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jueves, 14 de abril de 2011

Otra vez

Es la nonagésima cuarta vez que escuchaba la misma canción, y todavía descubría matices nuevos atrapados entre los acordes. Hay quienes piensan que el secreto de la felicidad se esconde en lo extenso, y quienes se decantan por lo profundo. Y él era uno de los segundos. No le interesaba en absoluto el estilo en general, ni tampoco las otras obras del mismo autor; se dejaba absorber por esa pieza concreta, ese tema preciso que llevaba oyendo una vez tras otra durante hora. Algunos solo ha leído un libro en toda su vida y han sacado en claro de su única lectura mucho más que quienes devoran obras a velocidad de restaurante de comida rápida. Meditar durante años entorno a una única palabra es, dicen, el primer paso en el método Zen. Asi pues, pensó, mejor no divagar desorientándose en el mar caótico del inmenso océano musical. Centrado en esa única sonata, desmenuzando cada nota con el bisturí de la repetición constante, tal vez lograse desvelar el secreto mismo de toda la música presente, pasada y futura.

Pero al final se aburrió. Y ahora, cada vez que por casualidad vuelve a escuchar la melodía memorizada hasta la nausea, le dan ganas de gritar, o de llorar, o de ambas cosas a la vez.

(Dibujo de Ignacio Huerga)

jueves, 17 de septiembre de 2009

En el jardín zen

'Mirar el mar es ejercitase en el arte de la astronomía. Contemplar las estrellas es como estudiar las corrientes marinas. Igual arriba que abajo. Igual abajo que arriba'.

Esto me dijo el maestro zen, sentado sobre un banco de granito frío, en medio del jardín japonés. Mantuve quieto el silencio que siguió. Temí que cualquier palabra que yo añadiera sonase vacía, o tal vez demasiado llena. En todo caso innecesaria.

Pero al fin abrí la boca. 'Maestro –dije- todo en este jardín yace en su sitio: las rocas apiladas en la esquina, la arena orillada en franjas por el rastrillo, los penachos de musgo al borde del agua. Parece distribuido al azar, pero es tan armonioso…'. El maestro entonces se levantó bruscamente, y con su vara de abedul desordenó las franjas de la arena sin contemplaciones. Luego levantó las rocas apiladas en la esquina y las arrojó al estanque con brusquedad. Finalmente, destrozó los penachos de musgo a pisotadas.

'A mi me gusta más así', dijo, y se fue sin despedirse.

(Foto: Luis Echanove)

jueves, 21 de mayo de 2009

Profesiones inverosímiles (3)

Místicos

El misticismo oriental (budista, hindú, taoísta, sufí…) lleva ya más de cien años 'de moda' en Occidente. En las primeras décadas del siglo XX, Huxley, Jung y tantos otros levantaron las tapas de esas cajas de sabiduría y encontraron en ellas fuente de inspiración para compensar una modernidad occidental cada vez mas mecanizada, consumista y deshumanizada. Después, en los 60, todo el mundo empezó a practicar yoga y hasta los Beatles se buscaron un gurú. Hoy en día, de la mano de la "nueva era' y otras corrientes afines, el interés por la espiritualidad asiática sigue renovándose.

El gran dilema, que pocos se atreven a reconocer, es que por más que es cierto que la mística, por definición, tiene siempre un valor universal, en la práctica cada tradición religiosa se manifiesta 'empaquetada' en el formato de la cultura y en el contexto histórico, lingüístico y social que la vio nacer. El zen es fascinante, pero es mucho más fácil (o menos difícil) avanzar en esa ruta si uno puede leer los koans en japonés; el budismo tibetano maravilla, pero resulta a todas luces arduo comprender todas las sutilezas de su sistema filosófico si no se deja uno empapar primero por las complejidades de la cultura del país himalayo y el pensamiento tantrico.

Hay a mano una veta espiritual, igualmente profunda, que no obstante desdeñamos. Es mucho más cercana, comprensible y accesible. Me refiero, claro está, a las corrientes místicas de Occidente. Para quien quiera darse un baño de lecturas sosegantes y a la vez provocadoras, yo le recomendaría que, en lugar del escapar a tradiciones religiosas venerables pero lejanas a nuestro universo mental, comenzara por leer a san Juan de la Cruz, a Juliana de Norwick, al Maestro Eckhart, o (por citar místicos más recientes), a Merton o a Teilhard de Chardin. La barrera mental que frena a muchos potenciales lectores ante tales nombres es la raíz cristiana de ese misticismo. La sociedad occidental actual (sobre todo la europea) es post-religiosa, en el sentido de que las iglesias ya no marcan en absoluto las pautas de la vida cotidiana de la mayoría de la gente. Hemos logrado alejar al fanatismo religioso de nuestras vidas. Pero eso no debería llevarnos a renunciar a toda la rica tradición mística cristiana acumulada durante siglos en nuestra propia cultura. El misticismo, por definición, trasciende todas las barreras religiosas y es incompatible con cualquier dogmatismo. No hace falta sentirse católico para percibir la trascendencia religiosa de un Juan de la Cruz. Podemos leerlo en su lengua original y entender sus metáforas de una manera intuitiva, casi directa. Está bien observar un mandala para meditar, pero contemplar debidamente un fresco románico puede producir un efecto semejante.

Exploramos ríos lejanos de espiritualidad, cuando resulta que en nuestro propio jardín mana también el agua que buscamos.

(Foto: Luis Echanove)

martes, 5 de mayo de 2009

Libros

Tres libros extraños han dado conmigo. Dos aparecieron durante unas recientes vacaciones familiares en Malasia. Otro se topó conmigo en el desorden de Filipinas.

Encontré el primero en una librería junto al barrio chino, en Kuala Lumpur. Es un libro sobre zen publicado recientemente. Está repleto de viñetas estilo manga que reproducen diálogos clásicos entre maestros de esta sobrecogedora corriente budista. Son conversaciones breves, ilustradas con equilibrados dibujos de trazos limpios. Esa perplejidad que el zen busca, para así abrir las puertas de lo trascendente, logra expresarse en plena transparencia a través de los dibujos de comic.

El segundo libro me esperaba en una de las largas repisas de la librería del museo de arte islámico, también en Kuala Lumpur. Es una obra de naturaleza muy diferente al anterior: Se trata de una reedición en rústica, impresa en India, de una publicación sobre sufismo de los años veinte, escrita por cierto oficial británico. Contiene varios ensayos de compleja lectura, incluido uno sobre la vida y pensamiento del morabito persa Abu Sa’id.

El tercero cayó en mis manos mientras revolvía volúmenes a precio de saldo en la feria del día libro en el Instituto Cervantes de Manila. Es una historia de la pintura románica en Castilla y León.

Los libros que leemos siempre nos esperan. A veces en lugares evidentes. Otras en sitios remotos; pero al final siempre logran recorrer su camino hacia nosotros, y es entonces cuando descubrimos que, aunque no lo supiéramos, estábamos destinados a leerlos.

(Foto: Luis Echánove)

jueves, 8 de noviembre de 2007

Sol naciente


Kami

El shintoismo es la antiquísima religión tradicional de Japón, en gran medida perneada de elementos budistas. La esencia del shintoismo es la creencia en el kami, una energía vital impersonal que todo lo inunda, y que se manifiesta particularmente allí donde la naturaleza se revela en todo su poder: en los lugares más bellos, más sobrecogedores, como altas montañas, cascadas o sombríos bosques otoñales. El shintoismo es pues una religión contemplativa, observadora, pausada y nada dogmática.

Los equilibrados templos shintoístas no contienen representaciones de dioses de ninguna clase. Las únicas figuras presentes son, a lo sumo, los retratos en tinta china de los grandes poetas clásicos de Japón, alineados en los muros laterales. ¡Maravillosa religión ésta, que rinde tal respeto a los poetas!

En el altar principal de los santuarios shinto, en lugar de imágenes de deidades, santos o profetas, hay tan solo objetos cotidianos, símbolos del kami, de la energía cósmica que alienta la vida. En los espesos bosques de Kamakura hay un pequeño templo shintoista, accesible tan solo por un estrecho corredor excavado en la rocosa montaña. El símbolo del kami colocado allí sobre el rustico altar es...un espejo. Cualquiera pues es allí Dios… cuando contempla.

Zen

Hay, también en Kamakura, un monasterio budista, llamado Kenchō-ji que, es, según se dice, el más antiguo santuario zen de Japón. A espaldas del mismo se encuentra el pequeño jardín diseñado por un maestro zen hace 700 años con el propósito de inducir a la meditación. El parquecillo en sí es una nada, apenas algunas mínimas colinas tapizadas de hierba de intenso color verde, tachonadas de rocas y bonsáis, entorno a un estanque serpenteante.

Basta observarlo un momento y de inmediato algo sucede. Solo dura unos segundos.
(foto: Jardin zen del monasterio Kenchō-ji- Juan Echanove)