Mostrando entradas con la etiqueta amigos. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta amigos. Mostrar todas las entradas

viernes, 17 de septiembre de 2010

El alquimista

De niño siempre estuvo envuelto en las peleas del barrio, tan frecuentes en ese Madrid pandillero y canalla de los setenta. Su padre, marino mercante, pasaba la mayor parte del tiempo fuera de casa. De él heredó sin duda el ansia por conocer todos los mundos posibles. Corre algo de sangre gitana por sus venas, y corre rápido, a borbotones, pese a las varias cuchilladas que han marcado su fornido corpachón, como tatuajes de la supervivencia.

Sus hijos le llaman por el nombre pila y su farera normanda le indica siempre el camino de regreso a casa, para que nunca se pierda en las aguas del océano.

Ha sido pintor, poeta, guardaespaldas, tramoyista, decorador, camorrista, escenográfo, portero de discoteca, escultor, brujo, lector obstinado, juerguista, ebanista y hasta paciente de un psiquiátrico militar por error. Pero los que le queremos bien sabemos que, en realidad, el es sobretodo un alquimista: alquimista de los materiales, las texturas, los colores y las substancias, cuyos secretos conoce con maestría; y alquimista también de la palabra, del verbo ágil, de la frase consoladora, del exabrupto repentino y de la sentencia visionaria. Y es, al fin, alquimista del espíritu, de la fidelidad al amigo, de la entrega total a sus hijos, de la pasión de existir y de la lealtad a sí mismo.

Sabe bien que el vivir puede ser a la vez cruel o maravilloso y él, con su alquimia mágica, destila esas dos facetas y las convierte en una verdad rotunda: que ante todo, a la vida hay que mirarla cara a cara.
Foto: Pintura de Cesar Caballero

miércoles, 30 de junio de 2010

Amigas y amigos

Una muy buena amiga me pide que incluya en este blog una reseña sobre la amistad entre un hombre y una mujer. El principal asunto a dilucidar, me plantea, es si tal forma de relación humana es en verdad posible. Obviamente, la cuestión es en sí misma contradictoria, porque ella es mi amiga, lo cual prueba que dos personas de distinto sexo pueden en verdad mantener una amistad. Tal vez si yo tuviera ahora veinte años mi óptica seria diferente. Durante la fase del subidón hormonal, al menos nosotros (los hombres) tenemos serias dificultades para diferenciar entre ser amigos de una chica y algo más, pero entiendo que cuando dejas de ser joven ese tipo de esquizofrenia se diluye.

Debo decir que, pese a que estoy escribiendo esto y por tanto respondiendo a la solicitud de mi amiga, me siento especialmente incapacitado para aportar nada sensato en un debate así, por al menos dos razones: la primera y principal es porque mi inteligencia emocional es aproximadamente la misma que la de un hombre de las cavernas, y la segunda porque basta que me encarguen algo para que me sienta especialmente nervioso y por tanto incapaz de expresar nada coherente por escrito.

Ante tales dificultades, lo único que me queda es echar mano de mi (limitada) experiencia como amigo de mujeres. Y hete aquí el resultado: Sí, tengo buenas amigas. Y sí, mi amistad con ellas supongo que es diferente a mi amistad con otros hombres. No me refiero a hablar o no de fútbol (yo de fútbol hablo poco en general, por ignorancia suma). Tampoco considero que haya una diferencia sustancial en cuanto al grado de sinceridad y comunicación que se puede mantener con una amiga respecto al que se establece con un amigo. Es simplemente una forma de amistad distinta. Hay cosas que nunca diría a mis amigas mujeres, y algunas otras que a lo mejor nunca compartiría con mis amigos hombres. Pero tampoco sé exactamente cuales son esas cosas. Bien pensado, creo que simplemente, mantengo amistad con seres humanos, y el hecho de que cada uno de ellos sea único y diferenciado hace cada amistad concreta completamente diferente a cualquier otra, al margen de su sexo. El que se trate de un amigo o de una amiga marca una cierta discrepancia, no muy distinta, en grado, a otras muchas posibles (por ejemplo, la amistad de toda la vida versus la amistad reciente con alguien muy diferente a ti pero con el cual has compartido situaciones especialmente intensas o extraordinarias).

Cada amistad es un planeta diferente, con sus reglas propias, sus linderos y sus caminos posibles.

(Foto: Ignacio Huerga)

lunes, 15 de diciembre de 2008

Rencuentro

Me reencuentro en Manila con un amigo cooperante. Diez años llevábamos sin vernos. Repasamos los países, los trabajos. Hablamos del pasado y del presente: el hospital por piezas descargado a mano por dos mil estibadores en un puerto remoto de Haití, la miseria de los indígenas en las minas de níquel de Butuan, la guerra de los objetores, el cuadro de ropa tendida regalado en una boda…

Recordamos luego a los compañeros de entonces y deshilamos el ovillo de sus vidas. M. casó por fin con el hipnotizador cubano que conoció en Guatemala. C. abandonó la Cruz Roja. S. rompió con su esposa y embarazó a una muchacha nicaragüense. P. ya no trabaja para la Unión Europea ni toca el violín en Belgrado. F. sigue buscando petróleo en Bujara. Nos comemos unos callos y decimos a la vez: "que poco ha cambiado todo".

miércoles, 7 de mayo de 2008

Hace veinte años

Hace veinte años no había internet, ni ordenadores. En España gobernaba Felipe González desde tiempo inmemorial. No sabíamos a quién votar aunque discutíamos teorías políticas absurdas. La movida madrileña ya se había terminado, pero nosotros no lo sabíamos aún. Descubríamos la noche canalla en los garitos de la calle San Mateo, en Huertas, en Santa Ana, en Malasaña. Escuchábamos música de Radio Futura y de los Secretos, aunque a Cristina le gustaba Willi Vanilli (¿se escribe así?), ese grupo de ficción que ni cantaba ni nada. Cristina ahora, para redimir esa culpa, trabaja en la Sociedad General de Autores. Fernando daba el campanazo en las fiestas y leía a los filósofos presocráticos en las piscinas de verano (en esas donde, supuestamente, las chicas desnudaban sus cuerpos al sol). Irene hacía preguntas que ninguno sabíamos responder, Ricardo se creía que estaba en nuestra clase, Anita se liaba con quien no debía y los demás no nos comíamos un rosco.

Nacho gastaba melenilla semi-rizada y Fernando tupé de pajecillo de Alicia en el País de las Maravillas. Joaquín no estaba mazas todavía, y eso que en verano buscaba gas natural en los Pirineos. Irene conducía un seiscientos que se llamaba Hugo; yo un Ford Fiesta blanco (sin jersey amarillo) y los demás se buscaban la vida. Descubrimos por primera vez que los CDs existían en casa de Chris, el amigo yuppy americano que financiaba los mejores festorrones. Quedábamos de copas con los profesores. Yo mangaba botellas de Tía María y Cointreau en el Parador de El Escorial y Elvira…me ayudaba. Borja se largaba de copas con los hooligans ingleses, Nacho escuchaba Pink Floyd a todas horas y Ana la Alta era la única atenta en las clases de Derecho Natural.

Y es que aquella vida nuestra era como de la Hoguera de las Vanidades pero sin glamour, o tal vez como de lo “Verde empieza en los Pirineos” pero con estilo. Nuestras mayores obsesiones eran, por este orden, la amistad, el sexo, el alcohol y el Derecho Romano. También nos interesaba mucho la comoriencia, la confusión de obligaciones y el requisito de tener forma humana para ser persona. Leíamos mucho, íbamos a conciertos en el rocódromo de la Casa de Campo y en otoño Irene nos obligaba a ver la caída de la hoja en el Retiro.

Yo creo que éramos felices.


(Foto: Piscina del Maria Cristina, San Lorenzo del Escorial, verano de 1989)