Gracias a todos.
viernes, 30 de septiembre de 2016
Cuatro mil doscientos veinte
Este mes (septiembre de 2016), Chota Chunga ha sido visitado 4,220 veces, lo cual constituye un record absoluto mensual en sus ya nueve años de andadura.
Gracias a todos.
Gracias a todos.
África
Llevaba 40 años esperando este momento. África me cautivó con siete, viendo los álbumes antiguos de cromos de mi padre. Con 10 hice un mapa a mano alzada, gigante , en varios folios pegados, de todo el continente, emplazando los nombres de cuantas tribus y etnias encontraba en nuestro diccionario enciclopédico familiar. Todavía puedo enumerar de memoria docenas de ellas… (Sudáfrica: zulú xhosa, pondo, tembu, sotho, suazi, venda, ndebele, khoi-san…)
Después de más de dos décadas dando rulos por el mundo, después de visitar 60 países, dejándome la piel en unos cuantos de ellos, al fin he pisado África Subsahariana por primera vez.
El flechazo ha sido total, absoluto. Instantáneo.
He vuelto a dentro de mí….para ya no irme.
domingo, 25 de septiembre de 2016
Contando elefantes
Siempre me ha gustado conocer las cifras
de todo aquello que me interesa. Tendemos a entender el mundo a partir de apriorismos
subjetivos, de modo que casi siempre nos olvidamos de que, a fin de cuentas, todo
existen en determinado número. Pensamos, por ejemplo, que África es un
continente poblado por un inmenso número de omnipresentes animales salvajes: imaginamos las sabanas del continente pobladas
por millones de cebras, jirafas, elefantes o leopardos.
Hoy me ha picado la curiosidad y he navegado
extensamente por Internet intentando poner cifras a esos grandes animales africanos.
Calcular el número de hipopótamos o de bonobos no es precisamente un ejercicio
tan preciso como hacer un censo de población de humanos. No obstante, en los últimos
años los biólogos han hecho un esfuerzo serio para calcular a grandes rasgos
cuantos ejemplares quedan de muchos de los mamíferos africanos más populares. No
obstante, contar grandes ‘bichos’ no es, ni mucho menos, una ciencia exacta. He
tenido que consultar más de una treintena de páginas Web para obtener
resultados convincentes, y de algunas especies que también me interesaban, como
las gacelas, las hienas, no he encontrado ni la minina referencia poblacional.
A pesar de todo me doy por satisfecho con
los datos que he logrado reunir. Son verdaderamente sorprendentes…y tristes. En
África viven 1,100 millones de personas, pero solo 30,000 leones. Las cebras,
que tan numerosísimas nos parecen cuando las vemos en grandes manadas en los
reportajes de la tele, son en realidad tan solo unas 660,000 en todo el continente;
ósea, hay una proporción de una cebra por cada 2,000 africanos, más o menos.
Las cifras también nos permiten sopesar
la importancia de unos animales respecto de otros, y los resultados son a veces
sorprendentes. Por ejemplo, tienes 20 veces más posibilidades de avistar en África
un leopardo que un guepardo, y también es inmensamente más probable toparse con
un elefante en lugar de con un rinoceronte. Yo nunca hubiera dicho que de hecho
hay casi el doble de elefantes que, de chimpancés, o que hay muchísimos más hipopótamos
que jirafas.
En el fondo, tiene sentido que nuestra imaginación
nos engañe y nos haga pensar que en realidad son muchos más los animales que
pueblan África, ya que hubo un tiempo en que las cosas, en verdad, eran bien
diferentes. Es estima que hace un siglo vivían en África 4 millones de
elefantes; hoy se calcula que su población se ha reducido a algo más de una décima
parte de esa cifra. Los leones, por su parte, pasaron en el mismo periodo de
200,000 a 30,000, en tanto que, en el caso de los rinocerontes, la caída ha
sido en estos algo más de 100 años, todavía más brutal: de 400,000 a 26,000.
La estimación más antigua del número de gorilas
en África data de los años 60. En aquella época se consideraba que casi un millón
de estos grandes simios poblaban el trópico africano. Los censos actuales han
reducido ese número a apenas 160,000. El caso de las jirafas es particularmente
llamativo: En los últimos 15 años han caído a la mitad.
El primer paso afrontar un problema es conocer su dimensión real. África está viviendo una extinción masiva de especies. Por mucho que las fotos del National Geographic aún nos muestren un idílico paraíso superpoblado de maravillosos animales, la verdad es que, fuera de contados parques naturales, África es ya un yermo de la gran fauna.
El primer paso afrontar un problema es conocer su dimensión real. África está viviendo una extinción masiva de especies. Por mucho que las fotos del National Geographic aún nos muestren un idílico paraíso superpoblado de maravillosos animales, la verdad es que, fuera de contados parques naturales, África es ya un yermo de la gran fauna.
miércoles, 21 de septiembre de 2016
¿Somos demasiados los cooperantes?
A nivel global el número de expatriados cooperantes procedentes del Norte lleva años reduciéndose en el mundo, como efecto de la creciente incorporación de profesionales de países en Vías de Desarrollo en las ONG, empresas consultoras y organismos internacionales, motivado tanto por su cada vez mayor cualificación profesional como por una cada vez más horizontal visión del desarrollo, unido todo ello a las políticas de abaratamiento de costes. Esta tendencia ha sido aún más veloz en América Latina, tradicional destino de una parte sustancial de los cooperantes españoles.
A este factor cabe sumar, en el caso español, y desde el estallido de la crisis económica hace ya casi 8 años, la masiva reducción de fondos públicos para ayuda oficial al desarrollo y los recortes en las donaciones, lo que ha llevado al cierre de numerosas ONG, reducción drástica del número de consultorías y consecuente caída significativa de personal en el sector. Según cifras de la CONGDE, entre 2008 y 2016 el número de cooperantes en el exterior trabajando para ONG españolas se redujo en un masivo 55% (*).
Es cierto que, en contrapartida, el número de españoles incorporados a organismos internacionales, ONG de otros países y hasta agencias bilaterales de cooperación extranjeras ha crecido en los últimos tiempos, como consecuencia de la mejora de la cualificación de nuestros cooperantes (que cada vez acumulan más años de experiencia y dominan más y mejor otros idiomas), las políticas proactivas del último gobierno socialista para integrar españoles en Naciones Unidas y otras agencias multilaterales y sobre todo, en razón de la necesidad de muchos de buscar otras alternativas de empleo ante la caída del sector en nuestro país.
No obstante, ese aumento de cooperantes españoles trabajando para empleadores no españoles no ha compensado, ni de lejos, la caída de la oferta de puestos en organizaciones españolas.
Por otra parte, la cierta reducción de la tradicional precarización laboral del sector a partir de 2010 y 2011 (cuando se llevó a cabo la regularización de los responsables de programa de la AECID y de los agentes contractuales en delegaciones de la UE), ha llevado la consolidación de puestos de larga duración y con ello a una cierta reducción de la rotación y de las posibilidades de empleo para los nuevos incorporados al sector.
Así pues, son cada vez menos los puestos de trabajo disponibles en cooperación… pero son cada vez más los jóvenes interesados en desarrollar una vida profesional en este ámbito.
Hay muchos factores que explican este proceso. Por una parte, las actividades de educación al desarrollo y el alto interés mediático por el sector (casi podríamos hablar de crisis de éxito) han incentivado la demanda de modo masivo. Programas como Españoles por el Mundo han acercado la realidad cotidiana del cooperante al ciudadano de a pie. La proliferación del voluntariado, las vacaciones solidarias y figuras afines han permitido además que miles de jóvenes y no tan jóvenes hayan vivido una primera experiencia en primera persona, sintiéndose atraídos por el sector.
En paralelo, el número de cursos de postgrado de iniciación a la cooperación al desarrollo ha aumentado hasta niveles fuera de toda escala racional, actuando a la vez como efecto y como acicate de la demanda de empleo en este ámbito.
Es difícil imaginar que en los próximos años el mercado laboral de la ayuda al desarrollo recupere su perfil de antaño, cuando había una coincidencia bastante ajustada entre la oferta de empleos y la demanda de los mismos. A medida que superemos la crisis se incrementará en cierta medida la necesidad de trabajadores, pero las tendencias globales arriba descritas seguirán ejerciendo su influjo, así que a nivel macro el mercado laboral seguirá, con certeza, estrechándose.
A ello se une la cada vez mayor exigencia de años de experiencia y altas cualificaciones para cualquier puesto, debido al carácter ahora altamente competitivo del sector (baja oferta de empleos, y altísima demanda de los mismos). Un joven recién incorporado a este mundillo y deseoso de transformarse en un profesional del medio, lo tiene hoy, probablemente, más chungo que nunca antes en los casi 30 años de historia de la cooperación en España.
Si queremos pensar el futuro del sector con todas las consecuencias, es precisa una alta dosis de realismo.
(Foto:Luis Echanove)
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(*) Salvo para el caso de los cooperantes trabajando en ONG, no hay estadísticas recientes consolidadas sobre el número total de cooperantes españoles. En 2005 el autor de este blog llevo a cabo, con la colaboración de decenas de cooperantes y en marco de la Asociación Profesional de Cooperantes (ACP), un primer censo (y hasta ahora último) de cooperantes, conforme al cual los cooperantes españoles éramos unos 14oo, algo más de la mitad de los cuales trabajaban en ONG.
Cuantos somos los cooperantes?
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(*) Salvo para el caso de los cooperantes trabajando en ONG, no hay estadísticas recientes consolidadas sobre el número total de cooperantes españoles. En 2005 el autor de este blog llevo a cabo, con la colaboración de decenas de cooperantes y en marco de la Asociación Profesional de Cooperantes (ACP), un primer censo (y hasta ahora último) de cooperantes, conforme al cual los cooperantes españoles éramos unos 14oo, algo más de la mitad de los cuales trabajaban en ONG.
Cuantos somos los cooperantes?
Las tres Españas
al mundo te guarde Dios.
una de las dos Españas
ha de helarte el corazón.
Antonio Machado.
Pertenezco a esa generación para la cual
la Guerra Civil siempre fue una especie de larga sombra; un tramado de
historias familiares lejanas, heroicas o tristes, que marcaron ineludiblemente
la vida de nuestros abuelos y la infancia de nuestros padres. Era historia viva,
historia dura de entender, historia proyectada extrañamente desde su fondo
negro hasta el presente, como una maldición, como una vergüenza de sangre
vertida entre hermanos, inexplicable, atroz, legendaria, decisiva.
Creí desde niño que aquella fue una
matanza entre dos medias Españas. Pensaba yo que todos, o casi todos, tomaron
partido; que un tajo de sangre y odio dividió al país de cabo a rabo. Sólo al
cabo de los años supe que, entrambas, hubo tal ver una inmensa minoría de españoles
insensibles a las invictas soflamas de la derecha fascistoide o a las arengas revolucionarias
de las izquierdas radicales. Una España que, aunque sufrió la tragedia
tan en carne propia como las otras dos, si hizo la guerra fue por obligación, no
por convicción alguna.
No obstante, mi subconsciente, maleado
por esa visión maniquea de la guerra aprehendida en la infancia, en el fondo no
aceptaba con buenos ojos esa noción de una tercera España, atrapada entre las
versiones extremas y combativas de mi patria. Pensaba yo que aquello fue un momento
crucial sin espacio para los neutrales o los pasivos, un torbellino en el que había
que tomar partido de forma inequívoca. Los que no se mojaron, creía, serían los
menos. Las masas, obreras o católicas, pequeño burguesas o campesinas, urbanas
o rurales, se lanzaron de bruces a la lucha, en uno u otro bando, comprometidas
con sus ideales.
Ha caído hace poco en mis manos un breve
ensayo histórico de Joaquín Riera cuya tesis, desdice totalmente esa visión. En
su obrita La Guerra civil y la Tercera España,
Riera sostiene, a partir de la intrahistoria de sus propios antepasados, que la
guerra fue fundamentalmente la aventura de dos minorías radicalizadas
enfrentadas entre si y que, en el fondo, la mayor parte de los españoles se
posicionaron solo por obligación, no por convicción alguna.
El libro me ha dejado tan intrigado que
me he propuesto intentar dimensionar, cuantitativamente, cuál fue el peso real
de cada una de esas tres Españas (las dos que hicieron la guerra y la de enmedio).
Si por la noción tradicional de las dos Españas
nos referimos a las derechas y a las izquierdas en sentido amplio, resulta
obvio que esa tercera España era, contra la tesis de Riera, una minoría irrelevante.
En las elecciones parlamentarias de 1936, celebradas pocos meses previos al estallido de la
guerra, más de un 94% de los españoles votaron a partidos claramente de
derechas o claramente de izquierdas (repartido a partes casi iguales). Podríamos añadir al menguado centro político a muchos de los que no votaron, presumiendo en su abstención una pasividad política, pero sería inadecuado, puesto que los numerosísimos anarquistas (casi un 10% de la población activa estaba afiliada a la CNT en 1936) no votaban y formaban, obviamente, parte de la España de izquierdas, no de la llamada tercera España. Descontado el no-voto anarquista, la abstención en el 36 fue nimia.
Mi estimación es que esa tercera España
de centristas (esa especie tan peculiar en la España cainita de entonces y de
ahora), más abstencionistas políticamente neutros, no llegaría ni al 20% de la población.
Pero hay otra forma de definir a la
tercera España: además de a los de centro y a los apolíticos, podríamos computar
en ese grupo a aquellos que, aun siendo claramente de derechas o de izquierdas,
a priori respetaban la legalidad vigente y no buscaban ni una involución ni una
revolución. Entrarían en ese caso en el sumatorio la mayor parte de aquellos
que en el 36 votaron a las derechas democráticas (la CEDA) así como a los
diversos partidos de izquierda republicana, y a una parte importante -pero no mayoritaria-
del electorado del PSOE.
El bando de la España ultramontana, decidida a erradicar la República para implantar un sistema totalitario de derechas, quedaría entonces mucho más limitado. En las elecciones del 36 solo un 10% de los españoles votaron a alguno de los partidos de extrema derecha de talante claramente subversivo y enemigos de la legalidad vigente (los carlistas, la Renovación Española de Calvo Sotelo, la por entonces nimia Falange y el aún menor Partido Nacionalista Español).
El campo de los revolucionarios de
izquierda, si lo limitamos a los declarados enemigos de la legalidad de la
democracia liberal-parlamentaria, también quedaría en ese caso bastante menguado,
pero no tanto: si sumamos sindicalistas ácratas, afiliados al PCE, al POUM, a
las izquierdas nacionalistas y a la UGT (un sindicato claramente marxista revolucionario
en 1936) alcanzamos fácilmente un 23% de la población activa de la España inmediatamente
previa al estallido de la guerra.
Así pues, y en resumen, en 1936 uno de
cada tres españoles (10% más 23%) estaba dispuesto a destruir la legalidad vigente, ya fuera
para implantar un régimen totalitario de perfil militar, fascista o teocrático católico;
o para hacer la revolución (en sus colores marxista, estalinista, trotskista o anarquista).
Los otros dos tercios, que no buscaban la guerra ni la revolución, se encontraron con ellas, y, al calor de la sangre y el contagio de la violencia, en gran medida, terminaron también tomando partido. La efímera y minúscula tercera España, la de Unamuno, Ortega o Madariaga, necesitó tres décadas para volver a levantar cabeza.
Los otros dos tercios, que no buscaban la guerra ni la revolución, se encontraron con ellas, y, al calor de la sangre y el contagio de la violencia, en gran medida, terminaron también tomando partido. La efímera y minúscula tercera España, la de Unamuno, Ortega o Madariaga, necesitó tres décadas para volver a levantar cabeza.
(Fotos: Luis Echanove; gráfico del autor)
martes, 13 de septiembre de 2016
Psicopolítica
Muchas grandes empresas, gobiernos nacionales y otros puestos de gran responsabilidad están en manos de psicópatas. Son seres patológicamente egocéntricos e incapaces de empatizar con los demás, pero a la vez capaces de embaucar a las personas peor informadas, a las carentes de criterio o simplemente de imponer su voluntad por la fuerza o el engaño.
Hitler o Stalin fueron exponentes extremos de ello, pero desgraciadamente, también hoy proliferan en todos los ámbitos del poder político o económico, ya que su falta de valores morales les permite ascender a cualquier lugar a base de trampear y pisotear a los demás. El Asad, Putin, Strauss Khan, Saakasvili, Berlusconi...la actualidad mundial está plagada de psicópatas de todos los pelajes y grados. No hace falta ser psicólogo para apercibirse de que son seres enfermos, muy enfermos, y muy dañinos.
Ahora uno de tales sujetos, Trump, tiene posibilidades reales de convertirse en el líder de la primera potencia mundial.
(Foto: Luis Echanove)
(Foto: Luis Echanove)
sábado, 20 de agosto de 2016
A tale from the Caucasus
The experience of the Georgian Agriculture Coordination Group
In 2011 the agriculture and food
sector of the Republic of Georgia, in the Caucasus, was in a complete stage of
abandonment by the government, despite that more than half of the country’s
working force were farmers and that poverty was widespread in rural areas. The immense
majority of the farmers were owning less than one hectare of land and most of what
they were producing was for self-consumption, while the country was importing
most of the foodstuffs required to supply the urban areas. The State was allocating
a mere 3% of its budget to agriculture. Although the economy as a whole was growing,
the agriculture productivity was declining, and yields of many basic
commodities were at the levels of sub-Saharan countries in extreme poverty. There
were no food safety measures enforced whatsoever. Food poisoning and breaks of
lethal animal diseases were a normal recurrence.
Historically Georgia was an a very
productive country, with an extremely good quality production and a long
tradition of diversification and marketing. All that was dilapidated during the
collapse of the Soviet Union, and the subsequent administrations did not pay
any real attention to re-build the sector.
In 2016 the agriculture sector in
Georgia is growing at high speed (faster that the economy as a whole); modern
agriculture cooperatives and small business are booming; agriculture exports
are expanding; European-like modern food safety and consumers’ rights standards
have been developed and, more importantly, a sense of hope is back to the rural
areas.
This Copernican change has happened
for many reasons, but, without question, the most important driver has been the
political will by the State and the society to bring impetus to the sector,
putting forward a strategic long-term vision and investing substantial
resources for the sector development.
During those dark days when the
policy makers were not putting any attention to the problems of the farmers, a
small group of highly motivated development experts and agriculture
practitioners from different organisations (national and international NGOs,
academic institutions, farmer groups, State agencies…) started meeting
regularly, under the informal facilitation of the European Union and the FAO.
They decided to join efforts in finding ways to change the policies that were
impeding the small farmers to gain economies of scale and reach the
markets. The members of this loose
alliance agreed to advocate jointly for the enactment of an agriculture
cooperatives law, which could remove the fiscal and other disincentives that
were in place for farmers to sale together and pool production resources, and
would support the establishment of business-oriented farmer groups that could
be the trigger to revitalise the sector.
After few months since the first
meeting, the alliance, called the Agriculture
Coordination Group, was pooling some 40 organisations. Specific working sub-groups
were created, as well as a data base of publications and various others
information and coordination tools. Still, the alliance kept its informal
structure, which let it operate in a very flexible and efficient manner.
During the plenary meetings,
in-depth discussions on policy and technical topics were conducted, research
papers and projects’ plans and activities presented. The participants were
extremely diverse, and range from diplomats and donor agencies staff, to university
food safety and nutrition specialists, environmentalists, farmers’ leaders, NGOs’
field staff, heads of units of the ministry of agriculture…and many more.
A set of advocacy activities was approved
by the Group, and each of the members of the group assumed the leadership on one
or another of the agreed actions: CARE in the Caucasus organised the first-ever
conference on small farmer’s and rural development in the country, where local policy
makers were able to get firsthand information from world-class experts; a local
business school did various research papers on the bottle necks that farmers
were facing to reach the markets; Oxfam undertook consultations in all the
regions of Georgia to collect inputs for the law on cooperatives to be drafted;
the EU funded study tours for key government staff to help them familiarised with
the coops in Europe; FAO brought legal expert to help drafting the law on agriculture
cooperatives; various local organisations lobbied with the members’ of the Parliament
for the law discussion and enactment…
All that joint and coherent efforts work
out well. In a few months the tide begun to change. The media start discussing
the problems of the agriculture sector, and some politicians, including the
president, began also to realise that something should be done to help small
farmers engage in the market economy and to alleviate rural poverty. For the
first time in 15 years the budget of the ministry of agriculture augmented. A
sector strategy started to be prepared (with inputs from the Agriculture Coordination Group) and the draft law on farmers’ cooperatives
was introduced for discussion in the Parliament. Still, all those activities by
the Administration were largely perceived as too little, and too late.
Presidential elections were coming. The
members of the Agriculture Coordination Group worked with all the running parties,
helping them to understand the food security and agriculture problems that the
country was facing and putting forward concrete proposals to address them.
A new administration went to power
after election in 2013. The new government decided to make agriculture a top
priority for the country socioeconomic development. The Ministry of Agriculture
under the lead of bright and committed leadership, was on top of all the sector
reforms. The law on cooperatives was approved, and that was just the first
amongst a battery of ambitious reform measures, which included also the approval
of the agriculture sector strategy and action plan, the enactment of the food safety
law, the creation of an Agriculture Cooperatives Agency, the establishment of advisory centres for the
farmers’ in all the districts of the country or the re-establishment of food
control systems. All these processes were coached and supported by the
Agriculture Coordination Group and its working subgroups.
Eventually, and due to this intense
constant interrelation amongst the members of the Agriculture Coordination
Group, a sense of being members of a ‘family’ emerged (with all the good times
together and also the difficulties amongst members that a family may
encounter!) despite the different backgrounds of each member organisations and
sometimes the different views and opinions.
Some purpose-specific new forms of
collaboration arose, like off-springs from the mother root that the Agriculture
Coordination Group was. For instance, CARE stablished a partnership with the
Georgian Farmer’s Association (GFA), the International School of Economics of
the Tbilisi State University (ISET) and the Regional Development Association
(RDA), all of them members’ of the Group, for conducting joint project
activities and specific advocacy measures; the Georgian Alliance for Agriculture
and Rural Development (GAARD), was also created as a derivate of the Agriculture
Coordination Group, chaired by Oxfam and composed by all the national and
international NGOs working in agriculture and rural development.
The snow-ball effect prompted by the
Agriculture Coordination group and by the impetus in the Ministry of Agriculture
is still running on, with promising developments in many directions: Foreign investment
is back to Georgian agriculture, due to the new confidence in the sector; sanitary
controls are now enforced, and new rural development policies have been framed
are now piloted; a seed certification system has been launched…
For those familiar with the desolate
stage of the agriculture and food sector in Georgia not so long ago, its seems
almost unbelievable what is going on right now. As a local media put it once,
agriculture in Georgia was Cinderella and now is the Princess. Of course, there
is still a long way ahead, but the sector is back on track and there is no way
back.
The Agriculture Coordination Group played a key role triggering many of these changes. But, even more important than the measurable deliverables that the alliance and its members help to reached (more production, better yields…), the main legacy, perhaps, was and still is, the profound conviction that real change only happen when those motivated to change the reality for better, work hand-to-hand, joining forces in the same direction.
The Agriculture Coordination Group played a key role triggering many of these changes. But, even more important than the measurable deliverables that the alliance and its members help to reached (more production, better yields…), the main legacy, perhaps, was and still is, the profound conviction that real change only happen when those motivated to change the reality for better, work hand-to-hand, joining forces in the same direction.
viernes, 15 de julio de 2016
Liberalizar el comercio, ¿es bueno o es malo para la seguridad alimentaria de un país?
La idea de libre comercio es simple: Favorecer
el comercio sin barreras entre los países, de modo que eventualmente pueda hablarse
de un solo mercado global, en lugar de muchos mercados nacionales fraccionados.
La defensa del libre comercio es, en teoría, uno de los pilares básicos de la ideología
liberal y del libre mercado.
La experiencia nos ofrece casos de países
que, como China o Chile, tras liberalizar sus relaciones comerciales con el
resto del mundo, lograron una mejora sustancial en su seguridad alimentaria. Pero
hay también muchos ejemplos, muchísimos más, de países en los que lo que sucedió
fue exactamente lo contrario: la liberalización comercial llevó aparejada un declive
de la seguridad alimentaria nacional, como ha pasado en Guatemala o Tanzania, por
citar solo dos ejemplos.
Si algo caracteriza al comercio
internacional de alimentos en el mundo de hoy es que no es un comercio libre o,
para ser más exactos, es libre en una dirección (de exportaciones del Norte al
Sur) pero no en la otra (del Sur al Norte). Esto es debido a que muchos países
del Norte, como Estados Unidos o Japón, mantienen regímenes de cuotas comerciales
y elevadas barreras arancelarias para restringir las importaciones de productos
agrícolas provenientes de los países del Sur. En otros casos, como sucede con
la Unión Europea, el sistema es un poco más sofisticado: más que muchas barreras
comerciales tradicionales, lo que se les impone a los países del Sur cuando pretenden
exportarnos alimentos son restricciones más complejas, como complicados estándares
y estrictas normas sanitarias y fitosanitarias, reglas de origen kafkianas o limitaciones
estacionales y cotas variables.
En paralelo, la mayor parte de los países
del Sur han venido reduciendo paulatinamente sus cuotas y restricciones a las importaciones
de alimentos provenientes del Norte, produciéndose una completa asimetría en
las relaciones.
Esta injusta situación ha sido debido, en
gran parte, a que, aunque en teoría la gobernanza comercial internacional, supervisada
la Organización Mundial de Comercio, se funda en la idea de fomentar
globalmente el libre comercio, en la práctica las relaciones comerciales se
rigen, cada vez más por acuerdos bilaterales o regionales que establecen sus
propias normas. Al ser negociados por Estadios Unidos o Europa con cada país o
grupo de países del Sur individualmente, al Norte, dada su capacidad de
influencia y presión, le resulta fácil imponer sus condiciones. El hecho de que
en muchos países del Sur el poder político se encuentra con frecuencia controlado
por grupos de interés económico y elites locales poco interesados en el bien común
de sus ciudadanos, hace con frecuencia fácil para los negociadores del Norte
imponer sus restricciones comerciales en esos acuerdos sin mucha oposición real
por parte de los gobiernos del Sur.
Es evidente pues que, en su mayor parte,
el flujo internacional de alientos entre las economías desarrolladas y los países
en vías de desarrollo no se funda realmente
en el principio de libre comercio, sino en una especie de ley del embudo, donde
unos países (los del Sur) liberalizan sus mercados y otros (los del Norte) los
mantienen restringidos.
Pero abstraigámonos por un momento de lo
que sucede en realidad e intentemos imaginar una situación de libre comercio
real, ósea, donde ambas partes (y no solo una) liberalizan completamente tanto
las importaciones como las exportaciones. ¿Favorece el libre comercio verdadero
a la situación alimentaria de los países? (*)
Lo primero que observamos es que produce efectos
mixtos en cuanto a la disponibilidad de los alimentos. Por una parte, el
aumento de las importaciones que la liberalización comercial favorece,
incrementa la oferta de los mismos, lo cual es positivo, en principio, para la
seguridad alimentaria del país importador. Además, la competencia con nuevos
productos extranjeros puede tener un efecto de acicate en la economía local,
empujando a los agro-productores locales a producir más y mejor. Pero, por otra
parte, al facilitarse también las posibilidades de exportación, existe el
riesgo de que un mayor porcentaje de la producción nacional se dirija al
exterior, reduciendo la oferta de productos locales en el país; a ello se suma
el efecto de la competencia de productos tal vez más baratos importados
compitiendo con la producción de los agricultores locales muchos de los cuales pueden
ver caer sus ingresos, y con ello su seguridad alimentaria.
El acceso a los alimentos por parte de la
población puede o no mejorar tras un acuerdo de comercio libre: los precios de
la comida importada caerán, al desaparecer las tarifas, pero los precios de la
comida local que ahora también pasa a poder exportase subirán, al haber
aumentado su demanda.
La nutrición, igualmente, puede mejorar o
empeorar tras un acuerdo de libre comercio, según se mire el asunto: a priori brinda
la oportunidad para el consumidor local de acceder a una mayor variedad de
alimentos, y en muchas ocasiones de mayor calidad que los locales; pero, a la
vez, también abre las puertas a la entrada de alimentos procesados de bajo
nivel nutricional que tal vez reemplacen en la dieta a alimentos locales tradicionales
más sanos.
En cuanto a la estabilidad del sistema
alimentario, aquí también comprobamos señales contradictorias: La liberalización
comercial, sin duda reduce los riesgos de carestía estacional propios de una economía
cerrada en sí misma, pero, por otro lado, una mercado muy liberalizado tiene muy
poco margen de maniobra real ante una situación de crisis que requiera protegerse
de shocks externos, como, por ejemplo, embargos impuestos unilateralmente por
terceros países.
Resumiendo todo lo anterior, podemos
concluir afirmando que el libre comercio (cuando existe, que es casi nunca), en
sí mismo, ni favorece siempre ni es detrimental siempre a la seguridad alimentaria
de los países, y que cualquier generalización al respecto es peligrosa. Todo
depende de si el país en cuestión es exportador o importador neto de alimentos,
de las relaciones comerciales previas a la liberalización, de los niveles locales
de renta, de la estructura productiva (pequeños o grandes agricultores) etc.
Los argumentos en favor o en contra del libre comercio se basan casi siempre en presupuestos ideológicos abstractos y simplistas pero, analizado el asunto con la lupa de lo cotidiano, de repente todo es un poco más complicado... o a lo mejor más sencillo.
Los argumentos en favor o en contra del libre comercio se basan casi siempre en presupuestos ideológicos abstractos y simplistas pero, analizado el asunto con la lupa de lo cotidiano, de repente todo es un poco más complicado... o a lo mejor más sencillo.
Foto: Luis Echanove
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(*) La mayor parte de los argumentos siguientes están reelaborados
a partir del Food Security Annual Report de la FAO de 2015.
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Enlaces y desenlaces
- Articulo sobre los cultivos transgénicos, El País, 2016
- Entrevista en el Georgian Journal, 2015
- Viñetas didácticas sobre agricultura, 2014
- Condecoracion con la Orden del Toisón de Oro, Georgia, 2015
- Articulo de la FAO, 2009
- Entrevista despues del huracan Katrina, Filipinas, 2009
- Articulo sobre cambio climático y bosques, Filipinas, 2009
- Recuento de cooperantes en el mundo, ACP, 2005
- Articulo sobre Palestina en El Pais, 2001
- Articulo sobre Guatemala, 1997
- Breve sobre guerra de Los Balcanes, El País, 1995



