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miércoles, 25 de septiembre de 2013

Caballos salvajes carbonizados y turberas seculares reducidas a polvo

'Habrá que aguardar a primavera para comprobar si los bulbos del lirio salvaron la vida bajo la tierra incandescente". La frase no es una porción de un dialogo del Bosque Animado ni un pasaje de Los Santos Inocentes. He extraído esta pequeña joya de una crónica informativa de El País digital de hoy sobre un incendio forestal en Galicia. (*)

Harto de leer en la edición electrónica de este y de tantos otros periódicos españoles bodrios escritos al tuntún, sin cuidar ya no el estilo, sino ni tan siquiera a la sintaxis, toparse uno de pronto con una noticia redactada con primor literario produce una alegría indecible.

Silvia Pontevedra, que es como se llama la periodista, hace un guiño a todos los costumbrismos posibles y grana el texto con un alud de sustantivos y adjetivos rurales; pero lo hace bien, con tino, con profundo cariño a la tierra y a la gente. La periodista ha visto el campo quemado y entiende lo que eso significa. Sabe que fuego y monte no son solo palabras, sino sentimientos, sensaciones, imágenes y símbolos de la vida misma, y así nos lo transmite.

La autora juega con metáforas sencillas y brillantes y con frases harmoniosas pero rotundas. 'En lo más fértil, las turberas de tierra vegetal, formadas a lo largo de los siglos, las piernas se hunden hasta la rodilla levantando en el aire una densa polvareda, a veces negra, a veces amarilla' escribe esta osada y estupenda redactora de noticias.

La impresión del texto es, definitivamente, literaria, pero a la vez, realmente periodística: te enteras de lo que ha pasado, y en realidad con mayor exactitud de la habitual en las noticias al uso. Silvia nos cuenta como un concejal de pueblo 'acaricia en cuclillas las hojas verdes y las pequeñas bellotas de un roble diminuto' y como, 'junto a los carballos enanos, en las colmenas comunales (…) zumban todavía las abejas'. Un periodismo que es la vez literatura es posible.

(Foto: Ignacio Huerga)


(*)http://ccaa.elpais.com/ccaa/2013/09/18/galicia/1379531470_401204.html

lunes, 5 de marzo de 2012

Hamburguesas artificiales y el español en Belice

No comprendo porqué la mayor parte de los medios de comunicación destacan siempre en sus titulares y portadas un reducido numero de posibles hechos de la realidad (desastres naturales, guerras, reuniones políticas, los índices bursátiles, los resultados futbolísticos, el tiempo y la pluvosidad previstos y poco más) Se supone que son las que más interesan; aunque yo más bien pienso que nos tragamos lo nos echen. El criterio de que lo inusual es noticia, y lo habitual no lo es, tampoco me convence. ¿Hay algo más cotidiano que el hecho de que Soria marque la temperatura minima de España o que el Madrid y el Barcelona ganen un partido de futbol? Sin embargo de esas cosas hablan también los telediarios. Para mi la relación entre los periodistas y la gente (ese organismo anónimo del que todos y cada uno de nosotros somos una simple célula) es de naturaleza onanistica -o, para ser menos brutal, llamémosla simbiótica: los medios destacan el tipo de noticias que el público busca encontrar en ellos, y  el público espera tales clases de noticias porque son las que tradicionalmente los medios les ofrecen.

Veamos un par de ejemplos recientes de noticias que, pese a su evidente relevancia objetiva, no acapararon ni una reseña breve en informativos televisivos o en primeras planas:

(1) Por primera vez en 50 años la lista de los países en los que el español es la lengua mayoritaria acaba de incrementarse. Ha sido además la única ocasión en la historia, hasta la fecha, en que la lengua de Cervantes reemplaza al inglés como idioma principal de una nación. Acaba de suceder en Belice, un pequeño país centroamericano, hasta ahora mayoritariamente anglófono, donde la creciente inmigración de hispanohablantes y la alta tasa de natalidad de los mismos han colocado al castellano, según las estadísticas oficiales de enero de 2012, a la cabeza sobre el inglés. Todavía estoy esperando leer la noticia en algún medio de prensa español.

(1) Leo en un artículo secundario de The Economist que un tipo en Estados Unidos ha logrado fabricar algo parecido a una hamburguesa de origen animal en su laboratorio y se dispone ahora a comercializarla. El producto se elabora a partir de células madre de músculo de vaca, multiplicadas después por millones en los tubos de ensayo. La MacProbeta tecnológica todavía resulta algo costosa para el gran público (un cuarto de millón de euros el filete)  pero estoy convencido de que en pocos años (muy pocos, seguramente) perderemos los escrúpulos a la carne generada artificialmente. Y es que, por mucha grima que el asunto pueda dar a primera vista, lo cierto es que, los beneficios medioambientales e incluso morales de producir la carne de este modo parecen evidentes: enormes regiones del planeta dedicadas a pastos podrían revertirse en bosques; los  vegetarianos lograrían al fin comer carne sin sentirse cómplices de un animalicidio (para extraer las células  madres a la vaca no hace falta sacrificarla) y, aquellos de nosotros incapaces de diferenciar el gusto entre un chuletón y un filete ruso, apenas sufriríamos con el cambio. Claro está que pastores, ganaderos, matarifes y carniceros perderían sus empleos y vacas, ovejas o cerdos su razón de ser (tal vez sobrevivirían apenas algunos ejemplares, confinados a los zoológicos).

¿A que os han parecido interesantes estas noticias? No os gustaría un día encontraros con asuntos como estos en los resúmenes informativos de los noticieros o en la pagina principal de la Web de vuestro periódico favorito?

(Foto: Luis Echanove)

jueves, 14 de julio de 2011

El cabroncete interior

La lógica de los incentivos en el ejército, llevada a su extremo, viene a ser más o menos esta: Si matas muchos enemigos, te llevas una medalla. Y parece que el incentivo, en efecto, logra generalmente sus efectos de incrementar la mortalidad: He leído hoy en las noticias que un coronel colombiano confesó haber asesinado a cuarenta y siete campesinos en el año 2007, a cuyos cadáveres diligentemente vistió con uniformes de guerrilleros, con el sano propósito de obtener una condecoración.

Además de la pieza de chapa para colgarse en la pechera, el militar también obtuvo como premio a su hazaña un permiso especial. La noticia no hablaba de estipendios en dinero. Así pues, el análisis coste/beneficio de la operación fue más o menos como sigue: cuarenta y siete cándidos tipos vieron su vida sesgada a cambio de una medallita y unos días de vacaciones para el coronel. De todos modos, este tipo de balances a veces son injustos. Tal vez el acucioso coronel empleó sus días libres en visitar a su mamá enferma o en ayudar a sus hijos con los deberes del colegio. Seguro que en fondo el coronel no es ningún mal tipo, solo un hombre volcado en su profesión. Además, este proceder, más que la excepción, es la regla en Colombia: las organizaciones de derechos humanos llevan computados unos dos mil casos de civiles inocentes muertos adrede por el ejercito solo para hacer subir las estadísticas de bajas enemigas y probar que la guerra contra las guerrillas va viento en popa.

El Reino Unido vive ahora convulsionado porque al fin se ha revelado que, para vender más periódicos, un diario de tirada millonaria se dedicada a pinchar los móviles de media Inglaterra y así obtener cotilleos escabrosos de primera mano. Una vez leí que el presentador de un programa televisivo en vivo brasileño pagaba a criminales para matar a gente; después los equipos informativos de su programa eran, por supuesto, los primeros en llegar a la escena del crimen (puesto que sabían de antemano que iba a tener lugar). Con ello, el tipo lograba siempre que su espacio informativo fuera el más visto de la programación.

Todo lo anterior no son sino ejemplos extremos del pecado original que pudre nuestras sociedades por dentro: el fondo de las cosas no importa una mierda; lo que de verdad cuenta son las estadísticas, el vender más, los índices de audiencia. Lo peor del caso es que no hace falta matar a nadie ni llegar a esos extremos para ser un cabroncete. Tal vez todos llevemos dentro a nuestro pequeño genio maligno metido dentro. La tragedia, en nuestras sociedades, es que todo parece diseñado para incentivar a ese cabroncete interior a salir afuera y ganarse una medalla.

(Foto: Ignacio Huerga)