lunes, 7 de julio de 2014

Bone


'Voy a recomendarte algo que le va a gustar a tu hijo y también te va gustar a ti’, me dijo en tipo de la tienda de comics con un aire de revelar un secreto muy bien cuidado. Sacó de la balda el pequeño tomo de tapas brillantes con la imagen de unos monigotes muy narigudos en la portada. ‘Cuando lo lea tu hijo –me dijo, mirando a Juanito, de ocho años-  se va a divertir un montón. Y cuando lo leas tú, te va a enganchar también’.  Picado por la curiosidad, no pude dejar de comprar el librito. Luego, poco a poco, siguieron otros ocho, hasta casi completar la colección de Bone. Mi asesor de tebeos tenía razón: Juanito quedó hipnotizado con Bone desde la primera viñeta…y yo también.  

Bone es el fruto de la obsesión delirante de Jeff Smith, un dibujante yanqui que durante una década  entera no hizo otra cosa más que escribir, dibujar, editar y auto-publicarse sus historietas de manera un tanto rudimentaria, hasta que poco a poco despertó el interés del la crítica, llegaron los premios y se convirtió en un autor de culto entre los aficionados más trendies del obtuso mundo del cómic.

Bone es una saga épica, ambientada en un mundo de fantasía, que alguien ha llegado a calificar como una suerte de versión más divertida de El Señor de los Anillos. En  efecto, ciertos aspectos generales podrían recordar a la obra de Tolkien, como esa presencia sigilosa de un mal que resulta inefable, o la fragilidad intrínseca del héroe. Los bones, la raza de narizones caricaturescos que sirve de hilo conductor de la historia, recuerdan de algún modo, con sus torpezas y su entrañable ingenuidad, a los hobbits;  los mostroratas que les persiguen incansablemente parecen versiones agigantadas y algo más inquietantes de los orcos.   

Pero los paralelismos terminan ahí. La cultista y detallada tramoya histórica y antropológica con que Tolkien revistió a su obra (esas influencias enciclopédicas de las leyendas germánicas y celticas, los juegos lingüísticos…) falta por completo en Bone, lo cual, en el fondo, hace que la ambientación resulte mucho más libre, imaginativa y, de algún modo, menos pretenciosa. Bone está repleto de guiños humorísticos, muchos aptos para pequeños y mayores (como la hilarante carrera de vacas), otros en realidad, enfocados solo a los más grandes; abundan también los reflejos críticos de la realidad (como  la volátil actitud del pueblo frente a los líderes, o los engaños constantes del tramposo, avaricioso y ultra-liberal Phoney Bone). En resumidas cuentas: Las historias de Bone carecen de la gravedad cuasi teatral de Tolkien y resultan, por ello, más digeribles… pero no por ello más simples.  Porque si algo destaca en la obra de Smith es ese aluvión brutal de creatividad, esa diarrea de argumentos y sub-argumentos entrecruzados…a veces incluso excesiva.

Porque, a decir verdad,  leyendo Bone se tiene la sensación de que la trama no fue construida a partir de a una noción preconcebida, sino que más bien fue siendo inventada sobre la marcha. La ventaja de ese cierto caos en el guión es que uno nunca sabe de verdad lo que va a pasar en la página siguiente, lo cual hace que la historieta, a fin de cuentas, se parezca mucho más a la vida real de lo que cabría esperar para tratarse de una fabula de tono épico. En Bone los personajes vacilan, a veces se repiten; algunos de sus actos resultan totalmente irrelevantes; otras veces, sencillamente, hay páginas que sobran…y no obstante, o tal vez por eso mismo, la historia engancha muchísimo.

Lo mejor de la obra es, pienso, la construcción de los personajes. Thorn, la abuela, cada uno de los tres bones… son sujetos de perfile definidos, realistas, pero a la vez multifacéticos y, hasta cierto punto, libres en su destino y no atados del todo a los estereotipos de sus respectivas personalidades.

Llevo un buen rato deshuesando el estilo narrativo de este comic y aun no he escrito una palabra sobre la calidad del dibujo y el diseño. Y es que, a decir verdad, creo que en este punto mi opinión y la de los pocos otros friquis entusiastas de la obra de Smith difieren de manera notable: Aunque a algunos les suene a pecado mortal, confieso que a mí los dibujos de Bone no me llaman especialmente la atención. Claro esta que accedí a esta obra en su versión coloreada, y no en original a blanco y negro que tantas pasiones ha despertado. En todo caso la estética de Bone me resulta demasiado propia de los dibujos animados, más que del arte del comic.

No obstante, esta serie de tebeos me encanta.

Como en el Valle ficticio de este cuento de fantasía desbordada, también en la vida real la historia nunca está predefinida, ni en destino de nuestras vidas escrito en piedra imborrable. Eso es, seguramente, lo que engancha tanto en Bone.
 

sábado, 5 de julio de 2014

El Buda Celeste

Cada dos semanas voy con mis hijos  a la Mediateca francesa de Tiflis. Allí nos proveemos todos de cantidades ingentes de libros que después devoramos a bocados, tirados en los sofás del salón en las tranquilas tardes del domingo. Hoy, rastreando  en la sección de comics, he dado de manera casual con el tomo uno de Le Bouddha d’Azur, del autor suizo Cosey. El álbum contaba con todos los elementos necesarios para atraparme: ambientación exótica (Tíbet), fidelidad exquisita a los detalles (paisajísticos, arquitectónicos, antropológicos…); dibujo preciso, claro y limpio; y argumento misterioso y aventurero pero verosímil.   

Resulta  una delicia disfrutar de los esmerados y bellos dibujos de Le Bouddha d’Azur. Pero, más allá de la estética gráfica, lo verdaderamente cautivador de este comic es el argumento: una simple y a la vez compleja narratitiva de amor adolescente, cruzada por muchas pequeñas historias de amistad, y de dolor también; todo ello aderezado con un aire de misterio, mística y magia que, por alguna extraña convergencia, parecen extraídos de un ensayo de Mircea Eliade o de una novela de Kipling.


Cosey creció profesionalmente a la sombra de Hergué y la escuela de la línea clara y, juzgada superficialmente, su  obra podría parecer una mera continuación de esa senda ya tan trillada. Fiel a los principios básicos de la clásica tradición belga, las páginas de Le Bouddha d’Azur se van desenvolviendo en un formato casi cinemático. Cada viñeta es un elaborado ejercicio de fidelidad a los detalles y a la vez a la transparencia. Los familiares colores planos,  el esmerado dibujo a la tinta…

No obstante, desde la primera página nos damos cuenta de que nos encontramos frente algo sutilmente diferente: un grosor mayor en los trazos,  la menor obsesión con la delimitación de los colores o esa difuminación imperceptible que, en Hergué, hubiera resultado anatema.


Pero hay algo más que hace a Cosey esencialmente diferente,y es que ese tono infantiloide, tan irritante a veces, de los álbumes de Tintín, es en cambio en Cosey madurez plena. Las escenas de Cosey parecen  como versiones maduras de la aventuras de famoso reportero belga. 

Lo que en Hergué sería enfermizamente asexuado o ramplonamente maniqueo, en  el álbum del viñetista suizo es deliberadamente sugerente o políticamente comprometido. Porque Le Bouddha d’Azur no es, valga decirlo, un comic apto para niños…pero tampoco es, ni mucho menos, lo que se suele llamar un comic de adultos (que parece sinónimo de tebeo pseudo-porno).


Cosey es a Hergue lo que Jung fue a Freud: El discípulo valiente que sabe dar un paso adelante y, a partir de la veta abierta por el maestro, incurrir en mundos nuevos, muchos más poliédricos de lo que su mentor nunca pudo llegar  a soñar.

No tenían  en la mediateca el tomo dos de la obra, y ya me desvivo por conseguirlo.



lunes, 30 de junio de 2014

viernes, 27 de junio de 2014

Junio

Es la misma ciudad. La calle ha cambiado poco. Alguna vez pisaste antes esas mismas aceras… alguna vez sí, pero no eras tú. Entonces pensabas que el mundo era pequeño y tú grande. Ahora sabes que el mundo es grande y tú eres pequeño.


Es la misma ciudad, pero tú eres diferente. 

(Foto: Luis Echanove)

Dedicado a Carmen, mi hija, que traduce al inglés lo que escribo y hace canciones con ello.

lunes, 19 de mayo de 2014

Elepés

(…) it is hard to get by just upon a smile. (*)
Wild World. Cat Stevens

Se acerca el fin de curso para mi hijo Juan. Ocho años. La misma edad, la misma época del año que yo entonces… cuando mi padre sufrió aquella súbita trombosis que cambió su vida para siempre y arrebató la alegría de sus días. He tardado unos cuantos decenios en comprender lo que aquello significó para mí, como alteró radicalmente mi infancia, como modeló mi personalidad y como me ha hecho ser, tal vez, lo que soy. Escribo estas líneas ahora porque aun necesito conjurar ese dolor sin fondo del niño que yo era entonces. Ver a mi padre indefenso, abatido, rendido  por ese zarpazo brutal e inesperado hizo morir algo dentro de mi ser, algo que ya nunca ha regresado, algo perdido  lejos,  que tal vez nunca he cejado de buscar.  

Pero a veces consigo levantar puentes y asomarme a ese antes, cuando mi padre aun podía hablar y la vida era magia y veranos largos. La música, sobre todo, puede operar ese milagro. Oigo ahora Cat Stevens y  Simon y Garfunkel, y reconstruyo mentalmente las portadas de los elepés de vinilo de mi hermana Aránzazu. Y cada nota, cada acorde triste de guitarra en Wild World, cada cabriola alegre de Cecilia o Mrs. Robinson me traen de nuevo esa luz que se apagó un día de junio, con ocho años.     

(Foto: Luis Echanove)
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(*) Es difícil sobrevivir con tan solo una sonrisa.

jueves, 3 de abril de 2014

Cromos y banderas

Ya se sabe que todos fomentamos prejuicios propios a partir de asociaciones mentales sin mucho fundamento. Yo, por ejemplo, desde pequeño, siempre sentí una gran simpatía por Rumanía, y si indago en recuerdos remotos creo saber la razón: su bandera que, como las de los demás países del mundo, conocí pronto gracias al Diccionario Ilustrado SOPENA, me parecía de las más bonitas de todas. Al cabo de los años he recorrido mundo y aprendido algo más. Pero ese amor (u odio, según los casos) a primera vista con la bandera sigue mercado mi relación subconsciente con muchos lugares. Me gusta tan poco la bandera de Polonia que no me imagino yendo allí de turismo aunque me paguen el viaje, pero daría lo que fuera por visitar Noruega, cuyo enseña nacional despierta en mí un patriotismo difícil de explicar. 

Lo segundo que aprendí de Rumanía fue que la tropa de honor del presidente lucía un uniforme muy fardón. Tenía yo ocho años, y nunca logré completar mi colección de cromos de soldados del mundo. Solo me faltó uno, ese, el de Guardia Presidencial de Rumanía. Una vez se lo vi a un amigo. No me lo quiso cambiar ni por tres cromos, pero pude mirar el suyo bien y estudiar con detenimiento como era el militar que salía dibujado en esa preciada estampa: un tipo con sombrero coronado por un penacho, casaca roja y sable en mano.  

Rumanía era en ese entonces un cerril Estado comunista gobernando con mano de hierro por Caucescu. Un soldado de gala y estilismo de maestro circense de ceremonias no parecía muy acorde con la árida estética funcionalista y proletaria del régimen rumano de entonces. Pero Caucascu se sabia vender bien hacia el exterior como el más flexible y tolerante de los líderes del otro lado del Telón de Acero, así que quizás ese colorista traje para sus guardias buscaba impresionar a los visitantes extranjeros. 

Pasaron las décadas y yo casi me olvidé de Rumanía, hasta que, en estos días, y por motivos de trabajo, tuve que desplazarme a Bucarest. La conferencia en la que acudía tenía lugar en el edificio del Parlamento Nacional, el segundo inmueble más grande del mundo, después del Pentágono aunque, a diferencia de la sede del ejercito americano, que me la imagino presa siempre de un trajín enorme (*), el titánico edificio rumano es en su mayor parte un fantasmagórico lugar con muy poca actividad. Consiste por dentro en una sucesión inacabable de inmensos y fríos salones de mármol, sin  más muebles ni ornamentos que las enormes y pesadas lamparas con miríadas de lagrimas de cristal. 
El primer día de la conferencia todos los participantes nos perdimos en ese laberinto del absurdo y la pretenciosidad. Yo, al llegar, en lugar de preguntar como llegar a la sala de conferencias a alguna de las diligentes y espectaculares azafatas que, entubadas en sus minifaldas casi inexistentes, repartían sonrisas en la entrada del edificio, decidí aventurarme por cuenta propia por los secretos del interior. Creo que me dió miedo quedar aturdido sin poder articular mi pregunta ante la contemplación cercana de tantos y tan generosos escotes. 

No había rotulo alguno en aquel caos de salas de baile inmensas que mostrase en cual de todas ellas iba a temer lugar el evento que nos había conducido hasta allí. Paseé un buen rato por aquellos salones, probablemente dando vueltas en circulo sin saberlo. Logré, por ejemplo, encontrar un oscuro y cutre urinario detrás de unas columnas versallescas. Luego llegué a saber, al cabo de unos días, que era probablemente el único cuarto de baño de todo el gigantesco edificio. Un amigo georgiano me confirmó que en los tiempos del comunismo se consideraba de mal gusto plantearse que los líderes del Partido también tenían a veces que mear. 

Cuando ya pensaba que aquel turismo kafkiano no me estaba deportando gran cosa, me topé de pronto con ellos: Allí estaban, al pie de una escalera de estilo renacentista, inmóviles, serios, con sus sombreros coronados con penachos, las casacas rojas y el sable en mano, como si en lugar de personas fueran cromos que llevaran  esperando cuarenta años a ser pegados en algún álbum. 

(Foto del autor del blog)

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(*) Para mi, y para Hollywood también, el Pentágono es un lugar donde generales estresados vociferan todo el rato por los pasillos ordenes para la inmediata invasión de algún pequeño país rebelde y donde expertos en geodesia trabajan a destajo en salas llenas de ordenadores tecleando las coordenadas de alguna aldea yemenita para lanzar un misil teledirigido y cepillarse a la familia de un líder terrorista.