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miércoles, 8 de diciembre de 2010

Memorias de la Intifada (3)

Ramala

Ramala es, seguramente, la ciudad de Cisjordania con menos atractivo. Carece del encanto de Belén y de la personalidad arrolladora de Hebrón, y le falta un zoco como el de Nablus en el que poder perderse. De todos modos, a nosotros nos encantaba vivir en Ramala. No sé muy bien porqué, tal vez por su condición de única localidad de importancia realmente controlada por los palestinos. Aunque “controlada” es quizás un término demasiado rotundo para describir la situación. Cinco o seis tipos de la milicia palestina, cada cual con un uniforme militar diferente, pero con el bigote recortado de idéntica manera, bebían té en el puesto de control a la entrada de la ciudad.

Aunque no transmitían mucha sensación de protección, lo cierto es que cada vez que regresábamos a casa, tras pasar varias horas encerrados en el coche cruzando check points hebreos (es decir, de los de verdad), ver la garita de aquellos guardias palestinos nos producía una reconfortante sensación de tranquilidad. Pero al margen de nuestras percepciones personales, lo cierto es que Ramala estaba siempre expuesta a los ataques. El ejército israelí entraba como Pedro por su casa en el casco urbano cada vez que le daba el apretón de violencia y tenía que asesinar a alguien o tirar unos obuses aquí o allá para quitarse el mal rollo de encima. Cuando eso sucedía, nuestros amigos espías nos avisaban con tiempo, nos llevaban a su apartamento y allí nos emborrachábamos tranquilos hasta que el combate terminase. Cuando la frágil paz urbana no era rota por esa manía israelí de apretar el gatillo o el botón de la bomba, Ramala era ella misma, esto es, un gran mercadillo callejero, un caos encantador de furgonetas, comercios y pasajeros andando por en medio de las calles. En el fondo, era una ciudad profundamente absurda, como no podía ser de otro modo, tratándose de la capital del un país que en realidad no existe.

Cuando no teníamos que viajar de trabajo a visitar clínicas o sistemas de regadío pagados por el contribuyente español y oportunamente destruidos tras su inauguración por el Estado de Israel, pasábamos el día en nuestra acogedora casa-oficina, preparando informes, o acudíamos a visitar a nuestros amigos de las organizaciones palestinas humanitarias con las que trabajábamos.

Casi todos los cafés y restaurantes de estilo europeo, abiertos en los años previos a la Intifada, cuando decenas de cooperantes, periodistas y hasta hombres de negocios extranjeros habitaban en la ciudad, habían cerrado por falta de clientela. Éramos tan pocos los occidentales que vivíamos en Ramala en aquel tiempo que cuando Eva y yo acudíamos al pequeño cine local en versión original, casi siempre estábamos solos en la sala, de modo que podíamos negociar con el camarógrafo la película a proyectar.

Dormir en Ramala, en aquella época, producía sensaciones extrañas. Te acostabas siempre con el rumor de fondo de los tiroteos en las colinas que rodean la ciudad, pero te despertabas con la algarabía del almuecín bramando la llamada a la oración y el jaleo del mercadeo constante.
Si hoy en día José y María tuvieran que repetir el periplo desde Nazaret a Belén, pasarían por Ramala. O más bien, nunca pasarían. Los soldados israelíes de alguno de los innumerables controles a lo largo de la ruta sin duda reventerían a balazos a la Sagrada Familia, sospechando que tal vez la Virgen, en su abultado vientre, ocultaba un paquete bomba.

Memorias de la Intifada (2)

Jerusalén

Nos sirvió la pizza con gesto torcido. Acudíamos con frecuencia al pequeño y acogedor restaurante del barrio cristiano, en la ciudad vieja, así que ya habíamos adquirido cierta confianza con aquella camarera peruana.
-¿Te encuentras bien?-, la pregunté, con tono de cierta preocupación.
-Realmente no…la casa en la que vivimos es muy fría, está vieja, la calefacción no funciona… pero él no quiere que nos mudemos, el quiere que vivamos ahí.
- Si quieres puedo hablar con él, intentar convencerle –dije, asumiendo que ese “él” era su marido o su pareja.
Entonces ella dibujó una sonrisa de oreja a oreja y me replicó:
-¡Ah! Pero entonces…¿tú también puedes hablar con “él”?, mientras señalaba con el dedo índice hacia el cielo.

Jerusalén atrae, como un polo magnético, a toda suerte de iluminados, desesperados, profetas o simples chiflados. La religión, la historia, lo invaden todo en la ciudad, como cubriéndola con una capa pastosa que se adhiere a cada monumento, a cada callejón, a cada rincón de ese laberinto de piedra blanca que es la Ciudad Santa. Jerusalén es, a fin de cuentas, un museo viviente de la historia del monoteísmo. Un museo maravilloso, pero a la vez agotador, o incluso inquietante.

La basílica del Santo Sepulcro es tal vez, el eje crucial del paroxismo religioso de la ciudad. La gestión del edificio se encuentra dividida entre las innumerables corrientes e iglesias cristianas, que se disputan cada milímetro cuadrado del espacio sagrado con un ahínco no muy santificante. No es raro ver a un cura católico increpando a gritos a un monje griego ortodoxo por una silla mal colocada que vulnera mínimamente el “territorio” propio. En el Santo Sepulcro, como en la vida misma, también hay un Tercer Mundo: Los pobres coptos etíopes, que llegaron tarde al reparto, decidieron hace siglos instalarse en el tejado del edificio, y ahí siguen viviendo, en sus ruinosas chozas de paja.

La religión es omnipresente en Jerusalén. Por las callejas de la ciudad antigua tiene lugar un eterno desfile de modas clericales: austeros franciscanos; popes armenios con sus casullas puntiagudas, imitando el Monte Ararat; sacerdotes siríacos con turbantes y capas de intenso color rosa; ayatolas y mulás islámicos, en bata y chancletas y, por supuesto, los despistados ultra ortodoxos judíos, vestidos de negro desde los zapatos al sombrero, que saben caminan sin tropezarse mientras leen obsesivamente a través de sus gruesas gafas de culo de botella pequeños libros religiosos desgastados del constante uso. El festival de atuendos sagrados se adereza con otros muchos personajes, a cual más variopinto: peregrinos católicos filipinos cuya visita a la ciudad en los difíciles años de la segunda Intifada no respondía tanto a un acto de bravura como a la ignorancia absoluta sobre la situación de inseguridad reinante; policías y soldados israelíes, con sus metralletas de escala colosal y el perenne rictus chulesco, acentuado por las gafas de sol de espejo; campesinos palestinos; judías rusas luciendo la versión resumida de una minifalda, beduinos…..

Eva y yo vivíamos en el monte de los Olivos, en una casita alquilada a los luteranos que regentaban el Augusta Victoria, el neogótico cuartel general de la Iglesia Evangélica Alemana en Tierra Santa. Tal y como nuestros amigos no dejaban de repetirnos cuando nos visitaban, desde nuestra pequeña casa se dominaba la mejor vista de la ciudad, merito nada despreciable en una urbe por definición escénica.
Cada noche, antes de dormir, me sumergía en la contemplación, me diluía en la silueta asombrosa de la Ciudad Vieja: la cúpula dorada de la mezquita de la Roca, las impresionantes murallas, los campanarios de las iglesias… y entonces Jerusalén, la ciudad capaz de generar locura, de hacer derramar sangre, de provocar guerras, odios y destrucción, se transformaba de pronto, ante mis ojos, en la quintaesencia de la paz.

lunes, 22 de noviembre de 2010

Memorias de la Intifada (1)

Turismo de combate

-“Tengo tres noticias que darte, dos malas y una buena, en qué orden las quieres?”- la voz de A… sonaba distante al otro lado del teléfono.
-“Primero una mala, luego la buena y después la otra mala”-, respondí yo.
-“La primera mala es que esta noche bombardean Ramallah con aviones. La buena es que sólo van a tirar las bombas sobre un edificio, la segunda mala es que ese edificio está como a cien metros de vuestra casa”.
-¿A qué hora será?”, pregunté azorado.
- ¿Cómo quieres que lo sepa? Soy espía, no mago. No se os ocurra salir de casa, ¿de acuerdo?”.

Conté a las chicas las noticias. Sus reacciones fueron de lo más dispares. Rocío parecía exaltada, casi expectante con el acontecimiento. María Eugenia, la más sensata, entró en un ataque de pánico. Natalia divagaba filosóficamente sobre el sentido de la vida. Eva se fue a preparar cafés para todos.

La bomba cayó a las doce de la noche, puntual como un reloj. Primero fue el ruido metálico de los jet militares rasgando el cielo. Después, el silbido zumbón, y, finalmente, un estruendo atronador que hizo temblar las lámparas. A la mañana siguiente nos acercamos a contemplar los cascotes del edificio pulverizado.

La visita de nuestras amigas, en plena Intifada, llevaba ya días transformada en una yincana huyendo de las bombas. Aún no comprendo cómo conseguimos escabullirnos del cerco israelí a Ramallah para irlas a buscar al aeropuerto el día que llegaron. Con sus elegantes vestidos y sus gafas oscuras, parecían los Ángeles de Charlie, en pleno contraste con la zafiedad propia del estilismo local habitual en el aeropuerto de Tel Aviv. De regreso a casa, cruzamos el campo de refugiados de Kalandia derrapando, mientras la gente nos vociferaba y golpeaba las puertas del coche, como primer presagio de las aventuras que las esperaban.

En Ramallah Maria Eugenia conciliaba mal el sueño. Se pasaba la noche encaramada a la ventana, husmeando a un vecino, que, según ella, siempre descargaba una furgoneta a altas horas de la noche. “-El coleguita que vive enfrente es por menos de la Yihad Islámica-”, nos repetía constantemente. “- El tipo debe estar acumulando un arsenal en su piso”- El tiempo la daría la razón. Tres meses después, durante el primer asalto terrestre a Ramallah, un tanque israelí, parapetado detrás de nuestra casa, se pasó una mañana entera disparando obuses al edificio del presunto yihadista, mientras Eva y yo permanecíamos escondidos en el cuarto de baño.

Viajamos con nuestras amigas al pueblo beduino de Yatah, junto a Hebrón, en una excursión pacifista organizada por los Rabinos Sin Fronteras. Días después recorrimos Galilea, Acre y los Altos del Golán. Un hombre bomba se hizo reventar en la playa de Haifa hora y media después de abandonarla nosotros. Otro se explotó en Rehobot treinta minutos después de nuestro paso. Vivíamos dentro de una película de acción, pero en lugar de actores, éramos los extras de las escenas difíciles.

(Fotos: Eva Pastrana)

jueves, 24 de junio de 2010

Terrorismo

El terrorismo, tal y como hoy en día lo entendemos, fue inventado por el sionismo más radical.

El terrorismo siempre ha estado presente, de una forma u otra, a lo largo de la historia humana. Sin embargo, su versión más salvaje, esto es, la idea de crear un grupo clandestino para matar a civiles adrede con el fin de expandir el terror entre la población en general es mucho mas reciente. En la actualidad, desgraciadamente, esta pavorosa táctica forma parte de la agenda habitual de la mayoría de los grupos terroristas.

La historia ofrece numerosos casos de grupos radicalizados dedicados a causar el terror mediante el asesinato o secuestro de líderes políticos. La secta ismaelí de los Asesinos es un notable ejemplo. A partir de fines del siglo XIX, de la mano del auge de los movimientos nacionalistas y socialistas, la idea de causar pánico social mediante atentados contra líderes, personas notables y fuerzas del orden cobró nuevo empuje. A inicios del siglo XX, Irlanda y los Balcanes fueron los principales teatros de operaciones de los grupos de corte independentista. Los extremistas anarquistas, por su parte, lograron fuerte notoriedad asesinando a un sin numero de políticos en diversos países de Europa e incluso en Estados Unidos.

De todos modos, ninguna de estas formas iniciales de terrorismo llegó tan lejos como para perpetrar, de manera deliberada, ataques indiscriminados contra la población civil. El terrible honor de inaugurar tan espantosa práctica se debe al Irgun, un grupo radical sionista surgido en los años treinta del pasado siglo con el objetivo de crear mediante la acción armada un Estado judío en Palestina. Hasta el advenimiento del Irgun, las diversas guerrillas sionistas, como la Hagannah, se habían limitado a realizar sabotajes y a atacar a las fuerzas británicas de ocupación o a las milicias árabes. El Irgun dio un paso de gigante y optó por colocar bombas en lugares concurridos con el solo propósito de causar carnicerías entre civiles. Su primer atentado de este tipo fue la colocación de una bomba en un mercado palestino. En 1946 el grupo voló por los aires el celebre hotel King David de Jerusalén, llevándose por delante a 91 personas, en su mayoría civiles. Posteriormente, tras la creación del Estado de Israel, el Irgun se mimetizó en el Likud, que hasta la fecha es el principal partido sionista conservador en Israel. Hoy en día, en los libros de texto israelíes, el Irgun es presentado como un heroico grupo de liberación nacional.

Cuando los radicales de Hezbollah o Hamas comenten sus salvajes atentados contra civiles en Israel, están aplicando una receta inventada por su enemigo. Una receta que, además, funcionó. Y eso es lo peor de todo.
(Foto: Luis Echanove)

viernes, 12 de febrero de 2010

Belén

En una recóndita carpeta de mi portail he encontrado el texto que abajo reproduzco. Lo escribí hace ocho años; pero nada ha cambiado.

Acabamos de regresar de cenar en Belén. Era una cena de despedida. Todas las despedidas son tristes, pero algunas, mucho más que otras. Esta ha sido de las más tristes de toda mi vida.

Mientras Europa se ilumina de luces con la Navidad ya a las puertas, Belén, el pueblo dónde todo aquello empezó, no sólo no está engalanado con ni una estrella luminosa…es que ni tan siquiera tiene farolas. Los tanques israelíes tiraron casi todas abajo en su última invasión. Por sus calles oscuras la gente camina cabizbaja y con prisa, intentando olvidar, tal vez, que están solos. Estas Navidades, los treinta mil palestinos cristianos de Belén no celebrarán nada. Mientras en todo el mundo la gente rememorará lo que allí sucedió hace dos mil años, las gentes de carne y hueso que mal viven asediadas en Belén tienen como única esperanza que al menos la noche del 24 de diciembre el ejercito israelí no bombardee. Una noche de paz en Belén, al menos una noche…

Nuestro amigo Majeed es también cristiano. Vive en Beit Sahur, el pueblito dónde el arcángel se apareció a los pastores. Está en la cincuentena. Es doctor, uno de los mejores en la zona. Dirige una organización de salud que atiende varias clínicas para prestar servicios médicos a la población de menos recursos. Majeed pasará sus navidades sólo, sin su familia. Su mujer y sus hijos han viajado a Estados Unidos, dónde ella nació. A él las autoridades israelíes le impiden salir del limitado perímetro de Beit Sahur. Ahmed, el otro responsable de la organización, tampoco podrá estar con él en estas fechas. Ahmed fue detenido hace un mes y medio. Nadie sabe cuanto tiempo pasará en la cárcel. Tal vez seis años. Su delito: luchar, con sus ideas como único instrumento, por la independencia de su patria. Luchar, sí, luchar con las armas del intelecto, con bisturí, no con pistolas, con tesón, no con odio. Luchar para ayudar a los demás. Luchar , en fin, por el futuro de sus hijos en el que no haya más humillaciones, más torturas, más saña inhumana, más ocupación militar.

Nos hemos ido de Belén, y en el check point de la salida, un imberbe soldado israelí de origen ruso, mientras nos pedía los papeles, ha mostrado sin darse cuenta un amplio crucifijo escondido en un bolsillo. Como tantos otros, emigró a Israel en pos de una vida mejor, agarrándose a algún antecedente familiar judío, religión que, él mismo, no practica. Aquel soldado sólo ha peregrinado a Belén dentro de un tanque, en alguna de las numerosas incursiones israelíes al centro del pueblo. Aquel soldado, como tantos otros cristianos a lo largo y ancho del mundo, cenará caliente en su noche de paz, el 24 de diciembre.

(Foto: Nacho Huerga)

lunes, 5 de enero de 2009

Cabalgata

Hoy he estado con mis hijos en la cabalgata. Los críos competían por los caramelos arrojados desde las carrozas con la pericia propia de un malabarista. A la llegada de Melchor, Juanito, presa de un éxtasis indescriptible, vociferaba que se había portado bien todo el año. Melchor le saludó con sus manos enguantadas en fieltro, y Juanito, fuera de sí, de respuesta trazaba una sonrisa que no le cabía en la cara. De regreso a casa, escucho en el coche las noticias de las ocho en Radio Nacional. El ejército israelí ha matado a ochenta y dos niños en Gaza hasta el momento. Las cifras, así en frío, dicen poco. Así que lo escribiré de nuevo, por si a fuerza de repetirlo me hago a la idea. Ochenta y dos niños muertos. Ochenta y dos niños muertos. Ochenta y dos niños muertos.
(Foto: Eva Pastrana)

lunes, 29 de diciembre de 2008

Infamia


La profundidad de la injusticia de la situación en la que viven los palestinos es de tal magnitud, y tantos los malentendidos entorno a la misma que me resulta difícil escribir con sosiego sobre este tema, especialmente ahora que un millón y medio de palestinos malviven como conejos cazados por las bombas israelíes, que ya han matado a trescientas personas y herido a más de un millar en ese infierno llamado Gaza.

Se ha hecho ver como si lo que sucede no fuera sino fruto de un conflicto entre dos bandos iguales, como si los palestinos tuvieran una querencia especial por dañar a Israel ante lo cual al estado hebreo no le queda otra opción que adoptar medidas militares contra un persistente enemigo que le niega su derecho a existir. La realidad, en verdad, es exactamente la opuesta. Es el pueblo palestino el que carece de Estado, el que fue expulsado y vive oprimido. La resistencia armada palestina ante Israel no es la causa del conflicto, sino su consecuencia. La solución pues, es sencilla: El fin de la ocupación militar israelí y la proclamación de una nación palestina viable.

Las innumerables torpezas cometidas por los partidos políticos palestinos, los condenables actos de terrorismo, el resbalón hacia el islamismo, los errores tácticos múltiples en su estrategia por la libertad, el maldiciente uso que de su causa han hecho las naciones árabes, nada de ello resta un solo ápice de justicia a su causa: El pueblo palestino vive sometido desde hace décadas a una infame ocupación militar, a un expolio sistemático de su tierra y a una permanente vulneración de sus derechos más elementales.

El movimiento sionista (un ultra nacionalismo de rivetes fascistoides) colonizó Palestina, destruyó setecientos pueblos en 1948 y expulsó a tres cuartas partes de la población árabe de la región. En guerras sucesivas nuevos territorios fueron ocupados por Israel, y miríadas de nuevos palestinos huyeron y viven desde hace décadas vidas miserables en hacinados campos de refugiados. Sometidos a un régimen de apartehid, los palestinos, ciertamente, no han logrado articular una oposición civil y pacífica semejante a la que, en Sudáfrica, llevó al Congreso Nacional Africano a terminar con la infamia del racismo boer. Pero la paradoja es que constantemente se exige al pueblo palestino la heroicidad de sufrir todo tipo de atropellos , engaños y opresiones y a la vez aguantar, mantenerse calmados. Cuando pierden la calma, se les llama terroristas. Entre tanto, el Estado de Israel puede consituir un muro entorno a las aldeas palestinas, sembrar Cisjordania de controles militares, practicar la tortura como política de Estado, crear bloqueos incluso a la ayuda humanitaria y expandir sus asentamientos y bombardear universidades sin que por ello pierda su respetabilidad internacional.

Israel ha boicoteado sistemáticamente cualquier proceso a la paz. Paz y sionismo son dos conceptos contradictorios en esencia. El sionismo, como ya proclamara Naciones Unidas hace décadas, es por definición una ideología racista. Al girar de nuevo la rueda de la violencia, el gobierno de Israel logra el doble propósito de satisfacer a su alienada población civil (mayoritariamente sedienta de sangre árabe) y a la vez provocar en los grupos radicales palestinos respuestas violentas, imprescindibles para que de este modo Israel justifique la necesidad de prolongar la ocupación. Toda muerte es una tragedia. Cada vida perdida vilmente en un atentado en Tel Aviv, o bajo las ciegas bombas del ejército israelí es un fracaso de todos.

Viva el pueblo palestino. Viva el pueblo judío. Abajo el sionismo.
(Foto: Eva Pastrana)

lunes, 15 de diciembre de 2008

Cifras navideñas

2008 años desde la fecha tradicional del viaje de José y María, desde Nazaret hasta Belén. 10,500 palestinos detenidos sin juicio en cárceles israelíes a fecha de hoy, incluidos 45 miembros del parlamento. 699 puestos de control militar impidiendo el movimiento de las personas en Cisjordania. 1,300,000 pobladores hacinados de Gaza sin poder salir al mundo exterior. 457 palestinos asesinados por el ejército de Israel en 2008, la mayor parte civiles, incluidos 97 niños. 10 israelíes asesinados por activistas palestinos en el mismo período. 4,900,000 refugiados palestinos en el mundo. 40 años de ocupación militar.
(Foto: Eva Pastrana)

lunes, 3 de noviembre de 2008

Fin de siglo en Palestina

Miguel Antxo Murado, amigo, extraordinario escritor y periodista, ha publicado en Lengua de Trapo un libro definitivo sobre el Conflicto de Oriente Medio. No se trata de un ensayo sobre los recovecos políticos de la catástrofe Palestina (eso ya lo describió en otro soberbio libro, publicado hace un par de años). Esta vez Miguel nos regala una crónica en primera persona de sus años vividos a caballo de la Intifada, el cambio de milenio y la paz truncada. Luminoso, de un humor irónico y brillante pero a la vez entrañablemente humano, Fin de Siglo en Palestina es una obra imprescindible para quienes, más allá de los discursos y de las noticias, quieran asomarse a la vida cotidiana agazapada bajo los titulares y las declaraciones.

Siempre me ha atraído el hecho de escribir, pero lo que de verdad he buscado, supongo, es convertirme en personaje (real o de ficción) en obra ajena. Hete ahí el quid de todas las vanidades. Miguel me ha deparado tal privilegio…

"Nos reuníamos en la solitaria casa de los cooperantes Juan Echanove y Eva en lo alto del monte de los Olivos, en un páramo rodeado de perros callejeros y olivares. Esos olivos podían tener más de mil años, y se decía que alguno de ellos habría estado allí en tiempos de los Evangelios, testigo del drama de Getsemaní. Allí empleaba Juan sus ratos libres en escribir, precisamente, una larga disertación contra el monoteísmo que había comenzado a redactar en su anterior destino, Nicaragua, y que concluiría algunos años más tarde en el siguiente, Filipinas. Charlábamos y bebíamos hasta que ya no había luz en el cielo y entonces, sentados en el porche, contemplábamos el desorden de bombillas de Jerusalén este y la Ciudad Vieja, tragada en una oscuridad profunda (…). A veces, se escuchaban aullidos, como de lobos. - Son los perros salvajes- decía Echánove con toda tranquilidad. "
(Miguel Antxo Murado. Fin de Siglo en Palestina).

martes, 27 de mayo de 2008

Ninfas de Judea

Galilea Galilei
Una amiga me escribe y me cuenta que acaba de regresar de una boda en Galilea, donde la novia lucía a la espalda el sol del Mediterráneo, como una ninfa de Judea cantada por Salomón. Me dice también mi amiga que en medio de esa magia cabalística irrumpió de pronto Nacha Pop (sí, sí: Antonio Vega y compañía), deleitando a la audiencia con esas canciones que nos atan para siempre a un pasado que, tal vez, nunca quisimos dejar atrás. Mi amiga bailó la Chica de Ayer al son de las olas rompiendo contra el mar. Y yo, en otro mar, me pregunto por qué Enrique Urquijo no podrá ya nunca tocar sobre un vidrio mojado en la bahía de Manila.

http://www.elmundo.es/elmundo/2008/05/27/cultura/1211842233.html

viernes, 7 de marzo de 2008

El doctor de Jerusalén

(texto de Eva Pastrana)
Con apenas unas horas de diferencia me entero de la muerte de dos miembros de la organización palestina “Comités de Trabajo para la Salud”. El doctor Kamal, con quien Juan y yo compartimos difíciles desplazamientos por Cisjordania para supervisar proyectos de salud y nuestro querido Ahmad Maslamani, con quien, mas allá del trabajo, nos unió la amistad y las difíciles circunstancias a las que nos enfrentamos a lo largo del año cruel e intenso que vivimos en Palestina.

Recuerdo el despacho de Ahmad, envuelto en humo y aroma del fuerte café negro con el que siempre nos recibía cada vez que le visitábamos. Despachábamos con precisión lo necesario para garantizar la buena marcha de los programas de cooperación que compartíamos y pasábamos a continuación a idear nuevos proyectos, nuevas clínicas como la de Hebrón, innovadores programas de salud mental para niños traumados por el conflicto, salud reproductiva para mujeres… Luego repasábamos la realidad política, que cada día se presentaba más triste en el año del estallido de la segunda Intifada. Sin embargo, todos hablábamos con entusiasmo, atropellándonos con nuevas ilusiones, como queriendo consumir unas horas que ahora se me antojan escasas y preciosas. Le gustaba oírnos hablar en español porque se acordaba de sus días de estudiante de medicina en Rumania.

La última vez que vi a Ahmad estaba encadenado de pies y manos en el centro de detención del antiguo Complejo Ruso y actual sede de algunos juzgados en Jerusalén Oeste. Avanzaba por un pasillo del frío y desapacible edificio sonriendo a sus hijos que, de la mano de Nufuz, su madre, le aguardaban a la puerta del tribunal que en apenas unas horas le condenaría. Todos disimulaban mal su nerviosismo. El mayor, en su inocencia de apenas 10 años era el más consciente de los tres de la gravedad de la situación y luchaba por contener sus lágrimas. Probablemente él no se acuerde, pero yo me incliné a abrazarle y decirle que tenía que ser fuerte y pensar que su padre era un hombre bueno. Al Dr. Maslamani, el respetado decano de los médicos de Jerusalén Este, se lo habían llevado unos muchachos enfundados en uniformes militares israelíes pocos días antes. Llamaron de noche a la puerta y, con la superioridad de las armas, descabezaron una familia sin más miramientos, cumpliendo órdenes inexplicables ante los ojos de tres niños, una mujer y de la historia que no olvida.

Gracias a una campaña internacional de recogida de firmas que movilizamos en un tiempo récord y los buenos oficios de influyentes amigos, nos aseguraron que, en esa ocasión, el Dr. Maslamani no sufriría tortura física, práctica autorizada en Israel, pero nadie pudo impedir su condena ni probablemente torturas psicológicas. No era la primera vez, ni sería la ultima, que Ahmad sufría la cárcel pero nunca desfalleció en su pasión por trabajar a favor de la salud y liberación del pueblo palestino. Dos años antes de su fallecimiento, Ahmad seguía trabajando incansablemente y pronunciándose en público contra el levantamiento por parte israelí del muro de separación de Cisjordania y Jerusalén Este –declarado ilegal por el Tribunal de Justicia Internacional. Ello le hizo valedor de un nuevo periodo de detención. A menudo, como los jueces no encontraban suficientes pruebas para sentenciarle, los periodos de detención administrativa sin cargos se alargaban. En total, el doctor pasó siete años en la cárcel durante los cuales ni pudo curar ni cuidarse.

Los años en prisión hicieron sin duda mella en su salud y, paradójicamente, tras dedicar su vida a mejorar las condiciones sanitarias para los demás en Cisjordania, no pudo impedir el ataque fatal de su propio corazón.

Su alegría y perseverancia continúan siendo un ejemplo para nosotros, y deseamos que también sea así para su familia, amigos y compañeros en la HWC. Querido Ahmad, hasta siempre.