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domingo, 7 de junio de 2009

Leyendas geopolíticas

Asia es hoy el lugar donde el mundo se mueve.

En todas las épocas hay un centro gravitacional de los sucesos (simbólico, pero también geográfico), una región del mundo que actúa como vértice de los principales acontecimientos. El resto del planeta es, hasta cierto punto, periférico con respecto a ese eje que dinamiza la evolución de la historia en cada época. Ese axis mundi, como decía Eliade, tiene su reflejo en el imaginario colectivo de todas las civilizaciones.

En la Antigüedad ese centro generador se ubicó primero en el Creciente Fértil, el gran arco que corre desde Egipto hasta Mesopotamia, cruzando Palestina. Allí nació la agricultura, el alfabeto, el monoteísmo y la vida urbana. Luego se desplazó hacia Occidente, a la cuenca del Mediterráneo (primero Grecia y El Egeo, luego Roma). Siempre en dirección Oeste, la corriente que dinamiza a la Historia con mayúscula avanzó con los siglos hacia el corazón de Europa, a Francia, ombligo del mundo en la Ilustración, y de ahí a Inglaterra, hogar de la revolución industrial. Después saltó el Atlántico. Así, la costa Este de Estados Unidos, con Nueva York a la cabeza, se transformó en el centro psicológico de la humanidad a lo largo de la primera mitad del siglo XX. El desplazamiento no se detuvo ahí, cruzó Chicago (origen de la segunda revolución industrial y de la producción en cadena) y saltó hasta la costa del Pacífico. Seattle, San Francisco o los Ángeles fueron, desde los años 60 y prácticamente hasta anteayer, el polo de la novedad (Hollywood, la conciencia ecológica, la tercera revolución industrial e Internet, Reagan y el origen del neoliberalismo). Y, finalmente, ha traspasado el Pacífico, llegando a las orillas de Asia. Por una curiosa coincidencia, el actual presidente de los Estados Unidos, todavía la mayor potencia del mundo, nació, precisamente, en medio de ese Océano.

El mundo de hoy comienza a respirarse, a vivirse, a moverse, al ritmo el pulso de ese nuevo corazón en Extremo Oriente. Rotterdam ya no es el puerto con más tránsito del mundo: Ahora es Singapur. China es el motor del crecimiento económico mundial (con o sin crisis). El pensador favorito entre los intelectuales y los famosos en Europa o América ya no es Nietzche o Sartre, sino Buda. El manga, la cocina japonesa y el minimalismo oriental son sinónimo de la nueva modernidad. Quien quiera conocer la arquitectura más vanguardista y la ciudad más dinámica del planeta ya no debe viajar a Londres o a Nueva York, sino a Shangai.

Desde Europa es a veces difícil percibir la dimensión del cambio, por más que la prensa y la televisión nos bombardeen con información sobre China y su entorno. Como ya les sucediera a los griegos con respecto a los romanos, los occidentales seguimos aferrados al mito de que somos los depositarios de la cultura, y miramos con desdén e incredulidad esta nueva realidad que parece transformar por completo las reglas del juego.

Cuenta una vieja leyenda que cuando el círculo se complete y regrese de nuevo al punto de origen, la civilización, tal y como hoy la concebimos, se acabará. Claro que antes deberá atravesar el Asia interior (interior geográficamente, pero también espiritualmente), cruzando pues Tíbet, India, el Himalaya para así abordar de nuevo al viejo Oriente Medio.
(Foto: Eva Pastrana)

jueves, 21 de mayo de 2009

Profesiones inverosímiles (3)

Místicos

El misticismo oriental (budista, hindú, taoísta, sufí…) lleva ya más de cien años 'de moda' en Occidente. En las primeras décadas del siglo XX, Huxley, Jung y tantos otros levantaron las tapas de esas cajas de sabiduría y encontraron en ellas fuente de inspiración para compensar una modernidad occidental cada vez mas mecanizada, consumista y deshumanizada. Después, en los 60, todo el mundo empezó a practicar yoga y hasta los Beatles se buscaron un gurú. Hoy en día, de la mano de la "nueva era' y otras corrientes afines, el interés por la espiritualidad asiática sigue renovándose.

El gran dilema, que pocos se atreven a reconocer, es que por más que es cierto que la mística, por definición, tiene siempre un valor universal, en la práctica cada tradición religiosa se manifiesta 'empaquetada' en el formato de la cultura y en el contexto histórico, lingüístico y social que la vio nacer. El zen es fascinante, pero es mucho más fácil (o menos difícil) avanzar en esa ruta si uno puede leer los koans en japonés; el budismo tibetano maravilla, pero resulta a todas luces arduo comprender todas las sutilezas de su sistema filosófico si no se deja uno empapar primero por las complejidades de la cultura del país himalayo y el pensamiento tantrico.

Hay a mano una veta espiritual, igualmente profunda, que no obstante desdeñamos. Es mucho más cercana, comprensible y accesible. Me refiero, claro está, a las corrientes místicas de Occidente. Para quien quiera darse un baño de lecturas sosegantes y a la vez provocadoras, yo le recomendaría que, en lugar del escapar a tradiciones religiosas venerables pero lejanas a nuestro universo mental, comenzara por leer a san Juan de la Cruz, a Juliana de Norwick, al Maestro Eckhart, o (por citar místicos más recientes), a Merton o a Teilhard de Chardin. La barrera mental que frena a muchos potenciales lectores ante tales nombres es la raíz cristiana de ese misticismo. La sociedad occidental actual (sobre todo la europea) es post-religiosa, en el sentido de que las iglesias ya no marcan en absoluto las pautas de la vida cotidiana de la mayoría de la gente. Hemos logrado alejar al fanatismo religioso de nuestras vidas. Pero eso no debería llevarnos a renunciar a toda la rica tradición mística cristiana acumulada durante siglos en nuestra propia cultura. El misticismo, por definición, trasciende todas las barreras religiosas y es incompatible con cualquier dogmatismo. No hace falta sentirse católico para percibir la trascendencia religiosa de un Juan de la Cruz. Podemos leerlo en su lengua original y entender sus metáforas de una manera intuitiva, casi directa. Está bien observar un mandala para meditar, pero contemplar debidamente un fresco románico puede producir un efecto semejante.

Exploramos ríos lejanos de espiritualidad, cuando resulta que en nuestro propio jardín mana también el agua que buscamos.

(Foto: Luis Echanove)

lunes, 23 de junio de 2008

Las dos orillas

Voy a mirar a Oriente para decir: La verdad está en el otro lado.

Voy a mirar a Occidente para decir: La verdad está en el otro lado.
Al levantarme, quiero mirar siempre al Oriente y al Occidente buscando siempre una verdad…al otro lado.

(dibujo del autor)