británico dominó con puño de hierro África y la India, pero fue la cuna del parlamentarismo y del pensamiento científico.

Estados Unidos nació como una sociedad esclavista, exterminó a los indios de las praderas, controló América Latina durante un siglo a base de apoyar a infames dictadores y fumigó Vietnam con bombas químicas, pero también puso freno a la amenaza mundial del nazismo y del imperialismo japonés, fue la cuna del anti esclavismo, el sufragismo, el feminismo y el movimiento de los derechos civiles, e inventó la libertad de prensa y la independencia judicial. Ha sido regido por hombres estúpidos como Nixon o Bush, y también por otros grandiosos como Lincoln o Roosevelt. Luces y sombras, pues, se alternan en el tejido de la historia humana.

En los últimos ocho años, el Imperio Americano sólo ha producido sombras (Irak, Guantánamo, el recorte de libertades, el caos del Katrina, la crisis financiera…) Obama, un mulato criado en el Tercer Mundo y de profesión trabajador social, está a punto de convertirse en presidente de Estados Unidos. No diga que sea el hombre perfecto (¿quién lo es?), pero de algo estoy claro: con él las luces vuelven a encenderse en Norteamérica y, por consiguiente, en el resto del mundo.
(Foto: Luis Echanove)

Fin de siglo en Palestina

Miguel Antxo Murado, amigo, extraordinario escritor y periodista, ha publicado en Lengua de Trapo un libro definitivo sobre el Conflicto de Oriente Medio. No se trata de un ensayo sobre los recovecos políticos de la catástrofe Palestina (eso ya lo describió en otro soberbio libro, publicado hace un par de años). Esta vez Miguel nos regala una crónica en primera persona de sus años vividos a caballo de la Intifada, el cambio de milenio y la paz truncada. Luminoso, de un humor irónico y brillante pero a la vez entrañablemente humano, Fin de Siglo en Palestina es una obra imprescindible para quienes, más allá de los discursos y de las noticias, quieran asomarse a la vida cotidiana agazapada bajo los titulares y las declaraciones.

Siempre me ha atraído el hecho de escribir, pero lo que de verdad he buscado, supongo, es convertirme en personaje (real o de ficción) en obra ajena. Hete ahí el quid de todas las vanidades. Miguel me ha deparado tal privilegio…

"Nos reuníamos en la solitaria casa de los cooperantes Juan Echanove y Eva en lo alto del monte de los Olivos, en un páramo rodeado de perros callejeros y olivares. Esos olivos podían tener más de mil años, y se decía que alguno de ellos habría estado allí en tiempos de los Evangelios, testigo del drama de Getsemaní. Allí empleaba Juan sus ratos libres en escribir, precisamente, una larga disertación contra el monoteísmo que había comenzado a redactar en su anterior destino, Nicaragua, y que concluiría algunos años más tarde en el siguiente, Filipinas. Charlábamos y bebíamos hasta que ya no había luz en el cielo y entonces, sentados en el porche, contemplábamos el desorden de bombillas de Jerusalén este y la Ciudad Vieja, tragada en una oscuridad profunda (…). A veces, se escuchaban aullidos, como de lobos. - Son los perros salvajes- decía Echánove con toda tranquilidad. "
(Miguel Antxo Murado. Fin de Siglo en Palestina).

El pintor que dio nombre a un planeta menor

Conocí a Nicholas Roerich de forma harto extraña. Vagaba yo por aquel entonces, mochila a la espalda, por el mágico valle de Kulu, en el arranque de los Himalayas. Una señal en el camino apuntaba hacia un desvío. Al fondo de la senda, una casa blanca de adobe albergaba una fascinante colección de pinturas del maestro ruso. Era yo por entonces mozo, y vivía atrapado en las lecturas de Hesse, de Fromm, de Huxley. Toparme con la obra de aquel pintor, asceta y filósofo, fue como leer, en formato visual, el mensaje escondido en los libros de aquellos autores. Incorporé a Roerich al listado oficioso de mis pintores favoritos (junto a Vermeer, Botticelli, Velázquez o Turner…la lista permanece abierta) y aprendí que aquel eterno candidato al Novel de la Paz, promotor del hermanamiento universal de los creadores y explorador incasable del Asia Central fue, antes que nada, un genio. Años después tuve la fortuna de sumergirme en algunos de sus cuadros en la Galería Nacional de Tiblisi, en Georgia. Nunca he estado en Moscú ni en Nueva York, que albergan el grueso de su colección, pero lo que he visto me basta para pasmarme.

Roerich fue a la pintura rusa lo que Tolstoi a la literatura: mitad pope, mitad artista, sus paisajes de tonalidades inverosímiles parecen iconos de un devocionario naturalista.

Rusia, puente boreal entre Oriente y Occidente, es madre de un sutil misticismo.
(Foto: San Panteleon. Nicholas Roerich, (c) Wikipedia)

Se nos ha ido Domingo

Se nos ha ido Domingo Moraleda. La muerte se lo ha llevado a traición, de repente. Fue en un aparatoso accidente de circulación. Su jeep chocó frontalmente contra un autocar fuera de control, al norte de Manila.

Conocí a Domingo hace cuatro años. El llevaba cuarenta trabajando como misionero, primero en África (Macías lo hizo salir de Guinea Ecuatorial a punta de pistola, por su denuncia constante de las barbaridades que el dictador cometía) y luego en Filipinas. Vivió los años más duros de la guerra entre el ejército filipino y la guerrilla mora en la remota isla de Basilán, epicentro mismo del conflicto. Fue mediador de paz, superior de los Claretianos, asesor Vaticano, viajero incesante por Asia, formador de religiosos, promotor social, hablante de docena y media de lenguas, y, ante todo y sobre todo, líder y hombre de bien. De su enorme y limpia sonrisa emanaba una energía inmensa, una afabilidad contagiosa, un sentido tranquilo y a la vez valiente ante la vida propio de esos pocos que saben afrontarla cara a cara, sin titubeos. Domingo tenía un propósito constante en todos sus actos y todas sus palabras: generar felicidad a su alrededor, hacer un mundo más justo a golpe de sinceridad y cariño.

Ayer despedimos a Domingo en la sencilla capilla de ICLA, el centro de formación espiritual que el había creado y dirigía. Su gente, gente comprometida con la vida, gente sencilla de Vietnam, de China, de Birmania, de la India, del Pacífico, gente de bien, le honró con sus canciones, sus oraciones y sus silencios.

Se nos ha ido Domingo, en el día de Todos los Santos.